Texas, el sueño demócrata que se acaba de cumplir y puede cambiar la política de EE.UU. para siempre
El Partido Demócrata llevaba más de tres décadas sin ganar una elección estatal en Texas. James Talarico, de 37 años, ni siquiera había nacido la última vez que un demócrata había ganado la banca de senador que él obtuvo el martes por más de 12 puntos. Pero no fue el único triunfo.
La demócrata Gina Hinojosa será la próxima gobernadora de Texas. El Partido Demócrata consiguió la mayoría en la Cámara de Representantes estatal y se quedó con casi todos los cargos estatales en disputa. Habrá demócratas desde la fiscalía general hasta el puesto de comisionado de Ferrocarriles.
En Texas, el vuelco electoral a favor de los demócratas supera los 20 puntos. En la elección al Senado, el cambio fue de 49 puntos entre los jóvenes y de 42 entre los hispanos, en comparación con el voto de esos mismos grupos en las elecciones presidenciales y legislativas de 2024, según el análisis demográfico del New York Times.
La mayoría de los votantes se concentra en grandes áreas metropolitanas como Dallas, Houston y San Antonio, donde los demócratas ganan cada vez más terreno, en una tendencia que ya se había registrado en Austin. Pero los republicanos también retrocedieron en los condados más rurales y en algunos distritos inesperados, como los del norte del estado.
En la elección al Senado, el Partido Demócrata avanzó en todos los condados de Texas, incluidos 28 que habían votado mayoritariamente por Trump en 2024, según muestra el análisis del New York Times.
El avance demócrata tiene consecuencias legislativas para un estado que los republicanos dominaron durante décadas. También puede tener implicancias para las elecciones presidenciales de 2028 y para los años siguientes, si el cambio se sostiene. Desde hace tiempo, el Partido Demócrata apuesta al sueño del nuevo sur, impulsado por los votantes más jóvenes, el crecimiento de la población y el peso cada vez mayor de las minorías.
Poco antes de las elecciones de 2020, Sean Trende, analista electoral de RealClearPolitics, un agregador de encuestas y medio de noticias políticas de orientación conservadora, decía en una entrevista con elDiario.es que faltaban «uno o dos ciclos electorales» para que Texas pasara al campo demócrata.
Ahora Trende considera que ese cambio acaba de producirse. «Desde luego, Texas es ahora un estado bisagra. Los cambios que vimos el martes no son el resultado de un problema aislado con Trump», explica a elDiario.es. «Responden a cambios demográficos de largo plazo en el estado y en el país. Eso no significa que Texas se haya vuelto repentinamente un estado muy demócrata, pero sí que los dos partidos le van a prestar más atención en los próximos años».
En un país tan grande los estados considerados “seguros” de un lado o de otro apenas reciben atención de los candidatos en las presidenciales. Esto ya ha cambiado para Texas.
El legado de LBJ
La marca del racismo en los antiguos estados confederados sostuvo durante décadas la mayoría republicana. Esto ocurrió a pesar de que, antes de la realineación de los partidos en el siglo XX, el Partido Republicano había sido el símbolo de la lucha contra la esclavitud, frente a un Partido Demócrata identificado con posiciones más racistas.
Una de las imágenes más simbólicas de la noche electoral fue el abrazo de Luci Baines Johnson a Talarico. Johnson es hija del expresidente Lyndon B. Johnson, quien ocupó esa misma banca de senador por Texas entre 1949 y 1960.
Defensor de los derechos civiles, Lyndon Johnson era entonces una excepción dentro de su partido y consiguió desplazar progresivamente a los sectores segregacionistas. Ya como presidente, en 1964 logró la aprobación de una de las principales leyes contra la discriminación racial en Estados Unidos.
«LBJ entendió que luchar por los derechos civiles le costaría a los demócratas el sur durante décadas y, de todos modos, lo hizo», escribió el historiador Garrett Graff, autor del reciente libro America in 25 Revolutions. «Hoy, sin embargo, el arco de la historia vuelve a inclinarse. Ser el partido que luchó por los derechos civiles frente a la política supremacista blanca sin precedentes del Gobierno de Trump es lo que devolvió el sur a los demócratas».
La referencia al «arco» remite a una frase que repitieron Martin Luther King y Barack Obama: «El arco de la moral universal es largo, pero se inclina hacia la justicia».
Durante la noche electoral, cuando se acercó a Luci Baines Johnson para agradecerle la felicitación, Talarico le dijo: «Lo logramos».
El nuevo sur
El llamado nuevo sur incluye a Georgia y Carolina del Norte, los primeros estados en cambiar de tendencia, pero también este año a Carolina del Sur y, de manera todavía más sorprendente, a Mississippi.
Texas, el estado más poblado de esa región y, por lo tanto, uno de los más importantes en términos electorales, se había resistido hasta ahora a los demócratas. Ni siquiera lo habían conseguido candidatos carismáticos como Beto O’Rourke en las elecciones legislativas de medio término de 2018, ni siquiera durante la presidencia de Donald Trump.
Con más de 31 millones de habitantes, Texas es uno de los grandes premios electorales. Aporta 40 de los 270 votos del Colegio Electoral necesarios para ganar la presidencia de Estados Unidos. Solo California, con 54, tiene más. Además, es uno de los estados que más crece y podría sumar nuevos votos electorales en las próximas actualizaciones, que se realizan periódicamente según los resultados del censo.
Desde la presidencia de Barack Obama, que en 2008 logró ganar en Carolina del Norte, los demócratas vienen disputando terreno en Texas. Durante su segundo mandato, la organización Battleground Texas consiguió recaudar millones de dólares y se involucró especialmente en la campaña a gobernador. Su candidata, Wendy Davis, perdió en 2014 frente a Greg Abbott, quien ahora fue derrotado por Hinojosa.
En 2018, O’Rourke perdió por dos puntos y medio frente a Ted Cruz, referente del ala más conservadora del Partido Republicano. En aquel momento, el resultado fue considerado una hazaña. Sin embargo, el cambio demográfico no parecía alcanzar para los demócratas, que habían calculado que una población más diversa, sobre todo por el crecimiento de la comunidad hispana, los beneficiaría.
En 2024 incluso encontraron una tendencia contraria a sus expectativas. El mayor giro hacia el Partido Republicano se registró en los condados texanos que limitan con México y tienen mayoría de población hispana.
Esta vez, el rechazo a los republicanos se expresó especialmente entre los hispanos, los afroamericanos y las personas que se identifican con otras minorías. En conjunto, esos grupos, considerados minorías, ya representan la mayoría del electorado.
Los votantes blancos, que también se volcaron hacia los demócratas, siguen teniendo una participación mayor. En las elecciones del martes pasado representaron el 54% de los votantes, aunque constituyen el 46% de la población habilitada para votar. Los hispanos, en cambio, fueron el 24% de los votantes, pese a representar el 32% del electorado. La baja participación de los afroamericanos había sido habitual en elecciones anteriores, pero esta vez representaron el 12% de los votantes y registraron un nivel de participación muy alto.
La historiadora Annette Gordon-Reed, nacida y criada en Texas, sostiene que su estado es uno de los que más va a marcar el futuro del país y del tipo de debate público por esta peculiaridad. “California y Texas son lugares con mayorías minoritarias. Esto ha puesto a prueba la idea de la identidad estadounidense”, explicaba en una charla en Oxford en primavera sobre los 250 años de historia de la independencia de Estados Unidos. “La reacción ha llegado a un punto de inflexión. ¿Sobrevivirá Estados Unidos como un país de aspiraciones?... ¿Las fuerzas que promueven los ancestros y la raza como base de la identidad estadounidense? La respuesta no está clara en este momento”.
El “progresista cristiano”
Parte de la explicación del avance demócrata en Texas está en los candidatos y sus rivales. Talarico logró presentarse como un «progresista cristiano», con un discurso centrado en denunciar el uso del poder político en favor de los intereses de las grandes corporaciones y de los millonarios.
«Talarico representa el rechazo a los multimillonarios y a un sistema amañado en favor de los poderosos, dos ideas que impulsaron buena parte de esta temporada electoral en Estados Unidos», explica a elDiario.es Pepper Culpepper, vicedecano de la Escuela de Gobierno de la Universidad de Oxford y autor de Billionaire Backlash (La reacción contra los multimillonarios).
Culpepper recuerda que Talarico rechazó las donaciones de las corporaciones, hizo campaña con la propuesta de cerrar los agujeros fiscales que permiten a los más ricos evadir impuestos y centró su discurso en una idea: «La política no pasa por la izquierda y la derecha, sino por los de arriba contra los de abajo, es decir, los ricos contra todos los demás».
El académico también considera que Elon Musk le dio, sin proponérselo, el impulso definitivo. «Su discurso contra los multimillonarios ganó fuerza cuando, hacia el final de la campaña, el magnate Elon Musk, que trasladó sus empresas Tesla y SpaceX a Texas, gastó cientos de millones de dólares de su propio dinero para apoyar al rival de Talarico, Ken Paxton».
Culpepper, que nació en el sur de Estados Unidos, cree que las referencias bíblicas de Talarico, exseminarista presbiteriano, fueron especialmente efectivas para conectar con los votantes texanos. «Usaba explícitamente el lenguaje religioso para reforzar su mensaje de que hay que sacar el dinero de la política», explica.
Talarico solía cerrar sus actos de campaña con una referencia al Evangelio: el episodio en el que Jesús expulsa a los mercaderes del templo y vuelca las mesas de los cambistas. «Texas, es hora de empezar a volcar las mesas», repetía.
El nuevo senador no encaja del todo en la definición de progresista, ni siquiera dentro de su propio partido en Estados Unidos.
Talarico defendió la industria del petróleo y el gas, cuestionó las políticas migratorias más abiertas del gobierno de Joe Biden y moderó algunas de sus declaraciones de apoyo a las personas trans. En 2021, cuando era legislador estatal, afirmó que «Dios no es binario». En septiembre, durante una entrevista con Fox News, sostuvo que algunos de sus comentarios anteriores «estuvieron de más» y dijo que se opone a la participación de atletas transgénero en competencias deportivas estudiantiles femeninas cuando pueda poner en riesgo «la seguridad o la justicia».Tácticas republicanas fallidas
La ola a su favor, pero también a favor de Hinojosa, la primera latina en ser gobernadora en Texas y con un perfil también más conservador que el de sus colegas demócratas de las costas, ha impulsado a los demócratas en lugares donde no solían ganar ni quedarse cerca. Incluso a pesar de las maniobras electorales para afianzar el dominio republicano.
Las tácticas de rediseño de distritos congresionales para favorecer a un partido intentando maximizar sus votos (el llamado en EEUU gerrymandering) han tenido el efecto contrario del buscado para los republicanos en particular en Texas. Ursula Hackett, profesora de Políticas de Estados Unidos y que acaba de escribir un libro sobre estas tácticas, explica de hecho que este estado es un buen ejemplo.
“Es extraordinario hasta qué punto han fracasado los republicanos para capitalizar los esfuerzos muy explícitos de inyectar sesgo partidista a estos mapas, empezando por Texas en 2025”, explicaba Hackett durante un coloquio este jueves del Instituto Americano Rothermere y el Instituto Reuters en la Universidad de Oxford. “Es un caso de rediseño absurdo porque no solo no han logrado conseguir los beneficios esperados, sino que les ha salido el tiro por la culata. El rediseño ha hecho que distritos donde el partido ganaba seguro sean ahora menos seguros. Los demócratas han salido ganando en este rediseño republicano de distritos”.
Los demócratas ganaron cuatro de los cinco distritos que el Partido Republicano rediseñó en 2025 para agrupar mejor a sus potenciales votantes.
El futuro de Texas… y EEUU
Unas elecciones tan atravesadas por el rechazo a Trump son difíciles de proyectar a largo plazo. Sin embargo, parte del rechazo a sus políticas seguirá presente en las elecciones de 2028, sobre todo si los candidatos republicanos son funcionarios de su gobierno o dirigentes cercanos al expresidente. En cualquier caso, el cambio de tendencia en Texas podría marcar el comienzo de una nueva etapa en la política estadounidense.
Los demócratas no ganan una elección presidencial en Texas desde 1976, cuando se impuso el sureño Jimmy Carter. Fue en plena crisis del Partido Republicano por el escándalo de Watergate, que obligó a Richard Nixon a renunciar, y cuando los demócratas todavía tenían entre sus filas a dirigentes que defendían políticas racistas en el sur.
«Esto plantea la pregunta de cómo recordaremos estas elecciones en el futuro», explica Ursula Hackett. «Es tentador ver fisuras en lo que hasta ahora parecía un escenario político congelado. Si Texas vuelve a ser un estado competitivo para los demócratas, con posibilidades reales de quedarse con sus votos en el Colegio Electoral, entonces todo cambia por completo».
El cambio se produce después de 25 años de relativa estabilidad, con los bloques electorales definidos por regiones geográficas. El mapa comenzó a modificarse en 2016, cuando Donald Trump ganó por sorpresa y por márgenes muy estrechos en Michigan, Pensilvania y Wisconsin, estados tradicionalmente inclinados hacia el Partido Demócrata.
La disputa por Florida, que marcó buena parte de la política estadounidense de este siglo, también podría quedar atrás a medida que el estado se vuelve más conservador. En cambio, el avance demócrata en buena parte del sur, especialmente entre los sectores más jóvenes, puede transformar el escenario político de manera mucho más profunda.
«Las elecciones de 2028 serán una disputa de ideas dentro de los dos partidos», sostiene Molly Ball, periodista política de The Wall Street Journal, que está escribiendo un libro sobre los cambios ideológicos y demográficos de la política estadounidense durante los últimos 20 años. Ball participó de un coloquio en Oxford y planteó: «El Partido Demócrata y el Partido Republicano no tienen idea de qué representan. El mapa electoral se desmoronó en 2016. Hizo falta una década para que el sistema político estadounidense lo asumiera».
Ball también considera que, en Texas y en buena parte del país, el electorado es hoy mucho más imprevisible y que ninguno de los dos partidos puede dar por descontado el apoyo en los territorios que antes consideraba propios.
«Lo que está ocurriendo en el electorado estadounidense es una despolarización racial», afirma. «La gente vota cada vez menos según líneas raciales. Esos prejuicios perdieron peso en un contexto en el que los votantes se sienten cada vez más distanciados de los dos partidos y pueden cambiar su voto en cualquier momento».
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