Sobre este blog

Un trabajo extraordinario: historias e ideas sobre maternidad y paternidad en Argentina es una exploración de lo que nos une y de lo que nos separa a los padres y madres que hoy, en un territorio tan vasto y desigual como el nuestro, contribuimos a la tarea titánica de criar a una persona. Un mapa de temas y problemas, un retrato de un estado de situación, un testimonio de las muchas formas en las que las personas atraviesan y se organizan para atender al desarrollo humano de los niños y las niñas.

Invitamos a los lectores y las lectoras a suscribirse a este newsletter y sumarse a esta exploración de los dilemas, las alegrías y las dificultades que convergen en el trabajo extraordinario que supone cuidar y criar hoy en Argentina.

Por Natalí Schejtman

Dana y su hija.

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Hace algunos años que las conversaciones sobre la concepción de nuevos seres humanos, especialmente en sectores medios y altos urbanos, se ampliaron de un imaginario sexual e íntimo a otro de luces blancas, agujas e intervenciones médicas. La maternidad y la paternidad se fueron postergando hacia edades más avanzadas, se ampliaron derechos de parejas del mismo sexo o personas individuales para pensar en concebir de muy diversas maneras y surgió una creciente industria que propone extender las posibilidades de gestar más allá de los obstáculos biológicos o las condiciones particulares y mueve millones de dólares en todo el mundo.

Los números globales son contundentes para ilustrar lo que está pasando en el mercado de las mapaternidades pero reposan en un esquinita insignificante de ese baño o esa habitación en donde todos los días miles de mujeres en el mundo se inyectan fármacos diversos en sus panzas para la estimulación ovárica antes de una extracción de óvulos o para una transferencia embrionaria y pasan por otras intervenciones con el objetivo de ser mamás de hijos e hijas que nazcan de sus cuerpos.

Hay parejas y personas para las cuales llegar a un embarazo es, por eso, una travesía médica y una catarata de obstáculos y frustraciones. Como me dijo una amiga que pasó por varios tratamientos de fertilidad y ahora está descansando y pensando cómo y si continuarlos: para algunas mujeres como ella, el trabajo extraordinario de la maternidad empieza antes de la maternidad. 

En sus redes sociales, Dana, la protagonista de la historia de hoy, ilustró esto con una foto en la que aparece vestida con blisters vacíos. En esos agujeritos de plástico reposaban las pastillas multicolores que nutrieron su cuerpo a lo largo de unos seis años en los que buscó ser mamá. Si tuviera que ponerle un precio, estima que dejó algo así como lo que vale un auto en todos esos tratamientos. Porque si bien por ley las prepagas y obras sociales cubren tratamientos de baja y alta complejidad, hay un mundo de medicinas, técnicas nuevas y procedimientos vinculados a la fertilidad que se ofrecen cotidianamente para mejorar las chances de que una fertilización asistida logre su objetivo y no siempre o no a priori están cubiertos.

Cronológicamente, su historia con la maternidad empezó hace mucho: cuando de nena se imaginaba embarazada e inflaba la panza para engañar a su hermana mayor. En sus veintis, sin embargo, la idea no la seducía para nada. Hasta que se enamoró intensamente de un chico que conoció en Estados Unidos, cuando ella hacía su carrera de danza, y decidieron hacer valijas y mudarse juntos a un departamento de Palermo en Buenos Aires. Fue ahí que la maternidad le empezó a picar. Tenía 33 años, siete de relación, y planteó la conversación para dar ese paso como pareja. Pero se chocó con otro plan: su novio le dijo que solo quería tener un hijo si lo hacía en el marco de una pareja formal, debidamente casada, pero que a su vez no sentía que era su momento para casarse. Esta discordancia desencadenó una separación bastante dolorosa: seguían enamorados, pero diferían en algo tan intangible como eso que algunos llaman “el proyecto de vida” y no pudieron resolverlo. 

Después de ese duelo, ella se dedicó a vivir su vida. En la web emergían las apps de levante y Dana swipeó una buena rotación de perfiles, se divirtió, experimentó y olvidó por un tiempo su proyecto de maternidad, que en ese momento todavía venía adosado a una pareja. La madre, incluso, le aconsejó congelar óvulos, pero desestimó la idea con cortesía hacia afuera y pensando por dentro “¡qué boludez!” 

–Era inimaginable para mí todo el trayecto que tuve que hacer y no dejo de pensar en lo mal informadas que estamos, cuánto falta en los consultorios y estudios ginecológicos que nos informen bien de las posibilidades y las estadísticas. Una cosa es la perspectiva feminista para empoderarse, hacer carrera, decidir postergar la maternidad, pero tenés que saber que hay un tiempo de los órganos, que envejecen, y que eso no se modifica con el feminismo. 

 

Fue a los 35 cuando el asunto volvió a su vida y de una manera algo amarga: le encontraron un útero minado por miomas dispersos que podían dificultar e incluso impedir la gestación. Llegaron a decirle que su útero quedaría como un colador después de la operación que necesitaba y que iba a serle imposible sostener un embarazo. Pero Dana empezó a investigar otras alternativas de operación que auguraban una mejor posvida para su órgano. 

–Ahí la maternidad empezó a ser un tema en mi vida y sin darme cuenta, en mis relaciones: empecé a buscar un posible papá para mis hijos porque sentía que me tenía que apurar. Eso es una mierda. Cuando me di cuenta de que estaba haciendo eso empecé a pensar que podía planificarlo en soledad. Lo hablé mucho. Empecé a buscar gente que había sido madre sola, algunas por decisión y otras por no decisión. Estamos llenas de madres que criaron y gestaron solas alrededor. Empecé a sacarle el velo del dramatismo. 

Dana también contaba a su favor con una base económica y afectiva: una casa propia, un trabajo estable y una familia que iba a ayudarla en este proyecto. Había considerado la subrogación y también la adopción como alternativas, aunque ninguna le generaba tanto entusiasmo: por algún motivo que no logra descular, la maternidad para ella estaba, en su ilusión, vinculada a la gestación. 

En eso, sucedió lo inesperado: cuando estaba por iniciar un tratamiento, apareció alguien a quien llamaremos F. Se conocieron gracias a OK Cupid, la app de citas que filtra perfiles en función de una serie de preguntas y algortimos. Empezaron a salir. Se engancharon. Pero Dana estaba avanzando en un tratamiento para extraerse óvulos y convertirlos en embriones gracias a esperma donado y eso la tenía muy tomada. Al mes de empezar a salir, decidió compartirlo con él: 

–Le di tres opciones. Una bajarse de la relación, antes de que nos enganchemos más. La otra acompañar sin ser parte y la última ser parte. Yo tenía clarísimo que iba a seguir con mi proyecto pase lo que pase con él. 

Él tenía hijos, mostró interés y en principio dijo que no pensaba terminar la relación incipiente por ese tema. A los seis meses de salir y después de nuevos estudios que le indicaban que tenía que acelerar el tratamiento, Dana fue más enfática. Él le dijo que quería ser parte, tener un hijo con ella, pero que necesitaba más tiempo. Ella lo entendió y lo aceptó. Aprovechó para encarar una operación sofisticada de sus miomas y se extrajo óvulos previamente.

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La relación ya llevaba dos años y Dana cumplía 40 cuando tomó la iniciativa: era momento de fecundar los óvulos con los espermatozoides en el laboratorio –no iba a poder suceder espontáneamente por la operación reciente– e implantarse esos embriones, de a uno por vez, en su útero ya casi libre de los miomas. Dana tenía nueve óvulos congelados. Los embriones fecundados in vitro fueron enviados a Estados Unidos para ser analizados genéticamente: ninguno resultó viable. Los óvulos de Dana, concluyeron los médicos, no tenían el potencial de convertirse en un embrión que pudiera crecer y desarrollarse.

–Ahí fue el primer golpe al corazón, al autoestima, a las posibilidades: mi cuerpo no funcionaba. Lloré mucho, pero no porque yo quería tener un hijo que se parezca a mi biológicamente. Lloré porque nos enseñan a soñar la maternidad y a mí todo me estaba indicando que mi cuerpo no estaba para eso. Todas las pautas y todos los intentos me estaban diciendo a vos esto no te tocó, vieja. Ahí es cuando me surgió la pregunta: ¿Hasta cuándo sigo insistiendo?  

La posibilidad de adoptar volvió a ocupar lugar entre conversaciones familiares y también con su pareja, pero Dana prefirió la ovodonación. La clínica en donde los estaban atendiendo se ocuparía de buscar a la donante de un óvulo y ella empezó nuevamente con los parches, pastillas e inyecciones para preparar su cuerpo para la transferencia. Pero las cosas en la pareja empezaron a trastabillar y dos semanas antes de la fecha acordada para implantarle el embrión, F. le confesó que no estaba para ser papá otra vez, que se bajaba de ese barco. 

Dana se encontró en el mismo escritorio de la médica con la que había estado hablando de un “nosotros” para encarar el proyecto sin pareja: 

–Para mi sorpresa, me dijo que era más común de lo que yo me imaginaba: los varones pueden sentirse afuera del proceso y muchos de ellos, cuando se acerca el momento, se van. Yo había pensado varias veces en dejar de hacer tratamientos pero tenía el horizonte claro de que yo iba a maternar.

Había muchas decisiones para tomar: la donante de óvulos ya estaba lista para desprender su material genético en una transacción cada vez más habitual en las clínicas de fertilidad, y Dana puso la mente en frío más allá de todo lo que la estaba atravesando la separación y optó, sin tiempo para pensarlo demasiado, por acudir a un donante de esperma anónimo. 

Gracias a eso, pudieron conformarse ocho embriones. Ya convencida de su maternidad sin una pareja, se implantó el primero, pero no prendió. Al mes y medio fue por el segundo. Tampoco. Cuando estaba por empezar con la tercera transferencia, la pandemia interrumpió la vida cotidiana en todo el planeta y de pronto Dana, que había pasado por terremotos anatómicos, hormonales y emocionales, que en el medio había cambiado de equipo médico y explorado su cuerpo con distintos estudios que arrojaban nuevas hipótesis y nuevos tratamientos –desde intervenciones quirúrgicas hasta cambios de dieta–, decidió tomarse unos meses de reposo ahora que el mundo parecía haberse suspendido. Usó ese tiempo para rearmarse y depurarse y hacia fin del 2020 encaró nuevamente los preparativos físicos para la transferencia de un nuevo embrión. Tuvo dos intentos fallidos y decidió ir por un tercero, aunque las condiciones no eran óptimas.

Una vez que estás en este rollo es muy difícil decir hasta cuándo. Ponés el cuerpo biológicamente pero también vivís en un estado de postergación y en todo lo que no podés hacer: proyectos que posponés por si prende el embarazo, vacaciones que decís que no por si prende el embarazo, un máster que mejor no por si prende. Yo me había puesto en un momento como límite la edad, la cantidad de intentos, la cantidad de embriones, diferentes fines porque genera mucho desgaste: porque la vida es una mierda si te la pasás en esta bicicleta.

Pero el tercero, el menos pensado, el que ni siquiera le estaba generando la ansiedad de la “betaespera”, como se llama ese período entre la transferencia y en análisis de sangre que confirma o descarta, por considerarlo algo casi imposible, prendió. 

A los 43 años, un embrión producto de doble donación de esperma y óvulo, crecía en su panza. 

Su beba cumplió un año la semana pasada y en estos meses, Dana tramitó el trajín de los más de seis años de búsqueda para encauzarlo en un vínculo madre e hija que, aunque tiene toda esa historia, también se inició desde cero. 

–Una amiga me dijo: “las facturas que le vas a pasar a tu hija” y me pareció horrible, ojalá que no. 

Ella trabaja en la administración pública cinco horas y media (por lactancia). De manera presencial va tres veces, y las otras dos desde su casa. A su hija la cuidan sus padres y una niñera, en un patchwork que tiene los pros y los contras de la diversificación. 

–Mi familia es la red más maravillosa que pude haber tenido. Y tengo un grupo de amigas que de verdad funcionó y funciona: en los bajones, en el embarazo, con el nacimiento, cuando salimos a comer y ellas se la agarran, o me ofrecen quedarse si yo quiero salir.

Durante este año, también recuperó, de nuevo gracias a sus padres y a su hermana mayor, la posibilidad de salir de vez en cuando. Ella tiene claro que no quiere estar abducida por la maternidad en un 100% y trata, en la medida de lo posible y lejos de la actividad que tenía antes, de mantener alguna vida social además de su trabajo. El hecho de que no haya un papá en escena le impacta de maneras diversas: 

–El cansancio es mucho. Yo vuelvo con ella a mi casa y me doy cuenta de que no tengo papel higiénico y la tengo que volver a vestir, abrigarla y salir con ella. No tengo otra alternativa. Lo mismo si me quiero bañar o hacer cualquier cosa: tiene que ser cuando ella duerme. Estoy feliz con la decisión pero eso no significa que no me pese. 

Dana observa en algunas situaciones un trato diferencial ante su elección monomarental, pero también sabe que va a tener que lidiar con ese aspecto que sale de la norma y se prepara para contarle a su hija en el futuro cómo se conformó su familia. Eso implicó e implica contárselo a ella misma y a su entorno.

–Una de las primeras cosas que hice cuando tomé la decisión de hacer esto sin una pareja fue pensar en cómo lo iba a nombrar: yo no soy una madre sola, tengo una familia monomarental por elección. Ni me siento sola ni lo hice todo sola ni quiero la pena de “ay pobre está sola”. Eso también es básico a la hora de poder contarle a mi hija cómo llegó a este mundo. 

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