Y DESPUES ES AHORA — Narraciones

El ombú es hierba

Los anchos bultos que forman sus raíces

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Ahora que volvieron a casa, la plaza de enfrente está en obra.

Rota a mazazos y con los juegos de plástico por el piso, derrotados.

Entonces migran a otras, catadores de plazas.

En la plaza de Romana hay niños con armas de plástico y ropa camuflada. Romana dice que quiere jugar más tranquila. En la calesita se suben a un pequeño coche policía de madera. Enfrente de la plaza, una estación de policías.

En otra plaza, Simón sale a buscar a su amigo imaginario a la puerta de la jaula de los planetas, o los tubos, o los ADNes. Otro niño les regala dos bellotitas unidas y les dice que son ustedes haciendo pic nic. Les dice también, que estén atentas.

Las tipas que pierden su follaje bien al final, entrada la primavera ya, sobre la plaza de ustedes.

El nido al que el ave de rapiña lleva botines bastante voluminosos.

El libro de Valeria Luiselli que es como estar arriba de ese auto todo el tiempo cruzando la historia y el desierto. Y eso que dice del sonido y el tiempo, cuando dice de su marido (porque lo llama marido siempre): 

“Creo que su plan es grabar los sonidos que ahora, en el presente, se escuchan en ciertos lugares por los que alguna vez caminaron , hablaron y cantaron Gerónimo y los otros apaches que pelearon junto a él. De algún modo, está intentando captar su presencia pasada en el mundo, y hacerla audible a pesar de su ausencia actual. Y lo hace recolectando cualquier eco de ellos que todavía reverbere. Cuando un pájaro grazna o un viento sopla entre las ramas de los cedros en el cementerio donde Gerónimo está enterrado, ese pájaro y esas ramas iluminan una porción de un mapa, un paisaje sonoro, en donde Gerónimo estuvo alguna vez.”

Creo que esta podría ser algo así como la tesis del libro todo, que por algo se llama Desierto sonoro. Aunque en inglés original no se llame así. Pero debería.

También reverbera que algo así es lo que te gustaría poder generar con la nueva película que acaso en algún momento puedan filmar: lo de la temporalidad de los espacios, que un espacio es todo aquel que lo habitó, y no está mal considerar que acaso sea el sonido lo que contenga todas esas dimensiones, o acaso sea la propia dimensión.

Las golondrinas hacen su vuelo errático de cuando va a llover o algo extraño acecha. ¿Algo peligroso?

El chico de la casa del roble de bellotas negras; ¿son negras porque se pudrieron o es un tipo de roble especial?

La visita de los primos brasileños japoneses.

El pan horneado al modo de la madre brasileño-japonesa que ya no está.

El oráculo de fotos: una por día para poder apreciar los detalles y reparar.

La tarde apacible en el río llena de vendedores ambulantes.

La señora que ofrece de alfajores a escabeches, dice que se llama Margarita, va vestida de alpinista suiza y se hace arrastrar el carro de posta a posta por muchachos jóvenes.

El paraguas que sobresale del carro de la señora, de rojo carmesí.

El libro de Donald Antrim sobre su cama y su mamá.

Una película ensoñada y sin rumbo de Petzold que, de todos modos siempre, algo da. Aunque más no sea esa sensación de desolación de lo alemán, del espacio ordenado y pulcro pero abismado de lo alemán. El tilo florecido pero no hay alegría, el tilo que turge pero por encima del silencio, del deber.

El silbido de uno de los operarios que despedazan la plaza para armarla otra vez, que se transporta en el viento y llega hasta acá arriba.

Un tordo que se posa unos segundos sobre la red de contención. Nunca habías visto un pájaro tan negro por acá.

La caca de pájaro sobre la banqueta. Que no sea de rata, pensás. Que la rata caga más grande, te dice tu mamá.

Bueno parece que se pavonean, ahora fue el turno de un gorrión.

El conductor de radio cuyo editorial te gusta escuchar se fue de viaje y el editorial lo hace otra conductora: el cambio del editorial le cambia el clima al programa.

El llanto en la clase de yoga cuando la profesora nombra a un alumno que tiene el nombre del protagonista de la novela más triste del mundo. Por suerte estás en una posición invertida y nadie ve. Por suerte, también, hay un baño cerca y podrías estar alérgica. En el espejo del baño, tus ojos están chiquitos y para adentro, como los de Bob Esponja cuando se queda sin agua.

Que un tallerista te enseñe el significado de la palabra tusa en colombiano, que es como la tristeza ocasionada por un rompimiento amoroso, así de específico es, y se dirima si ‘resaca de amor’ tiene una connotación positiva o negativa. Y decir que hasta ahora siempre la usaste en sentido positivo, como el cansancio y la satisfacción después de horas de amor.

Enamorarte por un par de horas de Nathan Fielder por ser tan gracioso y demente.

Que la mirada sobre la ficción de Fielder y John Wilson te rompa la cabeza, una vez más.

Un paseo con Ramón un sábado por la tarde, junto a una vía, iluminada por un sol oblicuo. Que se detenga constantemente, a ver, tocar, trepar. Que vean un árbol hachado de cuyo tronco sale una savia roja como sangre de animal. Que los impresione y que Ramón se unte un poco en su brazo para fingirse herido. La savia se queda pegada ahí. Después, compran pan y se sientan a la vera de un ombú junto a la vía, Ramón se trepa, vos no, vos te sentás sobre uno de los anchos bultos que forman sus raíces, los raíces de la hierba ombú, que parece un árbol pero es hierba. Ramón le da la espalda a la vía y a vos, pero el momento lo comparten igual, de espaldas y en silencio. Cerca de las vías, unas palomas del tamaño de gallinas picotean cosas del suelo, semillas, insectos.

De regreso paran a comprar unas fresias. Mientras el florista las envuelve te pregunta si a ella también le gusta el mate, por Ramón, que sostiene el mate y el termo. Le digo que sí pero que más lavado, y no aclaramos más. Desde que tiene el pelo largo la mitad de la población lo da por nena. Ustedes se ríen cómplices cuando les dicen, “chau, chicas”.

La imagen de los copitos de la nota en televisión unos días antes de las detenciones, la chica de la gorra de lana y el tapado de piel, el muchacho de campera de cuero blanca, el pelo largo recogido, las orejas élficas. Que todo tenga un aura medieval. Que la ficción se amedrente siempre frente al relato -errático y fascinante- de la realidad.

Esa noche ponés una alarma para ver la salida de la luna a las 19:07 h desde el balcón del departamento nuevo de tu mamá. Es un acontecimiento, la luna aparece por detrás de los edificios un rato después de la alarma y está ancha y naranja, y con el conejo turgente en su superficie. 

Muere Godard y, aunque su muerte no sea tan desoladora en términos de 91 años vividos con toda, ¿qué es esa sensación de orfandad, de uno menos en el mundo, uno que miraba de un modo en particular? Nos pasará a cada unx con distintas desapariciones, pero qué sensación de abandono cuando alguien más se cae del mundo. 

Que se enferme tu hijo y el desconcierto, junto a la evaluación de síntomas, junto al sabor metálico que sale de su boca siempre que se siente mal, el mismo olor farmacológico de cuando nació, y saber que ese es el síntoma del desarreglo, del desequilibrio. Que aprenda a estar enfermo y tolerar lo que es sentirse mal, mientras vos aprendés a afinar la percepción para saber cuándo es dolor y cuándo dificultad de aceptar.

Los ombúes, el bonsai y el que te regalaron en la librería, agradecen tanto la luz de la cocina que tiran hojas casi más grandes que su propio tronco, que su propio cuerpo.

La tusa crónica y tener, o la sensación de tener, o la certeza de tener, algo roto adentro. 

Y seguir, pero eso roto está.

RP

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