Lecturas

Rey de Fiorito, pequeña historia audiovisual de Maradona

Diego Maradona besando la copa del Mundial.

Es la noche del 14 de octubre de 2009, y Argentina acaba de clasificarse para el Mundial de 2010 luego de derrotar 1 a 0 a Uruguay en Montevideo. El gol lo hizo Mario Bolatti, que de esa manera conoció la gloria efímera universal.

En conferencia de prensa, rodeado de ese clima caótico y magnético que tienen ese tipo de citas post partido, Diego Maradona, el pelo corto, dos relojes, un cansancio tan grande como su alivio, se seca la cara con una toalla azul y escucha las preguntas de los periodistas. 

Ya en sus primeras respuestas, deja un par de detalles rutilantes, frases que inmediatamente serán opacadas por lo que pasaría después, pero que revelaban el tono despechado de su discurso. Primero dijo que “la mamen” los que no confiaron en él, y luego se negó a denominar “proceso” su ciclo al frente del equipo porque “le sonaba a Videla y Galtieri”. Pero fue luego de la quinta pregunta que el 10, una vez más, incrustó otro momento maradoniano en la historia audiovisual vernácula.

–Diego, aquí Juan Carlos Pasman, estamos saliendo en vivo para América 24...

–Vos también Pasman –interrumpió Diego, mirándolo fijo y moviendo la cabeza de arriba hacia abajo-, vos también la tenés adentro.

Y repitió, enseguida:

–La tenés adentro.

Pasman respondió casi de inmediato, pero la oración, como una flecha, ya había sido disparada hacia el futuro, ya era parte de todos. Con esas tres palabras, Maradona volvía a agrandar su antología personal de frases célebres, esta vez a caballo de una construcción de innegables ribetes homofóbicos que le debía más al rencor y a la procacidad que al absurdo o al pensamiento lateral, como muchas otras que supo pergeñar a lo largo de su vida. Tenía, claro está, la inapelable atracción de lo espontáneo, de haber sido pronunciada en vivo y de haber dado en el centro blando de cierta prensa deportiva amarilla con la que Diego se peleó o pactó de acuerdo a sus necesidades y ánimos.

Pero tenía algo más. Pronunciada hoy, vaciada de contenido por el uso y por el tiempo, convertida en sticker o en sigla (LTA), banalizada o directamente impugnada por incorrecta, la frase parece haber perdido el impacto que provocó entonces. Porque por más que parezca ser deudora de cierto ingenio de arrabal, ese arrabal en el que abreva el fútbol y en el que el sexo anal no es goce sino dolor y humillación, la frase tiene el inefable copyright maradoniano. Y aún cuando Diego la hubiese escuchado en algún rincón, hasta que sus labios no la pronunciaron en vivo no se popularizó y se convirtió en insulto o cargada masiva.

Esa misma noche, Maradona había entregado otra auto definición prototípica, esas que pronunciaba lleno de orgullo: “Yo soy blanco o negro: gris no voy a ser en mi vida”. Junto con el de la pelota, es probable que Maradona no haya tejido un vínculo más intenso que el que tuvo con los medios de comunicación. Es imposible pensarlo sin ellos, imposible escindir su dimensión de estrella universal, de dios pagano, sin pasarlo por ese tamiz, ese artefacto omnisciente que muchas veces estableció una relación parasitaria o de vasallaje hacia con el crack, y que en otras funcionó como una plataforma celebratoria y redentoria o impiadosa y miserable, pero que estuvo delante o detrás suyo desde los 15 años, cuando era un potrillo enrulado lleno de candor y porvenir, hasta el mismo momento de su muerte, a los 60, cansado y otoñal, con cuatro vidas encima. 

La foto transmite algo que asusta, que nos interpela y que nos revela lo monstruoso de la vida del crack (¿Hubo alguien más retratado y asediado que él en los últimos 40 años?). La foto, decíamos, fue tomada en Zagreb, en noviembre de 2016, en ocasión de la final de la Copa Davis entre el local, Croacia, y Argentina, que finalmente ganaría la serie y obtendría por primera vez el famoso trofeo tenístico. 

La imagen es aérea y en ella, en el centro, tomado desde arriba, se distingue a Maradona ingresando al estadio, con varios custodios abriéndole el paso. Alrededor, como partículas ávidas por reunirse con su núcleo, decenas de personas se agolpan sobre los contornos de su avance, intentando verlo, sacarle alguna foto o, acaso, capturar alguna parte de su mito. 

Sobrecargada de significados, lo que genera estupor en la fotografía, lo que conforma una suerte de fresco expresionista, es ese soplo existencial que desprende la muchedumbre abismándose, ese clamor palpitante de brazos extendidos intentando captar la historia. La marcha de Maradona es como la marcha de un emperador, o como la manifestación de un hito de nuestra civilización. 

La leyenda cuenta que cuando Napoleón Bonaparte ingresó cabalgando sobre el suelo de Jena (Alemania), donde tendría lugar su triunfo final contra el ejército prusiano (1806), Hegel, que enseñaba en la universidad de esa ciudad, conmocionado por la presencia del mariscal francés al que vio pasar por su ventana, escribió: “He visto el espíritu montado a caballo”. El filósofo alemán hablaba de un hombre que encarnaba a su tiempo como nadie. Que era la representación más acabada de su época. El de Zagreb era un Maradona crepuscular, cansado, que hacía casi 20 años que se había retirado, pero que conservaba intacto el poder de resonancia que implicaba su irrupción en cualquier ciudad del mundo. Nadie sintetizó la era del espectáculo como él. Su reinado mediático se extendió –en rigor, lo trasciende– hasta más allá del momento de su muerte. 

Aunque con 12 años ya había sido motivo de breves notas en El Gráfico y en la televisión, desde el mismo día de su debut la vida deportiva y personal de Maradona estuvo signada por la presencia de los medios de una manera infrecuente. La historia es conocida: Diego debutó en la Primera de Argentinos Juniors el miércoles 20 de octubre de 1976 ante Talleres de Córdoba, en un partido jugado en la cancha del primero y en el que ingresó en el segundo tiempo en reemplazo de Rubén Giacobetti. En una de las primeras pelotas que tocó le lanzó un metamensaje al futuro: le hizo un caño a Juan Domingo Cabrera, experimentado volante del rival. Fue curioso que el estadio en La Paternal estuviera repleto, sobre todo siendo la tarde de un día de semana, pero se debió, en parte, a que Argentinos Juniors venía segundo en la tabla de posiciones y si ganaba llegaba a la cima, y en parte también a que Talleres, que solía ofrecer un fútbol vistoso, venía jugando muy bien –estaba cuarto–. 

Más curioso aún fue que al día siguiente, jueves, una imagen del partido, aunque no de Maradona, fuese la foto principal de la tapa del diario Clarín, el de mayor tirada por entonces. Dentro del mismo medio, la crónica del partido, sin firma aunque escrita por Miguel Angel Bertolotto, entonces con 22 años, ponderaba la habilidad del proyecto de crack y aseguraba: “La entrada del chico Maradona le dio mayor movilidad al ataque, pero no fue la solución para sellar en la valla cordobesa esa mayor tenencia del balón. Porque Maradona –un gran habilidoso– no tuvo con quién tocar. Sus intentos generalmente terminaron chocando contra la férrea marca de Talleres, quien en toda la segunda parte se dedicó a contragolpear”. 

Como la expectativa del debut de Maradona había despertado cierto interés en el ambiente del fútbol, la crónica del partido en El Gráfico -que salía los martes-, biblia del deporte en aquellos tiempos, fue escrita por Héctor Vega Onesime, el director, quien además estuvo acompañado por tres periodistas más de la redacción, Ernesto Cherquis Bialo entre ellos. Durante el partido, que Argentinos perdió 1-0, Diego se enfrentó a dos futuros compañeros suyos de la selección con los que jugaría el Mundial de España 82, Luis Galván y Daniel Valencia. 

Apenas diez días después, Maradona cumplió 16 años y dos semanas más tarde, el 17 de noviembre de 1976, el mismo diario, a través de su cronista estrella, Horacio Pagani, le realizó el primer reportaje. “Un sueno de barrilete”, fue el título del artículo, en el que un enrulado y sonriente Maradona, fotografiado en el entrenamiento, confesaba que llevaba la cuenta de sus goles pero también la de los caños que metía (decía que en su segundo partido le hizo uno a Américo Gallego, pero que el volante de Newell’s enseguida se lo devolvió), que su ídolo era Ricardo Bochini, que seguía estudiando –estaba en 3er año–, y que tenía claro los peligros del vértigo, de ir muy rápido: “Pero no me voy a marear. Lo digo en serio. Tengo mucha gente que me aconseja bien. Estoy en tercer año del comercial pero tal vez no pueda seguir por los entrenamientos. Yo quiero jugar a la pelota. Es algo que me sale de adentro...” 

En el libro Vivir en los medios, su autor Leandro Zanoni cuenta los pormenores de lo que significó una de las “resurrecciones” más notables de Maradona, aquella que se produjo cuando decidió conducir su propio programa de TV, “El show del 10”, por Canal 13 en 2006. 

Un año antes, en enero de 2005, Diego ingresaba caminando con mucha dificultad –de hecho, era asistido por dos personas–, al estadio Karaiskaki de Atenas, Grecia. Había sido invitado para presenciar el duelo entre Olympiakos e Iraklis, y fue homenajeado y ovacionado en la mitad de la cancha. Pesaba 120 kilos y tenía una mirada ausente, casi abstracta. Por el viaje, que incluyó una entrevista para una cadena de TV local, cobró 80 mil dólares. 

Esa era su vida por aquel entonces, con 44 años: el consumo gastronómico, el paseo de su leyenda por el mundo y la capitalización de aquel resplandor, cobrando la mayoría de sus notas en los medios. Unos días antes, el diario deportivo francés L’Equipe, cuyo prestigio periodístico es proporcional a su capacidad para demoler reputaciones, había publicado una nota de casi 20 páginas en la que aseguraba que Maradona era el vago recuerdo de su mito. En el artículo, el medio galo se preguntaba: ”¿Cómo ha podido este hombre, equivalente de Mozart o de Nietzsche, convertirse en ese payaso obeso que se exhibe cada cierto tiempo, patético, con la esperanza de una paga irrisoria?”. 

Pero aún cuando nada en su cuerpo así lo indicaba, el ídolo, unas semanas antes, había comenzado un proceso de recuperación que tuvo como primer paso una internación en una clínica neuropsiquiátrica con el fin de terminar con su adicción a la cocaína. Dos meses más tarde de su atribulada aparición en Atenas, el astro se sometió a una 

operación de by pass gástrico que le extirpó el 80 por ciento de su estómago. “La cirugía fue un éxito y a los pocos meses Maradona pesaba casi la mitad, aseguraba haber dejado las drogas y se lo notaba más lúcido. El primer milagro había ocurrido”, cuenta Zanoni en su libro. 

En un puñado de meses, Maradona, cuyo estado de ánimo iba en zaga con su nuevo esplendor, firmó un contrato con Boca Juniors para ser director deportivo (a cambio de US$ 1,5 millones), siguió facturando por dar notas, fue contratado por la televisión inglesa para comentar la final de la Champions y hasta se dio tiempo para concurrir al Festival de Cannes, donde se fotografió, con la costa azul a sus espaldas, junto al cineasta serbio Emir Kusturica, que filmaba un documental sobre su vida. Diego aseguraba que había cambiado de hábitos. Que ya no vivía de noche. Que no se drogaba más. 

Todo aquello pareció el preludio perfecto para la obra mayor de aquellos días: el anuncio de que conduciría un programa propio. La noticia la dio Adrián Suar, director artístico de Artear, quien aseguró una producción monstruosa, a la altura del conductor: 260 personas, 14 cámaras, invitados internacionales, locaciones de lujo, pantallas gigantes, bailarines. “La noche del 10” fue emitido durante 13 lunes consecutivos a las 22, con picos de casi 40 puntos de rating. En él, Diego no solo mostró una figura envidiable sino, asesorado por especialistas, vistió ropa canchera y cool como pocas veces había exhibido, y se mostró encendido, sin edad, lleno de vida. Entrevistó a todo tipo de personajes ligados al deporte (de Pelé a Mike Tyson), jugó un fútbol tenis con Messi y, en el cenit de un narcisismo solo tolerable en alguien de su talla y en alguien tan querido, se entrevistó a sí mismo. 

“Para el primer programa se montó una carpa especial al lado del estudio para albergar a los casi 300 periodistas acreditados, muchos de otros países. Con las empresas del Grupo Clarín a su disposición (el diario, Radio Mitre, TN, Canal 13, Ciudad Internet), Maradona no dejó pasar un solo día sin hacer declaraciones radiales, salir en tapas de diarios y revistas y asistir como invitado a los programas de televisión con más audiencia”, escribió Zanoni en el libro. 

Aquel fue un Maradona “fit”: un ejemplo de adecuación, para utilizar el argot que se usó durante el debate de la ley de, justamente, Medios. Pero también, por qué no, fue un Maradona pasteurizado y sobre-guionado, un Maradona que había perdido la ferocidad y el filo, su costado iconoclasta. Diego siempre fue Diego por su incomodidad con cierto establishment pero ahora, y no fue la única vez que se usaron mutuamente, era su planta nuclear, un Atocha del mismo sistema. Históricamente, su combustible había sido la bronca –justificada o no– con las situaciones que él consideraba injustas, esas que le disparaban su astucia oral más procaz, visceral y fresca. 

Diego era un abonado al drama. Ahora, ataviado con sacos de corte italiaños y pantalones chupines, Diego sonreía a las cámaras sacudiendo el rating y atrayendo anunciantes pero, también, generando cierto clima artificial, la sensación de espectáculo montado.

Mucho tiempo después, el mismo Suar relataría algunas de las particularidades que tuvo esa trepidante asociación artística que tanto él como Pablo Codevilla, su subalterno y amigo, mantuvieron con Maradona durante esos meses. Algunas anécdotas incluyen detalles de ribetes disparatados. Con todo armado para el inicio del ciclo, dos días antes, Claudia Villafañe, que fue una de las productoras del programa, lo llamó a Suar para decirle que Diego no lo quería hacer. Al borde del colapso nervioso, Suar se fue volando a la casa de Maradona en Devoto junto a Codevilla en su auto. Cuando llegaron, ninguno de los dos se animaba a bajar. Con el tiempo agotándose, Suar finalmente lo hizo, tocó el timbre, pero no lo atendieron. Volvió a tocar y nada. Suar miró hacia una de las ventanas y notó que detrás de una de las persianas había una sombra. Decidió acercarse, pero del otro lado la bajaron del todo. En el barrio no había nadie. Suar volvió al auto. Mientras hablaba con Codevilla, notaron que Maradona había salido por otra puerta y, montado a su camioneta, se había escapado. No sabían qué hacer, y decidieron esperar ahí. Tenía que volver. Así ocurrió.

Una hora y media después, les tocó la ventanilla. Suar logró sentarse a hablar. “Diego estaba asustado –relató el productor–, sentía que no lo podía hacer y lo manifestó fugándose. Le había agarrado pánico escénico”. Hoy, casi 15 años después, es válido observar aquello como la manera que encontró el astro, en su desesperación y en su deseo, para ponerse un reto delante y volver a ser admitido en los salones en los que su nombre, por origen, modos y consumos, era vilipendiado. ¿Era necesario que fuese tan brutal ese viraje? Acaso como haría Jorge Lanata poco tiempo después, otro excesivo mediático de origen plebeyo, fue un contrato de complicidad por necesidades mutuas. Lo de Lanata con el grupo Clarín dura hasta hoy y adquirió ribetes insospechados, a veces absurdos; Maradona, en cambio, comentó el Mundial de Brasil 2014 para Telesur, con Rafael Correa y Víctor Hugo Morales en la misma mesa. Como tantas otras veces, aquel episodio con Canal 13 llevó añadido, entre sus pliegues, iguales dosis de originalidad, dinero y pulsión.

Como su vida misma. 

Hay varios pasajes del notable documental “Maradona”, de Asif Kapadia, que forman parte de la antología absoluta de grandes escenas del crack. Uno de esos pasajes está en el comienzo mismo: una cámara lo acompaña apenas unos metros detrás durante el mediodía de su llegada a Nápoles. Es una larguísima secuencia en la que es posible intuir, por primera vez, la pasión, el caos y la desmesura que lo acompañaría en toda esa fase, la fase del imperio. 

No solo se escucha el rugido –como el soundtrack de un Coliseo– de las 50 mil personas que colman el San Paolo y que esperan por él, también se percibe el temperamento y el ecosistema anímico de la ciudad, su simpática hostilidad, sus maneras exageradas de amar, tan afín a cualquier argentino, tan afín a Maradona. 

Hay otros tramos conmovedores, e incluso una de las fotos que se eligió para promocionar el documental simboliza muy bien aquella zozobra que desató su llegada: Diego se asoma por el túnel del San Paolo vestido de jogging y una constelación de fotógrafos –una arquitectura humana de cuerpos contorneándose– lo espera gatillando sus máquinas, excitados por retratar ese instante. ¿Cómo es posible afrontar y procesar todo aquello sin que el espíritu –volviendo a Hegel– se profane, sin que una parte de la personalidad confunda ese minuto con lo eterno?

Pero hay un aspecto, medular y jugoso, que abrigó el documental que, como suele ocurrir, no está incluido en él, y fue la relación particular que entabló el director, el prestigioso Asif Kapadia, con el mismísimo Diez. Kapadia, célebre por sus notables películas sobre Ayrton Senna y Amy Winehouse –por el que obtuvo un Oscar–, le escribió al entorno de Maradona para tratar de entrevistarlo. Les informó que ya había hablado con una de sus hermanas –un logro que muy pocos periodistas consiguieron–, con Claudia Villafañe y con algunos otros personajes de su entorno. Ya había estado en Nápoles y en Villa Fiorito. Ya había escudriñado en la oceánica bibliografía del crack. Enterado de todo eso, Diego, que dirigía en Dubai por aquel entonces, aceptó el reportaje.

A Maradona, según contó el mismo director, le había gustado el film sobre Senna. Kapadia, que vivía en Londres, sopesó qué hacer: o viajaba con un equipo chico de gente, intentando que ese fuera el primero de una serie de encuentros, o, por las dudas, volaba hacia Oriente con un staff más nutrido por la posibilidad de que aquello fuera un “one shot”, una sola chance para la cual había que tener la gente y los “fierros”. Después de cavilar, se decidió por esta última opción, llegando a Dubai con siete personas más. El equipo, que incluía a los productores ejecutivos del proyecto -o sea, los que consiguen el financiamiento-, se hospedó en un hotel cinco estrellas. Tras siete días de espera, y con un asistente de Diego asegurándoles en vano que el astro los atendería en cualquier momento, el plantel se había gastado todo el presupuesto en el bar del hotel, entre horas muertas e incertidumbre.

Pero de Maradona ni señales. Casi resignado, Kapadia hizo su jugada maestra. Le dijo a un asistente del astro que necesitaba verlo al menos 5 minutos para darle el póster del film que había diseñado especialmente para el encuentro. Así ocurrió. Dos días más tarde, Diego, que solía despertarse todos los días cerca de las 5 de la tarde, se encontró con Kapadia a esa hora. Mientras desayunaba en el bar del hotel, le estrechó la mano y aceptó el póster. Cuando se despedían, Maradona le aseguró que lo atendería cuatro días más tarde y le señaló, profético, que el inglés haría un gran documental. 

Al día siguiente Kapadia volvió a Londres con su equipo, para volver otra vez a Dubai esta vez solo en compañía de una asistente-traductora. Durante todo ese tiempo de espera, el inglés entendió en profundidad la imprevisible naturaleza del crack. Se armó de paciencia. 

Y volvió a la carga. Al segundo día de su regreso lo invitaron a la casa-habitación en la que vivía el crack. Cuando llegó, Diego miraba a Boca por televisión. Kapadia se sentó y aceptó una taza de café bien negro. El crack no parecía en buena forma. “Estaba como medicado”, contaría el director en el diario británico The Guardian. La situación no era la ideal. Para peor, Kapadia no eligió el mejor tema para iniciar la charla: le preguntó por Jorge Cyterszpiler, primer representante de Maradona, suicidado unas semanas antes, con quien el crack, luego de separarse unos treinta años atrás, nunca más volvió a contactarse. “No quiero hablar de él, me robó dinero”, respondió Diego, mientras seguía mirando el partido. 

El clima era de tensión. Kapadia debía actuar rápido. Finalmente, obviando la formalidad inglesa y hasta lo aconsejable para una entrevista de calidad, decidió sentarse en el suelo, al lado del sillón de Maradona. Creyó que de esa forma, imposibilitado de hacer contacto visual con el entrevistado, estaría lo más cerca posible de él, lograría algún tipo mayor de intimidad. Diego apenas percibió el cambio de posición del inglés, quien, sentado, tenía en primer plano la pierna izquierda del crack quien, como casi siempre, estaba en pantalón corto. Entonces a Kapadia, el ya afamado director, el hombre que había desentrañado las vidas de legendarios mártires de la cultura contemporánea como Senna y Winehouse, le ocurrió algo en apariencia absurdo, pero que, tratándose de Maradona, no parece tal: comenzó a sentir un deseo irrefrenable de tocarle el pie, el famoso pie izquierdo. “Me he encontrado con muchas estrellas a través de los años, pero nunca había tenido la necesidad de tocarlas. El, en cambio, me generó una alocada necesidad de hacerlo. Mi siguiente pregunta fue: ¿es este el tobillo que Goikoetxea te quebró? Y entonces le tomé el tobillo”. El resultado fue el previsible: 

Diego, a quien no le gusta que lo toquen, le pateó la mano a Kapadia, que con su mano chocó contra el micrófono que estaba a su lado. “Sé que fue muy poco profesional lo mío, pero no pude evitar hacerlo”, contó el cineasta.

Desprovisto de los cliché y, mucho menos, de la cartografía habitual que el periodismo deportivo solía utilizar en los mano a mano con Maradona –ese contrato tácito que implica no incomodarlo–, Kapadia insistió para tener otro encuentro, el último. Como solo había recibido respuestas vagas, en esa nueva reunión quiso ir a fondo y evitar las dilaciones y los eufemismos. “Diego, no me interesa que me hables de la FIFA o de Blatter, estoy interesado en que me cuentes por qué nunca reconociste a tu hijo”, le aclaró. Esta vez Maradona sí hizo contacto visual, es más, de su mirada se desprendió un relámpago: “Qué coraje... ¿Quién te crees que sos? Nadie se atreve a hablarme a mí de esa manera”. Se hizo un silencio incómodo, que Kapadia no sabía cómo mitigar. Hasta que Diego volvió a hablar: “Por eso es que te respeto. La mayoría de la gente no tiene el coraje de hacerme esas preguntas en mi cara, lo hacen a mis espaldas”. Fue la última vez que hablaron. 

Unos meses después, Kapadia estrenaría el documental y volvería a ser aclamado por su talento. Su Maradona fue uno de los mejores retratos que se hizo del Diez. 

PP

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