Pulpa es un suplemento de ficción semanal editado por El Cuaderno Azul que publica textos breves y potentes, directo de nuevas voces para lectores hambrientos. Recibimos textos de manera abierta, a través de este link.
Nuestro Dios no estaba muerto, nuestro Dios quería venganza. El fuego en nuestras entrañas quemaba una vez más.
mujeres en ritual
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Desde que tenemos memoria, nos sabemos distintas. En el tacto de quien nos cria siempre hubo hostilidad. Desde corta edad, si llorábamos, éramos silenciadas. Si interrumpíamos al hablar, encontrábamos el ardor de una cachetada lo suficientemente fuerte como para marcarnos el rostro por unas horas, quizás un día entero. Con el tiempo, aprendimos a callar incluso nuestros pensamientos. Nos volvimos mecánicas, expertas en las tareas de la limpieza y el cuidado, copiando a nuestras madres igual de silenciosas, jamás sonrientes.
Guiadas por la audacia de la adolescencia, intentamos crear lenguajes propios, siempre dirigidas a otras, a iguales. Sabíamos que esta nueva lengua era sólo nuestra, no podíamos compartirla con nadie más, regla nunca dicha en voz alta y aún así, un dogma para todas. Creamos conversaciones enteras, comenzamos agregando silabas en tándem después de cada vocal y con ese código nos comunicamos. Durante varios meses mantuvimos diálogos enteros y nos creímos más astutas que el resto. reímos inventándonos apodos, cuando aún teníamos nombres que distorsionar, cuando aún los recordábamos. En ese momento éramos muchas más.
Tan acostumbradas a callar estábamos que habíamos aprendido a observar. En nuestra propia lengua nos compartimos hallazgos: aprendimos cómo limpiar heridas, cuál arroyo tenía agua estancada y cuál, potable. Una de nosotras, sabía de hierbas para calmar la fiebre y otra, de tés para lo nervios. Creemos que las madres algo sospecharon pero nunca dijeron nada, apenas se sorprendieron de nuestros aportes, parecían entender de antemano cada hongo, planta y tratamiento. Tal vez lo aprendieron en su propia lengua inventada cuando aún eran algo más que cáscaras vacías.
Todo terminó una tarde, en pleno verano. Quizás se acercó un adolescente intentando conquistarnos o quizás nos escuchó un padre, un hermano. Quizás alguna curó una herida frente a un médico, que entre la envidia y la frustración, nos señaló.
Todas recordamos lo que vino después. Los puños cerrados de los padres chocando contra nuestros cuerpos, pintándolos de morado, los dedos marcados en nuestras gargantas, tatuando nuestra piel en rojo y la amenaza, pedí perdón o te mato gritaron con una voz única en distintas casas. Todas, absolutamente todas nos disculpamos.
No nos vimos por siete días. Mordimos nuestras manos, royendo las uñas, separando la piel de a tiras. Sentimos placer al saborear el gusto de nuestra propia sangre, nos resultó un banquete entre los platos escasos con los que nos mantenían con vida.
Nuestras madres no nos hablaron, tampoco nos miraron ni con reproche ni con pena. No podían enojarse. Ya no podían sentir.
Tras el castigo, nos faltó una. Sentimos su ausencia en cada pelo de nuestro cuerpo, creímos ver retazos de la tela de sus ropas arrastrados por el viento, acompañados por ceniza y silencio. Nadie la nombró ni nos atrevimos a preguntar por ella. Tampoco volvimos a hablar entre nosotras, ni en la lengua aprendida ni en la inventada.
Pasan los años. Las madres desaparecen, mueren o envejecen, ya no sirven, ya no las vemos. No podemos extrañarlas, no las conocemos. Tampoco podemos confiar en nosotras, apenas nos comunicamos con miradas, aprendimos que sobrevivir es ignorar, mirar un punto fijo por horas, hasta que los ojos ardan y aparezcan pintitas negras que dibujan una realidad paralela, una realidad nuestra. Nadie nos vigila, no hace falta. Nos sostenemos con ojos vacíos, imitando la rutina mecánica de quien nos engendró.
De repente, llegan hombres de otros lados. Llegan con sonrisas y regalos, con promesas de tierras lejanas, más felices. Supimos tener esperanzas, supimos creer en el amor. Conocemos los mitos de las que tienen suerte y son amadas. Nosotras también lo intentamos y poco duró. Las que creyeron y se fueron a otras tierras, no volvieron. Otras, nos quedamos. Pasamos días, meses o incluso años jugando al Eros, creímos que nuestra historia sería distinta pero un día se terminó porque siempre se termina. Un día algo se quiebra y nos miran distinto, con una frialdad nueva, un día no te aman más. Llegan tarde al principio o no llegan, no podemos preguntar en donde están. Les empezamos a aburrir, no tenemos tanto para contar y ellos lo saben. Dicen que nos repetimos y nos desesperamos. Tenemos la certeza de que su aburrimiento se va a transformar en desinterés y el desinterés, en odio.
Un día pasa, un día no podemos más y pronunciamos todas las preguntas a la vez. Ellos que no tienen respuestas pero también saben que no tienen por qué responderlas, nos acusan. Gritan en nuestra cara que estamos locas, que somos el origen de todos los males y que esparcimos la enfermedad de la debilidad a quien sea que nos toque, a quien sea que nos mire.
El más tranquilo de ellos, nos quiere domar, insiste con las reglas, las tareas, el punto justo de los golpes que padre o marido nos deben dar para curarnos de la condición con la que nacimos, de nuestra propia humanidad. Al principio, nos cuesta aceptarlo pero terminamos cediendo, creyendo que ellos saben más, que es mejor callar que quedarnos solas.
A tantas de nosotras perdimos, tantas se fueron y no volvieron. A tantas se las llevaron y las lloramos a todas por igual, en silencio, sin molestar. Para ellas, no hay justicia, no hay entierros ni palabras ni monedas en las cuencas para que le puedan pagar a Caronte su entrada al más allá. No hay juicios ni arrepentimientos. Como no tenemos apellidos ni recordamos nuestros nombres, tampoco podemos rezar por ellas. No tienen lápida porque no la podemos pagar. Nosotras, que no tenemos pertenencias ni deseos. Nosotras, a las que no está bien visto pagarnos por trabajar.
Por eso cuando llegó Él no le creímos. Era distinto al resto de los hombres pero era un hombre igual. Mostraba sus brazos pero no su torso, era hermoso. Todas lo sabíamos, tenía en sus ojos la calidez y la rebeldía de nuestra adolescencia, su cintura marcada y su pelo que descendía en diagonal, entre rizos desnivelados que le daban un aspecto casi femenino.
Lo ignoramos por días, semanas, pero él continuó encontrándonos, volvía cada día, siempre sonriente. No nos pedía cosas, solo insistía en ayudar. Lo vimos junto a las mujeres que lavaban la ropa al rayo del sol, lo vimos cuidar a los niños, lo vimos cada día y de a poco, lo empezamos a saludar. Ante su presencia, nuestras mejillas tiesas, sin arrugas ni expresión, sufrían contracciones involuntarias. Al principio no entendimos, pero de a poco comenzamos a recordar las instrucciones para sonreír. Él también empezó a confiar, o quizás confió siempre. En su compañía, la realidad cambiaba, podíamos ver el viento como agua abrazándolo, lamiendo cada centímetro de tu piel, convenciéndonos de dejarnos llevar por la corriente mientras flotamos tranquilas, en paz.
Pasamos días enteros juntos, compartiendo silencios con la tranquilidad de que al levantar la mirada, él iba a estar. No éramos iguales, pertenecíamos a distintas especies, pero se sentía como si todas nosotras y él, fuésemos animales que se encuentran y conviven, que necesitan de la simbiosis para sobrevivir.
A su alrededor, la naturaleza cedía. La línea del agua se desdibujaba y los ríos parecían dejarlo pasar, los árboles se estiraban para saludarlo y hasta la serpiente se volvía leal. Comprendimos entonces, que así debía verse un Dios y recién entonces empezamos a confiar.
Se sabe Dios y se presenta en el pueblo, es rechazado. Los hombres se burlan de él aunque a través de las cuencas de sus ojos se puede ver el miedo. Lo notaron diferente y ellos odian todo aquello no sea como ellos, que no apeste a licor, a humo, a golpes y pelea. Aún más odian a quien tenga el poder que ellos creen merecer. Se burlan e intentan atacarlo pero no pueden. Él esquiva cada golpe pero no se defiende. En cambio, se anuncia Dios una vez más y se deja atrapar. Ellos lo atan con sogas que ajustan con fuerza pero después caen; incluso la materia que no siente lo respeta. Él se retira anunciando que sólo tendrán dos horas para aceptarlo como el hijo de un Dios y un Dios en sí mismo. Los hombres ríen a sus espaldas pero tienen miedo. Dudan de nosotras y de sus propios ojos, de sus sogas que no los obedecen.
Nosotras sabemos que un hombre con miedo es un hombre que ataca. Nosotras, que aprendimos a sobrevivir, observamos. Sabemos que los hombres que no llegan a cenar son hombres que no se van a rendir. Sabemos que están reunidos, que planean la resistencia, que van a luchar. Nosotras nos decidimos, vimos a la naturaleza doblegarse ante él, vimos su belleza, bebimos de su paz y no dudamos de su ira.
Nos escapamos y lo buscamos en el bosque en donde creemos que duerme, aunque no sabemos bien si tiene la necesidad de dormir. Algo dentro nuestro fluye como un rio y la corriente nos lleva a su lugar. Nosotras, que aprendimos a ver con ojos vacíos, no necesitamos luces para ver en la oscuridad, sabemos donde doblar aunque no podamos explicarlo. Pisamos exactamente donde deberíamos, como si el mismo pasto se hiciera a un lado para dejarnos pasar.
Lo encontramos rodeado de tambores tocados por hombres distintos, de ojos cálidos pero sin fuego ni licor u odio, ojos sin venganza. Hombres que nunca vimos aunque creemos conocerlos, hombres que lo aceptaron y que bailan a su alrededor. Uno de ellos se mece en los brazos de la deidad, enhebrando sus dedos entre el pelo largo rizado de un Dios que si teme, no lo demuestra, en cambio ríe. Ambos ríen. La alegría de su abrazo es contagiosa, por primera vez en años nos miramos entre nosotras, nos recordamos y abrazadas, sentimos la vibración de la tierra ascendiendo por nuestras piernas, trepando por nuestra garganta, recordándole a nuestras cuerdas vocales el sonido de nuestros nombres. Electrizadas por la música y la euforia, empezamos a bailar.
Los tambores suenan entre ecos y los ojos hipnóticos de los hombres buenos nos observan. Una danza sin reglas, un frenesí de cuerpos que se mueven en distintas direcciones, ajenos a cualquier mirada. Bailamos hasta que cae la noche.
El fuego crece en el centro del bosque pero no es de un rojo furioso sino de un azul intenso, pareciera escapar de la fogata y extenderse como lenguas a través de la tierra hasta abrazarse a nuestros pies. La piel nos arde afiebrada y las ropas nos pesan, nos pican, nos queman; las arrancamos ayudándonos entre nosotras. El fuego sigue creciendo, nuestra piel arde hacia adentro, calentando nuestros tegumentos, músculos y venas, asciende por nuestra columna vertebral, encendiendo nuestro pecho y continúa subiendo, liberando nuestras gargantas cerradas de palabras que no se pronunciaron, de lenguajes inventados. Sube hasta que solo podemos ver con los ojos de la ira.
Recordamos, entonces, cada pregunta sin responder, cada sueño pisoteado, cada comentario sobre nuestros cuerpos, cada vapor etílico de un hombre borracho al que no le importamos más, al que quizás no le importemos nunca porque solo piensa en sí mismo y su voz, que siempre tuvo que sonar más fuerte. Usamos nuestras ropas encendidas como antorchas y, aun danzando, bailamos en una procesión hacia el pueblo. Acompañamos la danza cantando y riendo, como grito de guerra. No nos importó que nos pudieran escuchar, el fuego en nuestro pecho nos hablaba con la voz del Dios, y supimos que esa noche serian ellos quienes no iban a poder escapar.
Divididas entramos a cada casa, mañana no recordaremos si las puertas tenían llave o si estaban bloqueadas, sabemos que esa noche no nos cuesta entrar. Uno por uno, encontramos a los hombres en sus mesas gritando con sus vasos, conspirando entre sí o en las camas bufando, reclamándonos.
A todos los atacamos, cortamos sus carnes con nuestros dientes que parecen afilarse como los de las bestias. Rasgamos sus pieles chiclosas y saladas del sudor, saboreamos el miedo ahumado en sus cuellos. Exploramos capa por capa a través de sus músculos y apretamos, cortando sus carótidas y recibiendo de a chorros la sangre con gusto a comunión. Los miramos a los ojos mientras la vida los abandona, sentimos crecer el fuego y nuestro Dios se volvía más fuerte alimentado por el sacrificio de un hombre con miedo.
Encendemos cada hogar con nuestra piel, las llamas parecían brotar de los pellejos mordidos de entre nuestras uñas. Reducimos la ciudad entera al rojo, al negro, al gris ceniza.
No escuchamos sus gritos, pero seguramente gritaron. No sentimos la fuerza de sus brazos al defenderse aunque probablemente se defendieron.
Nuestros brazos ya no eran finos ni débiles, sino gigantescos, de piel gruesa, opaca. Podíamos verlos juntos, nuestros puños y los de Él, golpeaban a la par. El fuego no parecía afectarnos, nuestra piel no hacía más que abrazarse a las llamas, mientras que los dientes, ya colmillos, cortaban, rasgaban y arrancaban de a jirones la piel de aquél que no nos quiso amar. Saboreando en nuestros labios el sabor metálico de su carne, nos fundimos en el placer. Nos gustó tanto que elegimos una porción y la llevamos a las afueras, al fogón. Como ofrendas, entregamos las partes más jugosas del festín y a la sangre de sus carnes Él, la convirtió en vino.
Juntos, brindamos, compartiendo entre todo el primer gran banquete; comimos y bebimos de sus cuerpos. Arrancamos la fuerza de los hombres con cada mordida, su lujuria y su gula también recorrió nuestros cuerpos. Nos fundimos en una única entidad, una única bestia, micelios de un hongo del que no se sabe dónde termina. Todos éramos manos, nuestra era cada piel siendo besada, nuestras piernas temblaron juntas al acabar y eran también nuestras mismas bocas las que lamían cada una de las pelvis elevadas, vibrantes. Juntos, todos, explotamos. Hombres y mujeres, dioses y humanos.
No fue hasta el día siguiente que encontramos el cuerpo del Dios, con sus brazos y piernas sangrando y una única flecha clavada en el centro del pecho. Estaba cubierto de sangre seca, oscura como la tinta, prueba de que el crimen había pasado horas atrás. A su alrededor, la naturaleza moría para despedirlo. Un halo marrón de pasto podrido y flores marchitas lo enmarcaban.
No faltaba nadie y ninguno de los presentes era el culpable. Abrazamos juntas al Dios que ya pálido y rígido, lloraba y de sus lágrimas que caían sobre su pecho, amado por todos, temido por quienes ya no podían temer, crecería la primera vid. Al levantar los ojos, sin embargo, vimos por primera vez con los ojos del odio. Un odio que ningún hombre, ningún humano debería sentir pero nosotras sentimos.
Nuestro Dios no estaba muerto. Nuestro Dios quería venganza, el fuego en nuestras entrañas quemaba una vez más.
Volvimos a olvidar nuestros nombres. No recordamos tampoco a aquellas a las que perdimos, a las que enterraron sin ritual. No nos importa ni queremos recordar, ahora nos nombramos juntas. Somos una jauría danzante que lo acompaña y lo abraza. Llevamos a cuestas su cuerpo que no se descompone. A nuestro paso, la naturaleza muere.
Recorremos caminos inmensos, completamente descalzas. También nosotras nacemos otra vez, con cuerpos desnudos y ojos de ira. Ya no necesitamos comer ni tomar, nos alimentamos de su deseo, su ira y su sangre hecha vino. Los hombres que lo niegan se ocultan a lo lejos, cuentan los vientos hechos mujeres que tratarán mejor a los demás, ahora que respetan a la furia del bacanal.
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