Opinión

Mugica 2021: un cura para la Argentina villera

Martin Rodríguez rojo Perdón que interrumpa

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En la biografía sobre Norberto Napolitano, El hombre suburbano, Sergio Marchi, su autor, menciona un chispazo. Es el fotograma perdido de una película que no fue, sobre una cadena de amistades que consteló la época: Pappo y Miguel Cantilo en un festival de rock en la villa 31. El más pulenta de los rockeros se hace amigo del creador de nuestros Simon & Garfunkel. Todo junto: electricidad en los acordes, canciones de fogón y de protesta con la voz colocada en el súmmum de la dulzura. La UOM no se entendió con Montoneros, pero Pappo se entendió con el hacedor de “Yo vivo en una ciudad”. Tan así que Pappo forma parte de la banda y los arreglos del segundo disco de “Pedro y Pablo”, del histórico Conesa. Pappo en el tejado. Recapitulemos.

Miguel Cantilo tenía una relación familiar y confesional con el padre Carlos Mugica. “Mi primera esposa era su prima y surgió una relación con él”, me contó en un intercambio de correos. Visitas, conversaciones, canciones y fiestas fueron amasando la invitación a tocar a la Villa 31 en un festival que reunió a Marilina Ross, Roque Narvaja, Pedro y Pablo, Pappo, Spinetta, Pomo y algunos más. Fue el 6 de agosto de 1972. Woodstock fugaz en el techo de una casa con olor a incienso, el día se celebraba la independencia de Bolivia, ya que del norte andino era la mayoría de los miles de vecinos de ese barrio. Mugica subía al escenario, entre tema y tema, para dar su discurso: “¡Esta es la señal que hay que dar, mostrarnos unidos, porque el pueblo unido jamás será vencido!”. En el Woodstock original también se vieron monjas y curitas en el cielo con diamantes. 

Mugica tenía la época en el bolsillo. Un carisma y una inteligencia apabullantes. Hay fotos con todos y para todos. Las mejores: él y su pueblo. Y las de Mugica con Leonardo Favio, con Chunchuna Villafañe, con Pato Galmarini, con Julio Cortázar, con Vicente Zito Lema. A Cantilo su personalidad le sugirió la letra de “Padre Francisco”, esa canción estaba dirigida “a un hipotético cura más cobarde, que no se animaba a dar el paso solidario que Mugica daba cada día”. Hace pocos años Cantilo se enteró que Francisco era el segundo nombre de Mugica. 

Pero volvamos a la primera foto: Pappo hizo sonar su guitarra en los techos de una casa de la villa 31 en ese pequeño festival junto a Spinetta en el bajo y Pomo en la batería. Si eso hubiera durado más, si esas casualidades y posibilidades, si esos cruces, si esas cosas que estaban en la cabeza abierta de Mugica, de Cantilo, se hubieran extendido en el tiempo. The Beatles en la azotea. Pappo en un techo de chapa. Solo de guitarra. Las cabezas voladas de los cientos que miraban, imaginémoslos. Feliz día, Bolivia, y “¿Adónde está la libertad?”.

Jesús en el centro de la época. En ese mismo año (1972) Raúl Porchetto graba “Cristo Rock”. Un puñado de canciones escupidas contra “la institución” milenaria y en las que se quiere llevar a Cristo a sus propias aguas. Aunque es un joven para Cristo y no Cristo para un joven. La juventud mete la mano en el fondo de los tiempos: la fe. La banda es perfecta: La Pesada del Rock and Roll (Claudio Gabis, Alejandro Medina, Kubero Díaz, Jorge Pinchevsky, Jimmy Márquez) arman el packaging rockero del disco, que lleva una tapa azulada en la que un muchacho crístico con una guitarra proyecta su crucifixión. Otra foto: Porchetto camina junto a García (¡Charly!) por Barrancas de Belgrano, vuelven de grabar su Cristo, los de la Pesada los carajean un poco, Billy Bond es una parada difícil… Porchetto tiene la cabeza llena de ideas y Charly lo ayuda a pasarlas en limpio. Charly es un casi desconocido que toca sus teclados e inaugura un camino de colaboraciones que muestran una faceta inyectada y valiosa en su demasiado ego: la robusta generosidad que tuvo con otros músicos. Cristo Rock tiene todos los subrayados de la época encima y se puede escuchar hoy, se deja escuchar esta misma mañana: ese combo entre meterle arte conceptual a Dios, sonar bien y la voz engolosinada de Porchetto. La voz del cielo por un instante la encarna un joven. Después, las letras pretenden resolver de un modo demasiado directo el intríngulis que Mugica pone sobre la mesa: Jesús es nuestro. Porchetto grita: “Padre, ayúdame a cambiarlos y a gritarles de una vez, / ¡Cuerno, despierten! ¿Cómo viven así? / Se han convertido en instituciones, (…) Padre, hoy estuve preso por hablar de tu amor en las plazas; / Padre, hoy estuve preso por cantar canciones de rock.” Mugica sabe lo que suena en cada cuarto de esa generación. El cuarto del militante y el cuarto del rockero. En su libro Peronismo y Cristianismo en el capítulo sobre “Jesús y la política” escribe: “La relación entre fe cristiana y compromiso político es el tema número uno de la reflexión teológica contemporánea”. Allá van. 

La figura de Mugica, así, tuvo algo profético: su irradiación en los años setenta ocurre en los años finales de una Argentina autoritaria, violenta, represiva… pero igualitaria. De curas obreros a curas villeros: ese también fue el camino del peronismo que caminaba Mugica. De los trabajadores a los pobres. De la fábrica a los barrios. Mugica es un hombre de tiempo: de su opción desde una praxis nacida del “chico bien” que se va para siempre de su clase, un hombre que estaba en París cuando ardió París, el reloj más puntual de la época en un bolsillo, y en el otro la eternidad. Mugica no ocultó ese “pasaje” entre clases (¿a cuántas cuadras quedaba la buhardilla de su fina casa familiar de la villa de Retiro?). Hizo de eso un destino generacional (quiero estar con ellos a la hora de la luz, dice en su oración). Y estuvo con ellos a la hora de la luz. El reloj del tiempo hasta el final. Mugica está en la mitología de ese pasaje.    

Mugica tiene otro pasaje: el de los idiomas políticos. Fue capaz también de debatir la política de la izquierda peronista, mostrar sus límites, comprender la oportunidad que se iba de las manos con el “último Perón”, sus dudas –puestas sobre la mesa– acerca de la lucha armada, su renuncia al ministerio de Bienestar Social votada en asamblea. El breve poema (inédito y recuperado) que le dedica el enorme poeta Francisco Urondo, hombre de una sola pieza, tras el asesinato del cura en la puerta de una iglesia en Villa Luro, muestra en su brevedad glacial y ajustada una distancia definitiva entre dos personas cálidas, amantes de la vida, comprometidas. Ambos serían asesinados. 

Padrecito Mugica, ¿habrás sido tan tonto de pensar que fuimos / nosotros? Estabas equivocado, ya, pero espero que no hayas/cometido este nuevo error. 

Ahí donde Urondo atina a decir si Mugica habrá creído que fueron ellos (los Montoneros), si habrá cometido ese “nuevo error”, en esa impiedad está la época, la relación con la muerte, incluso con la propia y de los propios o los disidentes propios. Junto a Rodolfo Walsh, Alicia Eguren y José Ignacio Rucci, como Pappo y Miguel Cantilo, Carlos Mugica arma la constelación de nombres que sintetizan un tiempo. La tensión de la parte y en las partes.

Su legado moderno persiste en una Iglesia que pide más Estado y más derechos. Su legado incluso se mantuvo en el Equipo Pastoral de Villas (EPV), una institución adentro de otra institución que alberga aún historias desconocidas. En el ya legendario libro Villas Miseria: origen, erradicación y respuestas populares (1986) de Marta Bellardi y Aldo De Paula, se repasa la coordinación resistente de ese Equipo cuando comienza la política de erradicación de villas en la ciudad de Buenos Aires que impulsó la última dictadura. “Uf, el petiso Cacciatore”, me decía un viejo delegado de SUTECBA que había sido su chofer. Sabía de qué hablaba. En estas historias hay nombres, hay hechos, cooperativas, movilizaciones y desalojos. El libro de Bellardi y De Paula funge de un olvidado Nunca Más sobre las patotas de la vieja CMV. La Comisión Municipal de la Vivienda. El 30 de mayo de 1977 el EPV le escribe una carta al frío cardenal Aramburu, le piden que interceda por los villeros. Si un árbol cae… Pero comienzan la organización de cooperativas como la Madre del Pueblo de la villa 1-11-14, o la cooperativa Caacupé de la 20; todas al abrigo de esos curas villeros. Que existían, y estaban, y estuvieron ahí a la hora en que las papas quemaban, cuando miles eran arrojados afuera de la ciudad. Es una Iglesia que ya no pudo sacarse a Mugica de encima.  

No olvidemos a Alberto Chejolán, mártir del Movimiento Villero Peronista, también asesinado en 1974. Conocí ese nombre en boca de una persona maravillosa, que murió hace pocos días: Carmelo Sardinas. La erradicación lo voló de Retiro aquellos años y aterrizó en William Morris. Carmelo fue militante de aquel Movimiento Villero Peronista, luego un cultor y músico de la cultura andina. Carmelo conoció “al padre Carlos” a fines de los años sesenta. Su recuerdo amoroso y sólido parece condensado en esta imagen: Carmelo miraba las misas desde la puerta, no quería entrar, no era católico, el cura atraía a propios y extraños. “Carlos siempre nos invitaba a ir a misa, pero yo siempre me resistía, estaba en la puerta y nunca me animaba a entrar. Había sido bautizado por obligación, pero no era católico. Una vez me tomó del brazo, yo estaba en la puerta y me dijo: ‘todos somos hijos de esta madre prostituta’, señalándome la Iglesia, la capillita, ‘y aunque no te hagas cristiano y no vengas a misa, nosotros te necesitamos porque todos tenemos que sumarnos’. Eso me dijo, y no lo voy a olvidar más”.

El recuerdo de Mugica tiene una innegable presencia en ese techo de chapa desde el que suena el rock, en ese borde insoportable de villas que llegaron para quedarse multiplicadas y que precisan cada vez más de una Iglesia al pie de ese pueblo al que no cabe otra adjetivo que éste: pobre. Leonardo Favio ha dicho: “Recuerdo que una vez el padre Mugica se cagó de risa porque yo tenía un rosario. ‘¿Te creés que Dios es tarado –me dijo–, que quiere que le estés repitiendo quince o veinte veces el Avemaría con ese podrido rosario que tenés ahí? Con todo eso lo estás aburriendo a Dios.’ ‘¿Vos te creés que Dios no mira con ternura todo esto?’, le contesté. Dios se sonríe con ternura porque nos ama.” Así, en ese intercambio pícaro de creyentes, de orígenes, de religiosidades, están nuestros años setenta también. En esa autoridad ante la que Favio se dejaba “torear”. 

Y los recuerdos que conectan pasado, presente y futuro son los que valen tanto la pena. Mugica tuvo en los hombros la profecía del drama que se nos vino encima: una Argentina más villera que trabajadora. Pero no solo eso, qué hacer ante eso. Ese culo lleno de alfileres más que la cabeza de preguntas. Su conciencia de los años setenta adelanta los tiempos de un “peronismo de los pobres”. Esta semana se cumplieron 47 años de su cobarde asesinato. Murió cuando empezaba a desmoronarse la vieja Argentina. El sueño, jamás. 

MR

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