Los cuadernos de primavera Opinión

El amor te convierte en un psicópata, como el Dibu Martínez

Fabián Casas Cuadernos de primavera

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Se apagaron las luces del teatro y salió Vicentico y cantó un tema sostenido por una percusión eléctrica. Me encantó la letra, sencilla y juguetona, aunque parecía expresar cierta zozobra emocional: “Ah, que levante la mano/Ah, el que esté de mi lado/Ah que levante la mano/Ah, el que esté enamorado”. Estuve a punto de levantar la mano. Pero me pareció que el tema de estar o no enamorado era algo privado. ¿Será así? La canción sigue: “Cuánto miedo que tengo que se lleve la fe/de todos mis amigos y se la quede él/En las cenizas del fuego hay un diamante viejo/brilla como un espejo y esa es mi fe”. ¿Quién será él? La canción nunca comete el error de decirnos quién es. Da la impresión de que ni siquiera el compositor sabe de qué está hablando. Vicentico acaba de empezar un recital contándonos que no sabe nada. Algo singular, ya que por lo general las personas quieren escuchar y pagan por respuestas. De ahí el éxito de la autoyuda, las sectas y cierta rama del psicoanálisis adictivo. Sigue la canción: “Ey, ¿quién sabe? ¿quién sabe dónde se fue? /Ey ¿quién sabe? ¿quién sabe dónde se fue?”. Donde se fue qué. ¿El amor? Un comienzo increíble. 

Uno de los disco preferidos de mi mamá era El amor, de Julio Iglesias. Teníamos un combinado hermoso que mis viejos cuidaban particularmente. Estaba en su dormitorio y creo que lo habían heredado de alguno de sus viejos. Abrías las puertas del mueble y a tu izquierda estaba la bandeja para escuchar los discos, a la derecha tenías un lugar para guardar los Lp y también las botellas de whisky o licores. Era un mueble demasiado sofisticado para una familia real people como la nuestra. Me pasé tardes enteras sentado frente al combinado como si el mueble me hablara de cosas que me iban a pasar, que me estaban pasando. ¿Y de qué me hablaba ese mueble? Del amor, de lo que podría llegar a ser ese sentimiento que solían tener los mayores y que yo veía en algunas películas como Melody, con música de los Bee Gees. Pero no podía levantar la mano como pide la canción de Vicentico, todavía no estaba de ese lado. 

El mueble me decía que el amor no sólo son palabras que se dicen al azar, en un momento y sin pensar. También me contaba historias: es la historia de un amor como no hay otro igual, que me hizo comprender todo el bien, todo el mal, que le dio luz a mi vida, apagándola después. Entonces pasó: vi a una chica de quinto grado tomando agua en el bebedero del patio, mientras tomaba se recogía el pelo para que no se le moje, sus piernas torneadas terminaban en unas medias blancas, largas y sus pies en unas zapatillas adidas negras con tiras blancas. La chica tenía un hermanito y vivía en el edificio de al lado del colegio, donde también vivía un compañero mío. Ella en el noveno A, mi amigo en el segundo B. Me hice amigo del hermanito de la chica y le pedí a mi amigo que me dejara subir con él esos dos pisos cuando subía con ella ni bien salíamos del colegio, sólo para mirarla y oler su perfume. El amor te convierte en un psicópata, como el Dibu Martínez. 

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Es difícil escribir poemas de amor porque es uno de los sentimientos más asediados por los poetas de todos los tiempos. Hay infinitas combinaciones y a veces parece -como si se tratara de una partida de ajedrez- que uno tuviera que estudiarlas a todas para poder escribir un poema de amor que funcione. Hay muchos libros que hoy en día hablan sobre el amor, que lo disecan, lo dan de baja o lo ponen por las nubes. Creo que el amor es un misterio: por qué sucede, por qué a esa hora, ese día, con esa persona. Hans Castorp va a visitar a su primo que está internado con síntomas de Covid en el sanatorio alpino de La montaña mágica de Thomas Mann cuando ve pasar a Claudia Chauchat, de quien se enamora. De inmediato reproduce los síntomas de su primo para poder quedarse en el establecimiento hasta conseguir declarársele en unas páginas memorables. Castorp, después de pensarlo mucho y tenernos en vilo a todos los lectores, decide hablarle de amor a Claudia en francés, “porque en esa lengua no siente responsabilidad, se siente libre”. En el poema Tribu, Gonzalo Millán, un genial poeta chileno parecido de cara a Peter Sellers, escribe: “Somos la pareja del mañana./No somos la pareja del mañana, dices tú/Seremos entonces la pareja del ayer./No sé, dices tú./Entonces una pareja del montón./Tal vez, pensativa, dices tú./Entonces somos una mierda de pareja,/pero me cansa discutir sin imágenes,/dices tú./ Yo creo, digo yo,/ que sólo habríamos sido felices/ viviendo en la tribu de los Schtroumpfs”. ¿Levantamos o no la mano?

No sé por qué tanta burocracia para estudiar una de las cosas más inestables y contradictorias que existen: la poesía, la literatura. Algo que, como el amor, sólo puede pasar de manera azarosa, con gente desconocida y sin cartas de recomendaciones.

Hay una cosa que me llama la atención y es que para algunos escribir poesía o enamorarse puede ser tan sencillo como bajarse una aplicación y llenar un formulario. En las aplicaciones se busca el sexo rápido, eliminar la ansiedad de lo desconocido -lo cual no quiere decir que el amor no pueda colar ahí igual su sucia cabeza- sabiendo de antemano con quién nos vamos a encontrar -mediante una foto- de qué le gusta hablar y qué mierda hace con su vida. Y averiguar, también, de paso, si está cerca de nuestro radio de contacto. Algunas personas se anotan para estudiar literatura creativa en las universidades que ahora ofrecen este servicio y para entrar tienen que llenar cierto tipo de cuestionarios que los hagan “deseables” para ingresar a la carrera y llevar, si es posible, una carta de un escritor/a que los recomiende. No sé por qué tanta burocracia para estudiar una de las cosas más inestables y contradictorias que existen: la poesía, la literatura. Algo que, como el amor, sólo puede pasar de manera azarosa, con gente desconocida y sin cartas de recomendaciones.

FC/CB

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