Apología de la dispersión, el pájaro de Emmanuel

Emmanuel Horvilleur presentó este año su disco acústico "Pitada", una respuesta musical con sus mejores canciones en medio de la pandemia

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Dime qué quieres, que yo/quiero lo mismo que vos. (Pitada, Emmanuel Horvilleur).

Confieso que esta entrega debería venir con una advertencia, como esos carteles que anuncian en la ruta que se está por ingresar a una zona de desprendimientos, de bancos de neblina o de obras de mantenimiento. El letrero, en este caso, diría “Área de dispersión, circular con cuidado”. Es que fueron días de tomar apuntes y que todo parezca inconexo o deshilachado. Pero tengo un compromiso con este espacio (a propósito: la semana que viene cumplimos 50 ediciones y habrá sorpresas, atención a las redes) y con ustedes (a propósito dos: gracias por sus mails y comentarios, me hacen muy feliz cada vez).

Así que antes que nada –qué pavor el vacío: jamás me animé a ratearme, nunca tuve perros que me comieran la tarea por esto que conté acápreferí abrazar lo disperso y que el gesto se convierta en una apología; agarrar lo que vino en el paquete de figuritas y juntarlo sin pensar en el álbum completo. 

Hecho el aviso, arranquemos.

Kayla mira a cámara. No parece cómoda con la situación, pero hace un esfuerzo para que no se note. Tiene 13 años y graba videos con consejos para la vida que después sube a un canal de YouTube que nadie mira.

“El tema del video de hoy es ‘ser ustedes mismos’. Y es como… ya saben: ‘¿no es que he sido siempre yo mismo?’”, arranca, hace una pausa, titubea. Como si, al escucharse decir esas palabras, su voz le inyectara al mismo tiempo una duda en el cuerpo. Entonces vuelve a frenar y se disculpa: “Perdón, estoy leyendo de este papel. Es que ser ustedes mismos es no cambiar para impresionar a otras personas. Porque, saben, ustedes podrían ser los más populares de la escuela o, por ejemplo, tener el novio más atractivo, o lo que sea. Pero, ¿cuál es el punto si no están siendo ustedes mismos?”.

La escena pertenece a la película Eighth Grade (en Netflix aparece como La vida de Kayla, es la ópera prima de Bo Burnhamde él hablamos por acá–: si se quedan un rato, abajo les cuento más). Una historia chiquita, de esas que en inglés rotulan de manera ñoña como coming of age y en español, a veces, como de formación. De las de hacerse grandes, bah, (como si eso fuera una instancia única que se puede recortar del resto: anotemos esto para otra discusión).

Pero bueno, me quedé con la pausa de Kayla cuando intenta referirse a eso de “ser uno mismo” porque incluso ella, que enfrenta los miedos al vínculo con los demás y las ansiedades de ese momento de la vida –ese yo no sé dónde va, pero tampoco creo que sepas vos que es toda adolescencia– empieza a sospechar de esa cantinela recurrente. La trampa de ser “uno” –solo, individual, único– y a la vez la trampa de ser lo “mismo” todo el tiempo.

Yo, ficción

Construir un espacio donde las palabras circulen y hagan vibrar la lengua. La escritura es un acto de soledad, pero la creación es colectiva. Es con lxs otrxs; sean personas, animales, plantas, estrellas, vivos o muertos. Se trata de abrir ventanas, que el mundo pase y te atraviese. Dejar de ser uno.

La cita pertenece a Te hablaría del viento (Editorial Excursiones, 2021), un libro de pedacitos, de apostillas, de pequeñas escenas de vida y escritura (hay amores, búsquedas infructuosas de departamentos, maternidad, insomnios, días de euforia o de contemplación narrados con austeridad y encanto) que escribió Leila Sucari y que, gracias a ese formato que permite entrar y salir, voy leyendo de a poco. Me agarro de las partes por un todo que siempre es volátil, inasible. Como ese Yo que escribe, que surge en la interlocución, que vive porque hay otros, como señala la autora; ese que no puede más que aparecer apenas como una versión. Yo, fuga, fragmento, ficción.

Según cuenta en su página oficial, el músico Emmanuel Horvilleur estaba una tarde tocando la guitarra abajo de un árbol (si abrimos por acá la temporada de suspiros, esta escena merece que tomemos aire bien hasta el fondo) cuando escuchó el sonido de un pájaro. Eso que apareció por azar, y que a él le llegó como un corista involuntario de la música que estaba haciendo, fue el disparador de Pitada, su último disco, que es un disco acústico, y también un proyecto audiovisual de casi una hora de duración contado en tres actos, además del título de la canción que abre este envío.

Muchas personas critican los acústicos o compilados de grandes éxitos y tendrán sus razones musicales: hablan de fiaca, de una actitud cómoda de los artistas cuando no tienen nada nuevo para ofrecer. A mí, sin embargo, me gustan muchísimo (pienso rápido en los MTV Unplugged de varias épocas, por ejemplo, y me doy cuenta de todo lo que los disfruto: de Shakira a Charly García u Oasis; de Nirvana a esa gema inagotable que es Comfort y música para volar de Soda Stereo).

En fin, Pitada, que se grabó y se registró con cámaras en un campo en las afueras de Buenos Aires, es uno de los discos que más estoy escuchando este año. Porque contiene un repertorio bellísimo de las canciones solistas de Horvilleur –de paso: una de las grandes bestias pop de la Argentina–, y porque hay algo en la búsqueda de este material que me atrae particularmente.

El propio Horvilleur, con su ropa estrafalaria y esa liviandad aparente y a la vez sumamente rigurosa de todo artista pop, explica durante las sesiones de grabación que, pandemia mediante, necesitó conectarse con la naturaleza para encarar este proyecto de llevar a sus canciones más reconocidas a una expresión mínima, pero también intensa, casi mística. Juntar eso que parecía desperdigado o pura dispersión en un sonido sensual y renovado. Versiones nuevas de lo conocido en medio de la incertidumbre, canciones potenciadas por el trabajo de colegas que él admira. La calma madura de una pitada. Me interesó ese movimiento: dejar de ser uno, en palabras de Leila Sucari; un tipo de coming of age, a su modo.

Les dejo una nueva edición de Mil lianas que quiere hacerse adulta y se tropieza porque es incoherencia y discontinuidad. Pero que se arma –y se vuelve a desarmar en loop– en cada lectura que hacen ustedes.

1. Eighth Grade. ¿Se terminó la comedia? ¿Debería estar bromeando en un momento así? ¿Se puede ser gracioso encerrado en una habitación? Esos eran algunos de los interrogantes que se planteaba el comediante Bo Burnham en Inside, su especial musical, humorístico y pandémico por el que varios lo conocimos con la tragedia mundial que implicó la llegada del coronavirus y que comentamos por acá.

Pero antes de este unipersonal, y ya destacado en su rol como comediante, en 2018 el actor había sorprendido a todos con Eighth Grade, un largometraje que escribió, dirigió, fue presentado con éxito en el prestigioso festival de Sundance, que ahora fue subido a la plataforma de Netflix.

La película, como decíamos arriba, tiene como protagonista a Kayla (Elsie Fisher, en una actuación ajustadísima para combinar dramatismo y comicidad), una adolescente de 13 años que está cursando los últimos días de octavo grado, en la etapa de transición hacia la última parte de lo que en Argentina sería la escuela secundaria. 

Kayla es tímida y, pese a que tiene muchos intereses y aparenta ser una chica sensible e inteligente, es una solitaria que vive pendiente de las redes sociales. Por momentos siente que no encaja, de a ratos prefiere quedarse afuera. En cualquier caso, y eso es lo que más me interesó, el director no la expone como alguien perdido ni la juzga por sus gustos que son los de toda una generación. En un movimiento sutil, con escenas verdaderamente graciosas, la exhibe ahí, en la fragilidad de quien está tratando de interpretar un mundo que, como le ocurre a la mayoría, se percibe hostil.

Eighth Grade (La vida de Kayla), con dirección de Bo Burnham, está disponible en Netflix.

2. Mid 90s. Otra ópera prima sobre la adolescencia y el mentado coming of age, otro debut en la dirección de un actor y comediante. Mid 90’s (se vio en cines en 2018 y ahora está disponible en Amazon Prime) es el primer largometraje que escribió y dirigió Jonah Hill, a quien tal vez recuerden por sus papeles en películas como Superbad, Moneyball o El lobo de Wall Street.

Ambientada en 1996, la película tiene como protagonista a Stevie (Sunny Suljic, que ofrece una participación rutilante), un chico de 13 años que vive en Los Ángeles con un hermano mayor que lo agrede físicamente todo el tiempo y una madre que intenta criarlos a los dos sola. Stevie es un preadolescente introvertido, tierno y obediente hasta que dice basta el día en que entra en contacto con un grupo de jóvenes más grandes que se dedican a andar en skate y a meterse en problemas. Stevie los admira: primero es una especie de mascota de esta banda que vive un poco en los márgenes hasta que, con el tiempo, va a ir ganándose su confianza y cariño, en medio de todo tipo de aventuras y peripecias.

La sensibilidad de Hill, más allá de la historia que cuenta Mid90s y la reposición detallista de la época, está puesta en la forma del relato: las texturas de las imágenes, registradas en 16mm, aportan delicadeza y sofisticación, para la narración de los momentos duros, inclusive violentos, que atraviesa el protagonista. El director también eligió una banda de sonido con música de los ‘90 que completa las escenas de manera magnética.

Mid 90's, dirigida por Jonah Hill, está disponible en la plataforma Amazon Prime Video. La banda de sonido se puede escuchar por acá.

3. El mar interior, de Matías Capelli. “No entiendo lo que hablan en las otras mesas del bar (...), no entiendo a esta gente, no sé qué les pasa por dentro. A lo sumo los entiendo doblados al lenguaje internacional. Pero si yo mismo en inglés soy otra persona, alguien menos interesante, más tosco, ¿cuánto me estaré perdiendo? Al no entenderlos, los miro como si fueran otro tipo de seres, bichos de este clima y territorio, los miro como un etnógrafo sudaca a una tribu de rubios altos y prósperos”.

Milton es el protagonista y narrador de Un mar interior (Sigilo, 2021), la nueva novela del escritor argentino Matías Capelli. Es un periodista joven, rondando los 40 años, que emigró a Ámsterdam para acompañar la carrera de su novia: mientras a ella le dieron una beca y pasa sus días en un prestigioso conservatorio, él viajó sin un propósito claro.

Corrido de todo –no habla el idioma del lugar, trabaja para medios argentinos cada vez más en decadencia, no conoce a nadie ni termina de entender la idiosincrasia del país que lo recibió– Milton intenta no quedarse quieto. Entonces se mueve por aguas (las de las calles que lo rodean, las de la pileta donde nada) inestables que lo llevan a hacerse preguntas.

Contado de un modo muy ágil y con observaciones verdaderamente agudas, el libro se despliega entonces como una bitácora, como el registro de una búsqueda inquietante. De fondo: las olas de ese mar interior y turbulento que implica siempre indagar sobre la propia identidad.

Matías Capelli nació en Buenos Aires, en 1982. En 2019, El mar interior recibió el primer premio del Fondo Nacional de las Artes.

La novela El mar interior, de Matías Capelli, salió por la Editorial Sigilo.

¡Hasta la próxima!

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