Las formas de la violencia, el agujero del miedo

"Las cosas por limpiar" es una nueva miniserie que acaba de estrenar Netflix

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“Es por miedo que todos los días hombres y mujeres se levantan, desayunan, salen al jardín. Es por miedo que aman, tienen hijos, van al teatro. Es la emoción fundamental, la que nos mantiene a salvo, alertas, sumando y restando, levantando paredes o componiendo canciones, en vez de quedarse en la cama, ya avanzada la mañana, mientras el resto de los seres del mundo sigue con los ciclos de la vida.

En los humanos, el miedo se aloja en la amígdala, en una zona de la cabeza tan antigua que algunos llamaron ‘cerebro reptil’, como si sospecharan o más bien temieran un parentesco con las igualas o las lagartijas. Así que el medio les lleva siglos de ventaja a la filosofía, a la ciencia o a la medicina. Aunque no a la poesía. Porque por miedo también se dicen palabras, incluso en la oscuridad de una cueva, de un bosque, de un vaso de vino”.

Así empieza Olimpia, la nueva novela de la escritora argentina Betina González (abajo les cuento más, quédense).

Hay un encanto innegable en estos días de sol estirado, un brillo especial –incluso para quienes preferimos la crudeza del invierno–, el bálsamo que llega, también, con la posibilidad de algunos reencuentros al aire libre. Éramos seis amigos en una mesa en la vereda de un bar el domingo al mediodía, la charla iba por el lado de algún debate inviable, seguido por alguna risa o probablemente algún tipo de confesión o chisme.

De repente, un insecto extrañísimo –lamento no poder dar más precisiones porque desconozco del tema: tenía patas carnosas, era enorme en comparación con los que solemos cruzarnos en la ciudad, tenía un ojo brilloso, llegó volando y parecía dispuesto a picar, la imagen misma de la desmesura– se posó en una esquina. Entonces, hubo silencio y diez ojos desarmados por un terror seco. Los míos no; miré a todos a la cara y no lo pensé: en un rapto, como en una toma de karate improvisada, agarré una servilleta y aplasté el bicho contra la mesa de un solo movimiento. Después lo apreté entre el papel y la palma, lo escuché crujir, lo conservé entre mis manos un buen rato. 

Mis amigos me miraron mudos como si hubieran presenciado un truco de magia (admito que, aunque la audacia nunca fue lo mío y suelo ser torpe, vitalicia del club del desliz como decíamos por acá, por un momento me sentí un poco ninja y bastante heroína de un instante ñoño). Estuve a punto de hacerles una broma por el susto que se habían pegado para retomar la conversación, salir del agujero y que todo volviera a la tibieza de ese mediodía. Pero me acordé de un terror propio, un miedo muy mío que me acompaña desde chica y preferí comentar otra cosa.

“Estábamos a una hora y media de llegar cuando, en cuestión de segundos, la tormenta se nos vino encima. Rayos caían a ambos lados del asfalto y F. dijo algo de las gomas y la aislación que no alcancé a escuchar porque un trueno hizo temblar la tierra y ahí fue que el niño se largó a llorar y yo me puse nerviosa y le dije a F. que mejor frenáramos a un costado y él que no, que a la tormenta hay que atravesarla rápido, moverse, así que salimos, y el niño, que se daba cuenta de mi miedo, empezó a llorar de otro modo, palpitando el desamparo, la furia del temporal”.

La escena está al comienzo del libro Un temporal, de Ansilta Grizas (otra vez: prometo que abajo hay más).

“Los recuerdos son siempre recortes interesados. Guardás en la memoria una historia vieja porque cumple su función inteligente. Vía parábola se ha vuelto mito personal y trabaja de eso. Inteligencia en soporte cuentito. Eso son al fin y al cabo los relatos que atesoramos: mitología portátil”, escribió hace poquito el dramaturgo Mauricio Kartun (hablamos de él y de sus folletines pandémicos por acá) en su cuenta de Facebook. 

En la mitología familiar, les tengo miedo a los perros desde el mismísimo día en que empecé a caminar. Me contaron que mientras daba mis primeros pasos, me crucé con un perro que había en la casa de mi abuela, me quise subir a su lomo como si fuera un caballo, el animal me tiró y, en ese movimiento desbocado, instaló para siempre en mi cuerpo una versión indeleble del terror.

Por unos meses dejé de caminar, hasta que volví a hacerlo y ya no paré. Hoy camino mucho y a diario, como les conté por acá, y los perros, atados o sueltos, siguen siendo parte de mi paisaje y mis terrores cotidianos. 

De verdad no quiero pelear, no estoy beligerante (mucho de lo que pienso sobre los perros y sus dueños o el desapego a algunas normas elementales de convivencia civilizada sobre todo en las grandes ciudades, lo escribió para mi gusto con muy buen tino José Natanson en este artículo de hace algunos años). No se trata de un “perros sí, perros no”. Esta vez no. Prefiero detenerme en las palabras, en eso que se suelta, que no es solamente el animal sin correa.

– ¿Vos cómo aprendiste español? –decide preguntarle la nena.

– Leyendo libros.

– ¿Como este?

– No, no, este está en francés.

– ¿Sobre qué es?

– Hay una nena, como vos, y se llama Cosette.

– ¿Qué le pasa?

– Cosette tiene miedo.

– ¿De qué?

– De todo, el miedo la domina, la recubre por completo, le junta los brazos a la cintura, le esconde los pies bajo el vestido, la obliga a ocupar el mínimo espacio posible, no la deja respirar más de lo necesario, le transforma toda la actitud del cuerpo, se aloja en el fondo de los párpados, en un rincón negro, que la domina.

– Yo me quiero ir a Brasil porque allá nadie tiene miedo –le dice la nena. 

El diálogo pertenece al libro La Banda Oriental, de la escritora Paloma Vidal (de verdad: quédense que abajo también les cuento más). 

La frase que más escuché en mi vida, la que suena casi todos los días ante mi espanto y la respiración que se corta: “¡Pero si no te hace nada!”. Hubo un tiempo en el que esa actitud me enojaba muchísimo (sobre todo porque mientras las personas remarcan "no" o "nada", los perros en cuestión se esfuerzan por demostrar más que nunca que están ahí, vivitos y coleando: un gruñido, la lengua afuera, un salto sobre mis piernas, los dientes que se asoman). 

Hoy esas palabras me suenan más a ademán grotesco y a reflejo temeroso de quien las dice. ¿De qué miedo oculto sale esa idea de “no hace nada”, de qué seguro invisible contra todo riesgo? ¿Cómo escapar de eso que hacen –y hacen de nosotros– las personas, la naturaleza, las palabras, las mascotas y, sobre todo, nuestros propios miedos?

Les dejo una nueva entrega de Mil lianas con varios perros y terrores por todas partes. La escribieron manos que a veces atrapan insectos temibles, pero que prefieren siempre la suavidad de una palmada. De un “ya está, ya pasó, respiremos”.

1. Las cosas por limpiar (Título original: Maid). “Lo de anoche fue diferente, me asusté de verdad”. Alex es una chica de veintipocos que le habla a una asistente social bastante reticente mientras tiene en brazos a su pequeña hija de casi tres años. Lo hace con miedo. Porque acaba de escapar de la casa que compartía con un novio abusivo, el padre de la niña, que el día anterior, enfurecido, empezó a golpear objetos hasta que volaron vidrios. Y, porque, a la vez, tiene dudas: sin un ojo morado como otras chicas que va conociendo, sin marcas de golpes en su cuerpo, al principio le cuesta verse a sí misma como una víctima de violencia doméstica.

Con una interpretación excelente de Margaret Qualley (algunos quizá la hayan visto en la serie The Leftovers) y basada con desvíos en el best-seller Maid: Hard Work, Low Pay and a Mother’s Will to Survive –un libro de relatos escrito por Stephanie Land, una mujer estadounidense que trabajó como empleada doméstica para dejar un marido violento y luchar por la crianza de su hija–, Las cosas por limpiar (el título original es Maid) cuenta una historia sumamente desgarradora, un relato sencillo y realista. 

Por la dureza y la gran cantidad de dificultades que atraviesa la protagonista a lo largo de los 10 episodios de la miniserie (el desamparo, la burocracia para conseguir un techo y comida para su hija, los días en el trabajo limpiando casas por hora en lugares aterradores) y la soledad que la rodea (una madre bipolar encarnada por Andie MacDowell, un padre misterioso), esta serie puede ser una experiencia angustiante por momentos. Pero también hay algo honesto, de búsqueda por salir adelante, de intentar a pesar de los obstáculos y las contradicciones, de luchar para entender las múltiples formas que puede llegar a tener la violencia.

La miniserie Las cosas por limpiar (Maid) está disponible en Netflix.

2. Olimpia, de Betina González. “Olimpia es una novela de ciencia en este sentido: persigue un experimento y sus resultados, tan impredecibles como la escritura de un libro. A mí las ideas científicas me producen una especie de aceleración, de alegría: ganas de contar. Creo que las escritoras de ficción compartimos con quienes hacen ciencia varias actitudes: curiosidad por los caminos posibles y los que se descartaron; el juego de ensayo y error; la experimentación y, sobre todo, esa ola en la mente —una combinación de emoción y pensamiento— que marca la chispa de la invención. La ciencia está llena de historias y un experimento que a alguien le parece algo rutinario, visto por una escritora tiene un potencial narrativo explosivo”. 

Con esas palabras definió la escritora Betina González en Infobae su reciente novela Olimpia, un libro sorprendente, lleno de situaciones deslumbrantes, de observaciones y, por supuesto, de experimentos. El principal es la pareja protagonista que, como toda pareja, es a su modo un ensayo. Lucrecia y Mario Ulrich se conocen un verano, se enamoran y rápidamente se van a vivir a una casa que perteneció a los antepasados de él. A partir de ese momento el hombre trabaja discretamente como científico, ella abandona su gusto por los saltos ornamentales y apenas queda embarazada de su primer hijo empieza a hacerse algunas preguntas sobre ella y sobre su cuerpo. Lo hace en silencio, rodeada por dos empleadas domésticas, a su modo también dos personajes sigilosos, y Juan Averá, un cazador de la zona que pareciera guardar más de un secreto. También hay animales, que Ulrich usa para su trabajo y para llevar adelante una empresa muy particular en la que involucrará a todos, y también cobran especial protagonismo dos perros.

De la novela me gustó justamente que, además de las situaciones, los cruces y los silencios compartidos, también se puede leer como un gran ensayo sobre el miedo y sus mecanismos (arriba de todo les mostré cómo empieza y ese pulso sigue a lo largo de toda la novela: los protagonistas, cada uno en su ámbito, cargan con temores, los desenvuelven, los desarman).

La novela Olimpia, de Betina González, fue publicada por Tusquets.

3. La Banda Oriental, de Paloma Vidal. La premisa parece sencilla: una niña y un perro pasan sus días frente a una pileta que los tiene azorados porque es negra. Ninguno sabe nadar. Están en una mansión de Punta del Este, donde la tía de ella trabaja como empleada doméstica para un grupo muy particular de brasileños que descansa en la costa uruguaya. Los días se parecen unos con otros, en esa coreografía rutinaria que es siempre el veraneo: los dueños de la casa miran telenovelas en portugués, beben, comen lo que prepara la empleada, le abren la puerta a un personaje inquietante al que todos le ofrecen un trato casi reverencial, reciben visitas.

La nena no sabe el idioma pero entiende perfectamente lo que ve: sueña con conocer Brasil, fantasea con esa tierra de gente alegre y bien vestida, mientras que el perro, un personaje que a medida que avanzan las páginas va cobrando cada vez más protagonismo, empieza a sospechar de algunos movimientos extraños. 

Al mismo tiempo aparece un reflejo, que no es solo el que ofrece la pileta negra: la nena se entera y empieza a juntar información del femicidio de una chica de su edad que tiene lugar muy cerca de donde están.

La atmósfera, con el correr de los días, de las escenas, se va espesando para ir dándole lugar al suspenso: “algo se rompe, como una represa”. Hasta el vínculo de la protagonista con el perro se altera: “(La nena) piensa en el perro. Seguro que la debe andar buscando, aunque si realmente quisiera encontrarla, lo haría. Lo piensa con odio. Cada vez siente más odio. Hasta del perro. Le irrita su respiración agitada cuando la sigue, y todo el tiempo la anda siguiendo. Cada vez más necesita estar sola. Sola con su miedo”.

Por momentos hay algo teatral –la novela está contada en dos actos–  en una quietud artificial –por momentos las descripciones de la casa y de los espacios parecen los de una maqueta o una escenografía– y en cómo los personajes se mueven. Hasta que gana terreno lo siniestro y el relato se vuelve perturbador y cautivante.

Paloma Vidal nació en Buenos Aires y desde los dos años vive en Brasil. Publicó numerosas novelas, obras de teatro, cuentos y libros de poesía. Enseña Teoría Literaria en la Universidad de San Pablo y es traductora de autores latinoamericanos como Clarice Lispector, Tamara Kamenszain y Adolfo Bioy Casares, entre otros. La Banda Oriental es su primer libro escrito en español.

La Banda Oriental, de Paloma Vidal, acaba de salir por la editorial independiente Tenemos las Máquinas.

4. Un temporal, de Ansilta Grizas. En algún momento del texto, Ansilta Grizas se refiere a Un temporal como “esta bitácora” y me parece una definición ajustada para el libro, que es una de las novedades recientes de la editorial independiente Entropía. Armado con fragmentos, con algunas entradas breves y otras más extensas, algunas que siguen una línea cronológica y otras que van y vienen en el tiempo, se trata del relato de una hija que decide contar una experiencia extrema: los años de su padre a partir de que es víctima de una enfermedad degenerativa, los recuerdos que tiene de él antes de esa circunstancia, de sus palabras, de sus modos, y la construcción, que es siempre endeble y a la vez emotiva, de una memoria de a dos.

“Tus gestos son de una dureza tal que son más de animal que de hombre. Abrís grande la boca, te veo las muelas ya gastadas por tanta presión, los ojos idos o muy abiertos, mirando un punto fijo, las manos tiesas, estiradas o agarrándose del apoyabrazos. Cada cosa en una dirección diferente”, describe en un momento. Sin embargo, la autora no se queda solamente en los días de internación, de fragilidad, de postración de su padre y trata de recuperar fragmentos luminosos de él y de sus propias experiencias, también de sus miedos, mientras ella misma crece, forma su propia familia y cría a sus hijos. Como señala Romina Paula en la contratapa de Un temporal, la potencia arrasadora del texto es tal, que la autora “escribe y al hacerlo traspasa, nos conduce de manera conmovedora a través de esa experiencia que es el dolor (...), escribe como si las palabras pudiesen contener el mundo. Y, acaso, a veces lo hagan”.

Ansilta Grizas nació en 1987 en San Juan, es licenciada en Artes Visuales. Como fotógrafa, publicó Diario de navegación, una obra que surgió a partir de una residencia para artistas que realizó en la Antártida. Un temporal es su primera novela.

Un temporal, de Ansilta Grizas, acaba de salir por la editorial Entropía. El lunes 11 de octubre la autora presentará el libro junto a la escritora Cynthia Edul desde las 20 en Olazábal 1784, en el barrio porteño de Belgrano.

 

¡Hasta la próxima!

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