Opinión

Privilegios, casta y clases en el Olivos Gate

Acto del 9 de julio de 2020, en la residencia de Olivos

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Las consecuencias del escándalo desatado por la foto de festejo del cumpleaños de Fabiola Yañez, en el momento en el que regía la más estricta cuarentena y con la presencia del presidente Alberto Fernández en Olivos se medirán con el paso del tiempo. En términos electorales, golpea en la línea de flotación de la campaña que venía desplegando el oficialismo con eje en la gestión de la pandemia, a falta de resultados en el resto de las áreas y especialmente en la economía.   

Pero, el hecho ya dejó en evidencia por lo menos dos cuestiones para el debate.

En una entrevista radial en la que ensayó una primera respuesta oficial, el jefe de Gabinete, Santiago Cafiero, luego de reconocer (y minimizar) el error planteó que desde el Gobierno van a seguir trabajando en la pandemia o la economía porque estos escándalos “no son los temas que le importan a la gente”. Hizo propia, de esta manera, una visión que circula entre adherentes o referentes del oficialismo y que podría sintetizarse así: estas cuestiones tienen poca o nula relevancia en las mayorías populares porque son —esencialmente— demandas de una clase media (mayormente de derecha) un poco cínica y con un doble discurso moralizante. Desde esta perspectiva, los sectores populares estarían exentos en su escala de valores de una dimensión ético-moral que oriente sus juicios sobre la política. Curiosamente, es una mirada que se emparenta con la clásica percepción elitista que asegura que los pobres son meros receptores de concesiones materiales y que su universo de ideas o adhesiones políticas se mide, básicamente, en función de esa “transacción”.

La segunda cuestión abierta a discusión radica en las razones de este tipo de “errores” (como en su momento sucedió con el llamado “vacunatorio vip”): los intentos de explicación en el mejor de los casos o de justificación en el peor, fueron desde la “falta de empatía” o de “sensibilidad” hasta “errores de comunicación” u horrores en la ausencia de “hermetismo” que semejante acto de impunidad requería: en síntesis, era más criticable la filtración de la foto que el pésimo contenido de la película.

Sin embargo, hay cuestiones más profundas que posibilitan que el “error” se inscriba en una dinámica y una estructura. Como la derecha más recalcitrante usa las banderas contra la “casta política” porque milita la utopía del gobierno directo de los dueños, muchos referentes del progresismo o de la izquierda (en el sentido amplio) se niegan a aceptar el concepto y a poner en primer plano la discusión en torno a esos privilegios. El alerta es entendible y en la experiencia argentina tuvimos una década entera (los años menemistas) en la que gran parte del periodismo se dedicó a criticar lo secundario sin cuestionar lo principal, a condenar a la “casta” y preservar a la clase. Pero, si bien es cierto que lo que ordena la estructura es la dinámica y los intereses de clase, la forma del Estado y su carácter permean sobre una “casta política”. Un funcionariado distanciado de los problemas urgentes de las mayorías, que comparte ámbitos, privilegios, formas de vida y termina adoptando una “estructura de sentimientos” semejante a la que tienen “por naturaleza” quienes se creen por arriba de la sociedad, por encima del Estado, más allá del bien, del mal y de todas las cosas. Lo que alguien alguna vez llamó —hablando de un fenómeno de burocratización temprana—: “los peligros profesionales del poder”.  

La dimensión ético-política forma parte legítimamente de la mirada sobre mundo de que tienen las mayorías populares (lo que no quiere decir que por “paternalismo” o demagogia no se puedan debatir aspectos de esas miradas). Y quien no identifique a la clase carece de estrategia, pero quien no reconozca los privilegios de casta y sus consecuencias políticas, no sólo deja esa bandera en manos de las derechas más retrógradas, sino que también desconoce el vínculo íntimo que une a los dos universos. Porque los “errores” de este tipo no se explican por mera ausencia de empatía, sensibilidad, tacto o “viveza” individual, tienen raíces más profundas y, como en muchas esferas, en ésta con mayor razón: todo error es político.  

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