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Soy gorda (Esegé) Narraciones

Relatos digestivos, apodos y cuadernillos para despatologizar la gordura

Bullyng

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Hay vidas que, a los ojos de algunos observadores muy parciales, parecen ser el título de un relato digestivo. Esos autores orales se las agarran con existencias ajenas y sin pedirles permiso las invaden. Les aplican un apodo violento, disfrazado de chiste. Focalizan en su congénere la manera en que come y el efecto de supuesta animalización que provoca en su “figura”.

El agresor observa y disecciona cual matarife el cuerpo de un sujeto que no le pertenece, bestializándolo. Le pone un mote, agrediendo la identidad e integridad del otrx cuando le dice Vaca, Tragaldaba, Comilón, Morfón, Comelotodo, Cerdo, Gordinflón, en el género que sea (tampoco les importa), con nefastas consecuencias para el destinatario del calificativo. 

Lo peor es cuando lo hacen con un niñe o adolescente. La lista de sobrenombres es larga. Acá van algunos otros ejemplos: Bola de Grasa, Barrigón, Porky, Ballena, Lavarropas con patas, Te Compraste un Salvavidas y hay más nominaciones maltratadoras que hunden a la criatura indefensa en un pozo de angustia, soledad y desesperación.   

Lo sufre ella, de nueve años, cuando el portero de la escuela le dice “Sos una chancha” y la nena no quiere ir más al colegio. Lo padece él, de once, cuando la tía le pellizca la panza y le pregunta: “¿Cuándo alfajores te comiste esta semana?”, para ordenarle de inmediato: “Tenés que bajar, Porky”. Él se calla, no contesta, se traga la tristeza, pero la detesta.

Nadie les pidió que hablen. ¿Con qué derecho se meten con los cuerpos de las infancias? 

Quien dice así tiene un poder, más allá de las causas personales que convirtieron la gordura o delgadez ajena en una obsesión y devolverle con la misma moneda, con otra agresión física o verbal, no detiene la escalada.

Quien usa con impunidad un apodo corporal-animal- gastronómico tiene un goce y un humor que no considera la inclusión del semejante y sabe que la sociedad gordofóbica lo banca. El ser vulnerable al que ha despojado de su verdadero nombre suele ser el espejo de algo propio que no tiene resuelto: se aterroriza con la diversidad y toma de punto a un indefenso. Vive encerrado en un mundo pequeño como un soldado uniformado, indiferenciado, sin pensamiento propio. El mal que hace es consecuencia de su banalidad individual, en una cultura general que, claro, aplaude el rechazo al diferente, en este caso al que desobedeció la regla del cuerpo “normal”.

El ser vulnerable al que ha despojado de su verdadero nombre suele ser el espejo de algo propio que no tiene resuelto: se aterroriza con la diversidad y toma de punto a un indefenso

Calificar con lengua venenosa deja huellas profundas en quien es renombrado, poniéndolo a la defensiva y sometiéndolo a un estado de alerta permanente que le cuestiona todo su ser.

Por eso, aunque es sólo un comienzo, es auspiciosa la aparición de los cuadernillos de sensibilización sobre temáticas gordas, como parte de las políticas de igualdad de género, que publicaron hace unos días los ministerios de las Mujeres y de Salud de la provincia de Buenos Aires, un material didáctico para trabajar en escuelas y consultorios que va a colaborar en la comprensión de la pluralidad corporal, contra la patologización de la diversidad. 

Los cuadernillos son producto de la iniciativa de la abogada y profesora de Filosofía, Laura Contrera, para promover la igualdad en una cultura con una fuerte trama de discriminaciones. Son contenidos que problematizan la naturalización del maltrato, las adjetivaciones que producen dolor y estigmatizan a una parte importante de la población.

Dejemos a los niños en paz, escribe en su cuenta virtual la nutricionista Raquel Lobaton. “Niños que son presionados a comer más, niños que son presionados a comer menos, niños que son juzgados por sus cuerpos, padres y madres que son juzgados por los cuerpos de sus hijos, padres y madres sintiéndose culpables porque sus hijos no tienen el cuerpo que ellos dicen que deberían tener, padres preocupados por el tamaño del cuerpo y el peso de sus hijos, niños y niñas (y agrego: niñes) que sienten que sus cuerpos no son adecuados, padres y madres confundidos por no saber qué es lo que deben comer sus hijos”. 

“Poner a dieta a niñxs gordos es enseñarles la idea de que su cuerpo está mal y necesitan modificarlo. Someter a un niño a dieta es someterlo a un trauma emocional y físico”, advierte la cuenta de Instagram comiendoprejuicios.

Libre de discriminación, lejos del gordo-odio, como enseñan los transfeminismos, hay que transversalizar, en red, nuevas narrativas que descubran además que detrás del estigma dicho con mayor o menor ingenuidad hay un negocio multimillonario de medicalización y cirugías plásticas que cada vez se hacen a personas de edades más jóvenes, prometiéndoles una falsa felicidad.

Cuidar, reparar, ampliar la mirada y las formas de pensar, de eso se tratan estos cuadernillos que pudieron materializarle por el activismo gordo que encontró la escucha y la acción adecuada. El objetivo es seguir deconstruyendo los mandatos del riesgo, la violencia abierta o encubierta contra los más pequeños, para dejar de producir enfermedad donde no la hay y de reproducir desigualdades, para dejar de culpabilizar a quienes le dicen no a las dietas afirmando su soberanía corporal. 

¿A qué edad fue tu primera dieta?, pregunta Lux Moreno, filósofa y activista gorda, también asesora en la elaboración de los cuadernillos, en un artículo publicado en el libro Cuerpo sin patrones (editorial Madreselva). La ceremonia de la mutación va de la infancia/adolescencia a la vida adulta como un ritual necesario. “Se premia el bajar de peso, ser gordx es pecaminoso, lo bello y sano es funcional a cierta lógica del consumo. Nos juzgan moralmente y la medicina suele inscribirse en esa línea de normatividad”.

La gran contradicción del tutelaje es que se prohíbe comer determinados alimentos, pero en los supermercados se ofertan porquerías de todos los tamaños y colores, se engaña descaradamente en los envases de los alimentos, sin normas ni sanción de ningún tipo porque lo que importa no es el estado sanitario de la gente, sino que consuma: comprar-vender.  

Defendamos los derechos de les niñes, promovamos su confianza corporal. Sigamos imaginando políticas y conductas para que seamos cada vez más conscientes y autónomos. Les niñes aprenden lo que viven y la actitud de les grandes es la que manda. Hablemos de manera positiva de las diferencias. En la variedad está el gusto y la diversidad es parte constitutiva de nuestra especie. ¿Por qué no concentrarse en lo que juntxs podemos crear? De los adultos depende mejorar la humanidad.  

     

LH

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