Opinión

El rap: la mecha que se enciende de La Habana a Madrid

El rapero español Pablo Hasel

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El rap es la música política por excelencia del siglo XXI. Mejor dicho: la música cuya mecha se enciende con el conflicto. Música que, por su propia gramática, puede ser transideológica

Días atrás, decenas de agentes de la policía catalana arrestaron en la Universidad de Lleida al rapero Pablo Hasel para llevarlo a una cárcel donde debe cumplir la pena de nueve meses que le impuso la Audiencia Nacional por sus textos “dichos” o escritos en Twitter contra la monarquía y las fuerzas de seguridad. No se ha privado de la boutade de exaltar al terrorismo de ETA (“Estoy volando, como Carrero Blanco”).

Joan Manuel Serrat, Pedro Almodóvar y otros 200 artistas salieron no obstante en su defensa y, además, reactivaron el debate sobre la libertad de expresión en España. Las calles fueron el escenario de sucesivas protestas juveniles. “A la cárcel van los pobres, pero no la infanta Cristina”, se lo escucha a Hasel en Juan Carlos el bobón.

El rapero lo define como “capo mafioso”, asegura que “no hay guardia que evite que juzguemos a Felipe”, y predice que “se acerca la república popular”. Josep Miquel Arenas, conocido en el universo del rap como Valtònyc, se marchó a Bruselas para no correr la misma suerte de Hasel. Allí espera que la justicia belga se pronuncie sobre su extradición. “Me cago en el rey de nuevo”, brama en Bailar en tiempos de guerra , que forma parte de su último trabajo, En paz descanse.

Valtònyc y Hasel no están solos. De acuerdo con la organización Freemuse, en 2019 se computaron 711 episodios similares en 93 países, 14 de ellos en España.

Océano Atlántico de por medio, el cubano Denis Solís González cumple una condena de ocho meses en una cárcel de la seguridad del Estado por injuriar rítmicamente al presidente Miguel Díaz-Canel. “¿Nosotros o ustedes?, ¿quiénes son los delincuentes?”, se preguntó en Sociedad condenada, en 2019.

Solís González forma parte de la disidencia cultural que se ha nucleado en el llamado Movimiento San Isidro. Su detención provocó un revuelo de proporciones dentro del campo artístico e intelectual cubano. El tema –de larga data- está lejos de saldarse, y no solo porque Solís González se encuentra en prisión, como se denuncia en el reciente Patria y vida.

Este rap tiene más de 2,3 millones de visitas en YouTube. La autoría le pertenece a Yotuel Romero, un ex integrante del grupo Orishas que reside desde hace tiempo en Madrid. Yotuel se acompaña del dúo de reguetón Gente De Zona​, radicado en Miami, Descemer Bueno​, autor de uno de los hits de Enrique Iglesias, “Bailando”, y los raperos El Funkyun y Maykel Osorbo, quien fue condenado en 2018 a 18 meses de presión por sus intervenciones musicales. Por primera vez, y gracias a las nuevas condiciones tecnológicas, se escuchan en Patria y vida expresiones que bajo otras circunstancias habrían provocado un maremoto: “entre tú y yo hay un abismo”, le cantan al Gobierno. Granma, el órgano oficial del Partido Comunista, estalló de furia. “Esa canción empantanada de odio” que “intenta cambiar a Cuba por un millón de vistas en YouTube”. 

Un abismo separa a Granma, la embarcación que trajo a Fidel Castro a la isla para iniciar la lucha armada, en 1956, de la cultura Grammy. Los autores de Patria y vida optaron sin miramientos por lo segundo, y ese es un contundente dato de época. No solo porque incorporaron la interjección “y” en lugar de la conjunción “o” que definía solo dos únicos lugares de posicionamiento la disputa desde aquel 1960 que se escuchó por primera vez la consigna histórica. Además, cambiaron “vida” por “muerte”. Desarmaron aquello que el castrismo había convertido en su propio desiderativo, su amen burocrático, después de un atentado en el puerto de La Habana, a comienzos de lo que fue una revolución. En medio de las escenas de congoja, Alberto Korda fotografió a Ernesto Guevara y ya sabemos qué sucedió con esa imagen que también interpela a los raperos. Ellos dicen representar “la dignidad de un pueblo entero pisoteada”. Exigen “no más mentiras” y “no más doctrinas” de una “revolución maligna”. El estribillo condensa un programa político: “se acabó, ya se venció tu tiempo, se rompió el silencio”.

Lo que tienen en común estos casos habla de la propia matriz del rap: una suerte de plantilla abierta para ser llenada de narrativas disímiles. El género se sostiene sobre el trabajo del DJ, la computadora y hasta un celular, mientras el MC, el “maestro de Ceremonias” recita a modo de salmodia la letra. Prescinde del canto. Habla a veces con una dicción deficiente, pero no importa: ante todo debe tener ritmo, “fluir” a través de una rima que recurre a ciertas figuras retóricas, palabras y estructuras sintácticas. El rapero apela a su oyente. Ese protocolo de intercambio e identificación cancela la idea de “valor musical”. A grandes rasgos se puede decir que cierto rap rechaza las pretensiones estetizantes: Patria y vida y El rey bobón rozan la puerilidad creativa pero ese juicio queda de entrada desactivado por el contexto y la dimensión contestataria del género.

Los actores del hip-hop rechazan el mundo político tal cual es y critican a las instituciones. Su encendida rima de la contingencia interviene en el espacio público e implica especialmente a los pibes de los barrios periféricos: donde hay un borde castigado, un gueto y, como contrapartida, una concepción de la urbanidad diferente, suena fuerte el rap. Esto es así en EEUU (algunas letras de Tupac Shakur son radiografías de la inequidad) o Europa; en Estambul, Nairobi, Río de Janeiro o Santiago, donde durante el estallido social de 2019 retumbó “esto no es por 30 pesos, esto son 30 años” en más de un MC.

Hay que prestarle el oído a lo que se dice en las ediciones de la Freestyle Master Series (FMS), la liga nacional más importante de las competencias de rap de Argentina para saber qué se palpita entre los miles de jóvenes que lo cultivan o disfrutan. “Te guste o no te guste somos el nuevo rock & roll, niño”, dicen Wos y Trueno.  Hay, en esos encuentros que tienen algo de payada, raperos anarcos y kirchneristas. En las redes no faltan macristas.

El rap tiene el estigma del ruido y, recordemos, esa definición también es política, una línea que separa al sonido organizado de su perturbación. “Ruido” nos remite a cierto canon de belleza y lo que es excluido. El filósofo Richard Shusterman subraya que la estética rapera es el reverso inquietante de lo que se suele ponderar en el arte occidental: las ideas de originalidad, autoría única y universalidad. Añado historicidad. Los raperos se apropian de materiales preexistentes, fomentan modos de colaboración, hablan de un lugar y tiempo específicos. “Esta música acecha en el inframundo de la respetabilidad”, dice el autor de Analytic Aesthetics. ¿Qué opinaría sobre Hasel y Denís González?

El rap suele ser acusado de sexista, misógino, y procaz promotor de la violencia y el consumo de drogas. La temprana censura en Estados Unidos de 2Live Crew inauguró una saga que llega a este presente, con sus ristras de condenas morales y estéticas, listas negras, arrestos y suspensiones de conciertos por la fuerza policial. Se le reprocha al género sus formas estereotipadas y su contribución al empobrecimiento del lenguaje. Abundan los críticos que tienden a suscribir la creencia de que esa música causa problemas sociales en lugar de reflejarlos, y por eso reivindican sus expresiones más blandas y comercializadas. Así y todo, en cada crisis, cualquiera sea su hondura y su momento (incubación o vórtice), el rap, en sus formatos más rústicos, tiene algo que rimar e informar. Las masivas protestas de los “Chalecos Amarillos” en Francia se desplegaron al compás de los DJs y MCs. Kopp Johnson compuso Gilet jaune que gira alrededor de un solo grito: “Macron, renuncia”. El video de Johnson en el que califica de “estúpido” al presidente fue visto 24 millones de veces. El “Freestyle Gilets Jaunes” de Kalash Criminel, un rapero francés originario de la República Democrática de Congo, es incluso más obsceno: “yo sólo me garcho a madres como Macron”.

El mundo árabe brama a través del rap (“Who is the Terrorist”, de los palestinos DAM, oscila entre la rusticidad y el perfume orientalista. El video de Mama, I Fell in Love with a Jew es un resumen de una disputa histórica. (No pidan sutilezas musicales). Lo mismo que las comunidades musulmanas en Francia, Alemania y Estados Unidos. M-Team, un dúo norteamericano conocido antes como Mujahideen Team, llegó a incluir en su primer disco, Choque de civilizaciones (su glosa de Samuel Huntington no debería considerarse azarosa), un tema, Gun Fire Sound, en el que imaginan pelear contra los no creyentes: “necesitamos un imán fuerte/ Aprieto el gatillo tranquilo”. J. Dana Stuster, un especialista en políticas de seguridad y en Oriente Medio, editor adjunto de política exterior de Lawfare, llamó la atención sobre este y otro tipo de rapeos similares en Foreign Policy. El título lo dice todo: “Disturbingly Good Jihadi Raps”.

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