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El día que despegaron rumbo a Miami dieron por hecho que regresarían juntos. Era un viaje más: visitar a la hija y a los nietos, ir a cenar, descansar al sol. Eran respetuosos del virus. Aquí, en Argentina, era junio y atravesábamos la segunda ola de Covid-19. Ana Rosenfeld y Marcelo Frydlewski, su marido, ya estaban vacunados, cada uno con sus dosis de Moderna. Así que tomaron el avión, con el regreso programado a Buenos Aires en unas semanas. Ella volvió, él no.

“Marcelo era más que mi compañero, era todo en mi vida. Todavía no me siento viuda, me siento sola. No me doy cuenta de que él no va a volver, que no va a entrar por esa puerta, que no está más…”, dice Ana Rosenfeld, abogada, abogada de famosos, abogada y amiga y confidente de famosos. Con el tiempo, a fuerza de trabajo y exposición mediática, Rosenfeld se construyó a sí misma bajo el lema “el terror de los maridos”. Y sin embargo ahora, en esta tarde calurosa de octubre, habla una mujer en duelo: una mujer frágil.

Ana y Marcelo se contagiaron de coronavirus durante la estadía en Miami. Ella tuvo síntomas leves. A Marcelo lo internaron porque la diabetes complicó el cuadro. Durante la espera, mientras pedían un milagro, Ana posteó en su cuenta de Instagram algunas fotos. Marcelo pura sonrisa, Marcelo con una camisa a todo color, Marcelo en un jet sky, Marcelo y una mano apoyada en el Muro de los Lamentos… Cuarenta días en coma después, el 8 de octubre, Marcelo murió.

El estudio de Ana Rosenfeld ocupa un piso en un edificio de Microcentro. Hay una pecera sin peces amurada a la pared. Hay un imponente arreglo floral en el recibidor, opacado por una luz artificial que disimula su naturaleza de plástico. Hay secretarias que la llaman “Doctora” y expedientes y teléfonos que no paran de sonar. Ana, 66 años, taconea subida a un par de sandalias rojas. La cara enmarcada en su peinado típico, el pelo que cae, lacio y platinado, a un lado y otro como un techo a dos aguas. Va y viene, menea sin querer su figurín y deja una estela de perfume fino. Conserva, a pesar del duelo, esa chispa tan suya

 “El día que lo entubaron fue todo muy rápido. Él durmió, durmió un mes y medio, y yo estaba a su lado y… Tantas preguntas me quedaron que no tienen respuesta. Si sufrió o no sufrió…”, sigue Rosenfeld, que por fin se sentó en un silla de su despacho.

Al lado, justo al lado, está, intacta, la oficina de Marcelo. El tiempo ahí está en pausa. Un reloj detenido, el calendario de papel fijado en el mes de agosto. El polvo asentado en los muebles. Marcelo coleccionaba objetos, cosas viejas más que antigüedades. Ahí están las navajas y navajitas. Los ceniceros, todos del mismo tamaño, apilados. Cajitas de fósforos. Las bicicletas a escala, las máquinas de escribir. Una cabeza de Geniol. Y entre todo, la camisa blanca de repuesto lista para usar, limpia y planchada, colgada en su percha. Todo está en el lugar de siempre, salvo el cuerpo que vestía esa camisa.

"Entre Wanda y Mauro se quebró la confianza, que es la base de una familia"

En diciembre de 2018, cuando la actriz Thelma Fardin denunció a Juan Darthés por abuso sexual cuando ella era menor de edad, Ana Rosenfeld asumió la defensa del actor. Tiempo después, decidió dejar de representarlo. Unos abogados pidieron al Colegio de Abogados porteño que la sancionaran. El argumento fue que ella había hecho declaraciones que perjudicaban la imagen de Darthés, es decir, que daban cuenta de cierta culpabilidad cuando aún no había, siquiera, fecha de juicio. La sanción que le impusieron a Rosenfeld fue la inhabilitación para ejercer en la Ciudad. Pero la abogada apeló y la sanción, al menos hasta que se expida la Corte Suprema, no tiene efecto.

Así que mientras estuvo en Miami, Ana asesoró vía Zoom a sus clientes. De hecho cerró el acuerdo entre Wanda Nara y su ex, Maxi López. El futbolista adeudaba siete años de cuota alimentaria. Y ahora, que está de vuelta en su estudio de Buenos Aires, está al teléfono. Del otro lado hay una clienta que mañana, viernes, firmará el acuerdo por la cuota alimentaria. El proceso lleva cinco años y todavía no hay acuerdo entre las partes por la manutención de los hijos en común. Una cláusula, parece, no está clara para la clienta, que está ansiosa. Ana le pide que se calme y le explica. Y vuelve a explicarle. Y le dice: “Tranquila”. Y un rato después corta. Se sienta y suspira. 

Ahora que divorciarse es un trámite exprés, ¿en qué falla la Justicia?

La ley es buena, el derecho está garantizado y nadie es rehén de un matrimonio. Pero el resto del procedimiento es arcaico, muy lento. Para fijar la cuota alimentaria todavía tenés que llevar pruebas absurdas para determinar cómo vivías antes y cómo vivís ahora. Y el juez se basa en las cuentitas y los papelitos, y aun así determina montos que son ilógicos. Tarda dos o tres años en fijar la cuota y cuando la dicta queda desactualizada por la inflación y los aumentos de las cosas

¿Cambiaron los reclamos de las mujeres a la hora de divorciarse?

Hay que diferenciar edad y estatus económico. Las que tienen entre 30 y 40 años, tienen solvencia económica porque son profesionales. Las más jóvenes han hecho un convenio con sus parejas en los que dejaron en claro que cada parte tiene su actividad. Incluso sacan plata de su bolsillo y pagan alguna cosa, no están fijándose si le corresponde a él. En cambio las mujeres de 50 para arriba, que hicieron otro contrato de pareja, siguen siendo las más vulnerables. Se ocuparon de la casa, de los hijos, de ser anfitrionas de los socios del marido o se dedicaron a alguna actividad no remunerativa, no sé, pintura. Esas mujeres cuando se divorcian no están preparadas para responder económicamente. No encajan en ningún esquema con la falta de trabajo que hay o los niveles de exigencia para conseguir empleo. A esas mujeres la Justicia tarda mucho en compensarlas.

Te conocemos por haber acompañado divorcios de parejas famosas y heterosexuales. ¿Acompañaste a parejas del mismo sexo?

Si, he hecho ese tipo de divorcios.

¿Encaran de otra forma una separación?

El enfoque es distinto. No suele pasar por lo económico. Las veces que me tocó acompañar este proceso no había reclamos económicos porque las partes trabajaban y había un desarrollo profesional. Venían más por el daño emocional o moral que habían sufrido, por un desengaño o una traición, como resarcir una infidelidad que les había provocado un daño o perjucio. 

A propósito, sobre el tema de debate de los últimos días. Sos la abogada de Wanda Nara, ¿hablaste con ella por su desencuentro con Mauro Icardi?

Hablé mucho con los dos estas últimas semanas. Creo que la base de una familia es la confianza, el respeto, y acá lo que se quebró es eso. Aunque ahora por suerte lo están restableciendo, los perdones van llegando. 

¿El sexting es infidelidad?

No existe más la infidelidad. La sacaron del Código Civil.

Vos me entendés, Ana.

Y… Aunque solo haya sido un jugueteo virtual, aunque no se haya consumado el encuentro, encontrar mensajes te hace sentir triste, te ofende. O te hace ruido, ¿no? 

El diploma, su primer caso y el reencuentro con Marcelo

Hija de una ama de casa y de un hombre que tuvo el primer local de venta de televisores de producción nacional, Ana Rosenfeld creció mirando El Club del Clan y a la serie Perry Mason, un abogado que investigaba tan a fondo que lograba reunir prueba suficiente para demostrar la inocencia de su cliente y la culpabilidad del sospechoso. “Yo quiero ser así”, repetía Ana frente al televisor sin saber que lograría dos cosas: dedicarse al fuero de Familia y ser amiga íntima de Palito Ortega.

Egresó del Carlos Pellegrini y se anotó en la carrera de Derecho en la Universidad de Buenos Aires. Se recibió muy rápido: a los 19 años, en 1974. “Eran tiempos políticos muy complicados y la facultad estaba politizada. Mi mamá odiaba pensar que me tenía que levantar a ir a la facultad y estar expuesta a una situación de peligro. Rendí libre toda la cursada. Solo estudiaba, no trabajaba. Promocionaba una o dos materias por mes”, dice Ana. Sin saberlo, Ana logró dos cosas: convertirse en una leyenda en la facultad y que Marcelo, que era su compañero, supiera que esa chica era leyenda.

Ana se casó muy joven y se divorció muy rápido. “En una época donde divorciarse era una vergüenza para los padres. Pero yo me encontré con que ese matrimonio no era lo que esperaba para mi futuro, porque yo quería trabajar, desarrollarme profesionalmente. No habíamos tenido hijos, tampoco. Así que un día le dije ‘hasta acá llegamos’. Y volví a casa de mis padres”, sigue Ana. 

Ya con el título de abogada, alquiló una oficina sin saber si iba a poder pagarla, puso un aviso en el diario y activó una estrategia de márketing rara pero conveniente. Citaba a todos sus pocos clientes a la misma hora, las dos de la tarde, para que se amontonaran en el ingreso. La espera generaba un golpe de efecto y de sentido común: si hay tanta gente, entonces la doctora es buena. 

Entonces, el primer caso. A esa oficina llegó una mujer que estaba a punto de ser desalojada del conventillo en el que vivía. Resulta que habían comprado la propiedad para levantar un edificio y el nuevo dueño les había pagado a los vecinos muy poca plata para dejar el lugar. La mujer estaba preocupada, no sabían cómo ni dónde iban a vivir. Rosenfeld, recién egresada, fue al conventillo y convocó a una reunión. Y después fue a ver al empresario que había comprado la propiedad. Después de una argumentación digna de una defensa de tesis, Ana logró (y esta vez sí se dio cuenta) dos cosas: que le pagaran a los vecinos una cifra acorde para mudarse y que el empresario pasara a formar parte de su cartera de clientes. “Ahí le perdí el miedo a los poderosos”, dijo Ana alguna vez. 

Pasado el divorcio, al día con el alquiler de su oficina y con una buena cantidad de clientes, Ana se puso de novia. Pero esa historia no importa tanto como el final: a través de ese novio conoció a Marcelo. Fue una tarde, en esa oficina. El novio en cuestión había citado a Marcelo para una reunión de negocios. Cuando Ana abrió la puerta reconoció en ese hombre corpulento al compañero de facultad flaquito y medio hippie que había sido. Y Marcelo la reconoció a ella: la chica que sacaba una materia tras otras. El novio de Ana nunca llegó a la cita, pero ellos charlaron horas. Y ese, digamos, fue el principio de la historia de amor. 

Ana Rosenfeld repasa su vida rodeada de fotos y notas periodísticas que cuentan, en simultáneo, su trayectoria. Ahí con Karina Jelinek, ahí con Bush padre, ahí con Luli Salazar, ahí con sus hijas, Pamela y Stephanie, y con su marido. “A Marcelo le hubiese encantado estar acá ahora. Le encantaba el back de las notas, ver cómo me hacían fotos…”. Intervengo con torpeza y digo, como decimos todos cuando no sabemos qué decirle a los deudos, que “quizás, con el tiempo…”. Ella, tajante: “No. No voy a sentirme mejor. No. Son años y años y años, 37 años, donde hemos compartido todo. Teníamos una química impresionante. Marcelo era...”. Y otra vez el recuerdo, las formas del duelo, esta pena que lleva su nombre. 

VDM/SH

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