Opinión - Economías

Por qué no es lo mismo crecer por la vía del consumo que por la vía de la inversión

El Gobierno apuesta a una mejora de los ingresos reales que impulse el consumo interno

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Para crecer, un país necesita invertir. Esta idea, aunque trillada, suele estar ausente en la discusión pública cotidiana. Hace 10 años que nuestra economía no crece. Peor aún: si medimos cuántos bienes y servicios produce cada argentino, estamos en el mismo nivel desde 2007, y no se trata de un fenómeno regional.

Países vecinos, incluso con mayor inestabilidad política, lograron sostener tasas más que aceptables de crecimiento. Mientras en la Argentina el PBI per cápita en los últimos 20 años acumuló un crecimiento del 10,5%, países como Brasil, Chile, Colombia o Perú tuvieron un crecimiento mayor al 25% (Brasil) o al 50% (Chile y Colombia).

¿Por qué hablo de esto si no tiene nada que ver con el título? En realidad, sí tiene que ver. Los países que crecieron a esas tasas lo hicieron invirtiendo entre 3 y 5 puntos más que Argentina (en porcentaje del producto), para lo que también debieron ahorrar más.

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Se suele pensar que la economía está mejor cuanto más se consume, pero hay una diferencia entre consumir los frutos de lo sembrado (inversión) y consumir cuando el árbol aún no maduró. En ambos casos en el corto plazo tendremos saciedad, pero el mediano plazo y largo plazo serán muy distintos: si consumimos cuando el árbol aún no creció lo suficiente resignamos crecimiento (y consumo) futuro. Voy a tratar de detallar por qué creo que es así, y qué sería lo mejor para la discusión pública en los años difíciles que se vienen, luego de una pandemia que aceleró cambios tecnológicos inevitables.

Con una tasa de inversión que se ubica apenas por encima de lo que se requiere para reponer el capital actual (o para cubrir la tasa de depreciación), la producción futura no crece. Para invertir hay que ahorrar, y si se impulsa el consumo, se resigna ahorro y, por ende, inversión.

Esta fue la dinámica de los últimos 10 años: en los períodos electorales (años impares) se impulsa el consumo generando distorsiones que luego tienen que corregirse (atraso de tarifas, suba del salario real forzada sin aumentos de productividad, atraso del tipo de cambio real y cambios impositivos regresivos). Los años pares hay que pagar los platos rotos. Esto fue lo que llevó al estancamiento comentado anteriormente, con un consumo que no creció (apenas se mantuvo estable) y una inversión que cayó 2 puntos medida como porcentaje del producto respecto a su media.

Para consumir más hay que, paradójicamente, invertir más. Eso genera un círculo virtuoso de aumento en el empleo, mayores ingresos y, por ende, mayor consumo. La promesa de campaña no debería ser impulsar el consumo, sino impulsar la inversión para que haya más consumo en los próximos años. Años de inestabilidades macroeconómicas incentivaron a priorizar el cortoplacismo a costa de un mediano plazo con mayor crecimiento.

Otro problema adicional son los dólares a los que el país recurre para fomentar este crecimiento vía consumo en años electorales. Muchas veces el consumo se impulsa a costa de bienes durables que no se producen en el país, lo que insume dólares que hoy, lamentablemente, no tenemos, y eso genera presiones sobre los mercados cambiarios, tanto el oficial como el paralelo.

A ese cuello de botella se lo suele llamar “restricción externa” –se da cuando la economía se expande, para eso demanda dólares que no tiene y ocurre una devaluación o una recesión–. Situación que, aparentemente, no habrían tenido países vecinos que, como se mencionó al principio, han crecido a tasas envidiables para nosotros. Hay algunas diferencias: los niveles de exportación tuvieron una dinámica mucho más virtuosa que en nuestro país y se trata de países que tienen acceso al mercado de crédito para financiar desequilibrios externos sin necesidad de recurrir a una crisis.

Los dólares que nos faltan, dada la situación actual y nuestros niveles de riesgo país, se consiguen exportando más bienes y servicios. El cepo, la brecha y algunas medidas particulares atentan en contra de este objetivo. Si excluimos la suba en el precio de la soja (y le ponemos un precio más parecido a la media histórica), la economía argentina estaría en un nivel de exportaciones cercano a los USD 55.000 millones. Antes del primer cepo, se llegaron a exportar cerca de USD 80.000 millones.

Quien importa más, exporta más. Esos dólares se podrían usar para importar más, mejorar la productividad y que todos los consumidores accedan a bienes de mejor calidad y más baratos. Las importaciones, contrario a lo que se cree, tienen un efecto positivo sobre la productividad de las empresas. Para lograr esto, la inserción al mundo debe ser inteligente, y nuestra economía, más abierta. Esto no quiere decir una apertura rápida e irrestricta, pero habrá que integrarnos al mundo de la mejor manera posible si no queremos sufrir crisis recurrentes en las cuentas externas.

Hay otras dos cuestiones adicionales al vínculo entre consumo y comercio exterior. Por un lado, hay inversiones que se conducen a sectores que no tienen ventajas competitivas, lo que genera mayores ineficiencias y aumenta el proteccionismo requerido en el futuro. Por la positiva, las empresas que exportan más son más productivas, pagan mejor y tienen empleo formal.

Por último, al inicio hablé de inflación. Generalmente estos problemas se gestan en los años “buenos” (impares) pero aparecen en una segunda ronda (luego de devaluaciones, ajuste de tarifas o períodos más recesivos). Forzar paritarias por encima de la inflación genera una leve sensación de bienestar (a veces llamada “ilusión monetaria”) que luego se desvanece cuando los precios le ganan la carrera a los salarios.

Algo de eso estamos viendo ahora, con paritarias que se alejan de la meta de inflación prevista en el presupuesto (45% versus 29%). El resultado: más inflación, en muchos casos menor nivel de salario real (los individuos pueden comprar menos bienes que antes al final de cada año) y, por ende, menor crecimiento.

Pero este no es el único factor que acelera la inflación. Generalmente en los años electorales, se implementan políticas fiscales expansivas: baja de impuesto a las ganancias, mayores subsidios, aumento en el gasto social, bonos a jubilados, etc. De hecho, excluyendo gastos por Covid-19, en 2021 tendremos un déficit cercano a 4% del PBI, que compara contra el 2% del año pasado (excluyendo medidas extraordinarias). Sin financiamiento disponible, el resultado es mayor emisión que, inevitablemente, genera mayor endeudamiento y, luego de algunos meses, mayor inflación.

Como conclusión, queda claro que “crecer” vía consumo es un atajo de “patas cortas”, que genera una sensación transitoria de bienestar a costa de resignar crecimiento futuro. A esta altura deberíamos buscar la manera de alcanzar reformas estructurales que nos permitan crecer a tasas más parecidas a las de nuestros vecinos, impulsados por una mayor tasa de inversión y un mayor nivel de exportaciones. Es hora de empezar a saldar cuentas pendientes con nuestro futuro. 

DTC

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