Análisis

No es con todos

El Presidente, antes de su discurso.

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Un año después, lo que diga Alberto Fernández ya no tiene el mismo impacto. Ni genera la misma expectativa ni puede provocar la misma ilusión. El Presidente ya no es el mismo: fue devorado en parte por fuerzas que lo exceden -la crisis, la pandemia, la polarización-, en parte por los errores de su gobierno y, lo más preocupante, en parte por su propio modo de intervención en la coyuntura, ese discurso repetitivo que lo para del lado de los comentaristas en un país desigual. La sociedad tampoco es la misma, perdió parte de su paciencia, y ya no es posible siquiera asegurar que la composición del voto se haya mantenido inalterable. 

Descifrar el modelo Fernández 2021 a partir del mensaje del Presidente ante la Asamblea Legislativa tiene sus riesgos debido a ese ida y vuelta albertista, producto tanto de la abundancia de promesas como de una correlación de fuerzas que no le permite avanzar como, por momentos, parece que quisiera. En sus dos horas de lectura en el Congreso, Alberto detalló la respuesta oficial ante el Covid-19, admitió algunos errores -“no somos infalibles”-, se refirió casi al pasar al caso de las vacunas de privilegio y dejó ver que su vocación de consenso tiene límites que no es posible disimular. 

La magnitud y el peso del préstamo descomunal que el Fondo le hizo a Mauricio Macri para sostener su campaña pesan más de lo que se había previsto y obligaron a Fernández a reponer el tema en el centro de la política. Lo dijo el Presidente: este año, el muerto que el peronismo debería levantar ante el organismo que preside Kristalina Georgieva es de 3.826 millones de dólares, en 2022 de U$S 18.092 millones, en 2023 de U$S 19.186 millones y en 2024, de U$S 4.921 millones. Imposible de pagar, lo que explica tanto la “querella criminal” para que dejen de “circular impunes” los responsables de la “mayor administración fraudulenta y mayor malversación de caudales públicos” como la consigna “no queremos apresurarnos” con el nuevo acuerdo. Actor central de la política argentina, el Nuevo Fondo del que alguna vez habló el profesor de Derecho Penal pide lo mismo de siempre y cumplir con sus exigencias de ajuste en plena campaña electoral sería un tiro en el pie para el peronismo de gobierno. De ahí, la frase de Fernández: “el apuro para acordar tienen los pícaros de siempre”. Lo mismo vale para las tarifas, cuya actualización será parcial en el contexto de un proceso inflacionario que acelera y salarios que corren desde muy atrás hace tres años. Alberto dijo que “la conformación de ese nuevo cuadro tarifario va a demandar meses” y pateó la Revisión Tarifaria Integral para el año que viene. En el medio, llegará al Congreso un proyecto para desdolarizar los servicios públicos. 

Junto con la ratificación de un sendero gradual para la reducción del déficit fiscal que ejecuta Martín Guzmán, Fernández volvió a invocar la quimera de la unidad, pero disparó contra la oposición partidaria, los medios de comunicación y el Poder Judicial. Así pareció asumir las consignas de su vicepresidenta que tanto rechazo la causaban cuando era opositor al cristinismo. A la hora de gobernar, mas aún en la antesala de los comicios, el exjefe de Gabinete castiga a los duros del bloque antiperonista que casi no le dieron respiro en su primer año y apunta contra los poderes concentrados y contra los odiadores seriales. No es con todos: Fernández lo aprendió a los golpes.

Retumba antes que nada el capitulo dedicado a la Justicia, un poder que ubicó en los “márgenes del sistema republicano”. El Partido Judicial del que Néstor Kirchner hablaba hace más de una década aparece una vez más como rival a vencer en una pelea desigual, donde los inquilinos de la Casa Rosada chocan con una casta que no rinde cuenta de sus privilegios -no pagar Ganancias, por ejemplo- y es dueña de un poder sin fecha de vencimiento. Desde los jueces de la Corte Suprema -¿preocupan más las causas contra CFK o los fallos contra la reforma jubilatoria?- hasta los miembros de Casación y el fiscal del espionaje Carlos Stornelli. Habrá que ver si algo de todo lo que anunció el Presidente tiene chances de prosperar en el Congreso, pero el pancristinismo pone una vez más a la Corte y los tribunales federales en la vereda de enfrente. Si Fernández lo hace para cumplir con su socia como dicen los guardianes de la República, para ganar adhesión social o porque le resulta inevitable, es importante en un solo aspecto. El Gobierno debería tener claro hasta dónde puede avanzar con sus proyectos de reforma para no caer otra vez en la esfera de la denuncia y la impotencia, algo imperdonable cuando se ejerce el gobierno. 

Retumba antes que nada el capitulo dedicado a la Justicia, un poder que ubicó en los “márgenes del sistema republicano”. El Partido Judicial del que Néstor Kirchner hablaba hace más de una década aparece una vez más como rival

Hasta ahí, Fernández y la demarcación de una contienda política donde aparece con pocos aliados fuera de los marcos del Frente de Todos. Ante una directriz que une los intereses de la oposición, los grandes medios y Comodoro Py, con el Fondo como aliado envenenado, le queda al Presidente y a Guzmán rendir el test fundamental a la hora de ir a las urnas, cómo potenciar el rebote de la economía. Obra pública, dólar atrasado, soja en niveles récord y una alquimia de la que no se conocen precisiones para que los salarios le ganen a la inflación, “principal evidencia”, según dijo, de las propias deficiencias. Frente a una pandemia que agravó el cuadro de deterioro social que dejó el macrismo, Fernández hizo dos sentencias que suenan a voluntarismo: sostuvo que se revertirá el crecimiento de la pobreza que se produjo en el último año y aseguró que la mayor parte de la población está convencida de que viene la recuperación. 

El Presidente ya sabe que cuenta con pocos actores de peso y pocos candidatos a ceder para el dibujo del consenso del que tanto habla. Aspira, todo indica, al acuerdo social con sindicatos y empresas para mitigar el impacto del prolongado proceso de ajuste que pega en los bolsillos. De ese pacto entre sectores con intereses contradictorios, depende en parte el humor de sus propios votantes a la hora de entrar al cuarto oscuro. Del discurso ante la Asamblea Legislativa, pocos se van a acordar.

DG

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