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Son las 11 de la mañana del jueves 7 de abril y en la intersección de las calles Rodney e Icalma, en el barrio Villa Unión de La Matanza, el movimiento contrasta con la quietud de los alrededores. Más allá de esta esquina las calles de tierra están vacías, sólo alteradas por algún carro tirado por caballos que va o vuelve de cartonear. Frente a un galpón con el exterior pintado con la imagen de Mariano Ferreyra hay dos camiones parados y varias decenas de personas que hacen fila india para ayudar a descargarlos. Los hombres ponen el hombro para llevar las bolsas de papa o cajones de verdura y las mujeres organizan un pasamanos de varios metros desde el camión frigorífico al salón donde están los freezers. Hoy es el día en que se “bajan frescos” en la sede central del Polo Obrero en La Matanza, el envío que la municipalidad hace cada 15 días. 

Bronca con los medios y preocupación por el día a día: la palabra de quienes conducen los comedores del Polo Obrero

Bronca con los medios y preocupación por el día a día: la palabra de quienes conducen los comedores del Polo Obrero

Aunque la tarea es ardua, las manos sobran. Están los delegados de los 85 comedores que el Polo Obrero tiene en La Matanza, donde diariamente se sirven alrededor de 40.000 raciones, según sus propios registros. Vienen a colaborar cada vez que llegan los camiones, pero también a fiscalizar: ven de primera mano todo lo que se recibe y participan de la división. Un sistema de “control obrero”. A lo largo de la tarde, cada uno volverá a su barrio con un flete cargado con los productos que le correspondan, los acomodará en su despensa y buscará la forma de hacerlos durar. La jornada de “bajada” y reparto puede durar todo el día, desde la mañana hasta las 2 o 3 de la madrugada. 

“Este es el camión de la carne, el flete lo pagamos nosotros. Nos sale $18.000 y cada compañero pone su granito de arena”, dice Lilian Rojas, referente del Polo Obrero en La Matanza, el partido más poblado de la provincia de Buenos Aires. 

–Lorenza, ¿vos cuánto pagaste hoy de flete? –le consulta a la primera mujer que pasa. 

–Yo $250 –contesta. 

Es el mismo mecanismo que usaron para pagar los colectivos que los llevaron la semana pasada hasta la avenida 9 de Julio, donde montaron un acampe de 48 horas frente al Ministerio de Desarrollo Social. La medida de fuerza, articulada con otras organizaciones opositoras que integran la Unidad Piquetera, tuvo dos reclamos centrales: una mejora en la provisión de alimentos para los comedores y la ampliación de los cupos del programa Potenciar Trabajo, que significa un ingreso de la mitad del salario mínimo vital y móvil —es decir, $16.500 en abril– por una contraprestación de cuatro horas diarias. Actualmente el programa alcanza a 1,1 millones de beneficiarios, la mitad de ellos en la provincia de Buenos Aires.

Luego del acampe el Gobierno confirmó un aumento del 50% del monto de la tarjeta Alimentar, pero se mantuvo inflexible respecto de los cupos de los programas. El ministro de Desarrollo Social, Juan Zabaleta, insistió en que la postura oficial es “crear trabajo genuino” y acusó a las organizaciones sociales de “apretar a los argentinos” con manifestaciones en la calle. La semana que viene continuarán las negociaciones y la Unidad Piquetera definirá si avanza con la movilización que tiene prevista para el miércoles 13 de abril.

“Acá todos queremos ‘trabajo genuino’, es lo que siempre pedimos y hemos llevado muchos proyectos para construir viviendas, escuelas, calles. Los planes son una medida de contención, pero lo que pasa es que la gente no puede esperar. El hambre y la miseria no esperan, los pibes no esperan”, dice Lilian. Ella trabajó en la fábrica de Guaymallén hasta que la echaron en el 2001 y no volvió a conseguir un trabajo. “Me morí de hambre con mis siete hijos pidiendo en la calle y así llegué al Polo Obrero, hace 20 años, donde empecé como cocinera”, cuenta Lilian, que vive en la villa de Santa Clara, en Isidro Casanova.

Esa misma situación se repite ahora, con decenas de personas que se acercan a la organización a comer y a “pedir un plan”. La organización los suman al padrón de potenciales beneficiarios, siempre más extenso que los cupos que el Gobierno eventualmente libera. Las carpetas con los legajos de cada persona están prolijamente guardadas en una salita donde hay, también en perfecto orden, 10 carpas que se usaron en el acampe, un gazebo para montar la cocina, una olla de 20 litros, ropa de trabajo, rastrillos, palanganas. Lilian dice que todas las personas que perciben un plan también tienen una “changuita” para complementar los ingresos familiares y buscan la comida en el comedor de su barrio. Esos son los tres elementos que articulan la supervivencia de gran parte de los 17 millones de argentinos y argentinas pobres.  

“La inflación se está llevando todo, no te alcanza nada. Vos cobrás algo y cuando vas a comprar ya está más caro: 20 pesos más, 10 pesos más, 15 pesos más. No sabés si tenés que caminar tres o cuatro cuadras para comprar un poquito más barato. Por ahí vas y te roban, porque hay mucha inseguridad”, dice Andrés, delegado del comedor del barrio Atalco. De acuerdo con el Instituto de Investigación Social Económica y Política Ciudadana (Isepci), solo en el primer trimestre los productos de la canasta básica aumentaron 20,72% en los comercios de cercanía del conurbano bonaerense. 

Una vez descargada toda la mercadería, se vuelve a pesar todo. Pedazo de carne por pedazo de carne, verdura por verdura, fruta por fruta. Se evita hacer divisiones sobre los números que envía el Municipio, que suele redondear para arriba o pesar los productos con sus recipientes. Roxana es la encargada de la contabilidad. Anota en un papel la cantidad total de alimentos recibidos y se recluye en una oficina a hacer números a mano, ayudada con la calculadora del celular. Hace reglas de tres simple para ver cuánto le corresponde de cada producto a cada comedor en función de las personas que recibe. 

“Lo hacemos a mano porque cualquier equivocación se puede arreglar. No podemos darnos el lujo de equivocarnos, porque al final del día son comedores que se quedan sin llevar para darle de comer a los vecinos”, dice Roxana.  

Una vez terminadas las planillas, se inicia el reparto. En orden de llegada para que no haya conflictos. 

–¿Comedor 11 de Marzo?

Llama una mujer y se acerca el delegado de ese barrio. 

–Cerdo: 5 kilos y medio. 

Un hombre corta la carne a la vista de todos, la pone sobre la balanza. Primero un pedazo grande y luego lonjitas hasta alcanzar el pesaje exacto. 

–Mandarina: medio kilo. 

Pesan y ponen en una bolsa de consorcio. 

–Zanahoria: 1 kilo 750 gramos.

Suman a la bolsa. 

Morrón, 400 gramos; papa, 10 kilos; naranja, 4 kilos; pollo, 3 unidades. 

Los alimentos “secos” que manda el ministerio de Desarrollo Social de la Nación están a un costado: arroz, yerba, puré de tomate y unos fideos que las cocineras dicen que tienen que tostar en la olla antes de empezar a cocinar porque son de tan mala calidad que sino se desarman adentro del guiso.

“Esto que manda el municipio se supone que es para 15 días, pero no alcanza ni para una semana; hay comedores donde se sirven 500 raciones por día. Por eso se hacen actividades, se vende pan casero o rosquitas y con la plata que se junta se compran alitas de pollo o carne picada para estirar”, cuenta Jesús, el hijo mayor de Lilian, que es piletero y hace trabajos de mantenimiento pero hoy se tomó el día para venir con su esposa a colaborar en el reparto. “Criado en el piquete”, acota su madre. 

El jefe de Gobierno, Horacio Rodríguez Larreta, fue más lejos que el ministro Zabaleta en sus declaraciones públicas de los últimos días. Dijo que las organizaciones “extorsionan a la gente” para que se movilice y pidió que se les quiten los planes a quienes llevan a sus hijos a las manifestaciones. “Son unos cobardes por usar a los chicos de escudo –dijo–, tendrían que estar en la escuela, no acampando; es una barbaridad”. 

“Yo prefiero llevar a mis hijos conmigo y no dejarlos en mi casa, porque tengo la seguridad de que mi hijo está bien conmigo”, dice Lorena, que además de recibir un programa del Estado trabaja como peluquera, barbera y depiladora. “Es cierto que en el acampe hacía frío, pero los chicos tienen frío en la casa también, eh. ¿Ustedes saben que a veces cuando hace frío se hacen fueguitos acá en las casas? ¿Saben cuántas casas se incendiaron por los braseros? La gente que tiene plata en eso no se fija. Además ahí en el acampe los ponemos en las carpitas, los contenemos, les damos todo para que estén calentitos”. 

Todos escucharon, en las últimas semanas, las cosas que se dijeron de ellos en los medios. “La prensa dice 'quién los mandó a tener tantos hijos' y yo quiero decir que es una decisión personal de cada uno”, apunta Christian, del comedor del barrio Urkupiña. “Si yo tengo cinco hijos trabajaré más horas para sustentarlos, pero necesito que esté el trabajo necesario para poder desempeñarme, que hoy no hay”. Él es chef de profesión y durante la pandemia sufrió primero una reducción de horas de trabajo, después la desvinculación total. 

En un salón que los propios integrantes de la organización están construyendo en el primer piso de la sede, los 85 delegados de los barrios se sientan a dialogar con elDiarioAR. Más allá de las problemáticas particulares de cada lugar –inundaciones, ausencia de servicios públicos e infraestructura, inseguridad, falta de oportunidades para los más jóvenes– todos coinciden en que el problema más urgente que atraviesan es “el económico”. Lo sintetizan en una palabra: el “hambre”. 

“Nosotros veníamos cocinando con dos ollas para todo el comedor y, en un período muy corto, pasamos a no llegar. Estamos tratando de incorporar otro anafe más, otra olla más, porque no alcanzamos”, dice Jorge Cuello, delegado de “La Bastilla”. 

Uno de los 85 comedores que este jueves se llevará su mercadería es el del barrio Nueva Unión, ubicado en un predio tomado durante la pandemia, en el que viven alrededor de 3.800 personas. Para llegar hay que recorrer un camino de tierra muy angosto y lleno de pozos, que atraviesa un basural donde hay un fuego que exhala humo negro y dos ancianos sentados ahí mismo, comiendo de la basura. En la montaña de desechos que es ese espacio –que los vecinos reclaman que se limpie y se ponga a disposición para construir viviendas– hay bolsas de plástico, botellas, ropa, un sillón viejo, un perro muerto en proceso de descomposición. Si fuera una escena montada para una película parecería demasiado artificiosa; el lugar común de la miseria. 

“Este lugar era un pozo, los compañeros lo arreglaron”, dice Lilian al ingresar al comedor de Nueva Unión, que desde la pendiente de la entrada da una vista panorámica de la toma. Es jueves a la tarde y hay muy poco movimiento, solo un chico joven que desmaleza su terreno con una azada. 

El comedor es una casilla de no más de cinco metros cuadrados donde Miriam amasa tres kilos de harina en una palangana para hacer rosquitas. Hoy hizo menos cantidad porque Lucía, otra de las trabajadoras de la organización, ya preparó tortafritas y también hay bizcochuelo de vainilla. Tapada, esperando que lleguen los alrededor de 150 chicos de todos los días, hay una olla de leche chocolatada y afuera, directo sobre el fuego, María prepara “cocido quemado”: primero quema el azúcar con la yerba, luego le agrega el agua. En el fondo, una huerta donde hacen crecer repollos, pimientos y lechuga en hileras prolijas. Todas verduras que se usan para cocinar acá mismo y darles de comer a los vecinos. 

“Cada vez hay más gente y menos ayuda. A veces entre compañeras juntamos las moneditas porque a los chicos no se les puede decir ‘hoy no hay comedor o no hay merienda’; todos los días esperan”, asegura Miriam. Aun si no lo dijera, la espera es evidente. Ya desde temprano hay algunas familias sentadas a la sombra de un árbol aguardando la merienda. Los lunes, después de un fin de semana sin comedor, son muchos más. Cuando María avisa que ya está lista, se acercan con sus bolsas y sus jarras para llenar. Unos poquitos se quedan a comer acá mismo, en los bancos que hay sobre la tierra, al lado del cartel colorido de la organización y los cactus que plantaron para embellecer el espacio. Los chicos se ríen, juegan con un cachorro. 

“Yo noto eso que notamos los que siempre anduvimos en la calle; está caliente la situación”, asegura Lilian, que acompaña a elDiarioAR al comedor y de paso controla cómo va todo, se fija qué tienen y cómo lo aprovechan. “El Polo Obrero se moviliza mañana [por el viernes] para reclamar por los  compañeros presos en Jujuy, Sebastián Copello y Juan Chorolque. Parece que para sacarnos de la calle lo único que saben hacer es judicializar. Iremos en cana, qué va a ser. Pero si a mí me llevan van a ir otros y otros, porque mirá esto –dice, y hace un paneo con la cabeza a su alrededor– los pibes crecen acá”.

DT/CC

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