Opinión

Yo sé

@elchara

El discurso universitario no es aquel que sí o sí se actúa en la universidad. Hay personas que sostienen ese discurso por fuera de la universidad -y, a la inversa: en la universidad puede no haber discurso universitario-. Es eso que Henri Meschonnic llama “el academicismo del pensamiento”. Dice: “se trata de todas las formas de saber que esconden su propia ignorancia. Es lo que aprendí al estudiar el texto bíblico y los comentarios. ¿Cómo gente tan sabia, que traduce esos textos, no se da cuenta que su saber produce ignorancia e impide incluso saber que la produce? Nada me parece más cómico que lo serio del saber”. Vuelvo a leerlo a la luz de un fenómeno muy actual: el modo en que pululan, por doquier, gracias a las redes sociales, expertos y especialistas. Y también vuelvo a pensar en el asunto a partir de la lectura del último libro de Renata Salecl, editado por Godot, Pasión por la ignorancia. La autora eslovena indaga los modos actuales en los que nos relacionamos con lo que sabemos, con lo que no sabemos, con lo que no queremos saber, con lo que negamos o con lo que ignoramos voluntariamente.

Más allá de la formación que cada quien tenga, las redes sociales hacen proliferar un tipo de enunciación, un modo de la asertividad, el posicionamiento en un lugar de saber. Cada uno de los influencers -se auto perciban o no de ese modo- parecieran decir “Yo sé”. Y por supuesto que esos supuestos saberes recaen sobre todo en aquello de lo que no se puede saber anticipadamente, sobre aquello que de ningún modo se puede subsumir en una técnica, en una expertise, en un manual: el amor, los encuentros amorosos, la maternidad, la crianza, el duelo, el cuerpo, la sexualidad. Si de algo no se sabe, es de todo ello. Pero estos nuevos emperadores del saber nos hacen creer que es posible asir, controlar y evitar la duda, la vacilación y los impedimentos. Esas posiciones tienden a arrasar con la experiencia y a transformarlo todo en generalizaciones, en uniformidades y en la ilusión de que alguien sabe y puede garantizar nuestras decisiones.

Estos nuevos emperadores del saber nos hacen creer que es posible asir, controlar y evitar la duda, la vacilación y los impedimentos

Jacques Derrida dice: “­Si sé lo que hay que decidir, no decido. ­Entre el saber y la decisión se requiere un salto, aunque sea necesario saber lo más y lo mejor posible antes de decidir”. Ese salto, ese pequeño riesgo, es el que se intenta evitar constantemente. Y esa evitación refuerza la idea de que existiría un saber anticipado. De eso se sirven los profesionales que pululan en las redes sociales vendiéndose a sí mismos como si fueran una marca y disputando un lugar en el mercado del saber. No considero que esas formas sean formas de promoción de un trabajo, o, como algunos dijeron, modos de “enganchar clientes/pacientes”. Considero que ahí se juega otra cosa. La lógica del reconocimiento en un lugar de saber y, por lo tanto, del ejercicio de un poder. Se trata de lo que Salecl postula: “en estos tiempos de vigilancia incesante (...) se le atribuye una importancia desmedida a la necesidad de sobresalir del resto, de venderse de la mejor manera posible y de obtener el reconocimiento ajeno en forma de likes y shares. La expresión definitiva de esta profesionalización de lo personal es el surgimiento del influencer de redes sociales”. Esa profesionalización de lo personal se sostiene, muchas veces, en los discursos colmados de saber. 

Hay personas que se babean con el saber del otro y hay personas que se babean con su propio saber.

La pandemia produjo la caída de un mundo y en esa caída se trastocó, como nunca había ocurrido antes, nuestra relación con el no saber y con lo incierto. No es que antes no hubiera incertidumbre, es que ahora nos la topamos de frente y es más difícil hacernos los distraídos. Por eso no me parece menor que sea este el momento en el que somos permanentemente asediados por estos profesionales del saber. No me parece menor que, cuando menos sabemos, más se expanden los profesionales devenidos influencers. Los profesionales influencers constituyen un mundo hecho publicidad. Y, porque la pandemia evidenció tan fuertemente la precariedad del saber, es que me resultan todavía más aparatosas y más cómicas esas posiciones de saber. Alguna vez Martín Kohan escribió: “Me pregunto si será la angustia lo que dispone tan fuertemente a la asertividad. La angustia o la arrogancia, que es a veces su complemento. La urgencia por saber y la pretensión de ya saber (urgencia de saber al menos algo, pretensión de ya saberlo todo) puede que se toquen en algún punto. O puede que se estimulen en un juego de mutua reproducción. En definitiva, por lo uno o por lo otro, y de una manera por demás notoria, los tonos rotundos de la asertividad imperan (...). Cosa extraña porque, si algo define el estado de situación en el que nos encontramos, es que, como nunca y más que nunca, no se sabe”.

Me gusta cuando Allouch dice: “Freud había inventado una práctica inédita en la que ya no era su saber el que guiaba la acción y a la vez, pretendía que ese movimiento se mantuviera fuera del alcance del discurso médico y del de los curas”. Hay en algunos psicoanalistas, como en todas las disciplinas, más evangelización que enseñanza, más saber anudado al poder que a la transmisión de una enseñanza. Hay aleccionadores y pedagogos también en el psicoanálisis. Hay psicoanalisisplanning y hay influencers. En esas posiciones de saber se puede leer lo que Allouch señala de aquellos que,  “a fin de no morir, eligen no vivir, no hacer su agujero”.

Hace muchísimos años le consulté a un Señor Profesor Adjunto especialista y experto -conocido cercano por ese entonces- por una referencia de Freud. Me preguntó para qué la necesitaba y le conté que un estudiante me había preguntado algo muy complejo y que quería darle algunas referencias para leer en la próxima clase. El profesor, atónito, me preguntó con tono despectivo: “Vos te paraste delante de los alumnos y dijiste ”no sé“?”. Muchas veces, desde entonces, me escucho diciendo “no sé” ante algunas preguntas, y noto también que sólo puedo empezar a pensar si antes pasé por esa vacilación.

SI DIGO YO*

Cada paso que doy

me disuelvo. En el agua, en una hoja

de papel. De noche, en la ventana.

No sé qué hacer para quedarme.

Dormido, adentro de una piedra, cuando soy

una piedra. Tiemblo, me caigo.

Si amo, desaparezco. Cuando no amo,

desaparezco igual. ¿De qué estoy hecho?

¿De sombra? ¿de palabras?

Si digo yo, es como si dijera cualquier cosa.

Como si oyera llover.

*Osvaldo Bossi. Incluido en el libro recientemente publicado Cuando yo era poeta, Hemisferio Derecho ediciones.

AK

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