Opinión

Fuga al siglo XIX

Tapa de Ubik, de Philip K. Dick

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¿Cuándo empieza realmente un siglo? Hasta hace poco, la inagotable falta de imaginación periodística aprovechaba cada acontecimiento, desde la guerra de Irak hasta el cierre de Liberarte, para despedir al siglo XX. La pandemia pudo ser una oportunidad para cerrar esa larga despedida y ver al nuevo siglo de frente. Pero la incertidumbre mundial y la radicalización política llevaron a varios comentaristas a comparar a nuestra época con el periodo de entreguerras. Así pasamos de despedir al siglo XX a reiniciarlo. Como en Ubik, la novela de Philip K. Dick, la descomposición del presente nos desplaza hacia el pasado.

Las comparaciones históricas son engañosas. Cualquier analogía habla más de nuestras fantasías que de la época que pretende describir. Los devotos de la autenticidad siempre preferirán al siglo XX: la era de la ideologías fuertes, del Ford y la Kalashnikov, de los estados musculosos y las masas en las plazas, de los obreros de overol y bigote fumando 43/70. Pero también fue en gran medida un siglo claustrofóbico cuya imaginación quedó encerrada en sí mismo. Las soluciones para el siglo XX eran más siglo XX: más estado, más obreros, más autos, más Kalashnikov. Los visionarios como Aleksándr Bogdánov o Buckminster Fuller fueron una minoría silenciosa. Quizás sea más productivo comparar a nuestro siglo con el XIX. Por varios motivos que espero poder explicar.

Capitalismo utópico

Ludovic Frobert es un economista e historiador dedicado a las ideas del socialismo francés de la primera mitad del siglo XIX. Ese socialismo que Marx y Engels enterraron bajo una lápida que decía «utópico» y que casi nadie volvió a desenterrar, aún luego de que en 1989 el propio socialismo de Marx y Engels fuera enterrado bajo otra lápida que decía «totalitario». El año pasado Frobert publicó Vers l’égalité, ou au-delà?, un breve ensayo, que sería bueno que se editara en castellano, en donde presenta de manera clara y sistemática el concepto de igualdad de aquellos socialistas. Este pequeño libro es también una respuesta a una gran cuestión: ¿cuál es la utilidad política de la Historia? Luego y solo luego de haber estudiado al pasado en su particularidad (sin buscar analogías, teorías, ni moralejas), el historiador puede decantar algunos elementos que quizás nos ayuden a entender el presente.

Para Frobert, la primera mitad del siglo XIX europeo está marcada por tres procesos: 1) una serie de revoluciones contra la aristocracia (1789, 1830, 1848); 2) la consolidación de una «plutocracia», esto es, una nueva clase alta ya no consagrada por privilegios hereditarios sino por la riqueza que necesitaba legitimar esa desigualdad por el mérito; y 3) el florecimiento de diversas doctrinas que buscaban discutir con esa nueva desigualdad: los mal llamados «socialistas utópicos». Pero no eran los únicos utópicos.

La primera mitad del siglo XIX fue también la del origen del capitalismo industrial. Personas como Jean-Baptiste Say, Jeremy Bentham, Frédéric Bastiat y John Stuart Mill se dedicaron a estudiar y fundamentar un sistema económico que estaba emergiendo ante sus ojos. Y lo hicieron parados en los hombros de un gigante: Adam Smith, el filósofo escocés que sentó los principios de libre mercado antes de la Revolución Industrial. Pensaron al capitalismo antes de que existiera. En ese pensamiento había un poco de descripción y bastante de proyección, de imaginación utópica: una sociedad de individuos perfectamente racionales que se relacionan armónicamente mediante un intercambio transparente, casi prescindiendo de toda ley, tradición o gobierno. Un capitalismo utópico.

En la segunda mitad del siglo XIX el capitalismo se consolidó y debió lidiar con lo real: gobiernos, leyes, conflictos, costumbres. El capitalismo utópico quedó reducido a cenáculos diminutos como la Escuela Austríaca. El pensamiento utópico fue hegemonizado por el socialismo, al que le tocó lidiar con lo real en el siglo XX. Y no salió bien parado. Su fracaso fue entendido como el fracaso de toda utopía. Fue entonces que resurgió aquél viejo capitalismo utópico. Pero eso requiere contar otra historia. 

El nuevo siglo XIX

La economía del siglo XIX tuvo cuatro grandes rasgos: tasas de acumulación de capital muy altas; que reinvertidas dieron lugar a una aceleración tecnológica; precarización de las condiciones de los trabajadores, desplazados de su estilo de vida rural hacia la industria; y, corolario de todo lo anterior, una desigualdad social sin precedentes. ¿Más desigualdad que en la Edad Media, cuando la gente se moría de hambre? Sí, porque los ricos del siglo XIX eran mucho más ricos que los de la Edad Media. Además, siguió habiendo hambrunas en Irlanda e India.

Esa situación se fue ordenando lentamente hacia fines del siglo XIX, por la acción gradual de los estados y los sindicatos. Pero fue el siglo XX el que cambió todo. Primero hubo 30 años de destrucción entre 1914 y 1945: dos guerras mundiales, varias guerras civiles, crisis económicas y hasta una pandemia. El capital se pulverizó, la sociedad fue disciplinada como nunca y los estados avanzaron sin obstáculos sobre la vida civil y privada. A eso le siguieron 30 años de crecimiento récord entre 1946 y 1975: movilidad social ascendente, consumo de masas, estado de bienestar. Son «los 30 gloriosos» de Jean Fourastié, o «la Argentina peronista» de Tulio Halperín Donghi. En rigor, fue la reconstrucción del desastre anterior y la perduración del intervencionista Estado de guerra en tiempos de paz. Económicamente, lo que llamamos «siglo XX» fueron 60 años excepcionales, una anomalía histórica que para fines de los años 70 se había agotado. 

Empezaba la era del capitalismo neoliberal, que se extiende más o menos hasta nuestros días, caracterizada por cuatro grandes rasgos: tasas de acumulación de capital muy altas (al menos hasta 2008); que reinvertidas dieron lugar a una aceleración tecnológica (concentrada en el sector TIC); la precarización de las condiciones de los trabajadores, desplazados de su estilo de vida industrial a los servicios; y, corolario de todo lo anterior, una desigualdad social sin precedentes (¿Más desigualdad que en el siglo XIX, cuando los obreros cagaban en letrinas? Sí, porque los ricos del siglo XXI son mucho más ricos que los del XIX. Además, sigue habiendo letrinas en Argentina y China). Es por esto que estudiosos de la desigualdad global como Branko Milanovic o Thomas Piketty concluyen que el siglo XXI se parece más al siglo XIX que al siglo XX.

No debería sorprendernos, entonces, que aquél capitalismo utópico retorne con nuevos bríos: los viajes espaciales de Bezos, Musk y Branson, los proyectos de mejoramiento cerebral y reversión de la vejez financiados por Google y Thiel Capital, el metaverso de Zuckerberg y Cositorto. Menos optimistas son los bunkers y colonias de refugio que los magnates construyen en Nueva Zelanda en caso de colapso climático. Una maqueta del siglo XX. Y también retornan los intentos de refundar la desigualdad, desde versiones hipócritas de la meritocracia hasta interpretaciones tenebrosas del evolucionismo y las neurociencias para explicar que evidentemente no somos todos iguales, ni debiéramos serlo. 

Por supuesto que enfrente no hay nada con qué responderles porque desde 1989 la izquierda abjuró del pensamiento utópico. Aquí es donde los socialistas de Frobert tienen algo que decirnos. Si el capital se fuga al siglo XIX, allí iremos a buscarlo. Cuando François-Vincent Raspail (1794-1878) escribe que la desigualdad es en realidad una diversidad de inteligencias, que no funda jerarquías y que solo se realizan y complementan en el intercambio, es imposible no pensar en la «inteligencia colectiva» de internet. Cuando Pierre Leroux (1797-1871) advirtió sobre la necesidad de cuidar a ese conocimiento colectivo de ser privatizado por expertos y empresarios, no está muy lejos de las advertencias de Nick Srnicek sobre el «capitalismo de plataformas» o de Cédric Durand sobre el «tecnofeudalismo». Pareciera que los socialistas utópicos nos hablaran a nosotros pero no: escribieron en el siglo XIX para los problemas del siglo XIX. Sin embargo, tuvieron la voluntad y capacidad de pensar más allá de su siglo, de su desigualdad y su tecnología. Esa debería ser nuestra conexión con ellos: aprender de su imaginación política. Leer al siglo XIX con ojos del siglo XXI puede ser más productivo que leer al siglo XXI con ojos del siglo XX.

¿Hará falta decir algo sobre la invasión rusa de Ucrania y sus bombardeos sobre civiles para darle a esta columna un sabor artificial a actualidad? Espero que no.  

Posdata: El verano pasado Ludovic Frobert estuvo de visita en Argentina. Cuando le comenté todo lo escrito más arriba me respondió que una posible salida sería una suerte de historia ficcional, similar a la que hacen Patrick Boucheron o Éric Vuillard. Escribiendo sobre Philip K. Dick y la ciencia ficción, David Lapoujade dice: «En todos los casos, se trata de deshacerse del determinismo de la realidad histórica, de una trama causal donde lo posible no tiene su lugar». Tomo la propuesta de Ludovic y retomo a Ubik. En la novela hay un personaje, Pat Conley, con la capacidad de transportar mentalmente a su entorno a un futuro alternativo. Si el presente se desintegra hacia el pasado, torcer el pasado hacia otro futuro puede ser una salida.

AG

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