Elige tu propia contabilidad, caer en la cuenta

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La idea de balance entró a mi vida desde muy pequeña: mi padre es contador y había momentos del año en los que lo perdíamos por culpa de esa palabra. “Está con el balance”, nos decían a mis hermanos y a mí. Y nuestro mundo hogareño mutaba: estar con el balance era la cara de un hombre cansado, alejado, preocupado, ausente. De hecho por esos días me imaginaba que él entraba en otra dimensión y hasta pensaba que lo mandaban a trabajar a otro lugar, a un salón importante, con paredes empapeladas, con gente vestida muy formal. Veía en el balance un acto solemne, una obligación impostergable que lo tragaba y nos lo devolvía algunos días después.

Con los años entendí que se trataba de una revisión agotadora y un poco artificial: hacer el balance implica, para cualquier empresa, que las cuentas cierren de alguna manera

Lo único que recuerdo con alegría de aquella escena era que, cuando ese hiato se terminaba, mi papá volvía y nos regalaba cuadernos contables que habían quedado sin usar. De esos con hojas atravesadas por columnas y cuadraditos marcados por líneas azules y rojas, en los que podíamos dibujar.

Aunque a veces intento hacerlos, no termino de llevarme bien con los balances. Por eso me gustó mucho esta columna de Alexandra Kohan en elDiarioAR donde prefiere hablar de balanceos, de hamacarse, de movimientos pendulares, de estos tiempos que transcurrieron en zigzag para muchos.

En este vaivén, lejos de cualquier relato heroico –si todo es épica, nada lo es– elijo volver a cuando era niña: antes que cuentas, prefiero hacer dibujos. Una contabilidad creativa, a mi modo, un refugio frente a lo forzado de tener que dividir entre un debe y un haber que podrían no cerrar. Una forma de fugarse, de no caer en la cuenta. El tiempo no siempre es hoy, no ahora, no cuando estamos en carne viva, como decíamos hace poco.

Me quedo entonces con algunos de los garabatos más importantes que me dejó 2021 y se destacan varias cosas que me sostuvieron en medio de la incertidumbre. Como lianas, claro. Después de postergaciones pandémicas por fin salió Antártida, un libro que escribimos con mi querido amigo Tomás Balmaceda; acompañé a mi amiga Florencia Angilletta en la presentación de su libro, Zona de promesas (acá leen más, es un ensayo tan lúcido que resulta refrescante, incluso por estos días infernales); vencí mis resistencias e hice mi primera entrevista en vivo por Instagram (se ve por acá), terminé de escribir mi primer libro de cuentos (y digo “terminé” como un acto de fe, dedos cruzados para que alguna vez algo de eso vea la luz); nacieron dos sobrinos nuevos (Eva y Juani, dos soles, obvio); celebramos diez años de amor con Juan (la década ganada, goleada diría); hice nuevos y buenos amigos (entre ellos, mi querido Mariano Schuster, con quien compartimos desvelos parecidos, como el Hotel Provincial de Mar del Plata, sobre el que escribimos aquí), empecé a caminar a diario y encontré un oasis (algo de eso conté por acá).

Y por supuesto está este espacio, que siguió creciendo, pasó las 50 ediciones (para los que se lo perdieron: celebramos con una fiesta bastante especial) y me acercó a todos ustedes, queridas y queridos lectores de Mil lianas, de un modo que nunca me hubiera imaginado. Gracias por estar ahí.

Un balance, entonces, más hecho de firuletes que de números. Eso les deseo a quienes leen esto semana a semana: una suerte de elige tu propia contabilidad. Y, para lo que venga, muchas pero muchas lianas. Más de mil.

Los dejo con una nueva edición de esta columna que esta vez es un repaso caprichoso de algunas de las cosas que más disfruté ver, leer y escuchar a lo largo de 2021.

1. Hacks. A la actriz Jean Smart quizá muchos la hayan visto en Mare of Easttown (por si se lo perdieron, hablamos de la serie por aquí), donde interpretaba a la madre de la protagonista, la agente de policía recia, algo perturbada y eficiente encarnada por Kate Winslet.

En Hacks, sin dudas una de las mejores series del año, es Deborah Vance, una comediante vieja escuela, una de las llamadas leyendas vivas, que después de años de esplendor en el mundo del espectáculo lleva adelante su show de stand up –uno inoxidable, pero también uno que no se aggiorna desde hace décadas– en un hotel de Las Vegas. Vive en medio del lujo, un poco sola, un poco rodeada de sus empleados que suelen ser víctimas de sus berrinches en esa ciudad decadente y fascinante

Con la idea de remozar su material cómico, ante la posibilidad de que el dueño del lugar donde Deborah ofrece su show le dé de baja, llegará a su vida Ava (interpretada por Hannah Einbinder), una guionista centennial que después de probar suerte en Los Angeles tiene un traspié y debe aceptar el trabajo junto a la actriz veterana, pese a que a priori la ve como alguien vetusto y alejado de sus intereses.

Con grandes actuaciones de las dos protagonistas, buenas participaciones de las actrices y actores secundarios y un guión hilarante, que combina humor con situaciones extremas sin perder nunca el hilo ni la sensibilidad, el choque generacional resulta graciosísimo. La serie, además de pensar el rol de las mujeres en el mundo de la comedia sin ponerse solemne, sirve como plataforma para reparar en los mecanismos de la comicidad, en qué y cómo nos hacen reír las cosas.

Los diez capítulos de Hacks están disponibles en HBO Max. Por suerte, los productores ya anunciaron que habrá una segunda temporada. Más sobre la serie, por acá. Dejo también por aquí una selección de comedias del año.

2. El corazón del daño, de María Negroni. Tal como señalamos por aquí, en el comienzo de El corazón del daño (Literatura Random House, 2021), la autora plantea una advertencia sobre el objeto que los lectores tienen entre manos: la narradora le habla a una Madre, con mayúsculas, y le cuenta que está por ofrendarle “un pequeño libro de mi puño y cuerpo, seguramente errado en su tristeza”. Se trata, sin dudas, de uno de los mejores libros de 2021.

A partir de entonces, como si lanzara una moneda al aire, va tomando forma una promesa: un relato poderoso plagado de epifanías, de citas, de reflexiones sobre la escritura y la lectura. De observaciones contundentes, de ajustes de cuentas familiares, de recorrido por la memoria, los silencios y el duelo.

Así, con un tono por momentos poético y por momentos sumamente directo, la escritora logra, a pura aleación, una narración inclasificable (o, como ella misma propone: “un censo de escenas ilegibles”) y magnética que de verdad cuesta soltar.

El corazón del daño, de María Negroni, fue editado por Literatura Random House. Por aquí, además, una selección de libros de “chicas en tiempos suspendidos”.

3. Un mundo maravilloso. Lo destacamos en esta edición de Mil lianas y es el podcast que más disfruté en 2021. “Cuatro personas que no saben de nada, hablando de todo y con una sola certeza: este es un mundo maravilloso. Debates, ficciones, canciones inéditas, invitadxs y mucho silencio incómodo”, dice la descripción que se puede leer en la portada. Con las voces de Martín Garabal, Adrián Lakerman, Charo López y Alexis Moyano como anfitriones, a veces actores interpretando un papel o conductores poco ortodoxos, Un mundo maravilloso es un podcast diario de humor producido por Spotify que, a poco más de una semana de su estreno, se convirtió en uno de los más escuchados de esa plataforma.

Cada entrega dura como máximo 12 minutos y combina algo del delirio generacional que nuclea a los cuatro protagonistas –cada cual en su estilo y en su propia actividad– con la idea de sketch más clásico. En un año en carne viva, como contábamos por acá, Un mundo maravilloso me hizo reír a carcajadas. Una fiesta tan extraordinaria como imposible.

El podcast Un mundo maravilloso está disponible en Spotify.

¡Hasta la próxima!

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