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Panorama Político

Desidia, turbiedad e intrigas: un método tóxico en manos de quienes quieren eliminar el Estado

Sandra Pettovello, ministra de Capital Humano.

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La primera experiencia de Sandra Pettovello en una función gubernamental se transformó en una verdadera montaña rusa de emociones. Comenzó la semana con lo que allegados describen como euforia indisimulable por la expulsión con deshonra de su enemigo íntimo Nicolás Posse, y la terminó envuelta en una crisis en el seno del megaministerio (la enésima) que no conduce. Intriga, torpeza, desborde y, entretanto, el frío.

La gelidez imperante no es sólo indicador de la desconfianza que paraliza a su ministerio de ministerios, sino una sensación térmica pura y dura.

Pettovello eligió instalar su cuartel central en la Casa Patria Grande Presidente Néstor Kirchner (en transición a Casa Libertad), centenaria construcción de estilo francés ubicada en Recoleta. En el criterio de la ministra y contenedora emocional de Javier Milei, la casona reunía la virtud de quedar alejada del epicentro de las manifestaciones y estar despoblada de oficinas operativas. Ni el resonar de bombos y consignas, ni encuentros con funcionarios que golpean la puerta: bingo.

Ocurre que el otoño invernal encontró a la Casa Patria Grande con dos de sus calderas descompuestas, un problema que Pettovello no atina a resolver. ¿Se licita la reparación o cabe adjudicación directa? ¿Algún empleado de mantenimiento está escamoteando colaboración o un proveedor se está pasando de vivo? La propia funcionaria sintió el rigor de la baja temperatura de mayo (verdadero shock externo para las fuerzas del cielo) en persona, tanto como empleados y colaboradores que buscaron refugio en otras dependencias o suspendieron actividades.

Vía crucis

El semestre de convivencia gubernamental entre Pettovello y Posse fue un calvario. La exproductora televisiva al mando de un pool de ministerios padeció el rigor del “no hay plata” como respuesta a todo. La negativa llegaba desde un tándem, ahora diluido, entre el destituido jefe de Gabinete y el titular de Economía, Luis Caputo, también blanco frecuente de las críticas de la funcionaria.

Pettovello estaba tan convencida de que Posse la espiaba hasta con micrófonos en sus oficinas de la Casa Patria Grande, que durante varias semanas sólo mantuvo reuniones en lugares improvisados, y sin celulares

La imprevisión reinó en Capital Humano, pero ante cada intento de un anticiparse a un conflicto, fuera la entrega de medicamentos para enfermedades inusuales, los sueldos docentes o programas de alimentos, los dueños del excel dejaron a Pettovello sin salida. Al punto de que, al menos en una oportunidad, se vio afuera del Gobierno.

Hasta que la ministra encontró un cauce con un método rústico que sintonizó con la demanda voraz por la espectacularización de los hermanos Milei y Patricia Bullrich, “la tía” para confianzudos libertarios: ante cada necesidad, nace una denuncia. Iniciada o terminada la investigación, con datos o sin ellos, basada en hechos o en anécdotas intrascendentes, salen whatsapps a ser transcriptos con obediencia en medios de los grupos Clarín, La Nación, Infobae y Werthein.

Pettovello estaba tan convencida de que Posse la espiaba hasta con micrófonos en sus oficinas de la Casa Patria Grande, que durante varias semanas sólo mantuvo reuniones en lugares improvisados, y sin celulares. Aquella citada expresión “suerte en Punta del Este” a las puertas de un fin de semana de febrero, que Posse habría dicho a una ministra que manejaba su excursión con sigilo, disparó la sospecha de infiltración al infinito. No son pocos en el gabinete que perciben la sobrerreacción de Pettovello como parte de una paranoia, por otro lado, tan propia del mundo Milei.

Un mérito de los hermanos al mando del Ejecutivo: no suelen abusar de eufemismos para explicar la salida de sus funcionarios.

La rústica prosa de la Oficina del Presidente deja claro que los despidos obedecen a lo que Karina y Javier Milei entienden como mala gestión o, directamente, la consumación de delitos. Pablo de la Torre dejó su puesto en la Secretaría de Niñez, Adolescencia y Familia, y ya consulta a abogados para enfrentar la acusación de malversación de contratos intermediados por la Organización de Estados Iberoamericanos. También quedó oficialmente señalado por el desmanejo de alimentos destinados a los más pobres, algo que, si un fiscal tiene voluntad, podría derivar en otra causa judicial por incumplimiento de deberes de funcionario público.

Sin eufemismos, la rústica prosa de la Oficina del Presidente deja claro que los despidos obedecen a lo que Karina y Javier Milei entienden como mala gestión o, directamente, la consumación de delitos

En estos días, la prensa oficialista ofrece un entretenimiento interesante. Quienes apuntan a De la Torre como un traidor proveniente de la casta dirimen diferencias con quienes lo ven como un chivo expiatorio de la opacidad y/o mala praxis de Pettovello. ¿El enigmático personaje Leila Gianni, kirchnerista hasta que “la vio” en diciembre, luego adlátere de la ministra en Capital Humano y autora de un raid mediático esta semana, se anticipó a poner a De la Torre en la mira para tapar fraudes sistemáticos en la cartera vía la OEI?

Un método tóxico. Fin.

Es una incógnita hasta dónde el Planeta Milei está dispuesto a llevar su doble vara para determinar sus cruzadas. Si en efecto Posse se tentó con organizar un espionaje ilegal masivo, Karina, una de sus comentadas víctimas, debería interponer una denuncia que podría tener a la cárcel como destino del acusado.

El país vive una grave y prolongada crisis, y el primer semestre de Milei en la Casa Rosada disparó los indicadores negativos a registros sin precedentes. La mirada crítica de los ortodoxos genuinamente cercanos, con ganas de que “a Milei le vaya bien”, ante las inconsistencias del plan económico de Caputo está a la vista de todos. Milei acumula selfies con magnates y ultras del mundo, mientras gobernantes de otros países lo esquivan. En ese esquema, el megaministerio que administra buena parte del gasto estatal está paralizado, tanto por la salida de funcionarios como por la prevención ante el rayo fulminante que denuncia mala administración o comisión de delitos.

Así las cosas, el funcionario promedio opta por sustraer su firma y cajonear expedientes. En un Gobierno que se atreve a delegar en estudios jurídicos corporativos la redacción de leyes que comprometen el futuro del país, o cuyo Presidente alienta la evasión y la fuga, nadie tiene del todo clara la diferencia entre lo admitido y lo censurado; por lo tanto, mejor no hacer olas. Los deshonestos pergeñan modos endogámicos de hacerse amigo de lo ajeno sin ser vistos.

Como los hermanos Milei, Pettovello, Santiago Caputo y el defenestrado Posse, además de su vínculo ideológico, están unidos por su absoluta falta de experiencia en el manejo del Estado, y el versátil Guillermo Francos, entronizado ahora como primus inter pares del gabinete, parece funcional a cualquier causa que le encomienden, la rendición de cuentas no es un elemento presente en el Ejecutivo ultraderechista.

Puesto a ocultar, a habilitar desfalcos privados, a desentenderse de necesidades básicas de la población, a albergar a funcionaros que atienden los dos lados del mostrador, el Estado se convierte en una organización criminal

Ese esquema tóxico que tuvo a Pettovello como máxima intérprete duró un semestre. El disfraz de la inoperancia con presuntas cruzadas honestistas, para que el vocero presidencial dedique sus mañanas a engañar a la población con datos falsos y la prensa cómplice, a difundir los punteos elaborados por alguna usina oscura, chocó con 5.000 toneladas de alimentos, muchas de ellas próximas a vencer, arrumbadas en depósitos estatales.

Es así como la máxima de Javier Milei se transforma en realidad. Puesto a ocultar, a habilitar desfalcos privados, a desentenderse de necesidades básicas de la población, a albergar a funcionaros que atienden los dos lados del mostrador, el Estado se convierte en una organización criminal.

Peronismo, capítulo inolvidable

El caldo tan turbio como previsible en que se transformó el Gobierno libertario encuentra al peronismo en un momento inolvidable.

Daniel Scioli, exgobernador, candidato presidencial, efímera carta anticristinista en 2023 y obsecuente de Milei en 2024, pavonea con descaro su conversión. A su lado, Leila Gianni es una persona con principios.

Osvaldo Jaldo, gobernador de Tucumán, transita su transfuguismo con pose de comisario. En su caso, la traición al mandato popular es abonada con adelantos financieros del Ministerio de Economía de los que sólo gozan Tucumán y Chaco. El catamarqueño Raúl Jalil pide a gritos una sortija.

Están los casos de los gobernadores de Misiones y Salta, franquicias del peronismo que cruzan de vereda en cuanto cambia el color político en la Casa Rosada. Pasó con Mauricio Macri y vuelve a ocurrir con Milei. No hay revuelta social ni sindical que conmueva el apoyo irreductible de sus senadores a la ley Bases.

Massa no tiene nada para decir ni de Sáenz, ni de Royón, ni de su exmano derecha en el Palacio de Hacienda y hoy representante ante el FMI, Leonardo Madcur

El gobernador salteño, Gustavo Sáenz, fue compañero de fórmula de Sergio Massa en 2015. La relación siguió dando frutos, al punto de que Massa confió en una pieza de Sáenz, Flavia Royón, la estratégica cartera de Energía entre 2022 y 2023. Esa funcionaria fue una de los varios colaboradores del exministro que siguieron de largo cuando asumió Milei. Cuando Royón fue dada de baja por uno de los arranques de furia presidenciales, en febrero pasado, dejó la secretaría de Minería envuelta en fe y esperanza con el Gobierno de ultraderecha.

El candidato a presidente de Unión por la Patria hoy vive con un pie en las finanzas internacionales y otro en los conciliábulos políticos. No tiene nada para decir ni de Sáenz, ni de Royón, ni de su exmano derecha en el Palacio de Hacienda y hoy representante ante el FMI, Leonardo Madcur.

Massa parece coincidir con los Kirchner: no es hora de confrontar de lleno con el proyecto ultraderechista, ni mucho menos establecer una disputa de tono ideológico. Hay que reparar en hechos concretos que afecten al bolsillo de las familias, “hasta que se den cuenta”.

Es curioso que casi nadie en el peronismo pida algún tipo de sanción partidaria ante la flagrancia de la voltereta de Scioli, como si tuvieran la prevención de que el exmotonauta comience a enumerar la cantidad de massistas y camporistas que ocupan puestos en la administración libertaria.

Los márgenes de Kicillof

La interna entre La Cámpora y el kicillofismo en la provincia de Buenos Aires bajó un poco los decibeles, pero no detuvo su marcha.

En el entorno del gobernador prevalece la convicción de que la causa por presunto abuso sexual que involucra al intendente de La Matanza, Fernando Espinoza, y un expediente mucho más extravagante por un caso Chocolate bis en el partido de San Martín, en el que un fiscal llegó a pedir la detención del intendente, Fernando Moreira, más allá de la veracidad de las denuncias, suponen contubernios de espías, jueces y políticos.

¿El hecho de que Espinoza y Moreira —sus perfiles y la densidad de los casos que los apuntan son muy distintos— sean hoy aliados tácticos de Kicillof podría obedecer a la interna bonaerense? No es lo que piensan mayormente en el Gobierno de la Provincia ni en las intendencias mencionadas. “Demasiada derecha ahí”, razona una voz al analizar los perfiles de ciertos jueces y fiscales que actúan en los dos expedientes, de probada fe anticristinista. No obstante, una fuente anti-Máximo pide “sumar dos más dos”. “Después de lo de (el exjefe de Gabinete bonaerense y aliado de los Kirchner, Martín) Insaurralde, necesitaban un caso para contrarrestar”, razona.

Kicillof entiende que con formalidades como “dejar actuar a la Justicia” alcanza para abordar el affaire Espinoza. Entre evitar la figura de quien “suelta la mano” al aliado —probablemente abusador sexual, probablemente sometido a una operación de Inteligencia, y probablemente ambas cosas— y socavar la propia identidad como un peronista de izquierda, feminista, que no roba ni anda visitando ni pagando modelos que graban conversaciones, el gobernador bonaerense prefiere lo primero.

En el Mundo Kicillof describen la persistente de erosión de la gestión del Gobierno por parte de un sector que obedece a Máximo Kirchner, pero no hay una explicación única que dé cuenta de la naturaleza del conflicto. Para algunos, es una diferencia por liderazgos, estilos y tácticas, en el marco de un cauce político compatible; por lo tanto, salvable. Para otros, es una pretensión insaciable por cajas y cargos, desprovista de anclajes en ideologías, y de allí se desprende la puja por la jefatura; difícilmente salvable.

Con Massa, los puntos de coincidencia son menos profundos, pero la relación es conducida con pragmatismo. El Frente Renovador juega seguido, siempre en sordina —por vía de algún whatsapp filtrado o una nota de queja de dirigentes de segunda, tercera o cuarta línea—, la carta de retirar su apoyo en la Legislatura y en concejos deliberantes de varios municipios. El Gobierno bonaerense se blinda con la mención de los cargos cedidos en el gabinete al partido de Massa, con el estratégico Ministerio de Transportes a la cabeza.

Las preguntas que subyacen son hasta qué punto el gobernador bonaerense seguirá indemne ante escándalos que involucran a personajes con los que convive y cuál es el margen para avanzar sin ellos.

El escándalo de corrupción e impudicia que involucró a Insaurralde en plena campaña electoral no pareció perjudicar mucho a Kicillof, percibido como lejano de la cultura política que representa el exintendente de Lomas de Zamora, pese a que éste era nada menos que su jefe de Gabinete, sentado allí por imposición de los Kirchner.

La trama de contrataciones espurias en la Legislatura dispara esquirlas hacia dirigentes del kirchnerismo, intendentes del conurbano, la UCR y el PRO, pero el mandatario provincial vuelve a quedar exceptuado de acusaciones directas. Nadie, ni los medios más alineados con el macri-mileísmo, presume que Kicillof se valga de pedir retornos por falsas contrataciones a ser cobradas por algún lumpen de la política que visita cajeros automáticos de madrugada.

El expediente de Espinoza promete nuevos capítulos, que saldrán a la luz oportunamente.

Las preguntas que subyacen son hasta qué punto el gobernador bonaerense seguirá indemne ante escándalos que involucran a personajes con los que convive y cuál es el margen para avanzar sin ellos.

Digresión

Además de estas escenas edificantes, en el mundo pasan cosas. Por ejemplo, una masacre en la Franja de Gaza cometida por Israel, que lleva 36.000 víctimas mortales, 15.000 de ellas niños, e investigaciones internacionales por crímenes de lesa humanidad que valieron un pedido de arresto de Benjamin Netanyahu y los jefes de Hamás por parte del fiscal de la Corte Penal Internacional.

¿Qué opinan los dirigentes peronistas de la matanza en Gaza? Cristina Fernández de Kirchner, nada. Massa coincide con el apoyo irrestricto de Milei a Netanyahu, prácticamente único con tal intensidad entre gobernantes del mundo: derecho absoluto a la defensa de Israel y ni una palabra sobre las víctimas palestinas. Alberto Fernández reivindica la postura tradicional de dos Estados con fronteras seguras, Israel y Palestina, cuestiona la respuesta de Netanyahu, pero se resiste a ir más allá, como sí lo hicieron sus excolegas Gustavo Petro, Luis Inázio Lula da Silva y Andrés Manuel López Obrador.

Carlos Bianco, ministro de Gobierno de la Provincia de Buenos Aires y, como tal, responsable de las relaciones exteriores del Ejecutivo de Axel Kicillof, califica la situación como “intento de genocidio” por parte de Israel. Prefiere evitar una definición tajante sobre genocidio consumado o crímenes de lesa humanidad, materia de debate jurídico.

El funcionario bonaerense afirma no tener ningún problema con el Estado de Israel, con el que firmó convenios bilaterales en el pasado. “Mi problema es con que mueran niños bajo las bombas”.

SL/DTC

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