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Opinión
Economías

Una economía pendiente de la danza de la lluvia

Seca. Hace sesenta años que no se registraban temperaturas tan superiores al promedio como las que hubo entre diciembre y febrero últimos.

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Se termina el verano, y mientras los turistas disfrutaron de semanas de un sol radiante, los productores agropecuarios y quienes analizamos la economía miramos al cielo, suplicando por que llueva. Hace sesenta años que no se registraban temperaturas tan superiores al promedio como las que hubo entre diciembre y febrero últimos. Episodios como estos traen consecuencias muy negativas para nuestra macroeconomía: implican menos exportaciones del agro y hacen tambalear al mercado de dólares, que sostiene una frágil estabilidad desde agosto pasado.

En la última década, el agro generó cuatro de cada diez dólares que ingresaron al país y es por lejos el principal aportante neto de divisas. Esto quiere decir que, aunque le restemos sus importaciones y otras salidas de dólares como, por ejemplo, el pago de pre-financiaciones, su saldo sigue siendo positivo. De allí que el impacto de la sequía sea tan relevante. Desde Analytica proyectamos que las exportaciones pueden reducirse en 14.000 millones de dólares respecto al año pasado. Para dimensionar, esa cifra representa el pago de casi dos meses y medio de importaciones de bienes y servicios de todos los sectores productivos.

De todas formas, antes de que el clima nos jugara una mala pasada, el frente cambiario ya iba a ser complicado este año. A diferencia del 2022, el FMI se va a llevar US$ 2.600 millones más de los que traerá. En ese contexto, las reservas netas del Banco Central deberían crecer en US$ 4.800 millones para cumplir el acuerdo firmado con el organismo, de las cuales US$ 3.700 tienen que estar antes de las elecciones de octubre.

En un país acostumbrado a los volantazos en la política económica las elecciones siempre traen mayores niveles de incertidumbre. Ahorristas y empresarios se vuelven más conservadores ante posibles cambios tras los resultados electorales. Sin ir más lejos, en 2021 el Banco Central tuvo que sacrificar reservas internacionales para contener la brecha entre el dólar oficial y los paralelos, que llegó a duplicarse entre marzo y noviembre.

Por herencia, errores propios y una coyuntura internacional muy adversa, el Gobierno va a terminar su mandato de igual forma que Cristina Fernández de Kirchner y Mauricio Macri: sin dólares para un funcionamiento normal de la economía

Sequía, elecciones y pagos de deuda externa forman un triángulo de las bermudas para el objetivo de Massa: aterrizar en diciembre sin turbulencias. Ante ese escenario, es lógico que el Gobierno esté negociando con el FMI relajar el objetivo de acumulación de reservas, como dejó trascender. El año pasado también tuvo que hacer algo parecido: la meta era de US$ 5.800 millones pero se redujo a US$ 5.000, aunque la diferencia se debía acumular este año. En otras palabras, la meta para 2022-23 se mantuvo inalterada.

Sin acceso al mercado de crédito internacional, los dólares que falten este año habrá que compensarlos con menores niveles de actividad. Si decíamos que era relativamente realista el escenario del Presupuesto 2023 al marcar que la economía apenas crecería 2% este año, hoy lo vemos como optimista.

Por herencia, errores propios y una coyuntura internacional muy adversa (pandemia, guerra y sequía), el Gobierno va a terminar su mandato de igual forma que Cristina Fernández de Kirchner y Mauricio Macri: sin dólares para un funcionamiento normal de la economía. En la Argentina, no todos los caminos conducen a Roma, pero sí a la restricción externa.

Vale recordar que la economía argentina es superavitaria en dólares. Los ahorristas y las empresas le prestan dinero al resto del mundo -nuestra posición de inversión internacional neta es positiva en U$S 113.049 millones- y se estima que hay más de U$S 200.000 millones fuera del sistema bancario.

La conclusión es sencilla: la ausencia de un modelo macroeconómico sostenible e inclusivo socialmente transformó a la economía argentina en un perro que se muerde la cola. La inflación persistente hace que el ahorro de empresas y familias se refugie en el dólar, esa mayor demanda de dólares colabora para una nueva devaluación del peso que genera un salto en los precios de la economía y, de allí, una nueva escalada en la inflación. Así, una y otra vez.

Es evidente que la solución no es sencilla. Para desarmar este circuito se requiere de tiempo y políticas públicas que logren un equilibrio entre las demandas del mercado y las de la sociedad, que si bien parecen similares, algunas cuando se implementan revelan su antagonismo. Y aunque el lema sea “ceder para crecer”, no hay que olvidar que si casi el 40% de los argentinos es pobre, quiere decir que una parte de la sociedad ya cedió demasiado. Ojalá podamos avanzar como sociedad hacia consensos que permitan una reducción de la inflación, una matriz exportadora más diversificada y evitemos así pasar otro verano bailando la danza de la lluvia.

CC/CC

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