IMPOSTORES: SER O PARECER

La autora “maldita” que pasó del fracaso a convertirse en una descomunal falsificadora de cartas de escritores

Lee Israel llegó a falsificar unas 400 cartas de escritores muy célebres

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“Empezó, como casi todo lo malo, de forma gradual”. La que habla es una mujer de casi 70 años, con una voz firme y casi burlona. Poco después confesará un crimen que cometió cuando tenía 50. Pero antes se ríe, cuenta que acaba de publicar un libro que se llama ¿Podrás perdonarme algún día? Memorias de una falsificadora literaria. Dirá que el FBI estuvo detrás de sus pasos, que entre sus autores predilectos para imitar en sus fraudes estaba en el primer puesto Dorothy Parker. Después de años de ser casi un secreto y ser juzgada por numerosos delitos, Lee Israel decidió ponerse el traje oficial de falsificadora y contar públicamente en un libro que llegó a vender cerca de 400 cartas apócrifas de escritores y personajes célebres de los Estados Unidos que confeccionaba para sobrevivir.

Hasta la salida de esa publicación en 2008, mezcla de confesión y memoir –un texto plagado de anécdotas entre graciosas y grotescas, con tono picante y oraciones ligeras– pocos se acordaban de Israel y del escándalo que había protagonizado décadas atrás.

Nacida y criada en Brooklyn, Lee Israel empezó a hacerse conocida en el sofocante ambiente literario neoyorquino a partir de la década del ‘60, cuando comenzó a trabajar en diferentes revistas de la época en secciones culturales. En una ocasión escribió un comentado perfil de la actriz Katharine Hepburn, a quien entrevistó para la revista Esquire poco después de la muerte de uno de los grandes amores de su vida, el actor Spencer Tracy.

Entrada la década de los ‘70, la periodista y escritora siguió colaborando en numerosas publicaciones hasta que subió un escalón más en su carrera: fue convocada para escribir algunos libros que contaban la biografía de celebridades del momento.

Primero fue la actriz Tallulah Bankhead, sobre la que escribió el libro Miss Tallulah Bankhead en 1972 y en 1979 le llegó el turno a la estrella televisiva Dorothy Kilgallen, una biografía que, con un éxito modesto de ventas, llegó a aparecer en la codiciada lista de best-sellers del diario New York Times.

Según contó la propia Lee algunos años después, en 1983 la editorial Macmillan le ofreció un adelanto para que escribiera una biografía de Estée Lauder, la empresaria y dueña de un imperio del mundo de la cosmética. 

La escritora aceptó y se puso manos a la obra. Al poco tiempo Lauder se enteró del proyecto y quiso detenerlo a toda costa. En sus memorias, Lee asegura que la mujer, una de las fortunas más importantes de la época, llegó a ofrecerle un soborno millonario para que dejara de escribir el libro. Lee de todas maneras continuó y hacia 1985 publicó el texto, con el estilo de una biografía no autorizada. Allí reveló supuestos secretos de la empresaria, quien, indignada, decidió contar su propia versión con los momentos más importantes de su vida en un libro que salió en paralelo.

Entre el libro en contra de Lauder y la biografía oficial, el público optó por el segundo. Y Lee, que había tenido algo de éxito con su publicación anterior, quedó en un segundo plano, el del fracaso. Su reputación también se vio afectada por el episodio: obtuvo malas reseñas y aquella carrera prometedora de a poco se fue apagando.

Todo por 40 dólares

Entrada la década de los ‘90, Lee Israel era una especie de escritora maldita, que seguía dando vueltas por los cócteles y las presentaciones de libros, a quien todos le cerraban sistemáticamente las puertas en la cara. 

Huraña, solitaria y perdida en el alcohol, todavía tenía la ilusión de publicar una nueva biografía que le salvara el pellejo y la hiciera reflotar. Cuando podía, investigaba sobre la vida de la comediante Fanny Brice.

Mientras tanto tenía trabajos breves en editoriales y revistas, que iba perdiendo por sus raptos de ira y un malhumor que se le hizo permanente.

Nacida y criada en Brooklyn, Lee Israel empezó a hacerse conocida en el sofocante ambiente literario neoyorquino a partir de la década del ‘60, cuando comenzó a trabajar en diferentes revistas de la época en secciones culturales

Sin dinero, según ella misma contó años después, se dio cuenta de que había tocado fondo cuando su gato enfermó y no tenía forma de juntar los 40 dólares que le pedían para el tratamiento.

Intentaba de todo para juntar plata: vendía tomos antiguos de su biblioteca en librerías de usados, que por lo general le ofrecían sumas muy bajas por lo que ella consideraba tesoros.

En una ocasión llegó a discutir tanto con el empleado de la célebre librería Strand de Nueva York –ese verdadero templo para los lectores– que le prohibieron el acceso de por vida (años después, la propia Lee llegó a revelar que tramó con un amigo una venganza contra ese empleado: lo persiguió, consiguió su dirección y un día lo llamó por teléfono al trabajo haciéndose pasar por una vecina para decirle que su edificio estaba prendiéndose fuego).

Un día en la biblioteca, mientras intentaba rastrear información sobre Fanny Brice, encontró adentro de un libro una carta escrita por la propia actriz. Sin dudarlo, la robó y la guardó entre sus cosas.

Sabía que ese documento tenía un valor y lo vendió rápidamente. Entonces fue por más: indagó en el mundo de los coleccionistas literarios y se dio cuenta de que podía buscar más cartas o directamente falsificarlas. Tenía un talento inigualable para detectar estilos y luego imitarlos por escrito.

Empezó así su nueva carrera, esta vez desde las sombras. Para eso, además, consiguió varias máquinas de escribir y viejos papeles en los que fue practicando hasta llegar a perfeccionarse.

Por aquellos días siguió una premisa: escribiría cartas de autoras y autores que ya hubieran fallecido. Su preferida era Dorothy Parker, con quien compartía un tono similar de humor. Pero luego llegaron Aldous Huxley, Eugene O'Neill y hasta Tennessee Williams. Fueron tantas –según la propia autora cerca de 400– que la lista seguramente continúa.

Israel llegó a decir que en muchos casos ella embelleció las historias que contaban las cartas apócrifas y hasta que mejoró la escritura de varios de aquellos autores famosos.

Todo lo que ella escribía lo vendía en anticuarios y librerías de usados donde quedaban fascinados por el material que llevaba. Ella aseguraba que habían sido encontrados en una casa familiar o que pertenecían a un pariente coleccionista que había muerto y poco después, por la perfección con la que estaban confeccionados, los expertos en el tema los certificaban como válidos.

Siguió una premisa: escribiría cartas de autoras y autores que ya hubieran fallecido. Su preferida era Dorothy Parker, con quien compartía un tono similar de humor. Pero luego llegaron Aldous Huxley, Eugene O'Neill y hasta Tennessee Williams.

Llegó a recaudar así miles de dólares y hasta tuvo un cómplice, Jack Hock, que la ayudaba en el negocio. 

Por temor a que los descubrieran, Israel y Hock tramaron una nueva etapa de las falsificaciones. La escritora empezó a ir a bibliotecas y a archivos, donde robaba material del que luego hacía una copia falsificada en su casa. Entonces se quedaba con el original y “devolvía” a los archivos las imitaciones, para que nadie sospechara ni detectara las desapariciones repentinas de cartas y documentos. De esa manera nadie podía acusarla de engaño: ahora vendía textos 100% genuinos.

Sin embargo, algunos coleccionistas empezaron a notar movimientos sospechosos del cómplice de la escritora y al poco tiempo la dupla fue buscada por el FBI, que trabajó casi un año de manera encubierta para atraparlos.

Primero cayó Hock y luego fueron en búsqueda de Lee. Una tarde en la que perdió contacto con Hock, tuvo sospechas y rápidamente empezó a deshacerse de algunas evidencias. Entre otras cosas, tiró a la basura unas 12 máquinas de escribir que tenía en su casa para emular la escritura de grandes figuras de las letras y del mundo del espectáculo de distintas épocas.

Finalmente la justicia procesó a Lee, por el delito de robo en los archivos y la falsificación de documentos. En 1993 fue condenada a seis meses de prisión domiciliaria y a hacer tareas comunitarias por cinco años.

“De alguna manera el personaje te pertenece. Finalmente yo tuve a Noel Coward y Edna Ferber y Louise Brooks o gente así. Siempre adoré a las grandes personalidades y tuve buen oído, además de algo de talento para entretener. Puedo ser graciosa cuando quiero, y así es como lo hice”, dijo en una entrevista cuando finalmente publicó su libro de memorias de 2008 por Simon and Schuster. Algunos criticaron a la editorial por darle espacio a la autora de tantas falsificaciones y engaños, aunque el libro tuvo buena repercusión.

En 2015, un año después de la muerte de la escritora –falleció víctima de un cáncer en la médula ósea– se anunció que la historia de Lee llegaría al cine cuando una productora compró los derechos de su biografía

En 2017 se empezó a grabar, por las calles de Nueva York, con la actriz Melissa McCarthy en el rol de Israel. Finalmente el largometraje –una historia dura, bien narrada y atrapante que le valió a McCarthy una nominación al Oscar por su gran interpretación– se estrenó en 2018, como no podía ser de otra manera, con el título de ¿Podrás perdonarme algún día?

AL

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