LOS CUADERNOS DE PRIMAVERA
Nadie puede parar al zahorí

Fabián Casas Cuadernos de primavera

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Lo único que te salva a veces es aplicar el desatino controlado. Saber que las cosas no tienen sentido y hacerlas como si lo tuvieran. Por eso cuando mi amiga me llama esta tarde y me pide que haga una cosa sin sentido, le digo que sí inmediatamente. Estamos en primavera pero ya hace un calor pesado que prefigura el verano. El sol entra de otra manera en la casa, directo, desde temprano, por encima del natatorio de enfrente. Puedo cruzar en malla a nadar, casi descalzo, como lo hace Neddy Merrill en el cuento de John Cheever cuando decide nadar desde donde está –en la piscina de unos amigos, tomando tragos- cruzando el condado , saltando de pileta en pileta, hasta llegar a su casa. Hay un río subterráneo, nos dice Cheever y como un zahorí  hay que buscarlo, recorrerlo, aún cuando en este viaje quedemos exhaustos.

Los domingos pueden ser días mortales. Recuerdo a mi madre y mi tía viendo por la noche Teatro como en el teatro con Darío Vittori, y a nosotros apurar la cena porque al otro día teníamos que ir al colegio. Ver mi guardapolvo almidonado esperándome. ¿Cómo podían ver teatro televisado? ¿Era eso otra cosa sin sentido? ¿Por eso lo hacían? Puedo ir al cine y disfrutar el momento previo -aunque ahora los cines son un lugar hostil, donde la gente come papafritas y sorbe gaseosas- pero nunca disfruto completamente ir al teatro porque ahí los actores -lo sé bien- están vivos y pueden fallar. El teatro es aurático y fatal. No hay vuelta atrás. Es riesgoso. Tenés que tener una memoria postraumática que te haga olvidar quién sos para poder actuar. Las películas me conmueven, el teatro, cuando es genial, me emancipa.

En definitiva, los relatos de Cheever son notables porque tienen una potencia religiosa escondida. Malcom de Chazal decía: “Depositamos en el Diablo todos los aspectos de Dios que no entendemos. Por eso el Diablo es mucho más misterioso que Dios”. Creo que Cheever invierte esta frase. Su Dios es incomprensible. En sus diarios vemos cómo pasa una semana letal perturbando al mundo a diestra y siniestra, agobiado por una bisexualidad que le genera culpa, molestando a sus hijos, recibiendo el desprecio caritativo de su esposa y no importa, porque el domingo va a misa y se cura: no porque él crea en algo sobrenatural, sino porque se siente acompañado por lo que los otros creen. En definitiva, siempre es mejor perdonar que ser perdonado.

Cuando me saluda me apreta la mano fuerte, como se debe. Siento gratitud. Me dice que cree que ya nos habíamos conocido. Dice que una vez en una fiesta estuvimos borrachos y abrazados, riendo.

En fin, es domingo, como venía diciendo, y estoy en el patio de un museo. El patio es colonial, hermoso. Está rodeado de árboles. Victoria me dice que ya lo conocía, que estuvo hace mucho trabajando en un libro y que venía seguido a este lugar. Mi amiga, la que me llamó, organiza lo que venimos a hacer: una lectura de una obra de teatro de un dramaturgo inglés extinguido hace mucho. Tengo un regalo. Conozco a Mauricio. Un hombre especial. Es tremendamente cálido. Se parece a Neil Young, es un post punk que no ha sido domesticado, se resistió dulcemente. Cuando me saluda me apreta la mano fuerte, como se debe. Siento gratitud. Me dice que cree que ya nos habíamos conocido. Dice que una vez en una fiesta estuvimos borrachos y abrazados, riendo. Pero yo pienso que no lo vi nunca hasta hoy. A la noche, cuando pase la tormenta que barrió las calles y mitigó el calor, me doy cuenta de que Mauricio tenía razón, lo conozco desde hace mucho. Estuvo prefigurado en todas esas personas -mujeres u hombres - que me enseñaron cosas potentes. Esa gente de la que habla Italo Calvino en el final de Las ciudades invisibles: ver quién en medio del infierno no es infierno, identificarlo y hacerlo crecer a nuestro lado.

Leemos durante dos horas, sentados, la obra. Me duele la espalda cuando terminamos. Y el cuello.

Al otro día voy a una clase de karate. El sensei se empecina en que tiremos ushiro geris altas, que aprendamos a rotar el pie de apoyo. Hace quince años que hago karate y no tengo ni idea cómo se hace. Pero la repetición de venir igual hace crecer una fe en mí desconocida. Cuando salgo del dojo vuelvo caminando a mi casa. Me encuentro con un conocido ¿pero de dónde lo conozco? El me habla bajo, me dice si se mejoraron las cosas. ¿Qué cosas, pienso? Me dice que ya va a pasar. Estoy pensando si me confundió con otra persona.

En una época, Ricardo Zelarayán estaba empantando con una novela que venía tratando de escribir -Lata peinada- y pasaba por mi casa a tomar algo. Me decía: “Ya sé lo que tengo que hacer. Tengo que volver a mi provincia, recuperar los lugares de mi infancia, concentrarme, escuchar”. Es de noche ahora, dejo el bolso con el karategui húmedo adentro. Y agarro la bicicleta. Pedro antes de irse a Uruguay me regaló su casco y una luz intermitente para poner detrás de la bicicleta, para andar de noche. Ese día yo estaba en su casa porque nos habíamos reunido varios amigos a cenar, llovió mucho y yo había ido en bicicleta. Ahora me doy cuenta de que el casco y la luz no eran para esa noche sino para ahora que en el cielo está la tormenta perfecta. Los amigos tienen esos dones adivinatorios.

Cuando dejamos este lugar y nos fuimos a la otra casa, mi padrino se lamentó por haber perdido este guante. Y empezó a usar el que le quedó, de cuero marrón, para sacar el pollo con papas que hacía al horno.

Cruzo la ciudad nocturna hasta llegar a la casa donde nací. Hay un cartel de venta en la puerta y la vieja casa está derruida. Estoy por atar la bici en la calle, pero para qué. La dejo ahí, puedo volver caminando. Trepo por encima del cartel y pateo un postigo viejo y entro a la casa que fue de mis vecinos. Hay olor a humedad y también está ese olor que quedaba en la escuela después de desinfectarla. Salgo al patio de la casa y salto la medianera que comunica al pasillo que lleva a mi casa. Camino bajo la luz lunar. Hay una música melódica que viene de los edificios laterales. Gente con la ventana abierta, espirales, televisores ronroneando, el sonido del clonazepam civilizado. La puerta de mi casa está semi abierta. Pensé que me iba a impactar más caminar por este lugar después de miles de años. Los cuartos vacíos, oscuros, el patio hecho bolsa. Algo impidió que se pudiera vender y el terreno baldío va ganando lugar. Paso el primer patio, llego al del fondo. Ahí está la escalera que llevaba a los cuartos de arriba y en la que mi hermano menor se rompió la crisma (que no se duerma, que no se duerma, decía mi mamá). Entonces veo el guante de cuero de mi padrino Bruno, tirado a un costado de lo que era la parrilla, y sobre la tapa del pozo séptico. Cuando dejamos este lugar y nos fuimos a la otra casa, mi padrino se lamentó por haber perdido este guante. Y empezó a usar el que le quedó, de cuero marrón, para sacar el pollo con papas que hacía al horno. Agarro el guante y me lo pongo. Cuesta que mi mano entre, es un guante rudo, que ha sido olvidado, no es fácil de domesticar. 

FC

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