Y DESPUES ES AHORA Narraciones

La ley y el orden III: Chicago

Romina Paula

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Vamos con Víctor de Madison a Chicago en auto. Ya me ha dicho Sara que la ruta no es linda, que es un típico recorrido por autopista, y yo que creía que iba a ver algo del verde Midwest. Después de una hora y media de sosa autopista, en un suburbio de Chicago Víctor deja el auto y tomamos un subte rumbo a mi hotel para evitar el tráfico de viernes por la tarde. Esa entrada, entonces, reemplaza las sensaciones que no tuve en la autopista, entrando a la ciudad por arriba, a la altura de un primer piso, viendo ventanas de edificios viejos y marrones, zona industrial, galpones, un poco como con la línea elevada del subte que va de Brooklyn a Manhattan que tampoco va por debajo de la tierra. Ese cielo abierto y los graffitis y la presencia del hombre en los perfiles de los edificios a través de esos dibujos o publicidades o adornos que pone en su ventana para declarar “acá es donde vivo yo, y vivo así”.

En esta ocasión me alojan en un hotel de la década del 20 en pleno centro. Es un edificio de veinticinco pisos de ladrillo a la vista marrón. Me asignan una habitación en el piso veinte, claro, con moquette. Y vista a un paisaje urbano de calles entre edificios altísimos y de este lado, frente a mi ventana, la escalera de incendios, pegada a la pared.

Dejo mi bolso y salimos a la ciudad, más bien, caminamos hacia el gran lago sobre el que se posa la ciudad, el lago Michigan, que de tan grande parece un mar. Leo que la superficie del lago es igual al tamaño de Croacia. No sé de qué sirven esas comparaciones pero es como una información, una imagen, un lago del tamaño de un país. Vamos hasta la orilla, hay arena amarilla, para reforzar la idea del mar. También hay gente jugando al volley de playa, corriendo, andando en bicicleta y paseando a sus perros. Acá ya es otoño y sopla un viento que perfora. Yo llevo una campera de plumas. Pero para esta gente, el clima aún es templado. Comemos unos sandwiches que rescatamos del catering del workshop más temprano en Madison, y bebemos limonada demasiado dulce de un bidón ridículamente grande. Después bordeamos el lago mientras oscurece y sobre nuestras espaldas se enciende la ciudad. Vamos camino hacia otro barrio en el que veremos un stand up. Victor sacó entradas para Zainie´s, un sitio clásico de stand up, y sacó particularmente para el monólogo de Zainab Johnson, una comediante negra que le recomendaron. Nos asignan un sillón que está de costado al escenario, lo que nos da una vista al salón. Se va llenando de gente, la mayoría del público también son negros. Aparte de la entrada, uno está obligado a tomar dos consumiciones. Cuando Víctor me había hablado de la propuesta yo había entendido que la entrada incluía dos consumiciones. Una vez más: la otra cara de la moneda. Entonces la cerveza tirada que pido viene en un vaso gigante, me digo upa, con tan solo el sanguchito que comí, y encima el entusiasmo del contexto me hace arrojármela dentro como si se tratara de agua. Frente a nosotrxs, un gran retrato de un Jerry Seinfeld no tan logrado. Hay un hombre blanco que hace el show de soporte con muchos chistes escatológicos que igual parecen funcionar. Y en dos ocasiones oigo que la camarera comenta, a distintos clientes, que es muy bueno el show que estamos por ver, el principal. Y entonces viene Zainab. Zainab es altísima, tiene unas piernas eternas y una gran cabellera de rulos cortada por encima de los hombros de modo geométrico. Zainab va de jean clarito y top blanco y por encima tiene un saco grande abierto en muchos colores fuertes, que le da un toque particular. En algún momento del show va a comentar que su pelo es una peluca y cuando la googlee luego veré que en muchas fotos está efectivamente pelada así que no sé, nunca sabré si lo de la peluca era o no, una broma más. El show de ella es efectivamente muy bueno. La gente se descompone de la risa, nosotros también, a mí me embarga la emoción. En más de un momento lagrimeo por lo feliz y poco probable de la situación. Y además, con un mini gesto del dedo y sin pensarlo mucho, le encargo a la camarera otra ronda del piletón de cerveza que baja como agua así que ando así, beoda y entusiasta.

Cuando salimos, buscamos un bar más, para comentar un poco la noche, somos tres ahora, se nos sumó Pablo, un escritor que trabaja dando clases en una universidad de Chicago, con quien nos propusimos ser amigos y en eso estamos, cimentando una amistad. En el horrible patio en el que encontramos un sitio, una rata corre por entre nuestras piernas, los muchachos beben gaseosas y yo, una cerveza más. ¿Para qué? Nadie sabe, a veces el entusiasmo me juega una mala pasada. Por suerte son varias las cuadras entre edificios que me separan del hotel, para poder metabolizar un poco el alcohol y el estado de excepcionalidad.

La noche siguiente vamos al Steppenwolf a ver otra obra de James IJames.

El Steppenwolf en los 70 's fue una compañía mítica que fundaron, entre otros, John Malkovich y Gary Sinise. El Steppenwolf ahora es un edificio moderno y gigante en el barrio de Lincoln Park en Chicago en que se dan obras de prestigio. Por lo que me habían contado de la compañía y el tipo de teatro que daban, me sorprende lo burgués de todo: el edificio, la concurrencia y finalmente, la obra también. La obra tiene el enorme y pretencioso nombre de The most spectacularly lamentable trial of Miz Martha Washington, con un subtítulo no menos pretencioso que promete a bold, fantastical and uproarious remix of american history, algo así como “un remix atrevido, fantástico y estruendoso de la historia americana”. Bueno. La imagen del programa y del afiche va en la misma dirección, tiene algo de comunista y de punk, nada de esto será sostenido en el espectáculo. En la obra las actrices y actores son todxs negrxs, excepto la señora que hace de Miz Martha, a quien sus esclavos juzgan en un juicio fantástico. No fantástico por grandioso sino por fantasioso. La idea, como la imagen del programa, no es mala; ni qué decir de la intención. Acaso acá, en donde se dispersa todo, sea en la puesta en escena. El espacio escénico es semicircular, entre lxs actores y actrices y el público hay toda una franja de plantas de algodón florecidas, o más bien, en el momento posterior a la floración en la que el algodón blanco envuelve a las semillas. Detrás de los plantines falsos, sucede la obra. El vestuario está impecable y es de ese realismo ñoño en el que, en la voluntad de parecerse tanto a una supuesta realidad, acaba siendo ridículo. O falso. O inverosímil. En la trama la señora Martha está agonizando y en su sueño sucede todo este juicio al que la someten sus esclavos que ella creía sus colaboradores pero claro no y entonces en esa fantasía distópica hay atemporalidad y los esclavos liberados la hacen participar de un talk show, bailan música contemporánea, se ponen trajes brillantes. En el programa dicen que el resultado de esta obra es que “todo tipo de audiencias deban pasar el rato en el teatro contemplando, reconociendo y siendo confrontadas con el legado del racismo en este país”. Eso dicen. Si eso sucede efectivamente o no, no podría precisarlo. Eso, a mí, como mujer latina que no vive en este país, se me escapa. Sí observo que, a diferencia de en el stand up de Zainab, mujer negra y musulmana, en esta sala somos todos no sé si blancos pero no negros. Algo de esa burguesidad que el edificio me auguró. Y en ese sentido la obra no es provocadora sino que en su desfachatez, que es más estética que conceptual, acaba siendo infantil y en ese sentido reconfortante y nada desafiante, algo así. Nada de esto articulo cuando salimos del teatro porque por más que no me haya gustado aún no sé bien qué pienso y me interesa más saber qué piensan lxs demás, que son, otra vez, mis amigos argentinos que viven en Estados Unidos, Víctor y Pablo, Anne, la académica que me invitó y Susan, la directora que está a cargo de la lectura semi montada de mi obra Fauna, ambas norteamericanas. Ante nuestro silencio, Susan toma la palabra, cuenta que es sureña y que en la escuela a la que fue, ella y otra niña eran las únicas blancas. Que para ella era el estado de las cosas hasta que un día una de sus compañeras le dijo “tu abuela fue dueña de la mía, ahora vamos por ustedes” y que ella no sabía de qué le estaban hablando y fue la pérdida de la inocencia. Susan nos contó varias cosas en ese momento y era interesante escucharla, en la puerta del teatro, y en un momento se sintió expuesta y se disculpó por estar sobrecompartiendo, oversharing es la palabra que dijo más precisamente y a todos nos encantó, que lo hiciera, y el concepto. También en esa noche en la que ella nos lleva de vuelta al hotel en esos viajes en auto por ciudades desconocidas, veo sus labios rojos a través del espejo retrovisor y pienso que sería una excelente María Luisa, uno de los personajes de la obra que ella va a dirigir, una versión sureña de nuestra obra del litoral. Cómo serán las cosas que es la actriz para ese personaje la que le falla y lo terminará leyendo ella.

En cuanto a lo que queda de Chicago, vivo en un barrio en el que todo el tiempo hay mucha gente por la calle, sobre todo turistas. Hay un río cerca que pasa entre los edificios y es una perspectiva nueva para mi la del paseo junto a un río encajonado entre edificios muy altos. También me angustia un poco o bastante no acceder tanto al sol directo y tener que procurar el espacio abierto en el que me pueda dar el sol. Y comer siempre en la calle, lo que consigo, lo que puedo pagar, lo que me animo a pedir, es un poco desgastante también, así que ya ganas de regresar a la primavera que se despliega y dejar este viento helado atrás.

La última mañana Victor me lleva a tomar un café en el patio del fondo de un cafecito de otro barrio. Estaciona el auto en la puerta de una juguetería decorada con la temática Halloween en este octubre recién estrenado. Y ahí, entre las cosas, me mira una criatura de ojos negros de plástico, el peluche que le tengo prometido a mi hijo Ramón. Halloween festeja el fin de la cosecha, yo doy por concluida mi mini gira de oradora teatrera con Turbio el peluche monstruoso entre los brazos, para cruzar al hemisferio al que ahora se acerca el sol.

RP

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