opinión

El fracaso narcisista

¿Tan seguros estamos de que el deseo está asegurado?

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¿Qué es el deseo? Todo lo que pone en cuestión el narcisismo. Por ejemplo, alguien puede no querer llamar a otra persona, porque siente que eso le da vergüenza o sería humillante, pero finalmente no puede evitar el impulso y llama. Ese impulso, entonces, es un modo del deseo. Hay distintos modos del deseo, es cierto, pero lo importante es que narcisismo y deseo se oponen y, por lo general, el deseo es más fuerte.

O al menos así era hasta hace un tiempo. En estos días pienso sobre algo que creo que es una diferencia generacional y, si bien trato de ser comprensivo, lo veo como un tipo de malestar que se vincula con el narcisismo y requiere algún tratamiento, aunque a veces no se reconozca como un sufrimiento muy explícito. 

Me refiero a algo que parece más una inhibición generalizada o una especie de miedo, a quedar determinados en una posición, un temor al “no retorno”, que puede expresarse en la pregunta “¿y si me arrepiento?” o en el rechazo de toda fijación, pero más por precaución que por experiencia en curso, sin verdadera pasión por lo indefinido. 

Ese “que nada me determine”, o siquiera condicione, digo que es un malestar, porque se asocia a un paroxismo vital que se traduce en querer saber qué va a pasar antes de que pase; no es la búsqueda de una garantía, o el beneficio de la ambigüedad, sino una incapacidad para actuar porque en cada acto se juega el ser en su totalidad –esto es lo que ocurre con el deseo, cuando nos transforma, mientras que el narcisismo funciona como una instancia de detención. 

Me pregunto si no es importante insistir en que este sufrimiento narcisista sea reconocido; aunque tengan todos los argumentos para justificarse (porque el rechazo del inconsciente produce conciencias brillantes y exacerbadas), de verdad me pregunto si no estoy juzgando un modo distinto de vida o realmente se trata de un quiebre subjetivo (por la poca resistencia al conflicto con el deseo).

Me cuesta no recurrir a la nostalgia de mi infancia, cuando nos caíamos y nos llenábamos de moretones y cicatrices. Tengo algunas que todavía duran. Si el cuerpo es el modelo del Yo, ¿qué le pasa a este Yo de la nueva generación, sin marcas ni heridas narcisistas (aunque se la pasen diciendo que están rotos, dañados, lastimados)? 

Me parece elocuente que Freud haya pensado el narcisismo desde la “herida”, como condición para que advenga otra cosa, una pregunta, esa incomodidad que puede ser el primer índice de un deseo. No me gusta la nostalgia, pero ¿tan seguros estamos de que el deseo está asegurado?

Hace poco alguien se enojó conmigo porque dije que mi generación había fracasado política y amorosamente. Con la crítica del matrimonio, perdimos también la pareja. No estoy seguro de que la nueva generación pueda vivir una experiencia de fracaso y no porque lo hayan superado, pero esto es algo sobre lo que habrá que reflexionar después de un tiempo más.

Ahora bien, por otro lado, el narcisismo no necesariamente se opone al deseo, sino que también se intrinca con él en ciertas conductas de la vida cotidiana. Se me ocurren dos ejemplos, a partir de una diferencia de caracteres: así como hay personas que se autocastigan para poder hacer luego ciertas cosas, como si pagaran anticipadamente el precio de una satisfacción –si no es que se sacrifican después–, también hay quienes tienen que cometer algún pequeño crimen antes de actuar, como una forma de poner a prueba su fantasía, para demostrarse que el mundo permanece a pesar de sus actos. 

En el primer caso también se trata de una relación con la fantasía, aunque no tanto de una prueba, sino de una comprobación, eso es lo que produce horror, verificar que el mundo cede, se ajusta, que el deseo se entromete en la realidad. En el segundo caso, se busca corroborar que esta intromisión del deseo no destruiría el mundo, que puede soportar. En ambos casos, se trata de actitudes omnipotentes: la culpa del primer caso es porque se cree que el deseo creó la realidad; en el segundo caso, la transgresión es para perder la omnipotencia, es una concesión a la realidad. 

Ejemplo trivial del primer caso: quienes no pueden terminar una tarea sin un mal presentimiento o si encuentran un dinero en la calle lo malgastan o pierden. Ejemplo trivial del segundo: quienes son personas desafiantes en ciertos lugares, pero en otro son dóciles y afectuosas. Ambos casos están, más o menos, en todas las personas. Esta es una estructura elemental del narcisismo, basada en la incompatibilidad entre deseo y realidad. Lo más interesante es esta diferencia: quienes son culposos, se castigan por lo que no hicieron; y quienes son criminales lo son para sentirse menos culpables. Esta diferencia y estos dos tipos clínicos son los que explora Woody Allen en su película Crímenes y pecados, una de mis preferidas.

LL

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