Qué ver Teatro

Total vigencia y fuerte atractivo de una obra de Sartre que se presenta en el Teatro San Martín

María Zubiri, Daniel Hendler, Flor Torrente, Guido Botto Fiora

Moira Soto


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Tener las manos sucias, tener las manos limpias: una añeja metáfora para decir que alguien es culpable o inocente. En cambio, lavarse las manos para salirse de un brete, para sacarse de encima una responsabilidad, como hizo realmente Poncio Pilatos -tan citado desde que lo dejó anotado el evangelista Mateo hace casi 2 milenios- es una suciedad que no se puede limpiar ni con agua bendita…

Las manos de Hoereder, unos de los dos protagonistas masculinos de Las manos sucias, obra de Jean-Paul Sartre estrenada hace poco en el San Martín, se han manchado de mierda y de sangre (en sentido no tan figurado), según él mismo lo proclama desde su lugar de dirigente político curtido en mil batallas, realista sin ambages. Se lo estampa a Hugo, joven -de poco más de 20 en el texto original- proveniente de la alta burguesía, avergonzado de su clase, de su pasado de niño bien consentido que querría lavar, borrar. Se afilió hace un año al Partido Proletario, escribe en una revista de la casa, pero no le basta: quiere pasar a la acción propiamente dicha, ponerse en riesgo.

Con esa meta, Hugo llega con su bonita esposa igualmente burguesa a Iliria, donde se encuentra con la horma de su zapato: Hoereder, un exmilitante que ya hizo ese camino, creyó en los ideales revolucionarios, se manchó bien manchado y ahora es un pragmático un toque escéptico que apuesta a la realpolitik, capaz de negociar sus principios a buena distancia de todo purismo. Nada se sabrá en el desarrollo de la pieza de los orígenes de Hoereder (nom de guerre); solo de la breve vida anterior de Hugo, hijo de un próspero empresario, estudiante universitario afecto a la poesía, intelectual de corazón sangrante decidido a mimetizarse con el proletariado hambriento de pan y quizás de algunos lujos: el perfil de los dos custodios que reconocen y envidian la calidad de la ropa de Hugo y señora es de una agudeza no exenta de causticidad, que la directora Eva Halac acentúa, lleva al paso de comedia.

Hugo llega pues a Iliria, país relativamente ficticio ya que con este nombre existió en Europa Central un territorio habitado por diversas tribus, con una larga historia de invasiones y ocupaciones desde la Guerra del Peloponeso, siempre bajo distintos dominios. Illyrie en francés, Illyria en inglés: siglos antes de que Sartre escribiera en 1948 Las manos sucias, fue elegido por Shakespeare como escenario de la deliciosa comedia de enredos amorosos titulada en español Noche de reyes. En cuanto a la Iliria de Sartre, ha sido leída como una referencia a Hungría o Rumania, teniendo en cuenta la situación de estos países todavía en plena Segunda Guerra. Porque los 5 cuadros centrales de esta obra de 7 cuadros -de 2 al 5, durante un minucioso flashback que hace Hugo en 1945- transcurren en 1943. En la adaptación de Halac, los hechos suceden en una fecha imprecisa, más cercana en el tiempo.

Una fracción del Partido, encabezada por Luis y Olga, le asigna al ansioso Hugo la misión de matar a Hoereder, el hombre que está en tren de traicionar sus principios al transar con el enemigo. Con dos enemigos, para más datos: el Partido Liberal capitalista y el príncipe de Iliria, siempre listo para negociar por conveniencia. Hugo, impaciente por darle un sentido a su vida jugándose por sus ideales, se ha ofrecido a liquidar a Hoereder. Así, el burguesito soñador se arrima al líder carismático para ser su secretario, cuando los alemanes ya han invadido Iliria y se supone que las tropas soviéticas están al llegar. Hugo arriba con su mujer Jessica, un personaje que fluctuará en H & H, revelándose cada vez más complejo y ambiguo de lo que parecía en primera instancia. Intuitiva, perspicaz, la chica tiene calado a su marido en su fragilidad, su indecisión. Asimismo, haciendo la falsa ingenua, coquetea con los custodios, le va tomando el tiempo a Hoereder, detrás de cuya dureza sarcástica se adivina un homme à femmes. Un viejo seductor que reconoce prontamente l’oddore di femina, y prefiere guardar distancia. 

Pero Jessica tiene otros planes. Entonces se va armando un curioso, virtual triángulo, al borde del cuadrado porque por ahí ronda Olga, mujer de armas llevar y apuntar, modelo masculino tradicional guerrero en su reciedumbre impostada, más encariñada con Hugo de lo que podría reconocer. Mientras que Jessica, siempre impecablemente elegante, de tacones y falda, sofisticada y ronroneante parecería encarnar la más rancia femineidad, si no fuera por su humor irónico de femme fatale del cine negro, por las sagaces observaciones que va desgranando al pasar. Ella, que no es tenida en cuenta salvo como objeto de deseo, va descubriendo el otro lado de los personajes, los meandros de la política, de ese ejercicio del poder donde las manos se ensucian de una u otra forma. Por acción, por omisión, por traición, por falsificación.

En tanto que Hoereder y Hugo son antagonistas, las dos caras de una moneda que se atraen y se rechazan, y Olga adopta ciegamente la obediencia a la línea que baja el Partido, Jessica es la persona más libre y atrevida, juega con el revólver, se ríe de las “charlas de hombres”, va en busca de la realización de su deseo. Quizás se le ha prestado poca atención a este personaje de Las manos sucias, que Sartre da a conocer mientras Simone de Beauvoir está terminando de escribir su monumental El segundo sexo, que publicará en 1949. Parece probable que la ensayista y escritora haya aprobado el papel de Jessica, una mujer muy joven que, como puede, está rompiendo el molde con que fue educada.

Claro que las discusiones entre Hoereder y Hugo (nom de guerre, Raskonikoff, nada menos, el estudiante empobrecido de Crimen y castigo de Dostisvesky que asesina a una usurera y a  su hermana, y carga con el peso de la culpa, con sus manos sucias a lo largo de la famosa novela) son el plato fuerte de esta obra que, sin el menor didactismo, pone sobre el escenario los temas caros a Sartre: la idea de la libertad inherente a la condición humana; las personas determinando su esencia mediante su accionar, incluso por encima de la religión o la política; la puesta en cuestión de la noción de violencia política. Finalmente, aunque su accionar no resulta en cumplimiento de la misión asignada, Hugo demuestra que “un hombre siempre puede hacer algo de lo que se ha hecho de él”. Ha salvado su dignidad al precio más alto.

La potencia, el interés constante, la claridad del texto acaso no requerían una banda sonora en primer plano, algo grandilocuente en los primeros tramos; explicativa, redundante sobre el desenlace doblemente fatal cuyo suspenso no decae un segundo. Pero vale reconocer que, a su modo, conjuga con la desbordante escenografía que no ahorra proyecciones, alusiones al hall de la sala Casacuberta del San Martín con su mural de Seoane (es cierto que el teatro dentro del teatro es citado más de una vez en el curso del texto original), sus sillones, los ascensores, las escaleras. Pero la verdad es que la pieza tiene un carácter intimista, a puertas cerradas, sus espacios acotados en el texto (la sala de mobiliario barato de Olga; el ambiente que se le da a Hugo para vivir cerca de su jefe Hoereder, cuyo despacho es descrito como “austero” en las didascalias). Empero, hay que reconocer que la directora no se achica ante la amplitud del espacio escénico y marca eficazmente los desplazamientos de los intérpretes, logrando que parezca verosímil que los personajes surjan por la izquierda o por la derecha, desde una escalera o saliendo de los ascensores. Es acertado el diseño del vestuario, particularmente refinado y superchic el de Jéssica, de perfecta realización que combina con el audaz corte de pelo que se diría que solo Florencia Torrente puede lucir con propiedad y belleza (como lo hacía, con variaciones en el peinado, Jean Seberg en plena Nouvelle Vague). Por otra parte, es francamente notable el desempeño de esta actriz, la forma en que comprendió a su personaje, en que pronuncia los sobreentendidos, la seguridad con que se camina el escenario. Es cierto que haber trabajado como modelo le aporta parte de su dominio corporal, pero hay algo más profundo que trasciende la elegancia exterior y es la riqueza interior que va desplegando de su Jessica.

Ficha técnica:

Elenco: Daniel Hendler, Guido Botto Fiora, Florencia Torrente, María Zubiri, Ariel Pérez de María, Guillermo Aragonés, Nelson Rueda, Juan Pablo Galimberti, Ramiro Delgado.

Realización audiovisual Juan Pablo Galimberti

Música original y puesta de sonido Gustavo García Mendy

Diseño de iluminación Miguel Solowej

Diseño de escenografía y vestuario Micaela Sleigh

Funciones: Miércoles a domingos, 20 horas

Duración: 110 minutos

Valor de las localidades: Platea $ 1.250 - Miércoles $ 650

Dónde: Teatro San Martín, Sala Casacuberta

Dirección: Av. Corrientes 1530

MS

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