Opinión

Las urnas no pidieron un giro a la derecha

Frente de Izquierda/Javier Milei

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Después de la disputa por los votos vino la batalla por la interpretación. Pasada la conmoción de los resultados inesperados y con la crisis desarrollándose a cielo abierto, comenzó la segunda etapa de la campaña de cara a noviembre con un festival de audios filtrados, acusaciones cruzadas, cartas sin marcar y cambio de gabinete. Tuvo lugar una fractura expuesta en la coalición oficial por la búsqueda atropellada de responsabilidades ante el cataclismo.

El golpe que recibió el Frente de Todos (FdT) benefició objetivamente a la coalición de Juntos por el Cambio (JxC), más allá de que la derrota fue el producto del desmoronamiento del oficialismo y no por el crecimiento cualitativo de los votos de la coalición de derecha. El quiebre en el Gabinete nacional y entre los socios fundadores del FdT fue la primera consecuencia. La confesión de parte de Cristina Kirchner coronó la ruptura en lo que parece un viaje de ida más allá de los parches provisionales y el anuncio de nuevos ministros. La emergencia de los libertarios en la ciudad de Buenos Aires había completado el combo para las interpretaciones que comenzaron a agitar prematuramente un marcado “giro a la derecha”.

Hay varios interesados en imponer un balance a diestra y siniestra. En primer lugar, la derecha orgánica del establishment, sus representantes políticos y sus voceros mediáticos. Disminuyen el carácter de voto castigo al Gobierno que tuvo el masivo pronunciamiento popular para “hacerle decir” a las urnas que, en realidad, reclamaron más ajuste, que aspiran a una reforma laboral y que anhelan la vuelta a los años que vivimos en peligro bajo la bochornosa administración de los CEO. 

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También en el espectro del oficialismo existen referentes que quieren agrandar a la derecha para fortalecer el mal menor. Frente al rechazo categórico que recibieron de parte de las mayoría, básicamente por las continuidades en el cambio en términos de ajuste y empeoramiento de las condiciones de vida, ahora pretenden sembrar el miedo por la “derechización forzosa” de todos y todas. Dicen que no sólo está en ascenso la derecha tradicional, también creció una ultraderecha más allá de la pared. Muestran al fenómeno de Javier Milei como un fascismo en imparable ascenso preparando su marcha sobre Roma y con el diablo mal parado en cada esquina de tu barrio. 

El “giro a la derecha” unilateral también es útil para justificar un vuelco conservador como salida a la crisis del oficialismo y como réplica a una presunta demanda del electorado. El arribo de Juan Manzur, Julián Domínguez o hasta Aníbal Fernández al Gabinete para apuntar en esa dirección. Se presenta la propia expresión de deseos como una demanda social. Para este objetivo necesitan bajar el precio o relativizar la elección del Frente de Izquierda (FITU). Le dan mayor importancia a la extravagancia de Javier Milei en la cabeza de Goliat de la macrocefálica Argentina, antes que al batacazo histórico de un obrero de origen coya y militante de izquierda en la provincia de Jujuy que superó el 23% de los votos. Se relativiza la buena performance de la izquierda en varias provincias con cerca del 10% de los sufragios y la posibilidad de ampliar su representación parlamentaria —incluso en los distritos de la más competitiva área metropolitana de Buenos Aires— y no se le da la debida importancia a que fue la verdadera tercera fuerza a nivel nacional. Datos, no opinión. En la Ciudad Autónoma en la que el “fenómeno Milei” obtuvo el 13% de los votos, todas las fuerzas de la izquierda alcanzaron el 10. La tesis del giro a la derecha requiere que este hecho sea, de mínima, relativizado.

La realidad es que el “veredicto de las urnas” dictaminó un masivo voto castigo al Gobierno con múltiples expresiones de rechazo a la orientación de “extremo centro” que aplicó la administración en estos dos años.

La realidad es que el “veredicto de las urnas” dictaminó un masivo voto castigo al Gobierno con múltiples expresiones de rechazo a la orientación de “extremo centro” que aplicó la administración en estos dos años. Y en los bordes de este voto rechazo comenzó una incipiente tendencia a la polarización política. Un escenario que se completa con la baja sensible que mostró la participación electoral y el aumento desigual, pero significativo en varios distritos del voto en blanco.

Ya sea por voluntad propia, por el empate nacional y por la relación de fuerzas interna, la resultante de la orientación del FdT fue de “extremo centro” con mucho de continuidad en el cambio con respecto a la administración de JxC, sobre todo en términos de ajuste. Un hecho que quedó en evidencia en la poco diplomática carta de Cristina Kirchner en el marco de la crisis gubernamental como en los audios sin filtro y curiosa edición sonora de la diputada Fernanda Vallejos.

Con las potencialidades y límites que tienen las comparaciones —más aún cuando el color local pasa todo por el tamiz del peronismo— existe una amplia experiencia internacional de países que tuvieron dinámicas similares. El concepto de “extremo centro” fue formulado por el intelectual anglopaquistaní Tariq Ali para dar cuenta de la crisis y transformación de los regímenes bipartidistas en los que se habían borrado muchas de las fronteras que separaban históricamente a sus formaciones políticas tradicionales: republicanos y demócratas en Estados Unidos, neo-laboristas y tories en Gran Bretaña, socialistas y conservadores en Francia y el Estado español. La crisis en el desangelado “extremo centro” dio lugar no sólo a formaciones críticas por derecha, también a movimientos de izquierda: en distintos momentos, el fenómeno de Jeremy Corbyn en la izquierda del laborismo inglés, Bernie Sanders entre los demócratas norteamericanos, Podemos en España o Syriza en Grecia. Más allá de lo que cada una de las corrientes políticas hizo con el capital político que pudieron cosechar (el caso griego fue el más trágico), lo que no se puede negar es el desplazamiento en las bases que le dieron sustento. Con todas sus contradicciones a cuestas, la productividad de las crisis —que no son ni deseables ni condenables, simplemente inevitables— contiene múltiples posibilidades.

No hay que subestimar la irrupción y radicalización del universo que representan los inefables libertarianos o el fortalecimiento relativo de quienes hace dos años perdieron por paliza, pero tampoco exagerar su volumen político. Cada voto es un mundo, muy probablemente cargado de contradicciones y condicionamientos. Nada más y nada menos que una manifestación política de un recuento globular de fuerzas y como tal, un terreno en disputa.

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