La nueva bestia nicaragüense

El presidente de Nicaragua Daniel Ortega

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El sandinismo revolucionario de 1979 se ha degenerado hasta llegar a este partido-estado cuyo vértice es OrMu, una entidad indistinguible entre el matrimonio del Presidente Daniel Ortega y la Vicepresidenta Rosario Murillo y la jefatura absoluta del Estado. La Revolución Sandinista tenía todos los números para escapar de de la ley de hierro de la oligarquía en la que cayeron casi todos los movimientos de liberación nacional del Tercer Mundo de los años ´70 y ´90. La variedad política (y teológica) de ese movimiento revolucionario, en particular, parecía ser el terreno más fructífero para la germinación de un ideario de izquierda que superara la dualidad entre reforma y revolución, que enderezara de una vez la relación entre libertad e igualdad y que lanzara al olvido toda pretensión de irreversibilidad de los cambios políticos, así hubieran sido obtenidos con una cuota de sangre y sacrificio generosísimos.

Las heterodoxias ideológicas y estéticas le daban un aire propio y único. El Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) no era reducible al ícono heroico de un guerrillero individual, sino que era las mil flores de la literatura de Sergio Ramírez o Gioconda Belli, las sandalias franciscanas de Ernesto Cardenal y de miles de curas de pueblo. Un movimiento que no era inmediatamente asible dentro de la lógica terminantemente binaria de la Guerra Fría, cuyo fuego igual abrasó Nicaragua con la emergencia de la contrarrevolución.

Ese movimiento capturó imaginaciones nuevas en toda América Latina, en especial y sobre todo las de los movimientos de democratización y lucha contra las dictaduras que aspiraban a terminar con los autoritarismos de derecha sin caer en otros. El cambio de cultura política que incluyó a las izquierdas en ese proceso, trajo una ruptura decisiva con la tradición previa: ya nada se justificaba automáticamente en el objetivo final del cambio social, sino que todo debía legitimarse aquí y ahora mediante la democracia, sin peros ni adjetivos. El FSLN estuvo a la altura: puso en juego el poder que le habían dado los fusiles en las urnas. En 1985 ganó, en 1990 le tocó entregar el gobierno a Violeta Barrios de Chamorro.

Es incalculable el aporte que la acción del sandinismo en esos años hizo a la evolución de la cultura política que posibilitó las incompletas, insatisfactorias pero duraderas transiciones a la democracia en América Latina. Sin el sandinismo, la jugada de judoca de las diplomacias latinoamericanas que hicieron posible una paz progresiva en América Central y blindaron a América del Sur del abrazo final de la Guerra Fría no hubiera sido posible.

Con todo y ese bagaje, a gran parte del FSLN el desamparo de la oposición no le resultó una solución aceptable. Las postrimerías de la derrota electoral de 1990 abrieron el período aciago de la “piñata”, una versión ístmica del loteo patrimonial de los años de Yeltsin en la URSS tardía, donde quedaron a nombre de comandantes y entenados los títulos de fincas, cooperativas y entidades estatales, antes de entregarle un estado semivaciado a la viuda de Pedro Joaquín Chamorro. El proyecto previo quedó liquidado ahí mismo y ahí mismo emergieron las cabezas de una disidencia sandinista que Daniel Ortega, Tomás Borge y otros se encargarían de inviabilizar mediante el control del aparato del partido y a través de una maniobra de mucho más largo alcance de consociativismo con los sucesivos gobiernos de derecha de la década 1997-2007. A esa disidencia se le reservó un arsenal que incluyó, entre otros muchos modos repugnantes de la estigmatización, el tratamiento lesbofóbico de algunas líderes históricas de la Revolución. A esa disidencia es a la que hoy, finalmente, le están reservando camastros en las mazmorras del estado. Va de suyo que quienes están sufriendo ese destino no son sólo los cuadros del ex-Movimiento Renovador Sandinista, hoy Unamos, sino también opositores de derecha y centroderecha.

El tipo de metamorfosis de Daniel Ortega y Rosario Murillo alcanza el máximo de aberración en su consolidación dinástico-familiar. Pero en el camino no se ahorró la asunción del ultramontanismo católico del jefe espiritual de la contrarrevolución, Monseñor Miguel Obando y Bravo o de la agenda de los sectores empresarios más salvajes de Nicaragua. ¿Qué decir de las acusaciones de abuso sexual de Daniel Ortega contra Zoilamérica Narváez Murillo, hija de su actual esposa y vicepresidenta? Durante esa deriva, el otro gran demiurgo de la metamorfosis del FSLN, Borge, se convertía en hagiógrafo de Carlos Salinas de Gortari, enhebrando a su partido con el gran mastodonte mexicano de la revolución traicionada, abrazando una genealogía que habla por sí misma.

Toda esta triste historia que pudo ser de emancipación incluye noticias de anteayer, que deberían ser más que suficientes para que cualquier demócrata se disocie de OrMU, el orteguismo o, en definitiva, el FSLN a secas. Las noticias de ayer son más graves aún. El Grupo Internacional de Expertos Independientes al que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) encargó un relevamiento de la situación de los derechos humanos en Nicaragua, en 2019, documentó “años de procesos institucionales y prácticas estatales que fueron coartando la expresión ciudadana, cerrando espacios, cooptando instituciones públicas y concentrando el poder en las figuras del presidente Ortega y la vicepresidenta Murillo. Ello fue generando y acumulando un descontento social que se manifestó a través de los años en diferentes expresiones sociales que fueron reprimidas en forma violenta por la Policía Nacional y los grupos de choque.” El fiscal argentino Pablo Parenti es uno de los autores de un trabajo de seis meses en el terreno que no dejan hendija para no condenar al gobierno nicaragüense en funciones.

Con las noticias de hoy, graficadas en ex-comandantes sandinistas que van a la cárcel después de haberse jugado la vida por liberar de ella hace casi 50 años al propio Daniel Ortega, ahorrarse la condena alcanza cimas de vergüenza para las que no hay palabras.

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