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CRÓNICA

Josep Borrell se pierde en una jungla de metáforas

Borrell a su llegada a la última reunión de ministros de Exteriores de la UE.

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A Josep Borrell le gustan las metáforas. El problema es que pueden convertirse en un campo de minas para el jefe de una diplomacia que supuestamente tiene que mantener las vías de comunicación abiertas con el mayor número posible de gobiernos del mundo. Eso obliga en primer lugar a no ofenderles ni a considerarles una amenaza para la prosperidad de Europa. Tampoco es conveniente utilizar un lenguaje que recuerde al colonialismo del pasado o a los partidos ultraderechistas del presente. Es lo que muchos creen que Borrell hizo la semana pasada en un discurso.

El alto representante de la política exterior de la UE no tiene inconveniente en decir a los gobiernos europeos cosas que algunos no quieren escuchar. Sin embargo, en su descripción del papel que representa Europa en el mundo, fue demasiado lejos y no es la primera vez que lo hace.

“Sí, Europa es un jardín”, dijo en el discurso pronunciado en el Colegio de Europa en Brujas ante los jóvenes que algún día podrían ser los futuros diplomáticos europeos. “Nosotros hemos construido un jardín. Todo funciona. Es la mejor combinación de libertades políticas, prosperidad económica y cohesión social que la humanidad haya construido nunca”.

El problema surgió cuando describió todo lo que rodea ese jardín. “La mayor parte del resto del mundo es una jungla, y la jungla podría invadir el jardín”. No servirá con levantar muros para proteger el jardín. “Porque la jungla tiene una fuerte capacidad de crecimiento y el muro no será lo bastante alto como para proteger el jardín”.

Borrell quería demostrar que Europa no puede aislarse y que debe implicarse en la solución de los problemas del planeta. Pero al sostener que el precio de la complacencia es ser invadido por el resto del mundo sonó muy parecido a los mensajes de la extrema derecha, que sí cree que todo se solucionará construyendo muros muy altos.

Si presentas a los demás países como una amenaza potencial, es difícil convencer a la gente de que es positivo ayudarles o colaborar con ellos, que es una de las misiones de la diplomacia. La retórica de la invasión inminente sólo ayuda a los más fanáticos.

Los logros sociales y económicos de Europa no la hacen inmune a los desastres, como se ha podido apreciar en la pandemia. Algunos se apresuraron a recordárselo. “Qué terrible analogía ha hecho el señor Borrell”, comentó Bob Rae, embajador canadiense en la ONU. “Es obvio que la historia y nuestra propia experiencia nos enseñan que ninguna parte del mundo está libre de la violencia”. De violencia interna en las últimas décadas del siglo XX, algo saben en España, Reino Unido o Italia.

Más cerca de su despacho, Borrell recibió fuertes críticas en el Parlamento Europeo. La eurodiputada verde alemana Hannah Neumann mencionó algo que el político español debería tener presente. Las referencias a un mundo colonizado poblado por salvajes al que Europa llevaría la civilización, por no hablar de la salvación religiosa, eran constantes en el colonialismo del siglo XIX y principios del siglo XX. “No creo que el señor Borrell pretendiera hablar como un racista o colonialista. El problema es que usó una terminología claramente colonial y racista, por lo que debería disculparse si ha sido un error”, dijo Neumann.

El eurodiputado liberal francés Christophe Grudler calificó sus palabras de “torpes”. “Los europeos deben tener fe en su propio continente, pero no debemos ser excesivamente arrogantes”.

Borrell afrontó las críticas recibidas con un artículo publicado el lunes. Quería “clarificar” lo que había dicho. Afirmó que algunos no habían entendido el alcance de sus palabras. “Lo lamento si algunos se han sentido ofendidos”. Cuando utilizaba el polémico término, no estaba pensando en una zona geográfica concreta, sino en la extensión de la “ley del más fuerte” por encima de las normas internacionales en muchos conflictos.

“El crecimiento de este mundo sin leyes y sin orden es a lo que me refería cuando hablaba de 'jungla'”, explicó. “Mi referencia a la 'jungla' no tiene una connotación racista, cultural o geográfica. De hecho y desgraciadamente, la 'jungla' está en todos los sitios, incluida hoy Ucrania”.

Lo cierto es que había hablado de un entorno que rodeaba a Europa, a la que reservaba los mejores elogios por su prosperidad y respeto a las libertades. En el artículo, recordaba que también dijo a los embajadores europeos en otro discurso que “a menudo somos demasiado eurocéntricos y que debemos conocer mejor el resto del mundo, incluido el Sur Global”.

Borrell dice ser muy consciente de la influencia de la propaganda rusa en África y Asia a la que se ha referido en varias ocasiones. En ese discurso, admitió que está preocupado por el número de abstenciones en la votación en que la Asamblea de la ONU condenó por una amplia mayoría la anexión rusa de cuatro zonas de Ucrania. “Cuando más o menos el 20% de la comunidad mundial decide no apoyar ni rechazar la anexión rusa, para mí, son demasiados”, dijo.

El Gobierno ruso no desaprovechó una oportunidad tan clara. La portavoz de su Ministerio de Exteriores respondió que “Europa construyó su 'jardín' a través del bárbaro saqueo de la 'jungla'”. Lo mismo se podría decir del imperio zarista, pero el debate de estos días estaba en torno al discurso de Borrell. No fueron unas palabras improvisadas, sino un discurso preparado y escrito para ese acto.

En ese sentido, su mensaje de la pasada semana hizo un mal servicio a sus prioridades. Ayudaron a mantener la visión en África y Asia de que la de Ucrania es una guerra en territorio europeo en la que los países más pobres del mundo pagan las consecuencias por un conflicto en el que nada tienen que ver y en el que no aceptan ser reclutados para un bando u otro.

Curiosamente, no es la primera vez que Borrell habla de jardines y junglas. Lo hizo en una intervención en agosto –y en otra anterior en marzo en el Parlamento Europeo–, aunque con una diferencia. Antes de emplear la metáfora, dijo que el colonialismo, el imperialismo y la esclavitud “también son parte de nuestra historia”. El orden de los factores puede llegar a alterar la forma en que la audiencia entiende un mensaje.

Las metáforas son peores. Al igual que las armas, te pueden estallar en la cara.

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