Opinión

Perros de Estado

Martin Rodríguez rojo Perdón que interrumpa

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El día que Mauricio Macri asumió conocimos al perro Balcarce. El día que Alberto Fernández fue ungido candidato conocimos a Dylan. Recordemos. Balcarce, bautizado por el nombre de la calle de la Casa Rosada, juguetón, subido al sillón de Rivadavia, y esa “broma” que hacía sistema con la época. Como jugar al “chancho va” o al juego de la silla al revés. ¿A quién podemos sentar acá? Al perro. Una imagen del lugar del poder, sostenida contra el eco del día anterior, el día de la despedida de CFK. El kirchnerismo había acumulado tanto poder político en ese mismo sillón de Rivadavia bajo un rezo paradójico: acá no está el poder. Cristina dijo “la Patria es el otro”, pero su ciclo se completaba con otro subtexto: “el poder es el otro”. Se trataba del núcleo de su relato: el de un poder político asediado por poderes corporativos. Cambiemos encontró demasiado poder político, y lo fue desguazando, tercerizando, devolviendo a sus dueños. Llegó al poder para devolverlo. 

Cuando ese gobierno sólo ofreció insatisfacción –para quienes criticaban el “gradualismo”, para quienes no se beneficiaban de la esperada “lluvia de inversiones”, para quienes se empobrecían aún más– comenzó a tejer su propio relato. Su –también– “el poder el es otro”. Para el macrismo, el poder lo tenía el peronismo, con quien tenía que negociar leyes, coparticipaciones, salarios y presupuestos (gobernabilidad); y quizás de ahí venga la profundidad ideológica de su odio a Emilio Monzó. “No nos dejaron hacer lo que vinimos a hacer”, fue el latiguillo final. Para Macri, salteando los cien relatos concretos de esa pica, Monzó era el Paladino de Perón, o sea: el hombre que iba a ser el delegado de Macri ante el peronismo y resultó, a sus ojos, el delegado del peronismo ante Macri. 

Volvamos a la imagen inicial. Macri jugaba con Balcarce, un perro cualquiera que simbolizaba hasta lo grotesco el mantra de Durán Barba según eso que “descubre” todos los días de todos los años: que a la gente “no le importa la política”. “Balcarce 50” fue un perro y furor en las redes sociales. Pasó, meó y se fue. Ya nadie se acuerda. Néstor y Cristina Kirchner habían tenido perros (familiares, personales) y aunque los vimos en alguna foto o conferencia de prensa, son perros de los que no sabemos ni los nombres. Todo fue político menos sus perros. 

Después apareció Dylan, el perro de Alberto. Tal vez alguien supuso que mostraba de Alberto (que se presentaba un político demasiado “profesional”, un hombre del círculo rojo del peronismo) el costado humano del tipo que pasea con campera a la mañana por el parque a su collie. La llegada de los perros al poder significativamente supuso un vacío, su vacío. La Pandemia deja la Casa Rosada al hueso: un presidente que cada vez se sienta menos en ese sillón. Acá cuenta el por qué del nombre. Divorciado, de novio, con un hijo joven drag queen, el collie de Alberto traía en su pelaje los restos de una familia y una vida que el político no había tenido. Pero esa campaña ocurrió a velocidades poco especulativas. El cuento de los perros se agota en un país que sigue teniendo hambre

Perros siempre hubo en la historia y en la Argentina. ¿Perros y hombres de Estado? Los caniches de Perón, su familia can, a la que el viejo caudillo se dedicaba con una ternura casi exclusiva, como dicen biografías y testimonios. Cruzaron en sus brazos las presidencias y el Atlántico cuando fue derrocado. Perón, después de diez años de hacerles temblar como nadie la vajilla y las arañas de cristal a los dueños del país, viajaba con los caniches. “Vuelvo a las 19. Juego con los perritos, que me entretienen mucho. Canela ya tiene diez años, es el abuelo. Es un exiliado como yo y me ha seguido en todas. Tinola, la madre, tiene seis, y Puchi, la hija, dos. Son grandes amigos míos. Canela, por ejemplo, es auténticamente un perro. Algunos suelen educar a los perros como si fueran hombres. Hay que dejarlos que sean perros. No contagiarles cosas de hombres; les hace mal”, así los describía Perón en 1965 al periodista Esteban Peicovich.

Colmillo blanco

También Perón creó una raza canina para la expansión argentina en la Antártida. Tomás Balmaceda y Agustina Larrea escribieron un capítulo de su formidable libro sobre la Antártida, Historias desconocidas e increíbles del continente blanco, justamente, sobre “El perro polar argentino”, para desmentir un poco el mito de que “la patria se hizo a caballo”. Veamos “el proyecto del Perro Polar Argentino, el desarrollo de una especie con fines muy específicos: los militares necesitaban desplazarse con rapidez, bajo costo y de manera segura por las tierras antárticas”. Anotamos este nombre: el pionero Hernán Pujato. El PPA forma parte del “Plan Pujato” de los años peronistas, su epopeya, gran pionero y héroe antártico al que dedican otro capítulo central. Nos dicen Balmaceda y Larrea: “La solución de Pujato era crear una raza canina con la capacidad de arrastrar pesadas cargas a lo largo de grandes distancias, que fuera fácil de criar y mantener y que ofreciera funciones operativas similares a las de los transportes mecánicos.” Perros traídos de Canadá y la alquimia científica fueron encontrando el “perro polar autóctono, nacido y criado en las Bases Argentinas”. Convenció a Evita, luego convenció a Perón. Manos a la obra. Dicen en el libro: “Son innumerables las hazañas, recorridas y rescates en los participaron los PPA durante sus casi cuatro décadas de servicio. Entre las primeras y más recordadas se encuentra la expedición de 1952, en la que un grupo de antárticos argentinos partió de Base Esperanza hasta Base San Martín y recorrió 2000 kilómetros empleando dos trineos de ocho perros cada uno”. 

Viajamos entre perros. Corremos por la nieve, tirados en el trineo. Viajamos al origen, más al origen. La caída de Rosas. El lento comienzo de la Argentina moderna. Sarmiento escribió su Campaña en el Ejército Grande, un libro rabioso y veloz escrito como boletinero de ese Ejército, en el derrotero de su intento de colaboración con los urquicistas. Un momento de la política bastante clásico y delicado para miles de biografías de “imprescindibles”: ¿qué pasa cuando ganan tus ideas y vos no? El lejano eco del leitmotiv que dice “nos cagaron, entré yo solo” y que organiza la picaresca del cierre de listas, esta vez, con el operador invertido: Sarmiento sufre la caída de Rosas por la que tanto peleó porque ve en Urquiza el riesgo del “¿para qué?”. ¿Quién era Urquiza?, de nuevo. Sarmiento, humillado, fungía de Redactor de los Boletines oficiales con grado de Teniente Coronel. Escribe desde el lugar de los hechos. El libro de “Campaña” es un compendio de cartas, crónicas, documentos, diálogos, anecdotarios. Se trata de una memoria política que transpira odio, pero también preocupación. El ajuste de cuentas de quien se cree –Sarmiento (como Mansilla, como tantos otros después)– capaz de dialogar personalmente con la historia argentina. Un uno a uno. En el que todo el tiempo la lengua se resbala y lleva el agua a otros lugares. Como dijo Tulio Halperin Donghi en el prólogo al libro, “el pensador era a la vez un gran escritor”. 

¿Y el perro de esta historia? En una crónica de 1851, en los finales de “El sitio de Montevideo”, en que Urquiza acampa a las puertas de esa capital oriental, cuando ya lleva un mes en una “tienda” donde recibe embajadores, ministros, etc., para horror de cierta mirada unitaria. A Sarmiento un hijo de Urquiza, Don Diógenes, “encargado de negocios”, en un rol que sublevaba a Sarmiento (que ya veía “una especie de gobierno doméstico”), lo convoca a la tienda para ver a su padre, efectivamente el General Urquiza. “El general Urquiza tiene a su lado un enorme perro…”, dice Sarmiento estremecido, y describe las razones del nombre que lleva ese perro (“Purvis”): un homenaje a un almirante inglés que “simpatizó con la defensa de Montevideo en los principios del sitio, y contribuyó en su sostén contra Oribe”. “El perro Purvis muerde horriblemente a todo el que se acerca a la tienda de su amo. Ésta es la consigna. Si no recibe orden en contrario, el perro muerde. Un gruñido de tigre anuncia su presencia al que se aproxima; y un ‘Purvis’ del general, en que lo intima estarse quieto, la primera señal de bienvenida.” Luego Sarmiento detalla las víctimas de “Purvis”: secretarios, comandantes, hijos de comandantes. La pequeña faena de una fiera que sólo respondía al grito de Urquiza. Y ahí quedaba quieto, imaginémoslo: babeante, los ojos rojos, oídos para un solo grito… el de su amo. Sarmiento le dedica un párrafo más: “¡Que se imagine cualquiera las emociones que debía experimentar cada ciudadano argentino al penetrar en aquel antro, con el sombrero en la mano, los ojos fijos en el monstruoso perro, su salvación pendiente de un grito dado un segundo más tarde del momento oportuno, mostrando ante un extraño síntomas de terror que nos presentan en una luz desfavorable, y a veces ridícula!”. Luego, siguiente párrafo, aclara la fuente de su odio y desconfianzas: el general se había ocupado de que todos los emigrados se pusieran ese mes la cinta colorada. “Purvis” era la ferocidad contenida bajo el poncho de lo que estaba por venir, y tal vez en la pluma del fundador de nuestra lengua viaje una metáfora inquietante. 

Sarmiento, que tenía los ojos también clavados en la Constitución estadounidense, nunca llegó a leer Colmillo blanco, la espectacular novela de Jack London sobre la domesticación de un perro salvaje, la alegoría del despertar americano. Si Balcarce nos venía a decir que acá no está el poder y Dylan corría en la campaña para mostrar la humanidad del candidato, Purvis era el protón rabioso de un poder a domesticar. Perón hizo lo que sabía: criaturas de Estado. Algo de la relación entre la Argentina y el poder se cuenta así, entre perros que daban el zarpazo ante un chasquido, perros que se pusieron la conquista de un territorio al hombro, perros que decían “este poder está vacío”. El perro de la foto dice: “Esto no es un perro”, como el cuadro de la pipa de Magritte.

MR

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