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Modelo productivo y trabajo

Un superávit sin derrame: el comercio exterior creció, pero el empleo y los salarios no

Gran parte de lo que la Argentina exporta se produce con mucha maquinaria y poca mano de obra, lo que limita su impacto en el empleo. En la imagen, una cosechadora atraviesa un campo sembrado con trigo en la localidad de General Belgrano.

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5 de febrero de 2026 17:22 h

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La Argentina cerró 2025 con un superávit comercial de US$11.286 millones, resultado de exportaciones por US$87.077 millones e importaciones por US$75.791 millones, según el informe preliminar de comercio exterior del INDEC. El dato mostró un desempeño macroeconómico positivo, pero no tuvo impacto directo en la vida cotidiana de quienes trabajan, cuyos ingresos volvieron a perder contra la inflación durante el año.

Aunque el país vendió más de lo que compró y acumuló dólares, eso no significó una mejora automática para los trabajadores. El comercio exterior cerró con números en verde, pero el mercado laboral siguió tensionado y los salarios reales continuaron en retroceso.

El superávit se explicó por un patrón exportador muy concentrado, basado principalmente en productos primarios, agroindustriales y energía. En 2025, las exportaciones se concentraron en productos vegetales (23%), alimentos y bebidas (15%), productos minerales (12%) y grasas y aceites (11%), de acuerdo con la clasificación oficial por secciones del Sistema Armonizado.

Dicho de manera sencilla: Argentina exportó sobre todo granos, aceites, minerales y energía, bienes que se producen con grandes máquinas y relativamente pocas personas. Por eso, aunque las exportaciones crecieron, ese aumento no generó muchos puestos de trabajo nuevos ni impulsó mejoras salariales generalizadas.

El crecimiento de las exportaciones fue real, con una suba interanual del 9,3%, y ubicó a 2025 como el segundo mejor año de la década en términos de ventas externas. Pero el informe del INDEC no registró una expansión del empleo asociada a ese desempeño, porque los sectores que más aportaron divisas no son intensivos en mano de obra.

En otras palabras, al país le entraron más dólares, pero no porque se haya incorporado más gente a trabajar, sino porque los mismos sectores produjeron más o vendieron a mejores precios.

Del lado de las importaciones, el crecimiento fue aún mayor, con una suba del 24,7% interanual. Las compras externas se concentraron en maquinaria, equipos de transporte, insumos químicos y metales, bienes que funcionan como condición necesaria para que la industria local pueda producir.

Esto significa que para que las fábricas argentinas siguieran funcionando —y para sostener los puestos de trabajo existentes— fue necesario comprar más cosas en el exterior. No se trató de un reemplazo del trabajo local, sino de una dependencia estructural de insumos importados.

La combinación fue paradojal: el país exportó bienes que no crean mucho empleo, e importó bienes sin los cuales la industria no puede sostener los puestos que ya tiene. Ese equilibrio dejó poco margen para mejorar salarios sin afectar costos productivos.

El contraste se volvió más evidente al mirar los ingresos laborales. Según datos oficiales, los salarios registrados del sector privado aumentaron 25,6% entre enero y noviembre de 2025, mientras que la inflación acumulada en el mismo período fue de 27,9%. Eso implicó una caída real de al menos 2,3 puntos porcentuales, incluso entre trabajadores con empleo formal y cobertura sindical.

Dicho de forma directa: aunque el país tuvo superávit comercial, los salarios no alcanzaron para empatarle a los precios. La mejora en las cuentas externas no se tradujo en una recomposición del poder adquisitivo.

El desacople entre el “éxito” externo y el deterioro interno no fue casual. Los principales destinos de exportación —Brasil, China, Estados Unidos, Chile e India— absorbieron ventas ligadas mayormente a complejos primarios y energéticos. La inserción internacional se apoyó en ventajas naturales, no en cadenas de valor con alta densidad de empleo.

En términos simples, la Argentina vendió lo que tiene, no lo que más trabajo genera. Y eso marcó un límite claro para cualquier mejora automática en las condiciones laborales.

El propio informe del INDEC mostró otro dato clave: la industria manufacturera con mayor valor agregado tuvo un peso acotado en las exportaciones, mientras que las importaciones industriales crecieron para sostener la actividad. El empleo quedó atrapado entre esos dos extremos, sin una política que vincule comercio exterior con mejora salarial.

No hubo “derrame” hacia el trabajo, no como consigna ideológica, sino como resultado observable. El superávit no cambió la trayectoria del salario real, ni generó un shock de empleo. Las negociaciones paritarias siguieron rezagadas, y el ingreso de quienes trabajan no recuperó lo perdido durante el año.

Al cierre de 2025, el balance fue claro: el comercio exterior explicó divisas, pero no explicó mejoras en el trabajo. Los salarios registrados siguieron por debajo de la inflación, y no se verificó una expansión del empleo asociada al crecimiento exportador. El modelo que sostuvo el superávit dejó al trabajo afuera de sus beneficios inmediatos, una distancia que los números oficiales volvieron a dejar expuesta.

JJD

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