“El Presidente soy yo”, el enojo de Bolsonaro por la invitación a Lula para participar de la COP27

Jair Bolsonaro y Lula da Silva, presidente saliente y entrante, durante el último debate antes de los comicios presidenciales.

El presidente electo Luiz Inácio Lula da Silva irá a la conferencia climática de las Naciones Unidas, la COP 27, entre el jueves 10 y el sábado 12. El convite provino del presidente de Egipto Abdel Fattah el-Sisi, exactamente un día después que el futuro mandatario resultara victorioso en las elecciones presidenciales. Quien no pudo contener su rabia fue Jair Bolsonaro, para quien Lula es un “usurpador” de poderes del Estado. Declaró, con terrible irritación, que el líder petista “pretende vestir la faja presidencial antes de asumir. Todavía soy yo el Presidente” exclamó. Pero la expectativa mundial en la agenda del futuro gobierno es mayor que las sospechas de “ilegalidad” enunciadas por el jefe de Estado saliente, quien por otro lado, desde su derrota, permanece enclaustrado en el Palacio de la Alvorada, la residencia oficial.

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El relato, según Folha de Sao Paulo, trascendió del círculo íntimo que permanece con él encerrado en el hogar temporario. Pronto deberá desalojarlo para que pueda ocuparlo su “peor enemigo”. La participación del nuevo gobierno en la conferencia despertó enormes expectativas. Es que el futuro gobernante “está comprometido en promover una lucha conjunta con el resto del mundo contra la crisis del clima”  sintetizó Jacques Wagner, senador petista y amigo del presidente electo. El senador Jader Barbalho lo invitó, a su vez, a acompañar la delegación del Consorcio Amazonia, que reúne a los 9 estados  brasileños de la región. 

Los compromisos anunciados por el mandatario entrante, en el área ambiental, tuvieron mucha repercusión en el mundo. Especialmente por el excepcional contraste con el discurso y la acción del gobierno bolsonarista. Fueron 4 años de desgaste de la mayor selva tropical del planeta, sometida a incendios y a frenética deforestación. Durante los años 2003-2014, con Lula y Dilma Rousseff en Brasilia, el desmonte selvático llegó a caer 80%. Cuando llegó Bolsonaro, trepó rápidamente: 73% en los tres primeros años de gobierno. 

El actual jefe de Estado desterró, literalmente, el Plan de Acción de Prevención y Control de la Deforestación, que fuera creado en 2004, a instancias de la actual diputada Marina Silva que trabajó mano a mano con Lula en ese período. El funcionario que lo dio por concluido fue el ex ministro Ricardo Salles, quien en abril de 2020 había de pronunciar una  frase que le costó el puesto. Fue cuando dijo en una reunión de Gobierno: “Ahora que estamos en este momento de tranquilidad de la prensa que sólo habla del Covid, hay que empujar para que el rebaño pase”. El tal rebaño, como él mismo explicaría en una reunión ministerial, significaba imponer normas flexibles sobre la explotación de tierras amazónicas. “Es hora de unir esfuerzos para desregular todo lo que precisamos, tanto las del ministerio de Agricultura como las del ministerio de Medio Ambiente”.

Para estos fines, ese mismo funcionario terminó con el crédito de 1.300 millones de dólares que el Banco Nacional de Desarrollo brasileño destinaba, anualmente, a la preservación de esa extraordinaria floresta. No debe extrañar entonces que las emisiones líquidas de gas estufa haya alcanzado a fines del gobierno bolsonarista el mayor nivel desde 2005. Y esto obedeció, casi exclusivamente, al aumento de la deforestación y los incendios amazónicos.

Con semejante historial, le toca ahora a Luiz Inácio Lula da Silva mostrar las armas con las que contará en el futuro para reconstruir lo que su antecesor derribó. Y ese es el plan que lleva a Sharm el-Sheikh. Es alarmante el contexto en que se desarrollará esta conferencia de las Naciones Unidas, como advirtió hoy Antonio Guterres, secretario general de la ONU. Declaró, en la sesión de apertura de la COP “estamos caminando hacia el infierno climático con el pie en el acelerador”. Desde luego, ha aportado lo suyo la crisis energética generada con la guerra entre Rusia y Ucrania, que obligó de hecho a suspender la transición hacia una matriz energética limpia. Las consecuencias son conocidas: la elevación de concentraciones de dióxido de carbono y de metano e la atmósfera eleva la temperatura global, provoca ondas de calor, temporales y el derretimiento de los glaciares. “Esta conferencia nos recuerda que el reloj corre; que estamos perdiendo la lucha por nuestras vidas. Nuestro planeta se acerca rápidamente a puntos de inflexión que pueden tornar irreversible el caos climático” advirtió Guterres. 

EG/MG

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