Opinión

Que la tierra te sea leve, Miguel

Miguel Lifschitz

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Lo que sigue es un elogio innecesario. Lo que hay que decir de Miguel Lifschitz lo está diciendo en estas horas la muchedumbre de sus compatriotas y en especial de sus comprovincianos, con palabras que arman el rompecabezas completo de la obra de un militante, un gobernante, un dirigente, un compañero. Lo que se dice hoy que se lo despide, lo que se dijo en estas semanas de vigilia angustiada donde #FuerzaMiguel fue el rezo que unió a laicos y religiosos nos dice una sola cosa: nos dejó un justo. Cada uno tiene su ejemplo, cada uno tiene su Miguel y todos nos hablan de una opción testaruda por los vulnerables, de una pasión por la justicia y de una obsesión por hacer.

No soy de los que están en la posición privilegiada de poder contar la historia cercana que contarán los que estuvieron al lado de él desde la militancia estudiantil. No me cuento entre los que lidiaron con el rigor de su estilo de gobierno demandante y meticuloso. Menos aún puedo venir a reivindicar la cercanía de una amistad personal. Que así y todo pueda sumarme a una muchedumbre que tampoco frecuentó la inmediatez personal con Miguel Lifschitz es muestra cabal de que se fue un político que dejó una marca, que se encargó de que la senda que abrieron otros antes que él no se cubriera de maleza y hoy está clara y abierta para quienes la quieran seguir.

Miguel Lifschitz trajinó la paciencia. Es un hijo dilecto del proyecto de Guillermo Estévez Boero que construyó sin desfallecer un proyecto de gobierno para su Santa Fe natal y que fue parte esencial de las mejores experiencias electorales de la izquierda democrática a nivel nacional, desde el Frente del País Solidario hasta el Frente Amplio Progresista. Igual que Hermes Binner antes que él hizo del cursus honorum no una colección de medallas, sino un trayecto de asumir responsabilidades crecientes y de cimentar logros mayores estación tras estación. Militante estudiantil, funcionario universitario, miembro del gabinete municipal de Rosario, intendente, gobernador, recorrió un camino en el que hizo méritos cada vez mayores y nunca se sirvió de privilegios de sangre o de casta.

Fue parte y constructor de una cultura política a la que nunca le hizo mella el sarcasmo de quienes creyéndose dernier cri de la gauche decían que sus militantes eran “mormones”. Después de los logros alcanzados por el socialismo ya reunificado, no faltaron quienes quisieron menospreciar esos logros señalando que estaban circunscriptos a Santa Fe, olvidando que es una provincia que compendia todos los problemas de la Argentina y que es tan grande como lo son algunos países. A esos señalamientos Lifschitz venía respondiendo, consecuente con su modo habitual, con acciones, desplegando esfuerzos para vertebrar una alternativa progresista a nivel nacional que ahora le tocará a sus compañeros de partido continuar.

Es difícil encontrar un colectivo que integre eso que llamamos el campo popular que no tenga algo bueno para decir de Miguel Lifschitz. Desde los sindicatos que le dedicaron algunos de los pasacalles que hoy se ven en Bulevar Oroño, hasta el movimiento de mujeres y la comunidad LGBTIQ+. Su gestión no sólo se comprometió con la salud pública, como antes lo hicieran Binner y Antonio Bonfatti, sino que continuó con esfuerzos bien concretos que prefiguraron cómo podía ser la Argentina si se legalizaba la interrupción voluntaria del embarazo, con la producción de misoprostol por el estado provincial y con la aplicación de protocolos que garantizaban como en ningún otro lugar del país que las prácticas de aborto que ya eran legales se pudieran llevar a cabo sin restricciones de ningún tipo.

Miguel fue un ciudadano que no necesitaba colarse en la Marcha del Orgullo Gay, porque había hecho del estado municipal primero y provincial después, una herramienta para que ese orgullo se pudiera manifestar no un día al año, sino que se pudiera desplegar en miles de proyectos de vida.

En tiempos en que hay quienes reducen la política a una estratagema para promover un estado de indignación agotadoramente constante, Lifschitz hizo de la honestidad no el refugio retórico del inútil, sino la materia prima de una política pública eficaz.

Decía que no iba a hacer un elogio. Creo haberme limitado a recordar de manera muy incompleta las razones por las que la partida de otro hombre para quien la vacuna llegó tarde hoy es motivo de este dolor compartido por tantos. Se fue un hombre que al finalizar su mandato de gobernador fue plebiscitado por sus comprovincianos con una victoria legislativa. Cuando tuvo que hablar de Lifschitz, el soberano dijo todo lo que tenía que decir. Que la tierra te sea leve, compañero.

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