Día internacional de la enfermería, retratos de una profesión como nunca esencial

Modesto Álvarez es Licenciado en Enfermería. Trabaja en la guardia general  del Hospital Durand de lunes a viernes, de 6 a 12 de la mañana, y los fines de semana en la terapia intensiva de la Clínica de los Virreyes, sábados y domingos en turnos de 12 horas.

El 12 de mayo se conmemora el día de la enfermería en homenaje a Florence Nightingale, considerada la creadora de la enfermería moderna, voluntaria reconocida por su trabajo durante la Guerra de Crimea Mundial. 

Hoy, a las enfermeras y enfermeros también se les dice que libran “una batalla”. La pandemia hizo que su trabajo cotidiano más que nunca sea en un contexto de alta presión y bajos salarios. En la Ciudad de Buenos Aires, los sueldos apenas superan los 40 mil pesos de bolsillo y obligan al pluriempleo a estos trabajadores que reclaman ser reconocidos como profesionales de la salud. 

Son ellos quienes ponen el cuerpo día a día y están en contacto permanente con los pacientes. En muchos casos trabajan sin descanso, de lunes a lunes, haciendo equilibrio en la delgada línea del colapso sanitario. La pandemia exige un esfuerzo extra en los cuidados, en los preparativos para atender los pacientes - vestirse y desvestirse con el traje protector, ponerse el barbijo, las gafas y la máscara, cambiarse guantes- y aumenta el stress. Lejos quedaron los aplausos del año pasado. Ahora ruegan a la población que se cuide. 

Modesto Álvarez es Licenciado en Enfermería. Trabaja en la guardia general  del Hospital Durand de lunes a viernes, de 6 a 12 de la mañana, y los fines de semana en la terapia intensiva de la Clínica de los Virreyes, sábados y domingos en turnos de 12 horas. Tiene 53 años, es boliviano y desde los 18 vive en Argentina. Antes de ser enfermero, trabajó como ayudante de albañil, trabajador fabril, fue soldador, empleado gastronómico y técnico electrónico. Vive en Villa Soldati y toma dos colectivos para ir y dos para volver. 

Modesto tiene dos hijas y eligió la enfermería como una salida laboral. “La menor tiene 22 años y se estresa mucho con nuestro riesgo, tiene miedo, las noticias están plagadas de desgracias”. Tuvo Covid en octubre y no consiguió cama por la obras sociales del personal de salud (FATSA y OBSBA). Al final se internó en el Durand y aún padece algunas secuelas. Escribe en el Facebook su Diario de un Enfermero donde cuenta en primera persona los pormenores de la profesión en días del Covid. 

Modesto asegura que los pacientes, en pandemia, son mas demandantes. “Vienen mas violentos. Que te falte el aire y que estés por desorientarte te produce exaltación sicomotriz, y nosotros los tenemos que contener. Tenés alto riesgo de pincharte, de que te golpeen. Cuanto más tiempo pases en los boxes, mas riesgo hay de enfermarte. Y en la guardia el riesgo no es calculado, porque los pacientes aún no tienen diagnóstico. En la guardia todo es probable”. 

Giselle Solorzano tiene 33 años y es enfermera por vocación. Trabajó en McDonalds durante doce años, hasta que se dio cuenta de que quería otra cosa de su vida y se puso a estudiar en la Escuela Superior de Enfermería Cecilia Grierson. “Siempre me gustó ayudar a los demás”, dice. Se recibió hace un año y medio de técnica en Enfermería, justo en el inicio de la pandemia, y empezó a trabajar en la guardia general del Hospital Durand. Es empleada con  un contrato temporal que se renueva cada tres meses, facturando como monotributista. 

Los fines de semana Giselle trabaja en la guardia de terapia intensiva del Hospital Méndez, en turnos de doce horas. “Si estuviéramos en la carrera profesional, capaz que llegaríamos a fin de mes con un solo trabajo. Solo de alquiler tengo 25 mil pesos. ¿Cómo hacés con un solo trabajo? Tenemos dos trabajos porque no llegamos a fin de mes. Eso es doble cansancio, y tenemos que estar lucidos.No somos reconocidos como profesionales, pero si te tienen que juzgar ante la ley por algún procedimiento, te van a juzgar como un profesional, no como un administrativo”. 

Giselle es soltera y vive sola. “Al principio fue duro. Mi familia no quería que vaya a visitarlos, mi mamá me pedía que no entre a su casa”, recuerda. Aún así, dice que ahora es mucho más feliz que en sus tiempos de Mcdonalds. “Me hace feliz aliviar el dolor del paciente, no solo con medicamentos, sino también con una palabra de aliento. En el hospital me realicé cono enfermera. Eso me llena el alma y me voy contenta de que hice algo bueno”. 

Patricia Gomez Colman tiene 37 años y es Licenciada en Enfermería. Se recibió en el  2011 en la Universidad del Salvador. Trabaja en la terapia intensiva del Sanatorio Mater Dei de lunes a viernes de 6 de la mañana a 12 del mediodía, y en la del Hospital Durand los fines de semana, de doce de la noche a doce del mediodía. Su marido también es enfermero y no tienen hijos. Dice que es enfermera por vocación. “Me gusta ayudar, acompañar y cuidar a las personas”. 

Patricia tuvo Covid leve, pero vio como otros compañeros la pasaron muy mal. Afirma que la situación es “crítica” en ambas terapias, tanto la pública como la privada. “Estamos a full, Todas las camas están llenas. La gente se relajó mucho, hay más juntadas y más contagios. No ven lo que vivimos en la terapia, que estamos pronando y aspirando pacientes para que salgan adelante. Ver gente que no se cuida te da bronca e impotencia. No se pide mucho: lavado de manos, usar el barbijo como como corresponde, no tocarse la cara y los ojos cuando uno viaja en transporte público. Se lo toman en joda, y no es joda. Es una pandemia, el virus existe”. 

“Enfermería hace maravillas, no conquistamos el mundo porque no queremos”, ironiza Fabiola Reynoso, que es Licenciada en Enfermería, igual que su abuela y su madre, quienes, igual que ella, trabajaron en el Hospital Rivadavia. “Es genético”, dice Fabiola, que entró a trabajar en el hospital como administrativa, con el objetivo de ser radióloga, pero terminó estudiando enfermería. “Era el año 2002, épocas difíciles, y conseguí una beca en la Cruz Roja”. Hoy tiene 50 años y lleva 27 en el hospital. Estudió en la sede de la Cruz Roja del Hospital e hizo la Licenciatura en la Universidad Maimónides. 

Fabiola vive en Rafael Castillo, se levanta a las 4 de la mañana para tomar dos colectivos y estar antes de las siete en el hospital, donde trabaja hasta las 14. Es jefa de ginecología oncológica, un área que por ahora permanece cerrada, y fue trasladada a la terapia intermedia de post covid. Está casada, tiene dos hijos adultos  y su marido es marino mercante. “Es mi sponsor”, bromea, pero dice que por eso no precisa otro trabajo. “Esto es nuevo para todos. Somos ignorantes de alguna manera, porque es avasallante, no sabemos cuál es el limite, sabemos de dónde viene pero no hacia dónde va. El primer impacto fue de angustia y desconcierto, no sabíamos a que nos enfrentábamos. El mayor miedo era volver a casa, todos nos trajimos un bolso para quedarnos por si surgía un aislamiento, nadie quería volver a casa con la mínima sospecha de llevarse algo”. Fabiola no tuvo Covid pero lamentó la muerte de dos compañeros cercanos. Uno de ellos fue su mentor, José Aguirre, que falleció a los 56 años en el Día del Padre. 

“La sensación es que de la vereda para adentro es un mundo y para afuera es otro,  donde todo el mundo se confía, y lamentablemente después lo tenemos que recibir acá. Quiero pedirle a la gente que tome conciencia, porque pueden contagiar a las personas más cercanas. Sean consientes de que el personal de salud está dando lo mejor, que hacemos todo lo que podemos para brindarles el mejor cuidado para cuando lo necesiten, aunque sería mejor que no lleguen a necesitarlo. Les pido que piensen en el otro, que podríamos estar mucho mejor si nos cuidáramos un poquito más”. 

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