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Europa se enfrenta a la amenaza de la ultraderecha tras el triunfo de Meloni en Italia

Matteo Salvini, Silvio Berlusconi y Giorgia Meloni se dan la mano durante el acto de cierre de campaña de la coalición en Roma.

Andrés Gil

Corresponsal en Bruselas —

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Italia es país fundador de la Unión Europea, miembro del G7 y cuna de lo mejor de la historia europea. Pero, también, ha sido lugar en el que los monstruos han irrumpido de entre los claroscuros. Es lo que ha pasado este domingo, cuando se han cumplido las previsiones y la ultraderechista Giorgia Meloni se ha impuesto en las urnas en Italia, justo cuando se cumplen 100 años de la Marcha sobre Roma de Benito Musoolini con sus camicie nere –camisas negras–.

Meloni, además, ha concurrido a las elecciones en coalición con la Lega de Matteo Salvini, y la Forza Italia de Silvio Berlusconi, referente del PP europeo en Italia. Es decir, los populares europeos, que cogobiernan las instituciones europeas con socialistas y liberales, han ido a las elecciones con la extrema derecha, y en un papel subalterno, decisión refrendada por el presidente de la familia política conservadora europea, el bávaro Manfred Weber, quien fue a Italia a apoyar en campaña a Silvio Berlusconi. Y esa coalición, la de Meloni, Salvini y Berlusconi, ha sumado el 44% de los votos y lograrán una mayoría absoluta holgada de escaños. Mientras que las tres candidaturas encabezadas por Enrico Letta (PD); Giuseppe Conte (M5S) y Matteo Renzi (IV) suman el 49,3%, pero se quedarán con menos del 40% de los escaños por el nuevo sistema electoral.

La Comisión Europea mantiene prudencia públicamente, como suele hacer con todos los procesos electorales en un Estado miembro, y explica que se encuentra a la espera de que se conforme el Gobierno y de las políticas concretas que puedan desarrollarse. Pero, de momento, la presidenta del Ejecutivo comunitario, Ursula von der Leyen, mandó un aviso a navegantes la semana pasada desde Nueva York, a donde había acudido para la Asamblea General de Naciones Unidas.

Von der Leyen, en el turno de preguntas tras un discurso en Princeton, avisó de que la UE dispone de “herramientas” si “las cosas se ponen difíciles”, como ha pasado en países “como Hungría y Polonia”. Es decir, que Bruselas se pone en guardia y avisa de que dispone de herramientas para afrontar derivas autoritarias, homófobas y de asalto del poder judicial como ha ocurrido con los gobiernos de Varsovia y Budapest, aliados de Meloni y que este domingo han celebrado el resultado electoral.

La neofascista Meloni, además, preside el grupo de los Conservadores y Reformistas Europeos (ECR), una alianza de fuerzas ultraconservadoras de derechas, entre los que se encuentra Vox, el partido gobernante en Polonia, Ley y Justicia (PiS) y los Demócratas de Suecia, segunda fuerza del país tras las elecciones del pasado 11 de septiembre y parte del futuro Gobierno sueco.

Budapest y Varsovia lo celebran

El Gobierno húngaro señaló que “en estos momentos difíciles, necesitamos más que nunca amigos que comparten una visión y un enfoque común sobre los desafíos que aborda Europa”. Hungría, eso sí, es el primer país en el que se está aplicando el mecanismo que condiciona la entrega de fondos europeos al cumplimiento del Estado de Derecho, con la recomendación de Bruselas de congelar 7.500 millones de fondos de cohesión por problemas de corrupción. Hungría, además, tiene abierto un procedimiento por el Artículo 7 por vulnerar los “valores europeos” y sigue con los fondos de recuperación en el congelador por sus políticas autoritarias.

Tanto Orbán como Meloni y aliados de esta última como Matteo Salvini, han expresado en el pasado buena relación con Vladímir Putin, y el nuevo Gobierno de Roma no parece que vaya a ser tan favorable a las sanciones como el saliente de Mario Draghi –quien encabezó un gobierno de coalición amplio sin haber pasado por las urnas–, y Budapest confía en tenerlo de su lado.

El primer ministro polaco, Mateusz Morawiecki, por su parte, también ha felicitado públicamente a Melini. Varsovia se encuentra también con varios procesos abierto, como el Artículo 7, y con los fondos europeos congelados a la espera de que complete la descolonización del poder judicial por parte del Ejecutivo. En cuanto a la guerra con Rusia, Polonia, no obstante, mantiene unas de las posiciones más duras frente al Kremlin, en oposición a sus amigos húngaros y de la extrema derecha italiana o francesa como Marine Le Pen, quien también ha felicitado a Meloni, al igual que el español Santiago Abascal.

Hace apenas cuatro años, cuando el Gobierno italiano estaba comandado por el M5S, pero tenía como viceprimer ministro a Matteo Salvini, da pistas de qué puede ocurrir ahora de manera más evidente. Entonces, en una Europa que aún no tenía una guerra en su suelo y no había sufrido una pandemia, el pulso con Bruselas y el resto de socios abarcaba desde el diseño de los presupuestos hasta la política de migración, con un Salvini que encarnó el bloqueo a un sistema europeo de reparto de migrantes y refugiados que huían de las guerras, el hambre o el cambio climático, y muchos de ellos morían ahogados en el Mediterráneo.

Italia, junto con Polonia y Hungría, pueden conformar minorías de bloqueo en multitud de asuntos, desde la política fiscal, hasta la migratoria, pasando por ejecutar el mecanismo de condicionalidad a Budapest o modificar el Marco Financiero Plurianual. La Unión Europea es básicamente lo que 27 gobiernos quieran hacer, y en multitud de casos sólo puede hacerse por consenso, como se ha visto también con las rondas de sanciones a Rusia, frenadas a menudo por Hungría –o Alemania al principio de la invasión–.

Italia, no obstante, es el país más beneficiado de los fondos europeos de recuperación, tiene en juego unos 170.000 millones de euros, lo cual puede suponer un incentivo para no ir al choque frontal con Bruselas.

El PP europeo se alía con la extrema derecha

Cuando a Donald Tusk, anterior presidente del PP europeo, se le preguntaba por los pactos entre Partido Popular y Vox para gobernar Castilla y León, decía que suponía una “capitulación”, y que ojalá fuera “un incidente” y no “una tendencia”. Pero ahora que el polaco Tusk ya no está al frente de la principal familia política europea y ha sido sustituido por el bávaro Manfred Weber, la respuesta es bien distinta.

La derecha francesa y alemana han renegado de forma habitual de pactos con la ultraderecha. La excanciller alemana Angela Merkel fue durante su mandato una abanderada de esta posición. Incluso llegó a renunciar a que su partido gobernara una de las regiones alemanas porque, para hacerlo, debían pactar con Alternativa por Alemania. Aquel Gobierno, del land de Turingia, acabó en manos de Die Linke, la izquierda alemana.

Ahora, sin embargo, el discurso y la práctica política de Weber se aleja de Tusk en un momento en el que sus aliados en Francia y en Italia se encuentran en mínimos electorales y en los que la competición en la zona conservadora se produce entre varias extremas derechas. El PP europeo ya coló entre sus filas a Silvio Berlusconi después de que la Democracia Cristiana italiana implosionara.

En todo caso, el aval de la familia política europea al acuerdo electoral italiano allana el camino de la respetabilidad para un hipotético acuerdo entre la derecha europea y la extrema derecha en otros lugares, como entre el PP de Alberto Núñez Feijóo y Vox. Y todo esto se produce en un momento en el que, precisamente, los populares europeos, aunque dominan las instituciones comunitarias –Comisión Europea, Eurocámara y BCE–, están en retroceso a escala nacional: la pérdida de Alemania les ha dejado fuera del liderazgo en países fundadores de la UE –a la espera de ver el papel que ocupan en el próximo Ejecutivo italiano–, y básicamente resisten en los bálticos y el Este, junto con Grecia, país en el foco por el espionaje a políticos de la oposición y periodistas con Pegasus y por las devoluciones en caliente constantes en el Mediterráneo.

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