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Efectos personales

Efectos personales de Marina Mariasch

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Un cuerpo que cae adopta la velocidad de una fruta. Fruta pasada. Después del entierro nos fuimos a comer a una parrilla. Era una esquina barata en Villa Crespo y armaron una mesa larga. Primero trajeron los chorizos y las morcillas, como siempre. Íbamos picoteando el pan y nos reíamos, la ropa elegante que teníamos puesta iba a quedar con olor a grasa. Me di cuenta de que el cuerpo de mi mamá estaba roto. 

Hasta ese momento la había pensado divina, como siempre, maquillada, ofreciéndome un bocadito, ¿No querés darles algo de comer a los chicos? No había sido fácil el entierro, como muchas veces en las historias, en la historia. Fosas comunes, no poder ir, como ahora en pandemia, cementerios superpoblados, tumbas vacías. Ese día éramos una cantidad elemental de deudos. Nosotras habíamos llevado un grabador medio berreta para pasar «She´s Leaving Home» mientras el cajón bajaba y el pizzicato de violín Marina Mariasch 14 con el que empieza había salido en ralenti por las pilas gastadas. Otra vez la música deforme. She´s leaving home, ba, baaaaaaai. El rabino rezó el kaddish y nos cortó la ropa. Era parte de la shivá. 

Nos acompañó un sol pobre. Tuve la sensación de que ahora era rica. Iba a heredar. Además del incordio de la muerte había otros problemas que traía el hecho de que mamá se hubiera suicidado. La mutual israelita no nos dejaba enterrarla en el lote familiar. Matarse es pecado. La religión no permitía que la enterraran en el cementerio donde estaba mi abuelo. Hubo que negociar con las autoridades y al final nos dejaron enterrarla en un borde, junto al muro. En la antigüedad, a los suicidas se los enterraba en las encrucijadas del camino para que sus almas se perdieran. Nunca fueron bien recibidos. 

Los rituales en el cementerio incluían volver a la entrada por un camino distinto al que se había tomado para llegar al lugar del entierro y lavarse y enjuagarse tres veces cada mano antes de salir. También, no volver directo a la casa. Después de la carne, que trajeron en tres braseros de mesa, pedimos flan con dulce. No nos importaba nada. Mi prima, que estaba de viaje y no había podido venir, me llamó y me dijo: ¡Qué tarada! No estaba preparada para escuchar algo así. Las sensaciones se abarrotaban pero no iban en una sola dirección. 

Tarada no era lo que pensaba yo cuando los domingos a la mañana me acostaba panza abajo con la tapa de Sargent Pepper's entre las manos. Más bien pensaba por qué mi mamá tiene que ser tan fan del marrón, tan fanática del beige, me daba un poco de pena. Pensaba que mi papá debía estar secretamente enamorado de una mujer negro-naranja-violeta, una estridencia misteriosa y no de esa finlandia tenue que vi clara en la película Interiores

Ahora no podía descifrar un sentimiento. No es como la muerte normal si hay algo de normal en la muerte. Nada del ciclo: negación, ira, negociación, depresión, aceptación. Incluso dicho así ese proceso suena un tanto esquemático. Esto era: madeja, enjambre, locura, bronca, culpa, vergüenza, death metal, limbo, fiesta (tenía visitas todo el tiempo, las amigas se quedaban a dormir, pijama party), odio, asco, gusto a clavos oxidados. 

No sentía tanta culpa por haberme peleado con ella la última vez que nos vimos el día de su cumpleaños, nos peleábamos siempre. Me daba culpa haber rogado que le pasara algo para que el chico al que había empezado a ver en esa época me prestara más atención. Él estaba muy ocupado porque su mejor amiga tenía a la mamá enferma y la acompañaba día y noche. Dios, ojalá me pasara algo así, pensé para adentro una tarde. Nadie lo supo nunca, pero pasó. Seba se portó como un duque. Vino al velorio, al entierro, se quedó a dormir en casa. Se mantuvo a una distancia prudencial. Unas semanas antes se lo había señalado a mi mamá desde la mesa de un bar. Me parece muy chico, dijo. Nunca nada le resultaba suficiente. 

MM

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