Y DESPUÉS ES AHORA Narraciones

Niñx japonés

Undokai

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Buscando una imagen de niños japoneses solos, más precisamente de“niño japonés solo”, no aparecen tantas noticias: hay una sobresaliente del 2016 de un niño que fue dejado atrás por su mamá y su papá en el bosque por haberse portado mal. El niño se perdió y lo encontraron 6 días después en perfecto estado. Alguna otra nota sobre cómo y por qué lxs niñxs japoneses van a la escuela y circulan por la calle solxs desde muy pequeñxs y de repente -zás- una muy particular acerca de la historia de una foto tremenda del ‘45. En ella se ve a un niño descalzo de aproximadamente 7 años vestido de casaquita y shorcito blanco muy serio, con un bebé de más o menos un año colgando de su espalda. Lleva a ese bebé atado a su cuerpo con unas cintas como de mochila. La cabeza del bebé cuelga demasiado como para estar dormido. Cuentan en la nota que acompaña la foto de Joe O’Donell, enviado a Nagasaki por los propios norteamericanos a registrar el daño causado por las bombas nucleares, que era un niño que estaba de pie cerca de un camino, en posición marcial, hasta que se acercaron a él unos hombres de blanco con trajes aislantes, liberaron al bebé, y lo arrojaron a la pira funeraria. El hermano mayor nunca lloró y se mordió el labio inferior hasta hacerlo sangrar. Dice O’Donell en la nota que era una imagen bastante frecuente en ese momento, la de encontrar niñxs con hermanitxs atados a sus espaldas.

El domingo pasado fuimos a un evento deportivo de la comunidad japonesa cerca de La Plata. Era un evento convocado por una asociación cultural japonesa para las escuelas argentino - japonesas. Se trataba de un Undokai, que es como llaman a un día de deportes en familia en el que se realizan carreras, postas y algunos juegos como el de tirar de una soga o el del tamaire, que se trata de encestar la mayor cantidad posible de pelotitas de tela en un cesto puesto en altura. Sospecho que la presencia de la escuela japonesa de Almagro desbordó la expectativa de la convocatoria porque las familias con ansias de pic nic acabamos bastante hacinadas entre la pista de atletismo y un alambrado.

Mi hijo Ramón estaba muy pendiente de las carreras, le gusta mucho correr y lo hace bastante rápido para sus piernas no necesariamente largas, siempre en la media del percentil. Largan la carrera de 50 metros, son 6 o 7 niños, Ramón sale a toda velocidad, toma la delantera y cruza toda la pista en diagonal: sabía que tenía que correr pero nunca nadie le dijo que era en línea recta que tenía que hacerlo. Ramón gana la carrera del otro lado de la pista. Él está contento, sobre todo por haber corrido, mi madre, que es profesora de educación física, me comenta por lo bajo “técnicamente está descalificado, pero no se lo voy a decir”. Y sin embargo se lo dice, pero un rato más tarde, y a modo de consejo nomás. Siento que lo define bastante esta carrera, este gesto: ir a toda velocidad y con alegría, pero en diagonal.

Hace no mucho se estrenó en la plataforma de la ene una serie que se llama Kotaro vive solo, basada en el manga de Mami Tsumura. La veo sola en japonés con subtítulos y después vuelvo a ver los capítulos doblados con Ramón. Es la historia de un niño de 4 años que vive solo en un departamento y empieza a relacionarse con sus vecinxs adultxs jóvenes que se apiadan de él y se encariñan y lo empiezan a acompañar. Kotaro no tiene familia, resuelve todo solo, y tiene ideas severas acerca de las cosas, que a lo largo de los capítulos va confirmando o desarraigando. Hay un capítulo en el que en el jardín de infantes de Kotaro juegan al quemado y la pelota va a parar sistemáticamente a la cara de Kotaro haciendo sangrar su nariz. Kotaro le pide ayuda a su vecino Karino, un dibujante de manga trabado, para que le enseñe a atajar una pelota. Pero Kotaro no sólo no la ataja sino que no puede lanzarla él. Karino le pregunta por qué no esquiva las pelotas, Kotaro le explica que le parece descortés evitar una pelota que alguien le está arrojando. Karino le retransmite entonces una enseñanza de su profesor de educación física, que comparaba las pelotas con las palabras, le decía que tirar y atajar una pelota con alguien era como tener una conversación. En algún momento gracias a un flashback entendemos que en algún momento a Kotaro no se le prestó la suficiente atención y entonces él ya no pudo lidiar con ese intercambio, el de las pelotas, el de las palabras. Por suerte su vecino Karino le dice que es probable que aunque no le hayan contestado lo hayan oído, Kotaro ve entonces la oreja de su mamá, que le está dando la espalda, pero la oreja está ahí, despejada, a diferencia de los ojos, que sí se pueden cerrar, y algo en Kotaro se repara, la idea de que su madre acaso sí lo haya oído, aunque no haya podido responderle.

 

Es un tópico el de lxs niñxs solos en Japón. Recuerdo esa película tremenda del 2004, Nadie sabe, de Hirokazu Koreeda, basada en una historia real, la de unxs hermanitxs abandonadxs en Sugamo. Un grupo de 4 o 5 niños y niñas viven solxs en un departamento. La madre les deja algo de plata y promete que va a volver. Les pide que no salgan mucho para no levantar la perdiz. Les niñes intentan sobrevivir un poco dirigidos por el hermano mayor. En la película la niña más pequeña muere al caer de la banqueta y lxs hermanites llevan su cuerpo en una gran valija de viaje a enterrar al terreno del aeropuerto cercano. Leo ahora que en la vida real todo fue aún mucho peor porque esa niña murió asesinada por unos amiguitxs y otro de los hermanos murió en su casa por desnutrición.

También está La tumba de las luciérnagas, de los Estudios Ghibli, dirigida por Isao Takahata, situada en la Segunda Guerra Mundial, en la que también hay niñxs dejados a su suerte y otro hermano mayor tiene que enterrar a su hermanita.

Pienso en los japoneses y ese vínculo con lo trágico; pienso en la famosísima “Mi pobre angelito” y en lo tarambanos que resultan los conflictos del niño norteamericano dejado solo en su mansión mientras que lo único que lo preocupa es comer pizza y combatir a unos forajidos que amenazan con querer invadir su propiedad privada.

 

No está claro por qué mandamos a Ramón a una escuela argentino-japonesa, supongo que es algo que acabaremos de entender en algún momento. Sé, sí, que hubo varios indicios que nos fueron llevando en esa dirección y el modo mágico en el que consiguió una vacante acabó por darnos la razón. Sé, sí, que hubo dos ocasiones en las que Ramón de bebé fue bendecido por señoras japonesas: Keiko que nos alquiló su casa con tatami y la otra señora en el restaurante japonés que lo tomó en brazos y le palmeteaba el trasero con fuerza, lo que lo hacía reír, y a nosotrxs sorprendernos por el gesto físico y confianzudo de la japonesa en el extranjero. La tercera y última fue la señora japonesa en el ascensor en Miramar que le convidó una rosa sin espinas de su ramo sin papel: no habló con nosotros, ni siquiera hizo contacto visual. Miró a Ramón ahí abajo de pie en el ascensor y le ofreció una de sus flores. Ramón muy pequeño la aceptó en silencio y la señora abandonó el ascensor. Era una rosa color rosa, turgente, a medio abrir. Nos gustó imaginar que las había cortado de su propio rosal porque las flores no tenían nada de ornamento de ramo cortado. También me gusta pensar que hubo en esos encuentros, particularmente en el de la flor, alguna cosa psicomágica que nos condujo a lxs tres a las puertas de la escuela japonesa sin tener argumentos valederos que lo justificaran.

 

La diagonal que traza Ramón al correr va en dirección opuesta al rigor japonés. No son pocas las veces en las que se le llama la atención, ahora que ya es más grande, en la escuela: charla en lugar de escribir, corre en lugar de sentarse, anda por los pasillos en lugar de estar en el patio cuando es ahí que le corresponde estar. Intento acompañar las imposiciones de la institución sin presionarlo excesivamente, sin llevarlo a la angustia. Dice que no le gusta que le digan todo el tiempo lo que tiene que hacer, lo entiendo, pero qué se le va a hacer. Pienso en mi propia escolaridad. Pienso en el miedo con el que me domesticaron y no quiero eso para él. Quiero que esté integrado y que sea respetuoso. No quiero -nunca, bajo ningún concepto- que le tenga miedo a la autoridad. Respeto sí, a todo, miedo no, no a la autoridad. Siento que es tolerable la escuela japonesa porque sucede acá en la Argentina, en el barrio de Almagro, donde el contraste equilibra todo: el rigor japonés encontrándose con el caos porteño. En algún lugar en el medio de todo eso acaso se pueda vivir.

RP

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