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De América: el continente en la Copa Libertadores

De América

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Asunción

Quería ver con mis propios ojos cómo es la Confederación Sudamericana de Fútbol. El lugar, próximo a Asunción, es uno de los grandes misterios del continente: apenas podemos verlo la noche del sorteo de los grupos, que es cuando empieza la Copa Libertadores porque ahí se definen los primeros cruces. Esa noche no hay sudor, ni césped, ni pelota; tampoco hay vendedores de gaseosa ni tribunas ni muchedumbres. Lo que hay, que es lo que la televisión deja ver, es un salón de lujo equipado con el debido aire acondicionado y habitado por una módica multitud de hombres de traje: la gente que maneja el fútbol sudamericano. El resto del año el edificio permanece oculto, y la Confederación es una entidad que sólo se nombra, que no está concretamente en ningún lado: “desde la Conmebol llegó la confirmación de la sanción...”, “el jugador se presentó ante la Conmebol...”, “la Conmebol definió las fechas...”. Se la llama Conmebol por el acrónimo utilizado en los comunicados cablegráficos: Confederación Sudamericana de Fútbol

Para llegar no tuve que remontar el río, como solía hacerse antaño, pero sí la Autopista Buenos Aires-Rosario y después la Ruta Nacional 11. El micro salió de Retiro y al rato ya estábamos atravesando la mezcla de parrillas y viveros con que Buenos Aires recibe al que llega y despide a quien se va. En Talar de Pacheco subió bastante gente y el guaraní dejó de sentirse por ráfagas para instalarse de forma permanente. También se asomaron al ambiente cerrado del micro los efluvios que despide la yerba mate cuando se la mezcla con menta y boldo. Después salimos de la terminal de Talar y nos encaminamos con firmeza hacia el norte. Desde ese instante el camino se tapizó de palmeras: su presagio tropical y el Paraná corriendo paralelo a la ruta me confirmaron que íbamos rumbo al Paraguay y rumbo, por lo tanto, a esa Confederación Sudamericana de Fútbol que yo todavía tenía la ilusión de conocer.

La Conmebol fue itinerante hasta 1998: la sede estaba allí donde estuviera el presidente de la entidad. En la década del ´60, como el máximo dirigente era un argentino llamado Raúl Colombo, las oficinas estaban en Buenos Aires. En los ´70 pasaron a Lima porque el presidente era el peruano Teófilo Salinas. Pero cuando en 1986 el paraguayo Nicolás Leoz asumió la presidencia, después de su exitosa gestión en un pequeño club asunceño llamado Libertad, empezó a soñar con una sede fija para el fútbol sudamericano. Todas las confederaciones continentales ya la tenían: la de África estaba en El Cairo, la de Asia en Kuala Lumpur y la de Europa en Nyon. Entonces Leoz pensó, ¿por qué no?, en su propio país. El apego al terruño, la inmejorable ubicación en el corazón de América, la amabilidad con que los paraguayos reciben siempre al extranjero y cierta invisibilidad inherente al lugar pudieron haberlo movido a considerar su patria: “junto con el doctor Havelange alentábamos la idea de construir la sede en Asunción, y en nuestros intercambios esbozábamos que Paraguay podría contar con el terreno adecuado para ese cometido”, escribe Leoz en Pido la palabra, su libro de memorias que conseguí y empecé a leer antes de salir a la ruta. 

Después de las diligencias del caso, el terreno apareció: lo cedía el intendente de Luque, una ciudad vecina a Asunción que ya atesoraba el orgullo de haber sido la capital provisional de la nación durante la Guerra de la Triple Alianza, mientras Asunción era ocupada y saqueada, y anhelaba agregar a ese honor el de albergar la sede de la Confederación Sudamericana de Fútbol. El predio en cuestión distaba, sin embargo, de ser ideal: se trataba, según Leoz, de “un enorme baldío anegadizo y lleno de matorrales y alimañas”. Corría el año de 1994. Eran épocas inciertas. Se estaba lejos, todavía, del espléndido edificio que yo me disponía a visitar. Pero el afán de los dirigentes pudo más y pasado un tiempo, en 1998, la sede fija de la Confederación fue una realidad. 

Más aún: fue, en palabras textuales de Leoz, “una verdadera utopía que se materializó”.

***

El Paraguay fue visto desde su descubrimiento como un territorio en el que experimentar formas de vida más o menos inéditas, bastante autónomas y absolutamente ignorantes de toda ley, dándole a aquel paraje, perdido en la demencial sucesión de afluentes y meandros que van a alimentar el Río de la Plata, una palpable impronta de libertad. 

Ya los fundadores de La Asunción vivían, según comenta en una carta un vecino de la época, con “poco temor de Dios”. Esos hombres venían de establecer, apenas un año atrás, la primera Buenos Aires junto a Pedro de Mendoza. Y habían decidido abandonar aquella aldea, o “desampararla” como se decía en esa época, cuando advirtieron que ni el hambre ni los indios del lugar los dejarían tranquilos. Entonces empezaron a subir por el inmenso río, gracias al cual pensaban alcanzar lo que buscaban todos los españoles que venían a América: el áureo tesoro del Perú. Aquellos conquistadores, aún el más extraño a cualquier noción geográfica, sabían que ese Río de la Plata era considerado el camino al país del Rey Blanco. Y por eso remontaban la corriente, que tan poco tenía de áureo. 

Domingo Martínez de Irala, que había acompañado de cerca a Pedro de Mendoza en la primera Buenos Aires, le escribía a Su Majestad contándole que Sus españoles se estaban internando “a descubrir este río y a que se viese por vista de ojos donde hubiese cantidad de metal o minas de donde se saca”. Se adentraban en el “río” para ver si llegaban a la parte de “la plata”, pero eso no sucedió jamás: aguas arriba, escribe Irala, “se hicieron tan grandes pantanos que en diez y ocho días que caminamos jamás salimos el agua hasta la cinta”.

Llegado este punto, América les dio a aquellos heroicos forajidos algo de lo que habían venido a buscar. Fue en la orilla de un río de aguas dulces y nombre más dulce aún: se llamaba Paraguay. Ahí, en una bahía, en el año de 1537, una tribu los recibió con alegría. Eran los guaraníes, que estaban en guerra con los guaicurúes. Los guaicurúes vivían del otro lado del río, en una comarca muy áspera llamada “Chaco”. No sembraban y daban continua pesadumbre a los guaraníes con sus macanas. Por eso los guaraníes vieron en los españoles la ayuda que andaban necesitando: traían unas armas relucientes, muy ajenas al cosmos de barro y madera que ellos habitaban. Los recién llegados, por su parte, notaron que en el mundo antiguo de esos indios que mataban aves en pleno vuelo no había ninguna clase de metal. Pero al menos eran agricultores, y ellos necesitaban descansar después de la miseria padecida en Buenos Aires. Hicieron un rápido escrutinio y decidieron quedarse en esa bahía donde había comida en abundancia, los indios eran amistosos y el clima era de buen cielo y temple. 

***

Dejé mis pertenencias en un cuarto que alquilé en el centro de Asunción y tomé el colectivo que me llevaría hasta la sede de la Confederación. Era, me dijeron, un viaje de cuarenta y cinco minutos. A la media hora, una señora que me había escuchado conversando con el chofer me ayudó: “¿en Conmebol querés bajar? Yo te aviso”. Fue la primera vez que vi a alguien referirse a la entidad como algo cotidiano, por fuera de un registro futbolístico. Más tarde, cuando el bólido se bandeaba por las zonas suburbanas de Asunción, la mujer me tocó el hombro y me dijo “ésa es, faltan cinco minutos todavía”. Atravesábamos una zona de casas bajas y, efectivamente, a lo lejos se alcanzó a ver una inmensa arquitectura: ahí estaba la Confederación Sudamericana de Fútbol. Toqué el timbre para bajar y cuando lo hice, en el cruce de la avenida Sudamericana con Elizardo Aquino, me encontré a pocos metros de la utopía materializada de Leoz. Era rectangular y gigante. 

El edificio de la Conmebol, supe entonces, no está integrado a la trama urbana sino que se emplaza en un extenso parque entre el Aeropuerto Internacional Silvio Pettirossi y un imponente hotel llamado Bourbon Asunción Convention Center, con los que forma un compacto ecosistema: tanto la Conmebol como el Bourbon, que es el alojamiento asignado a los dirigentes del fútbol sudamericano cuando viajan a Asunción, están a metros de donde termina la pista de aterrizaje del aeropuerto. No se trata de una casualidad: cuando Leoz se refiere en su libro al “enorme baldío anegadizo y lleno de matorrales y alimañas”, agrega inmediatamente: “pero de excelente ubicación, a tres minutos del Aeropuerto Internacional”. Así las cosas, quienes manejan el fútbol del continente no necesitan adentrarse en las calles asunceñas cuando viajan a la sede de la Confederación. Como mucho oirán el estrépito de los colectivos que unen Luque con la capital.

Por mi parte, crucé la avenida Sudamericana y me acerqué a la entrada del edificio. Estaba listo para develar el misterio. Pero la guardia que se ejerce sobre la Confederación es estricta y los curiosos no son bienvenidos: “no se puede pasar, señor” respondía invariablemente el custodio de turno. Tampoco se ofrecían visitas guiadas ni nada semejante. Solamente pude caminar un poco por el perímetro y ver, como dato de color, a los empleados entrando con sus tererés bajo el brazo.

La situación era desalentadora: había recorrido más de mil kilómetros y estaba ante las puertas de la Confederación Sudamericana de Fútbol, pero el objetivo no estaba cumplido porque no podía entrar. Seguía sabiendo apenas lo que cuenta el propio Leoz en sus memorias: que en total son treinta y seis mil metros cuadrados cubiertos, que están repartidos en nueve niveles, que en el primer piso está la biblioteca, en el cuarto la presidencia y en el quinto la cafetería… Era algo, pero era muy poco. Di una vuelta al edificio. El entorno era agradable. En la avenida Sudamericana había poco tránsito, el aire traía un acento vegetal y en los detalles se percibía la inapelable presencia del dinero: los autos estacionados en los alrededores eran nuevos, el césped de los jardines estaba perfectamente cortado y había una cancha de fútbol en la que relucían los logotipos de los principales patrocinadores del fútbol sudamericano. 

Decidí, dada la atmósfera general de bienestar, quedarme en la zona: ya habría tiempo para salir del confortable ámbito futbolístico y encarar la vuelta al centro de Asunción. Me senté en una vereda, saqué el libro de Leoz y volví a las páginas en las que cuenta todo lo relativo al diseño y construcción del edificio: desde las ventajas de su orientación (“el bloque edilicio está orientado de forma tal que nunca recibe el sol de frente, aunque goza de toda su claridad”) hasta las fuentes de trabajo que generó. 

En eso estaba cuando encontré una frase que en Buenos Aires había pasado por alto o no había entendido en toda su dimensión, porque puede leerse como una declaración de principios. Está en la página 196 y dice así: “y debo resaltar aquí el gran corolario (…): la adhesión del Poder Ejecutivo, el Honorable Senado y la Cámara de Diputados del entonces gobierno de mi país, que promulgaran la Ley 1070/97, expresando así su comprensión por el valor de la presencia de la Conmebol en el territorio del Paraguay”.

Entendí entonces que mi viaje no había sido en vano: no había entrado al edificio de la Confederación, pero sí había podido apreciar su gran corolario, que es incorpóreo y no tiene que ver con ningún aspecto edilicio: la inviolabilidad.

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