OPINIÓN
Un cuerpo sin imagen
El otro día la hija de mi esposa vino a pedirme que retara a su hermano menor, porque este no la dejaba terminar de cambiarse tranquila después de bañarse. El pequeño la llamaba con insistencia para ir a jugar. Ella no quería sentirse apurada: “Además de ponerme la ropa, me tengo que mirar en el espejo”, dijo con una espontaneidad divertida.
La niña en tránsito hacia la pubertad tiene que mirarse en el espejo, ¿por qué lo dice como si se tratara de una obligación? ¿A qué imperativo obedece? En principio, si se siente concernida de un modo tan exigido con ese acto, es porque sabe –con un saber que no está en la conciencia– que algo falla en la imagen.
En este momento de su vida es algo esperable. Quizá para toda futura mujer es un gran desafío aprender a verse sin que en el reflejo aparezca –como en el cuento de Blancanieves– la voz de la madre mala que dice que la más hermosa es otra. Los cuentos infantiles tienen toda una sabiduría en torno a estas cuestiones.
Un cuerpo sin imagen es el título del último libro de Verónica Buchanan. El subtítulo propone la relación entre las nociones de inhibición, narcisismo y feminidad. La pregunta con la que se lo podría leer es: ¿cómo consigue una mujer tener un cuerpo que no quede detenido en el encantamiento especular?
La belleza no es un aspecto objetivo. Hay mujeres que, por más hermosas que sean, se sienten feas. No se trata de la seducción histérica por la que, rebajando la propia condición, se espera que el otro diga lo contrario (“No, si estás preciosa…”). Se habla aquí de un daño que es interno y a veces irreparable.
La belleza se relaciona más bien con una mirada interna, con poder verse con la mirada de Otro que validó nuestra imagen. Nos gustamos porque nos vemos con esos ojos. Por eso, como se dice, podemos ser nuestros peores críticos y ver lo que otros no ven. En el mundo de las mujeres, hay un juego habitual que plantea la diferencia entre mostrarse y dejarse ver.
Estas reflexiones conducen a una crítica que Buchanan hace a la concepción freudiana del narcisismo, en la medida en que para Freud el regodeo narcisista en la imagen es un tipo de “complacencia”, sin que el inventor del psicoanálisis advirtiera la complejidad del lazo de una mujer con lo que se ve de ella.
En este punto, Buchanan hace también una elaboración de la noción de inhibición para que no se entienda –como habitualmente ocurre en Sigmund Freud– como una detención; en una suerte de Freud contra Freud, la autora desarrolla cómo en el pensamiento freudiano hay otra vía con la que entender la inhibición como una condición de posibilidad.
Por ejemplo, para no excederse y ser solo un impulso, la pulsión precisa establecer una distancia en el interior de sí misma, un vacío que articula la satisfacción con un rodeo antes que con una descarga sobre el objeto. Así es que la compulsión a mirarse de ciertas mujeres precisa una inhibición para que no queden pegadas a sí mismas.
Sabemos que hay mujeres que, después de la primera intervención quirúrgica, le abren las puertas a un infierno del “retoque” que lleva a que, finalmente, sean todas iguales y hasta se vuelvan irreconocibles. Por mi parte, recuerdo haber trabajado un tiempo con un médico que era muy honesto y, en ciertos casos, antes de aceptar operar, derivaba a psicoterapia.
La compulsión femenina por la imagen, antes que un fenómeno narcisista es –según Buchanan– todo lo contrario; aquella viene a funcionar como una reparación de un quiebre subjetivo. Aquí se asocia, entonces, una discusión sobre el llamado “superyó femenino”, al que se dedican varias páginas.
Mientras que el superyó freudiano –heredero del complejo de Edipo– es una instancia reguladora, el superyó femenino –otra vez en tensión con la idea freudiana de que ellas tienen un superyó más débil– es más feroz e inclemente. Algunas mujeres no dicen “Soy fea” sino que radicalizan la sanción llevándola al extremo “Soy horrible” o “Soy un asco”.
Hay mujeres que, para cada evento, se compran ropa nueva; o que dedican buena parte del tiempo a pensar qué se van a poner. Lejos de ser este rasgo un aspecto de superficialidad, podría decirse que la vestimenta es la envoltura del narcisismo: “No me puedo ver”, decía una mujer en cierta ocasión.
El superyó femenino no es un heredero de la relación temprana con la madre, sino que es la relación con la madre, pero por otros medios. Por esta vía, el libro de Buchanan abre el camino a una reflexión profunda en torno a este vínculo primario, sin caer en la ingenuidad de plantear qué tiene que hacer una mamá para que su hija no sufra.
Este nuevo ensayo de Buchanan –en la línea de sus libros Por amor al padre y El tabú de la maternidad– avanza con hipótesis originales y cierra una serie de textos en los que la autora repiensa los fundamentos del deseo desde la óptica de las funciones estructurales de la parentalidad (padre, madre, hija).
LL/MF