LOS CUADERNOS DE OTOÑO

Toda esa vieja alegría

Fabián Casas Cuadernos de otoño

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Empezó a hacer ese frío que suele darse en este tipo de ciudad. Algunas cosas empiezan a humear. Las cacerolas con los guisos, el humo blanco del sur de la ciudad que sale de las alcantarillas, mientras un hombre va de una punta a la otra frotándose los brazos. Hace frío. Algunos dormirán abrazados, calientes, otros cubriéndose con papeles de diarios en la calle. Alguien va a morir por una mala calefacción. El universo tiene forma de lágrima y va en picada, dice Kurt, uno de los dos amigos que recorren un bosque en Old Joy, una hermosa película de Kelly Reichardt.

Hace un tiempo escribí un guion y en ese guion un papel especial para una actriz que trabajó en otra película de Reichardt. Pero ella no quiso hacer el papel porque no estaba de acuerdo con lo que representaba su personaje. Una pena. Me hubiera gustado tanto que ella lo hiciera. También me hubiese gustado que mi madre viviera un poco más. Y pasar un tiempo más largo, algunas tardes, con Rita, mi perra. Algunas veces me gustaría ser una persona sin pasado, como el personaje de Aki kaurismaki. Me gustaría no pertenecer a nada, no ser nadie. Volverme invisible y surgir en un territorio extraño.

Estoy sentado en una mesa de mi restaurant preferido. Lo regentean dos hermanas, una cocina y la otra atiende las mesas. Vengo acá desde hace más de veinte años. Podría decirse que son mis amigas. A veces, si no hay mucho trabajo, ellas se paran con los comensales y charlamos de lo que sea. Hoy hay polenta con albóndigas. Les digo que a mi hijo Julián le encanta la polenta. Irene -la cocinera- me dice: “Tu hijo Julián se parece a tu hermano Juan, el otro día me estuvo preguntando cómo se cocinaban las cosas, si las tenía preparadas de antes o si las hacía en el momento”. Julián tiene siete años y le gusta preguntar cómo se hacen las cosas. Mi hermano Juan es callado. Así que no veo la similitud, pero muchas veces la cercanía hace que uno no se de cuenta de ciertas cosas que otros ven de manera ostensible.

Entonces entra al local un hombre joven que viene siempre con su perra. En el bar dejan entrar a algunos clientes con sus perros. Trae en la mano un pedazo de cartón marrón, posiblemente de una caja que desarmó. Lo pone en el piso para que la perra se acueste arriba y no sienta el frío de las baldosas. Alguien detrás de mí dice: “Qué bien que se preocupe por el animal”. Me doy vuelta. Es un hombre mayor que tiene el pelo blanco, abundante, peinado hacia atrás y unos anteojos que le quedan chicos. Es robusto y su piel es rosada con manchas blancas, muy pequeñas. “Yo también tengo una perra”, me dice. Asiento. Recuerdo en el acto que suele sentarse contra la ventana, donde da el sol la mayor parte del tiempo, con una perra marrón, gorda. Ahora está en el medio del local, solo, a mi espalda. “Tu hijo se acerca siempre y la acaricia. Pero antes me pregunta si la puede acariciar”, me dice.

Hoy todos me hablan de Julián. Le digo que a mis hijos le gustan los perros y que yo les enseñé que tienen que preguntar si los pueden acariciar. Asiente. “Yo no quería saber nada con las mascotas. Durante mi vida nunca tuve ninguna, ni de chico”, me dice. “Pero un día subí a mi cuarto y en una cajita estaba ella, mi perra. Era un regalo de mi mujer, por mi cumpleaños”, dice. Tiene una botella de vino común. Se sirve un vaso, toma. “No me pude negar. ¿Vio que los perros de cachorros son hermosos? Al año se murió mi mujer. Tenía una enfermedad larga. Estábamos por salir y yo la ayudé a bajar las escaleras y cuando la tenía en mis brazos porque se agitaba. Se murió”. Le digo: “Murió en sus brazos”, sí me dice. Hacemos silencio. Yo quisiera darle la espalda y seguir comiendo. ¿pero cómo se le da la espalda a un compañero?

Al rato él me dice. “Hoy no traje a la perra porque hace mucho frío, debe estar arriba de mi cama, la dejé con la radio prendida, para que no se sienta sola, ¿vio que a estos animales no les gusta estar solos?” Me cuenta que desde que murió su mujer no puede dormir durante las noches, que se duerme recién cuando amanece. “Pero ya me acostumbré. La perra me despierta y la saco a pasear. De alguna manera la perra es alguien que ella me dejó para que esté entretenido, no?” Asiento.

La combustión de la amistad es implacable

En Old Joy, la película de Kelly Reichardt, se narra un viaje muy corto de dos amigos que no se ven desde hace mucho. Uno es Kurt, un hippie que parece detenido en la adolescencia y el otro es Mark, que está casado, esperando un hijo y maneja una camioneta espléndida. Cuando Kurt lo llama por teléfono para que vayan por un día a unas aguas termales que hay en medio de un bosque, Mark le pide permiso a su mujer que parece no estar muy contenta con ese viaje repentino. La película describe el viaje de manera minimalista, haciendo plano y contraplano con pequeñas imágenes: gotas de agua sobre las hojas, caminos frondosos, la vegetación exuberante como testigo del fin de una amistad. Hay un momento en la vida en la que no se puede recuperar toda esa vieja alegría. La combustión de la amistad es implacable. Uno de los amigos cambió de piel, el otro no. Y ahora no se pueden reconocer.

Cuando me vine a vivir al barrio donde vivo, Alan me llamó y me dijo que él vivía acá y que nos podíamos encontrar para charlar y contarme cosas del barrio, para lo que necesitara. Aunque no éramos amigos, me encantó su gesto. Nos juntamos en un bar y charlamos largo y tendido. Pasó el tiempo y yo me tuve que ir de la casa donde vivía. Alan se enteró y me escribió. Me dijo que él estaba por viajar y que me podía quedar en su casa el tiempo que necesitara. Le agradecí mucho. Yo ya había alquilado algo. No veo a Alan hace años, pero siempre le pregunto a amigos en común si está bien. Él vive ahora muy lejos.

A diferencia de los protagonistas de Old Joy, nosotros no tenemos un pasado en común. Pero anoche soñé con Alan, tal vez porque estoy entrando a un bosque y tengo que decidir qué camino seguir. Él me abría la puerta en una casa toda de madera, confortable. Me decía que me había conseguido ese lugar para que pudiera estar tranquilo, para que pensara. Parece que en los sueños la amistad se condensa de otra manera. 

FC

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