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Entre misas a presos y pocas visitas, Grassi cumple 7 años en la cárcel

Las periodistas Lucía Salinas y Lourdes Marchese investigaron sobre la vida de prisión de políticos, sacerdotes y figuras públicas en su libro "Prisioneros".

Lucía Salinas y Lourdes Marchese

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El reloj marcó las once de la mañana, era domingo. Se acercó al púlpito que él mismo había construido y abrió su Biblia. Posiblemente habló del perdón, quizás de los buenos pensamientos, y refirió alguna parábola cargada de enseñanzas y mensajes sobre el buen proceder: el amor al prójimo, la bondad, la honestidad, todo ese extenso listado de valores que promueve el cristianismo. 

De pie frente a la mirada atenta de sus feligreses, les habló en tono suave y pausado y los invitó a reflexionar sobre sus actitudes. Estos escucharon la homilía con total atención. En frente tenían a su confesor y líder espiritual, siempre vestido con el mismo atuendo: un saco azul, un pantalón del mismo tono y una camisa celeste. Rezaron todos juntos y recibieron la bendición final que los liberó, en un sentido más bien metafórico, ya que, concluida la misa, todos debían volver a sus celdas. Él también. 

Julio Grassi cumplió siete años en prisión. Sigue siendo sacerdote. Sigue celebrando misa domingo tras domingo en el pabellón de la cárcel de Campana, que se convirtió en su iglesia. Ahí también les toma confesión a los presos. Dice que la Iglesia no le soltó la mano y que continúa siendo sacerdote. Su paso por los principales canales de televisión y su relación con el poder político, tan intrínseca que se hacía difícil de escindir, quedaron en el pasado, así como las cuantiosas donaciones para sus proyectos eclesiásticos. 

Sus días en prisión transcurren sin luces, sin fama, sin amigos poderosos, sin acólitos que lo defiendan de las acusaciones en su contra. Pesa sobre él la condena por abuso sexual y corrupción de 78 menores que inició, con la voz quebrada, “Gabriel”, un chico de la Fundación Felices los Niños, la misma que nació con fondos del menemismo y de los llamados telefónicos al programa de Susana Giménez. La lista de abogados que lo defendieron es tan extensa como poderosa: el exfiscal Luis Moreno Ocampo, el exjuez federal Julio Virgolini, Jorge Sandro, que había sido abogado de Gregorio Ríos, el jefe de seguridad de Alfredo Yabrán, y Miguel Ángel Pierri, que representó a uno de los policías acusados del atentado a la AMIA. 

“Sus abogados daban muestra de la plata que había invertida en defenderlo. Era el cura del poder, el sacerdote del poder, el símbolo de la Iglesia con el menemismo, el vínculo con (Alfredo) Yabrán, que aportaba plata, Jorge “Corcho” Rodríguez con Susana Giménez usaban su programa para donaciones. De máximo la Fundación era usada para lavar dinero, de mínima, para expiar culpas de muchos de lo que significó el menemismo en materia de corrupción”, describió el periodista Rodrigo Alegre, quien lo investigó desde el primer momento.

 Ese poder le permitió postergar las instancias judiciales hasta que, finalmente, en 2008, por primera vez, se lo vio al cura del poder, como muchos lo llamaban, sentado en el banquillo de los acusados. El juicio en su contra se desarrolló durante nueve meses. Para él, todas las acusaciones son mentiras, y se escuda en un hecho, el mismo que le sirvió para sobrevivir en prisión: la Iglesia nunca le retiró su estado clerical, sigue siendo parte de la institución católica que le concedió el cargo hace más de tres décadas. Aún viste su cuello romano como símbolo de ello. “Solo le importaba eso, su imagen personal, que construyó a partir del poder que le dio la fundación”, relató un allegado de su extrema confianza. 

 Desde el 23 de septiembre cumple una pena de quince años. Acumula días en una prisión particular, la de Campana, la Unidad Penitenciaria 41, en suelo bonaerense. 

La prisión, donde se aplica un régimen cerrado de mediana seguridad, es bastante nueva. Se inauguró en 2006. Es una unidad carcelaria para hombres considerados de buena conducta. Pero, a pesar de ser de las más nuevas, no está exenta de la decadencia del Servicio Penitenciario Bonaerense. El día de la inauguración, los reclusos jugaron un partido de fútbol contra el personal del Servicio Penitenciario Bonaerense. Los internos golearon 6 a 0. “Fue un afano”, ironizan quienes presenciaron el partido. Y, hasta hoy, nadie sabe muy bien qué fue de la pelota con la que se disputó el partido. Las versiones, de lo más variadas, abundan. Las celdas son un poco mejor que las de otros penales, ya que tienen capacidad para seis internos, aunque también hay para únicamente dos reclusos. Cuenta con una escuela que dicta el nivel primario y secundario, una escuela agraria con sectores para cría de animales (cerdos y gallinas) y una variada gama de talleres en los que realizan artesanías. 

También se les da a los internos la posibilidad de especializarse en la reparación de automotores, pero pueden optar por ser los responsables de amasar los panes con los que desayunan todos los días los presos. Esta cárcel, que es un panóptico por naturaleza, cuenta con doce pabellones construidos de forma circular y divididos en dos sectores. 

Por un lado, el A, integrado por seis pabellones de 16 celdas cada uno con capacidad para dos internos por calabozo; por el otro, el B, también de seis pabellones, pero con ocho celdas que albergan hasta un máximo de seis internos. 

En Campana, donde también estuvo alojado Carlos Carrascosa, el viudo de María Marta García Belsunce, cuentan con un sector de separación del área de convivencia, que posee ocho celdas individuales. Asimismo, el sector admisión se compone de dos celdas. En el sector servicios se encuentran los talleres, la panadería, la cocina de internos, el depósito de víveres, la carnicería y la enfermería. Hay algo más. Este penitenciario bonaerense montó una compañía de teatro que solía recorrer los diferentes pueblos de la provincia, presentando sus obras en centros de jubilados y teatros municipales. Toda una aventura para muchos presos. 

A esta cárcel fue enviado Grassi en septiembre de 2013. Se le explicó en detalle todas estas facilidades. Pero no prestó atención, no lo creía posible. Aún algunos abogados sostienen que minimizó la situación y que nunca creyó que la prisión era una posibilidad. Pero ocurrió, y ese edificio se convirtió en la residencia de Julio Grassi, un hombre de vínculos poderosos, de llegada a los principales referentes de la farándula, famoso, bonachón e impoluto hasta que las denuncias comenzaron a radicarse en la Justicia de Morón, que tiene jurisdicción sobre la Fundación Felices los Niños. 

Su historia de prisionero tuvo altibajos. Al principio sufrió malas experiencias, que incluyeron escenas de violencia; luego supo construirse una meseta, en la que logró obtener días de paz entre los muros de Campana, pero que, en alguna medida, le representó una nueva causa judicial. Ingresó a la cárcel de Campana por la tarde. 

Después de los trámites de rigor, que incluyeron una revisión íntegra de él desnudo, firmó unos papeles y le informaron cuál sería el lugar asignado. Su saco azul, el pantalón combinado y una camisa celeste son su “uniforme” de presidiario. Así como se lo solía ver en los raids televisivos pidiendo fondos para su Fundación, con el mismo atuendo comenzó a caminar por 81 uno de los pasillos del penal hasta ingresar al pabellón 6, que contaba con 73 internos calificados de “buena conducta”. 

Pero nada sería tan sencillo. Sintió miedo esa primera noche. La condena dictada por el Tribunal lo señalaba como responsable de abuso sexual de menores, y no desconocía las represalias que, según las leyendas, sufren en la cárcel los condenados por esos delitos. Quería que esas historias continúen siendo únicamente eso, leyendas. Aunque estoico e imperturbable en su semblante, asegura que el primer tiempo no lo pasó nada bien. Sintió que nunca podría acostumbrarse a esa vida circunscripta a los metros cuadrados de un pabellón, con su peculiar olor rancio, el hacinamiento, la falta de aire, la falta de libertad. Además, la hostilidad hacia él era indisimulable. Recibía todo tipo de ataques verbales. Sin eufemismos, con palabras directas, varios internos demostraban su repudio. Pero, aclaran desde su entorno, nunca llegaron a atacarlo físicamente. Como las agresiones no paraban, el personal del Servicio Penitenciario decidió aislarlo por un tiempo para garantizar su integridad física. La situación era tensa, incómoda y, sobre todo, incierta. 

Alejado de los demás presos, Grassi, sabiendo que le esperaba una condena de muchos años, comprendió que debía pactar con los reos, ofreciéndoles algo a cambio. En la cárcel siempre es necesaria una moneda de canje, y él lo sabía, pero no se le ocurría qué podía ser. 

Recurrir a su entorno, que por ese entonces ya le había soltado la mano, no era una opción. Pensó, entonces, que solo le quedaba su fe. Después de varios días regresó al pabellón ante la mirada atenta de sus compañeros de reclusión. Su andar pausado, la misma vestimenta de siempre y su mirada para nada provocativa acompañaron aquel retorno a su celda individual, donde poco a poco se fue acomodando. Ya tenía claro con qué negociar, y lo confirmó al ver que jamás podría imitar los métodos con los que los mandamases del pabellón se ganaban el respeto de los otros reclusos. Pero primero debía hablarlo con sus abogados. 

En la sala de reuniones, un lugar con más privacidad, alejado del patio común, donde tenían lugar los encuentros familiares o las visitas de amigos, les dijo: “Quiero volver a dar misa”. Entonces comenzó un sinfín de papeles que se preparaban, que se recibían en oficinas administrativas y que se contestaban tardíamente. 

Al principio, el Servicio Penitenciario no estuvo de acuerdo en concederle el permiso a Grassi, quien, a su vez, ante cada negativa, redactaba una respuesta que hacía llegar a través de sus abogados (siempre actuó como su propio abogado). Insistía en que debían permitirle lo único que, según sus planteos, sabía hacer y a lo que desde muy chico había decidido dedicarse de por vida, más allá de si se encontrara en prisión o en libertad. Después de muchas oficinas recorridas, y argumentos cruzados en notas, obtuvo el permiso del SPB. La próxima instancia no era menos compleja. Debía convencer a sus compañeros de pabellón de que asistieran, de que vieran en él una autoridad espiritual, ya que no iba a poder imponerse como líder bajo los códigos carcelarios. Sabía convencer a las personas, sabía persuadir, sabía liderar grupos importantes. Finalmente, como resultado de su habilidad para relacionarse con las personas, incluso con las más erráticas, Grassi consiguió instaurarse como símbolo de otra forma de llevar adelante la vida en prisión. Siempre con la misma ropa, haciendo honor, sostiene, a sus votos de pobreza, se paseaba por aquel pabellón con su traje azul, su camisa celeste y su alzacuello, conocido como cuello romano, mostrando que aún era una autoridad espiritual, la misma que se confesaba con Jorge Bergoglio antes de que se convirtiera en Francisco. 

Su celda contaba con algunas comodidades —un televisor a color, una radio e incluso llego a tener un teléfono propio— que la distinguían de otros calabozos. En ese espacio reducido acumula libros (la mayoría, eclesiásticos), cuadernos en los que escribe sus homilías, en los que desmenuza las acusaciones en su contra, argumentando sus respuestas. Todo tiene un orden y un lugar asignado. Acompañan aquellos elementos un rosario, el que utiliza para cada momento del día. 

Aunque meticuloso y poco amigo de los cambios, las circunstancias lo obligaron a modificar su rutina: no solo debía incorporar el rito de la misa, que no se limitaba a los domingos, sino también el sacramento de la confesión. Comenzó con un preso, indistinto en su edad, nombre y delito. Lo escuchó. Aquella persona, sin darse cuenta al principio, se estaba confesando. Grassi volvía a ser Grassi, pero rodeado de muros de concreto. Guardó silencio mientras su compañero de pabellón hablaba. Estaba escuchando los pecados ajenos. Nunca habla de los propios, pero asume haberlos cometidos (alguna vez se defendió de los delitos de abuso sexual esgrimiendo: “Cometí muchos pecados. Ese no”). El preso contó que el cura del pabellón lo había escuchado, que le había prescrito unos padrenuestros, unas avemarías, y que lo había eximido de cargo y culpa, algo que nunca habían conseguido de la justicia secular. Entonces, otro interno del mismo pabellón 6 se acercó una tarde y comenzó a charlar con el cura. Unos cuantos minutos transcurrieron, hasta que lo liberó de los males cometidos, al menos de los que estaban a su alcance como confesor. Ese poder lo convirtió en un líder espiritual. Era el responsable de escuchar a los presos. 

En su celda, ya convertida en una suerte de confesionario, lo más relevante era —en medio de la exigua privacidad— el secreto de confesión. Así fue como, con el transcurrir de los meses, se empezaron a referir a él como “padre”, “cura”, y le concedieron un lugar diferencial, A pesar de que todos compartían la falta de libertad, él tenía algo que los demás no: su atavío sacerdotal, que vestía todos los días. Quienes se confesaban semanalmente con él iban a escuchar sus homilías. Previamente, claro, debió tramitar el permiso para ingresar los objetos litúrgicos: la bandeja de la comunión, el cáliz y el copón eran los esenciales. Sobra aclarar que el vino de misa no se podía utilizar. Tuvieron que pensar en un reemplazo. El púlpito lo construyo con sus propias manos en un taller del penal. Era otro elemento que lo diferenciaba de los presos, a los que comenzaba a guiar como una suerte de grey ya condenada por el sistema. Convirtió ese espacio de reclusión en su iglesia. Una peculiar, sin lugar a duda. Y repite cada tanto que, a fin de cuentas, Jesús se reunía y le predicaba a gente así. Una comparación extrema pero ya escuchada. Fue responsable de instaurar que la misa en ese sector de la cárcel de Campana se celebrase todos los días, siempre en el mismo horario. Cuando avisa que la misa está por iniciar, detrás del púlpito está él, con una condena que confirmó la Corte Suprema de Justicia por abuso sexual de menores. A él no le importa, porque siempre sostuvo que todo respondió a una persecución política, algo que incluso dijo, antes de quedar detenido, frente a las cámaras. Esas luces se apagaron en septiembre de 2013. 

El tiempo privado de su libertad transcurre con los mismos componentes: “Dar misas, evangelizar y así cumplir su función pastoral dentro de la cárcel”, resumen desde su entorno. De este modo obtuvo cierta paz en la cárcel, y pudo reducir los momentos de tensión que lo tenían a él como blanco. Ya contaba con un grupo importante de seguidores, pero entendió que el bienestar debía trascender su rebaño. Habló con algunos amigos, los pocos que le quedaban, y ordenó que parte de las donaciones que recibía su Fundación fueran redireccionados al penal. Por lo general, se trataba de alimentos, aunque una vez llegó al pabellón 6 un frízer. Esta decisión le valió una causa penal, que también involucró a otras diez personas, entre ellas su exchofer, el portero de la Fundación y dos religiosas. Todos terminaron procesados por los delitos de malversación y peculado. Julio Grassi declaró durante nueve horas ante la Justicia. Contó que algunos de los alimentos que hizo llevar al penal de Campana eran donaciones que recibía él personalmente, como chorizos o lentejas, y que los que pasaban por las donaciones y salían efectivamente de la Fundación eran alimentos que se recibían, por ejemplo del Mercado Central, y que se iban a pudrir porque sobraba para darles a los cincuenta chicos alojados ahí. Según él, cuando llegó a la cárcel, le impactó la “desgracia, la pobreza y el hambre” que vio entre los presos. El circuito que habilitó para que llegaran otra clase de alimentos al pabellón 6 le terminó de conceder la tranquilidad para vivir sus días tras las rejas: “Empieza a vivir mejor dentro de la cárcel. Logra vivir normal, deja de ser maltratado, perseguido. Lo dejan vivir tranquilo y cumplir su función pastoral”, explicó un íntimo amigo, de los pocos que le quedan y aún lo visitan. Es muy selectivo con las visitas que autoriza, pese a cómo sustancialmente se redujo su círculo íntimo. Quizá porque su carácter es menos amable del que mostraba frente a las cámaras, quizá (o también) porque confía en muy pocas personas. Grassi recibe solo a unos pocos amigos, dos o tres. 

Una de esas personas que nunca faltan al encuentro semanal es Lucía Portal, quien, junto con Raúl Portal, siempre defendió públicamente a Grassi. Raúl también lo visitaba incansablemente, hasta que falleció. Así, todo fue más acotado aún. Sus afectos le llevan comida todas las semanas. Él no consume los alimentos que proporciona el Servicio Penitenciario Bonaerense. Todo proviene de afuera, sea poco o mucho, pero nada es cocinado en su lugar de detención. A sus abogados los recibe en una oficina que cuenta con absoluta privacidad. Celoso de esas charlas, el cura, desde que comenzó a ser investigado, recae sistemáticamente en el mismo comportamiento: quiere diseñar su propia estrategia de defensa. Discusiones, desacuerdos, charlas siempre argumentadas signan muchos de esos encuentros, a los que llega prolijamente peinado, pulcro en su aspecto y siempre con su ropa sacerdotal. Quienes lo conocen aseguran que sus planteos, al partir de la base de que todo es una persecución, son de “genio corto”, y que abundan en enojos y quejas. Invierte muchas horas del día en leer minuciosamente los expedientes. En la mesa pequeña de su celda, tiene una pila de fotocopias de todas las imputaciones, de las pruebas recabadas, de los testimonios, de la documentación anexada y de las pruebas incorporadas durante el juicio. Todo tiene una respuesta de puño y letra volcada en uno de los tantos cuadernos que fue acumulando durante estos más de siete años y que lleva a cada encuentro con sus abogados. No se pierde un detalle de cada medida adoptada. “Es meticuloso, sobreinformado, sobre sus causas”, confiesa una persona de su entorno. A través de su radio personal, o haciendo zapping en el televisor instalado en su celda, sigue primordialmente las noticias. Lo obsesiona lo que se diga sobre él y si hay nuevas decisiones judiciales. 87 Grassi continúa en prisión. El régimen, que es semi abierto, permite más circulación que la habitual en otros penales. Se lo ve caminar, con la calma que suele perder cuando ve titulares con su nombre, pero ahí está, recorriendo los rincones de la cárcel en silencio, siempre meditabundo, con su pantalón azul oscuro y el suéter haciendo juego, y siempre (jamás se lo saca) el cuello romano, lo que le quedó de su vida sacerdotal fuera de aquellos muros. Prolijo, meticulosamente arreglado, siempre la misma imagen, el mismo recorrido, los mismos días, la misma prisión.

 Con más de siete años en la cárcel y una pena que vence el 7 de julio de 2026, con la posibilidad de comenzar a pedir salidas transitorias en el 2021, asegura que no supera ni va a superar nunca, el derrumbe de su Fundación. Ese edificio con capacidad para cuatrocientas personas y que en 2013 aún albergaba a 50 niños es un símbolo de lo que no fue o de todo aquello que fue y que lo condujo a vivir tras las rejas. Su organización ya no funciona. Hay la acorralan las deudas: suma 120 juicios laborales y demandas de acreedores que se tornaron impagables. 

Según estimaciones oficiales, tiene un pasivo que supera los cien millones de pesos. De diez llamados telefónicos que realiza, en ocho de ellos habla de la frustración que le genera el derrumbe de Felices los Niños. 

Según la Justicia, tras una inspección ocular realizada en la Fundación, se descubrió que de la habitación de Grassi se iba a “un salón espectacular, con equipo de audio, tevé, una cama grande y un espacio para hacer gimnasia. Parecía una suite nupcial”, remarcó el juez Alfredo Meade. Esa “suite nupcial” se encontraba en la sede de la localidad bonaerense de Hurlingham. Fue la base de un edificio que Susana Giménez inmortalizó como “el Sheraton de Grassi”. Se levantó durante el gobierno de Carlos Menem con el otorgamiento en comodato de 67 hectáreas que pertenecía al Instituto Nacional de Tecnología Industrial. Esa decisión, firmada por Domingo Cavallo, llegó con una donación de cinco millones de dólares, toda una fortuna. Solo quedan las ruinas de su imperio, que aún lamenta tras las rejas. Practicante de su propia defensa, en 2019 decidió empezar a cursar Derecho a través del programa UBA XXI. Invierte gran parte de su tiempo en eso, haciendo consultas a sus abogados más referidas a lo que debe estudiar y rendir. A los libros eclesiásticos de su celda se sumó la bibliografía de la carrera. 

Aguarda, sumando argumentos, que la Corte Interamericana de Derechos Humanos revise su caso, pese a que la Corte Suprema ya confirmó la acusación en su contra. Su inocencia, dice, es su bandera. Sus abogados le creen. Los últimos defensores, porque, desde que se abrió la causa, pasaron una decena de asesores letrados. Muchos de ellos le creyeron y le siguen creyendo. Defienden, aun alejados de la causa, el comportamiento del fundador de Felices los Niños. Él habla de complot y persecución. Insiste en que fue víctima de un entramado que incluyó a Susana Giménez, a su ex, Jorge “Corcho” Rodríguez, y a Rodolfo Galimberti —el exmontonero—. En el programa de Susana, se podía llamar a un número telefónico para participar en un sorteo. Una parte del costo de cada llamada (tres pesos) se destinaba a la Fundación Felices los Niños. La empresa Hard Communication, presidida por Jorge Born y propiedad de Rodríguez y Galimberti, era la encargada de recibir y redireccionar esos fondos. Según las cifras que se volcaron en la causa judicial, se recaudaron $18.509.469, pero Grassi denunció que la organización recibió menos de lo que le correspondía. El tiempo solo empeoró las cosas. En 2008 afrontó el juicio por los diecisiete hechos de abuso sexual contra tres víctimas de la Fundación Felices los Niños. 

La causa, radicada en el Juzgado de Menores N° 3 de Morón, se inició por una carta anónima que aseguraba que Grassi vivía en pareja con un menor de edad. La denuncia no prosperó, hasta que un día, “Gabriel” (no es su nombre real) contó cómo fue abusado por Grassi en su oficina de la Fundación cuando tenía 13 años. “Voy saliendo de su oficina, me agarra de atrás, me agarra de los hombros y me da un beso en la boca. Me da un pico”. Era solo el comienzo, expresó, y se refirió a otro episodio en el que Grassi lo convoca a su oficina. Ante el tribunal recuperó el aliento y dijo: “Me pidió que me sentara en su falda, y empezó a tocarme”. Otra vez el llanto. Fue entonces cuando, según la víctima, el sacerdote se ofreció a hacerle sexo oral. “Lo miré… un pelotudo de no haber dicho nada. Yo tenía un pantalón buzo, me bajó hasta acá y empezó. Empezó y estuvo una eternidad para mí. Sé que en un momento él levanta la cabeza, yo me levanto los pantalones y se quedó abrazándome”. Aquel testimonio cruento, doloroso, fue la puerta de acceso de Grassi a una vida en prisión. Tras las rejas, la última situación conflictiva que protagonizó fue su negativa a realizarse el estudio de ADN para ingresar al Registro de Violadores. Reclamó que, al no estar firme su condena, no debían obligarlo. Otra vez regresó al lugar menos deseado, a ser noticia en los medios de comunicación. Evitando un hisopado compulsivo al que la Corte lo iba a someter, decidió, por voluntad propia, después de varias quejas, que le hicieran la muestra de ADN. Ya no tiene amigos poderosos, ni las luces de los estudios de televisión para defenderse. 

Las visitas menguaron con el correr de los años, y el poder que supo construir en libertad, detrás de un púlpito y fuera de él, se extinguió como su “Sheraton”. Las puertas de la Fundación se cerraron después de una intervención judicial ordenada en 2014, cuando se inició la causa por el desvío de alimentos. El imperio que vio nacer durante el menemismo entró en una marcada e irreversible decadencia. En ese inmenso predio funcionan cuatro establecimientos educativos que abarcan desde el nivel inicial hasta la escuela secundaria, también un campo de deportes y otra ONG. Nada de eso le pertenece. El tiempo transcurre, implacable, y él continúa escribiendo en sus cuadernos todos los argumentos con los que se defiende. Registra todas y cada una de las fechas. Seguramente tendrá anotado el 7 de julio de 2026, fecha en la que concluye su condena. El paso del tiempo no lo deja exento de sus huellas, y, aunque siempre usa el mismo peinado, los mismos anteojos de lectura, la misma vestimenta de clérigo, mantiene su peso porque camina y se cuida, no es el mismo Grassi que se paseaba por los estudios de televisión y se codeaba con el poder. Las cuentas que tan cuidadosamente realiza para saber cuándo volverá a ver la luz del día en libertad no son muy certeras. Como tampoco sus estrategias para limpiar su imagen de cara a la sociedad, la misma que se dividió cuando el escándalo tomó estado mediático y público. Dar misa en el pabellón 6 lo alivia, porque sigue siendo el cura que, asegura, nunca dejó de ser. “Realiza algunos talleres y actividades, pero básicamente se dedica a sus tareas de clérigo, dando misa, tomando confesiones”, contaron desde su entorno. La Iglesia es la única institución que no le soltó la mano. “Eso lo ayudó superar siete años de estar detenido”. Le gusta que le digan “padre Grassi”. Siente en esas palabras algo del poder que supo conocer y usufructuar, pero que la cárcel fue llevándose día a día, cada uno de los 2.255 que lleva tras las rejas. 

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