Cristina, la inadaptada

Becerra

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El odio histórico es una pasión circular que tiende al infinito. Lo supieron tanto la vida como la posteridad de Eva Duarte. En vida fue odiada durante seis años (1946–1952), de los que se fueron desprendiendo las hurras a la enfermedad que la mató, la sitcom necro de quienes profanaron su momia para sustraerla de la adoración de las masas, y el vandalismo nocturno de bustos.         

La vida política de Cristina es mucho más prolongada que la de Eva Duarte. Hay, hubo y habrá más tiempo todavía para odiarla (y amarla) en su plenitud vitalicia, cuya inauguración fue el 14 de mayo de 2003. Ese día escribió en una habitación del Hotel Panamericano de Buenos Aires el discurso de asunción informal de Néstor Kirchner, luego de que Menem desertara de la segunda vuelta electoral. Con estricto apego al cristina’s style, Kirchner leyó que los argentinos conoceríamos de Menem “el último rostro: el de la cobardía”.

Por causa de su vigencia, la vemos constantemente sumergida en la ira de aquellos a los que se les corta la respiración y giran los ojos hacia el lado blanco cuando escuchan su nombre. No importa qué nivel de la actualidad o del pasado invoque. Si la palabra “Cristina” cruza el aire de la esfera pública, las reacciones se encadenan hasta la fisión nuclear. Hay que interceptar y derribar ese nombre y no dejar que crezca pese a que, como se ha visto, fue la mejor manera de regarlo. 

La misión de los periodistas cristinómanos que le gritan al cielo, esos yonquis que la consumen a toda hora con la voracidad con la que el adicto al miedo Chet Baker consumía el speed ball, es que Cristina no exista. Sin derecho a la existencia, tampoco lo tendría al lenguaje y, menos, a emplearlo en los escenarios donde se disputa el poder como, por ejemplo, el Senado que preside. 

Ejemplo: publica una carta abierta, o dos cartas abiertas, y las patrullas de la División Censura salen a la caza nocturna de su nombre. Es así desde el conflicto de 2008 por las retenciones a la soja y sus derivados políticos, en los que plantó la bandera de la intransigencia. ¿Con qué recursos del “arte” publicitario se compone el desprecio a una persona, reduciendo su nombre a la función del adjetivo descalificativo? 

No hay lectura fría de Cristina. Descripta por las orquestas del sentido común conservador como una fuerza amenazante fuera de control, lo que hace es impactar como un satélite artificial en el mercado del miedo, que fantasea con el exterminio de la amenaza del mismo modo con que el que mata al perro fantasea con matar la rabia. Pero ¿quiénes y por qué la odian de un modo tan hiperbólico? 

Quiénes son, ellos sabrán. Sí se puede decir que hay muchas variantes. Desde los ciudadanos del corredor Recoleta – Nordelta, sostenido por la cultura que reúne la paranoia de clase, la misoginia y el fascismo matriarcal, hasta los manchones de clase media que niegan su debilidad en la rueda de la fortuna distributiva. Lo que no se puede negar es el factor común del por qué: se la odia por lo mismo que se la ama. 

Ese punto de reunión-división de aguas no cambia nunca porque Cristina es una política de tipo posicional, es decir de referencia. Todos sabemos quién es y qué representa, y podría revisarse debajo de las camas sin encontrar elementos de peso que contradigan esa estabilidad. Son gajes del oficio: la referencia es un punto de orientación visible e identificable que abomina del camuflaje. 

En una reunión del año 2000 en la casa de Fernando “Chino” Navarro, donde fue grabada en la intimidad de una charla con desconocidos, pueden reconocerse su lírica de combate, como si hablara desde el interior de un incendio, y las raíces que la hunden en su territorio. Allí dice que hay que discutir un modelo diferente de Estado que no sea el del ’45 y pensar “qué peronismo le vamos a ofrecer al país” después de Menem. ¿Por qué? “Porque soy peronista”, dice, y porque si a eso no lo hace el peronismo, “alguien va a venir a hacerlo”.

La gracia de esa grabación no sólo radica en su grano de sonido clandestino, como de mitin anarquista. También tiene gracia lo que sobra. Por ejemplo, el recuerdo del amor de su madre y su hermana por Eva Duarte. No era el mismo, en el sentido de que no era “por” lo mismo. La madre había colgado un retrato de la Eva “de la gala del Colón”, donde se la ve con un traje como de ave lujosa. La hermana, ex militante de la UES, reservó para su simpatía la imagen de la Eva combativa, sacudiendo su rodete ante un micrófono. En las dos pueden reconocerse matices concurrentes encarnados por Cristina: turismo cultural high class de “pasadita”, y resentimiento popular. Y hay una tercera imagen intuida, también de cepa duartista: la pasión política femenina (y su poder) abriéndose paso entre ejércitos de hombres, de la que da fe una arenga de 1989 en Caleta Olivia que puede verse en YouTube.

No hay a la vista presidentes electos de la Argentina que puedan competir con Cristina en acumulación y conservación de poder popular, es decir en duración. Porque ¿dónde se demuestra el poder si no en el tiempo que dure su combustión? Excepto Perón, cuyos ciclos suman diez años, contra los trece que se le pueden contar a ella de las dos presidencias y la presidencia de su marido (de la que fue su Lady Macbeth), más este año como vicepresidenta y corresponsal. Los empareja haber ganado tres elecciones integrando la fórmula presidencial. Como se ve, Cristina no es una flor de un día ni un accidente político ni una aventura de época sino la autora (o coautora) del ciclo de instalación en el poder más extenso que haya tenido el peronismo que, dicho sea de paso, es el partido del poder.      

A los “afuera” es conveniente no cuantificarlos porque sus cualidades obedecen a naturalezas diferentes. Los 18 años de exilio de Perón con sus caniches eyectados a resorte no combinan con los años tribunalicios que Cristina vivió como en un corredor de la muerte entre 2015 y 2019, y a los que inexplicablemente sobrevivió mientras se moría Claudio Bonadío, su perseguidor a cuerda.  

¿Y los escritos? Sin querer ofender bibliografías, los libros de Perón fueron generalmente “levantados” de sus conferencias, una modalidad precursora del instant book que no tiene nada que envidiarle a Sinceramente, además de postular también el discurso político como gasto biológico, es decir como una voz (a los líderes del peronismo se los escucha hasta cuando se los lee).

Sobre las dificultades de origen, habría que responder a la pregunta: para llegar a la presidencia ¿fue más difícil ser militar en 1946 que mujer en 2007? Las respuestas, y el silencio prudente, quedan abiertos. En cambio, sí se recorta una sutil venganza de género de Cristina sobre el hábito de Perón de rodearse de mujeres “por abajo”. 

Allí donde Perón dio aire a Eva Duarte (aunque lo más seguro es que ella lo haya tomado por su cuenta) y se hizo secundar por Isabel Martínez en las elecciones de 1973, de Cristina se recordará que en las elecciones de 2019 “puso un hombre”. Poner un hombre de presidente: no hubo en la política argentina un uso tan extremo del poder femenino.

La dureza de Cristina en la resistencia y el reblandecimiento en el melodrama, incluyendo el melodrama político de conmoverse ante la marea de negros que le concede su representación, son también características de matriz duartista, ala sensible del peronismo histórico que los peronistas “ricachonistas” fans del derrame seco llaman “pobrismo”.

Hipertextual hasta el desmayo, un poco bastante maestra ciruela y fuerza de choque verbal en cualquier disputa de sentido, hizo del uso del lenguaje una necesidad de Estado y, últimamente, una omertá con salvedades. La última de estas salvedades se oyó el viernes pasado en La Plata. Especialista en la administración teatral del tono, que tanto sabe hacerlo tronar hasta que revienten los parlantes como refinarlo en delicados hilos de ironía, lo que dijo Cristina (si el detector de mensajes de esta nota no está fallando) es que hacer la política de un país sin dañar a las mayorías no es para cagones.

Según el escritor Esteban López Brusa, Cristina es un producto típico de la Universidad Nacional de La Plata. Es una descripción que me gusta interpretar por el lado del estudiante universitario en asamblea que habla por los codos hasta que, por fin, viene el portero, barre y apaga la luz. Ese ímpetu trosko que hace de la refriega ideológica un nunca acabar, aunque canse un poco, compromete a la política con su deber insobornable de argumentar.

Pero no la conocemos (nadie conoce a nadie), salvo por el arte de la especulación. Un terreno en el que se abren las ficciones acerca de qué es una persona, qué tiene adentro, qué no nos deja ver. Mi ficha apuesta a que tiene mucho, muchísimo, de Mabel Longhetti, el personaje de A woman under the influence (1974), de John Cassavetes, protagonizada por Gena Rowlands. Una mujer que no se adapta, no se adapta y no se adapta a lo que hay.   

JJB

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