Opinión

El tiempo dislocado

20 años de diciembre de 2001

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El tiempo está dislocado (the time is out of joint), dice Hamlet en la escena V del primer acto de la obra homónima, luego de ver al fantasma de su padre. Pareciera que el pasado y el futuro se encuentran y se mezclan en un presente mal definido: la nostalgia por una internet más amable; el putrefacto sabor a deja vú que nos dejaron las memorias alfonsinistas de Juan Carlos Torre; el retorno atávico de la fragilidad humana en un planeta de pestes, incendios y diluvios; Ferro cerca de ascender; la “distopía” como lugar común para nombrar a todo rasgo presente que nos hable de un porvenir indeseado.

Los veinte años de “diciembre de 2001” nos alcanzan en plena crisis, un poco con la sensación de que aquello se repite, otro poco con la sensación de que nunca terminó del todo. Un historiador diría que nada se repite, que todo termina, que cada evento se entiende en su particularidad. Todo es cierto: el 2001 es Historia, el 2001 se repite y el 2001 nunca terminó. El tiempo está dislocado.

Antes de 2001

Al 20 de diciembre de 2001 lo estuvimos deseando, escribí irresponsablemente hace 5 años. “Al diciembre de dos mil uno lo anhelaron secretamente los intelectuales nostálgicos de la plaza llena, pero también los sojeros e industriales ansiosos por un tipo de cambio más competitivo; la izquierda dura para salir a romper todo, pero también el peronismo tory para reconstruirlo a su modo. Secreta o abiertamente, casi todos soñábamos con el 20 de diciembre. Hasta que ocurrió”. 

El tiempo no pasa, se acumula. La izquierda y el kirchnerismo suelen relatar al 2001 como el fin de los años noventa, una espada justiciera que cayó sobre la Sodoma neoliberal y cortó a la Historia en dos. Una mirada más paciente nos deja ver que aquello fue también la culminación de tendencias que se cocinaron a lo largo de toda la década anterior. La soja y los piqueteros, la clase media en armas y el asistencialismo duhaldista, la querella a los medios de comunicación y la reivindicación de los años 70 a contrapelo tanto del “consenso alfonsinista” como de la “reconciliación” menemista. Todos los elementos que asociamos fácilmente con la Argentina posterior a la crisis parecen haber estado ahí, esperando a la sombra de una hegemonía neoliberal que quizás nunca fue tal. Diciembre de 2001 es entonces la maduración natural, el kairos del neoliberalismo imposible en Argentina. El momento en que la ilusión monetaria cedió a un país real que esperó diez años en las catacumbas.

Como la primera guerra mundial, como la revolución francesa, el 2001 es un hecho único e irrepetible, que se explica desde las tendencias previas pero se comprende a posteriori, cuando pareciera que la única manera de arrogarse la victoria de un proceso caótico es darle un sentido y un final. El 2001 ya es Historia, la guerra terminó, la revolución ha concluido. Pero aún nadie se entera.

Diciembre de 2001 es entonces la maduración natural, el kairos del neoliberalismo imposible en Argentina. El momento en que la ilusión monetaria cedió a un país real que esperó diez años en las catacumbas.

Después de 2001

Después de 2001 pareciera haber solo 2001. Desde las tarifas subsidiadas hasta la política de la antipolítica, desde una moneda siempre a punto de desaparecer hasta la calle tomada por cualquiera, todo tiende a permanecer. 

Pasaron veinte años, los problemas son los mismos y las soluciones también, pero ya no solucionan nada. Las revoluciones envejecen pero nuestros revolucionarios no se resignan a ser conservadores. Macri y los Kirchner, Manes y Grabois, todos le deben su suerte política al 2001 y sólo pueden avanzar reviviendo de una u otra manera ese pasado, sus condiciones y fantasmas. Refundadores constantes de un país que se extingue, sobreoferta de revolución. Va a ser muy difícil detener a los nuevos incendiarios si no supimos ni quisimos apagar el viejo fuego. 

Pero sería injusto culpar sólo a las dirigencias por esa inercia. En el fondo de cada corazón argentino aún late el oscuro deseo de un estallido que solucione todo rápidamente. Habrá algunos muertos, habrá más pobreza, pero la economía rebota y la política se endereza. Por eso siempre es racional apostar al caos, siempre parece buen negocio esperar que las crisis maduren. Todos queremos ser Alemania o Corea del Sur pero nadie quiere ser alemán del 47 o coreano del 61, ¿para qué esperar una generación si con un verano en llamas y un par de cascotazos los mejores días llegan igual? “El 2001 fue un orden roto por dentro—dice Martín Rodríguez—No lo rompieron los resistentes, aunque hicieron su parte, lo terminaron rompiendo los creyentes”. 

El 2001 no termina. Se estira y se estira porque hay un pacto invisible de todos los argentinos en seguir viviendo ahí adentro, como un Ragle Gumm de la crisis, en seguir esperando el rayo redentor, en seguir contando la historia entera desde aquél diciembre como si antes no hubiera habido nada. El catastrofismo también es una zona de confort.

El otro 2001

2001 tiene un gemelo oscuro: 1989. Otro colapso, otra crisis que pareció solucionarse en un parpadeo, otro refusilo histórico que condensó las tendencias previas, desde los planes de privatización que prepararon Machinea y Terragno para Alfonsín hasta la profecía de Ámbito financiero en 1982: “Algún día tendrán un peso regulador fundamental en el país esas clases medias que en estos años viajaron al exterior y conocieron economías verdaderamente evolucionadas, mercados absolutamente competitivos”. Y otro relato fundacional. Menem no dejó de volver una y otra vez a aquel año a medida que menguaba su liderazgo para recordarles a los hermanos y hermanas de su Patria (él también era inclusivo) qué cerca que estaba el pasado, qué peligroso era un país sin él. 

El relato del dos mil uno fue un intento por destronar al del ochenta y nueve, que tanto se le parecía. Y en la decadencia de aquél, éste parece resucitar: Milei y Espert reivindican a Cavallo, una legión de votantes y contribuyentes nacidos en el siglo XXI anhelan aquella década neoliberal que nunca vivieron y nunca vivirán, al igual que la juventud maravillosa de los años 70 idealizó los irrepetibles años de Perón. 

Hoy el culto al ochenta y nueve quiere destronar al dos mil uno, que tanto se le parece. La misma política de la antipolítica; el mismo catastrofismo optimista que confía en un colapso o un chasquido de dedos soberano para ordenar todo; la misma energía de futuro encerrada en el pasado. Nada nuevo puede salir de ahí.

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Sería muy digno cerrar este artículo diciendo que el antídoto para salir de 2001 y evitar 1989 es pensar un verdadero proyecto de futuro. Pero es mentira: el futuro no existe. Aquél que venda ideas en su nombre está hablando de otra cosa. Solo existen tendencias que vienen del pasado y nos alcanzan en el presente. Como pasó en 1989, como pasó en 2001. No son fatales ni traen su destino escrito en la frente, hay que saber surfearlas y usarlas a favor. En medio de otro ciclo argentino, de una nueva reconfiguración del capitalismo mundial y de una crisis climática creciente, es un desperdicio de tiempo e imaginación seguir pensando en 2001, una anécdota de barrio, la foto pixelada de un lugar que ya no existe. “La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando éstos aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del pasado”. El tiempo está dislocado. Y eso debería liberarnos de ese pasado de mierda que nos parece delicioso. Hay mejores colapsos en qué pensar. 

Quizás todo lo escrito en esta columna a lo largo del año fue solo eso: veinte maneras de pensar el colapso, comprender las tendencias, mirar a los fantasmas. Dejar el siglo atrás y cruzar la incertidumbre. Siempre podemos olvidar, aterrizar en la oscuridad. Feliz 2022.

AG

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