Opinión

El FMI y la Incertidumbre

Kristalina Georgieva

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Kristalina Gueorguieva, doctora en economía, es la directora general del FMI y ciertamente conoce, como todos los funcionarios de esa institución, el manejo de la incertidumbre en determinadas variables macroeconómicas que modelizan las decisiones individuales de consumidores y productores. De hecho, el Global Integrated Monetary and Fiscal Model (GIMF), con el que el FMI disciplinó durante cuatro décadas la comprensión y dirección de las políticas económicas de los países del mundo, incluye las llamadas “variables estocásticas” al momento de prever expectativas sobre los períodos futuros de la economía.

Por ello, sorprende que lo más relevante de la declaración de la Directora General, previa a la cuadragésima tercera reunión del Consejo del FMI en abril, haya sido precisamente el afirmar que el mayor “peligro” que envuelve al mundo sea la incertidumbre. El peligro ya no es, como antes se pontificaba, el déficit fiscal, los excesivos impuestos, las subvenciones, el gasto público en el área de salud, el populismo o el intervencionismo estatal. No, al contrario, ahora en un giro de 180 grados se recomienda que frente a la “gran recesión” y al “lockdown”, los gobiernos deben “transferir recursos a los “hogares vulnerables”, ampliar “subsidios”, “inyectar capital” a las pequeñas empresas, elevar la inversión pública en infraestructura, salud y educación, aplicar tributos progresivos a la riqueza, a los beneficios empresariales excesivos, a las grandes herencias, etc.

La incertidumbre a la que el FMI le teme no es pues la aleatoriedad de las expectativas de mercado de los actores individuales, fácilmente capturadas por el juego de probabilidades en las ecuaciones con las que se calculan las variables estocásticas de los GIMF. Aquello correspondía a los tiempos de una realidad social domesticada, donde productores, consumidores, gobernantes, políticos, ideólogos, comunicadores compartían un mismo horizonte cultural de destino predecible: la competencia salvaje, la ganancia, el libre mercado y la globalización. 

Hoy, en cambio, hay una realidad que desborda y fisura por todos lados ese corsé predictivo y la simpleza matemática de esas variables. La incertidumbre se está apoderando de la propia organización del mundo y de su porvenir. La pandemia ha obligado a los estados a romper reglas de mercado para proteger a sus ciudadanos; la acumulación empresarial ha sido paralizada para poner por delante responsabilidades médicas, los déficits fiscales se han disparado para financiar la estabilidad de las bolsas de valores y las transferencias monetarias de emergencia. Las élites, después de 40 años de unanimidad en cuanto a horizontes de futuro, ahora divergen sobre las políticas económicas a adoptar ante la gravedad de la crisis. El venerado “mercado mundial” detrás del cual corrían todos los agentes económicos, es hoy una entelequia escurridiza descuartizada por un enfurecido nacionalismo de vacunas. Cada Estado “desarrollado” cuida las vacunas fabricadas en su territorio, dejando al resto a la suerte divina. La globalización se arrodilla ante la fuerza pura y cruda de las soberanías territoriales.

El espectáculo es grotesco. Cada uno de los fetiches de la modernidad neoliberal es inmolado en el fragor de un mundo encendido por la consigna de sálvese quien pueda, como pueda y donde pueda. Así, los sacerdotes del libre cambio han devenido proteccionistas, con Boris Johnson a la cabeza. Los promotores de la consigna de que “el Estado es el problema”, primero con Donald Trump y su “America First”, y luego con Biden y su “Made in America”, relanzan a ese Estado como único demiurgo capaz de intentar sacar de la decadencia a EEUU. Los líderes de la anteriormente detestada economía planificada, como China, ahora son los más fervientes defensores de la globalización. Y si el propio FMI hoy tiene que recomendar lo que hace dos años era condenado y sancionado, entonces estamos ante un descomunal estupor cognitivo que se ha apoderado de las élites planetarias dominantes. Los “años dorados” donde gobernantes y gobernados compartían una misma hoja de ruta global, y cuando las diferencias estaban en la velocidad para llegar a un destino fijado de antemano, ahora ha estallado en múltiples perspectivas o, lo que es peor, en la ausencia de un destino plausible.

Esta es la verdadera incertidumbre que aterra a Gueorguieva porque en este vaciamiento del sentido de la historia imaginada, el viejo mundo neoliberal ordenado alrededor de un destino ilusoriamente compartido ,que le daba consistencia al cálculo probabilístico de las variables estocásticas, ahora se cae a pedazos por decisión de sus propios administradores.

Y al final, ello tiene un precio histórico.

Es el propio FMI quien alerta, en un estudio reciente, que la “larga sombra” de conflictividades post Covid-19 puede llevar a “derrocar gobiernos”. El asalto al Capitolio norteamericano del 6 de enero es la epidermis de una herida de época que recorre el mundo. Claro, las tolerancias morales de los gobernantes hacia los gobernados, lentamente comienzan a deshilacharse por todos lados.

Cuando todo el orden lógico y procedimental del horizonte dominante que ha organizado el curso de la vida cotidiana de la sociedad se desvanece, lo que emerge es el abismo de la historia en cuyo interior insondable todo puede pasar. Es la época de un caos estructural que, inicialmente, promueve la parálisis del horizonte predictivo de las clases subalternas; es decir, es la experiencia del tiempo como un hecho suspendido, como una agobiante excepcionalidad indefinida que no tiene vocación ni promesa. 

¿Y que podría pasar cuando la “larga sombra” del enojo de los de abajo en algún momento quiera romper, por decisión y riesgo propios, la asfixia de un tiempo dilatado y sin futuro para inventar un nuevo destino imaginado? Si ahora el FMI, obligado por las circunstancias, propone elevar impuestos a las grandes fortunas y al patrimonio en directa contradicción con su antiguo catecismo del “goteo”, no sería raro que las clases plebeyas, quizá, vayan un poco más allá y pongan en duda la propiedad de los dueños de esas grandes fortunas, o piensen cosas “peores”. Si por el momento, con la vigencia de la gran propiedad privada, no hay futuro capaz de volver a encandilar las expectativas sociales, podría ser que, sin esa gran propiedad, las cosas sean distintas.

Nadie lo sabe, pero lo que es cierto es que el futuro se abre paso a tropezones y jaloneado por el miedo. La incertidumbre de hoy ya no es la de los valores probables de una variable, sino de la validez de la totalidad de las ecuaciones del FMI que modelizan el comportamiento social sumiso.

Entonces la “incertidumbre peligrosa” a la que teme Gueorguieva es la que hoy atenaza, en primer lugar, a los decisores del orden planetario, a los que lo dirigen. Resulta claro que si los que gobiernan el mundo no saben hacia dónde vamos, su dominación carece de validación proyectiva en el tiempo. Esta ahí por la inercia de la dominación pasada, por los sedimentos arcaicos en el sentido común de la sociedad, pero no tiene dinamismo regenerativo propio. Es pues una hegemonía crepuscular, en cierta medida zombi.

El mundo está debajo del pórtico de un extraño tiempo carente de esperanza, en el que no hay futuro y, lo peor, que nadie sabe cómo será. No es casual que la angustia de las elites planetarias respecto a si las viejas técnicas de dominación, exitosa durante 40 años, serán eficaces ante una sociedad que, al dejar de confiar en los consuetudinarios cursos de acción posibles, tienda a volverse más receptiva a explorar otras opciones de destino. En sentido estricto esa es precisamente la experiencia patética de la libertad, entendida no como la posibilidad de elegir entre lo que unos pocos han decidido, sino de decidir sobre las cosas mismas que habrá que elegir. De ahí que el temor del FMI es, sobre todo, el miedo a hallar en el fondo del abismo la premonición sartreana de que estamos “condenados a ser libres”, es decir, a perder el control sobre el horizonte de previsibilidad de las sociedades.

 

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