La fiesta universal, Raffaella Carrà y una posdata

Raffaella Carrà, el gran emblema de la música italiana

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“Desde esta noche cambiará mi vida. (Desde esta noche, desde esta noche)”. Raffaella Carrà lo dice convencida, lo repite y hace mover a multitudes. Su desparpajo y ese abracadabra caliente logran persuadir a millones alrededor del planeta: la fiesta en la que estén bailando esa canción se convertirá a partir de esas palabras mágicas en un hito, una bisagra, un manojo de posibilidades. 

Vengo pensando en las fiestas, en todo tipo de celebraciones y festejos en realidad, porque este espacio deforme hoy cumple 50 ediciones. Sí, rarísimo y, a la vez, la consecuencia de un recorrido tan vertiginoso como gratificante: con el correr de las semanas, la cosa se fue amoblando un poco más, pero miro los envíos del comienzo y es como ver el departamento un poco pelado de Seinfeld en los primeros capítulos (a propósito: si sufren con el calor o padecen la Navidad no se me ocurre mejor plan que encerrarse a repasar las 9 temporadas en Netflix).

Justo cuando le daba vueltas al asunto –¿por qué festejamos lo que festejamos? ¿qué se nos abre en ese terreno de ilusiones duplicadas, en esa anomalía fantástica, fantástica?– caí en el último capítulo de Succession que muestra el cumpleaños fastuoso y desangelado de uno de los protagonistas. No tardé en pensar en lo que escribió por acá Fabián Casas y en pasar a prestarle atención exclusivamente a los movimientos de Greg, el pariente invisible de la serie. En palabras de Casas, “el personaje que nadie quiere escribir, que nadie quiere ser, pero que todos fuimos alguna vez”. Me gustó que hasta Greg, que por su bondad y su carácter pajuerano se la pasa dudando de todo, tiene una fe firme en las puertas que se le pueden llegar a abrir esa noche. En la fiesta como potencia. Entonces se ilusiona con hacer algo que en otro contexto tal vez no se animaría: declararle su amor a una chica.

Toda fiesta es un despropósito. La desmesura y el arrojo; poner el cuerpo en acción, tirar la casa por la ventana. De ahí su encanto y un riesgo nos pone a todos un poco como a Homero Simpson en el famoso meme: elegantes por adelantado, ansiosos, hiperbólicos, perfumados, con expectativas. Las fiestas son un destiempo.

Confieso que a lo largo de los años mi vínculo con las fiestas fue cambiando. De chica sufría pensando que nadie iba a aparecer en mis cumpleaños, que caían siempre en vacaciones de invierno. Pero me gustaba ir a los festejos de los demás, con sus ritos, sus piñatas, las tortas cubiertas de payasos con cabeza de telgopor y cuello de papel crepe o de canchas de fútbol hechas con granas

De adolescente, la relación fue más sinuosa: si me invitaban a algún festejo me escapaba lo más temprano posible o directamente no iba. Prefería quedarme en mi casa leyendo o escribiendo (somos el cliché que podemos). Si, como dice Casas, todos fuimos Greg alguna vez, a mí me tocó entre los 13 y los 18: un poco más alta que el promedio, con la timidez que ya comentamos por acá y una ineptitud de movimientos que me acompaña hasta hoy, mis fiestas, lejos de las pistas y los bailes, eran por esos días fiestas privadas, fiestas de palabras. 

El baile y el salón, de los mexicanos Café Tacvba, es una de mis canciones preferidas de todos los tiempos (sí, por irónico que parezca para alguien que prácticamente no baila, como yo, pero la elijo sin dudas en cualquier ranking y de paso me quedo con ese discazo que es Re). La historia es bastante sencilla: dos personas se conocen bailando, se besan y sin más se enamoran. Está la sorpresa (“yo que era un solitario bailando/me quedé sin hablar/mientras tú me fuiste demostrando/que el amor es bailar”) y está el cuerpo (“y ahora que estamos en la pista tú y yo/no quiero que dejemos de bailar así/pues vienen otros ritmos que te quieren separar de mí/Y no pueda abrazarte ni sentir tu cuerpo/Y vuelva a bailar solo como antes de estar junto a ti”).

Creo que me atrae esa canción, en el fondo, porque siempre me fascinó la gente que baila bien, que tiene esa gracia, que para mí tiene que ver con lo sagrado, con lo verdaderamente divino. Los admiro también porque, como bien define Alexandra Kohan por acá, a los buenos bailarines los une un don y “no hay don sin inquietud de sí, sin intemperie, sin riesgo; no hay don sin juego, sin ponerse en juego y eso nunca es sin otros”.

Se baila de a dos o de a muchos. Vuelvo a Raffaella Carrà, pero en este caso a otro de sus temas célebres: “Lola, Lola, Lola/Si bailas no estás sola, sola, sola”, canta (la canción más adelante sigue con unas líneas majestuosas, que vale la pena apuntar también: “Casi todo en el amor es un misterio/un poco en broma, un poco en serio/Una música te llena el pensamiento/cuando el deseo se hace violento”, ¡fah!).

La primera o segunda vez que vi a mi cuñado Leo estábamos en una fiesta familiar. Él me vio a un costado de la pista, el lugar donde siempre me quedo para observar y admirar a los bailarines mientras tomo algo. (No se me ocurren dos personas más opuestas: él, conductor de las fiestas de su pueblo, locutor, puro carisma, bailarín a toda hora y en todo lugar; yo, bueno, esta madeja de deslices y de palabras escritas). Elijo recordar que en ese momento sonaba una canción de Ráfaga (y es más, elijo recordar que sea ese temazo que dice: “Porque vos/se nota que no me querés/se nota que ya no hay amor/entonces ya no hay más que hacer/y yo me dedico al alcohol). Siempre queriendo hacer que todo el mundo lo pase bien, Leo me invitó a la pista. Le expliqué de mi imposibilidad, le dije que no suelo bailar.

“No se diga más –lanzó–, no vamos a bailar entonces. Vamos a hacer que bailamos”. Y dejó la mitad de su cuerpo congelado, mientras movía apenas los brazos, simulando ser una especie de robot, o de estatua. Cada dos o tres compases, al ritmo de las luces que se prendían y se apagaban, volvía a moverlos para quedarse rígido en otra posición. Me invitó a imitarlo y al rato éramos varios jugando ese juego. Esa noche hubo espacio para lo imposible: no bailamos, hicimos que.

Raffaella Carrà murió este año y su música sigue sonando, infinita. Como escribió Florencia Angilletta por acá, pertenece a ese linaje de mujeres “reinas del pueblo, princesas de su inconsciente, que se deslizan con esa estirpe de estar a gusto con todo tal cual fue, imperfecto, deseado: los hombros les caminan antes que la espalda. Adelantadas. Anacrónicas. Porque nada es eterno, salvo la Carrà”.

Una enfermedad horrible arrasó a mi cuñado Leo y murió el año pasado. Una familia lo llora todos los días, un pueblo lo recuerda en cada celebración (entre otros homenajes, y como no podía ser de otra manera, una fiesta que él solía animar lo recordará este fin de año).

Nuestros muertos, como las fiestas, son también un destiempo. Nuestros muertos son ese sonido que vuelve, en las pistas de baile, en la calle, en los sueños. Son esa ilusión, esa música trasnochada que suena desde un auto con los vidrios bajos una mañana de verano, mientras la ciudad y nosotros mismos empezamos a movernos convencidos de que empieza un nuevo día

Con el mejor atuendo posible, un montón de perfume encima y un peinado vaporoso, los dejo con la edición 50 de Mil lianas, una fiesta chiquita y universal. 

No los invito a bailar, los invito a hacer que bailamos.

1. Music Box: Jagged (HBO). Antes de arrancar, algunas apostillas. La primera: aunque en varios lugares se simplifique diciendo que se trata del “documental de Alanis Morissette”, Jagged es un episodio dentro de la saga de documentales llamados Music Box, con producción de Bill Simmons para HBO (la serie también incluye capítulos dedicados a Woodstock ‘99, Kenny G y otros). La segunda: pese a que Alanis brindó su testimonio para la película, cuando le mostraron un primer corte del material protestó. “Acepté participar en una pieza sobre la celebración del 25º aniversario de Jagged Little Pill y fui entrevistada durante un momento muy vulnerable, mientras estaba en medio de mi tercera depresión posparto durante el confinamiento (...). Fue entonces cuando me di cuenta de que su idea y la mía eran en realidad dolorosamente divergentes. No era la historia que yo había acordado contar”, dijo a los medios en un comunicado.

Hechas esas aclaraciones, el documental Jagged, que acaba de estrenar HBO, es un repaso por la vida y el salto a la fama de una de las máximas estrellas de Canadá (hicimos una oda a ese país infinito por acá), con especial foco en el lanzamiento de ese discazo que llegó en 1995 y puso patas para arriba al planeta.

El documental, aunque torpe y con algunos baches, intenta mostrar eso: cómo una chica de veinte años conquistó el mundo a fuerza de canciones poderosísimas (una de las rupturas amorosas más rabiosas y mejor cantadas de la historia del pop, como You Oughta Know; un elogio a la contradicción como Hand In My Pocket; un disco precioso de punta a punta). Al ver Jagged, lo que más me gustó fue volver a esos días analógicos, de difusión en radios, de una cosa todavía intuitiva, un poco inocente y artesanal en medio de esa máquina monstruosa que suele ser la industria musical. Confieso que bajé las expectativas y, en lugar de pensar en un “pero”, en aquello que no se cuenta o que aparece incompleto, me enganché más con el viaje no nostálgico pero sí emocional, con el carisma de una estrella única como Alanis Morissette y con su palabra hoy. Y la verdad es que funcionó.

Music Box: Jagged se puede ver en la plataforma de HBO.

2. Se vive y se traduce, Laura Wittner. Hablábamos arriba de fiestas, de palabras, de amores y del cuerpo y este libro breve y mágico reúne, en pequeños fragmentos, todo eso como en un proceso alquímico. 

En Se vive y se traduce (Entropía, 2021) la escritora y traductora Laura Wittner combina anotaciones sobre su oficio con tropezones que tiene a la hora de traducir; experiencias y traducciones propias con observaciones ajenas. Lo que consigue, entonces, como señala Ezequiel Zaindenwerg en la contratapa del libro, es “un relato urdido en muchas voces, un coro de ventrílocuxs amigxs”.

Por la agitación íntima que le generan (“la preposición: ese artefacto inquieto que nos mantiene despiertos”, afirma, por ejemplo) y una fascinación siempre apasionada y vital, al referirse a las palabras y las traducciones la autora pareciera estar hablando de historias de amor, que al mismo tiempo que la arrasan (“si la traducción se traba hay que destrabar el cuerpo”, dice), las deja partir (en cada traducción se trasluce un duelo), la hacen sentir viva. Al leer el libro, entonces, una se encuentra con ese testimonio doble del que da cuenta el título: vida y traducción se superponen y se funden en una fiesta interminable.

Laura Wittner nació en Buenos Aires, en 1967. Tradujo, entre otros, a Leonard Cohen, Anne Tyler y Katherine Mansfield. Publicó, además, varios libros de poesía.

Se vive y se traduce, de Laura Wittner, acaba de salir por Editorial Entropía.

3. Trilogía: La casa de los conejos, de Laura Alcoba. “A la edad en que hablar es una fiesta, una niña descubre de repente que su palabra puede derribar su mundo, provocar la muerte de su padre y de su madre, reducir a nada su escondite –la casa de los conejos– con todos sus habitantes. De ahora en adelante, tendrá que aprender a hablar sin decir nada”. Esas fueron las palabras del escritor francés Daniel Pennac al conmemorarse el décimo aniversario de la salida de la novela La casa de los conejos, de Laura Alcoba, que fue publicada en francés inicialmente y luego llegó a las librerías locales en 2008. 

Aquella publicación inicial, que salió por Gallimard, impactó al mundo con el relato de una niña que, hija de militantes montoneros en los años ‘70 en la Argentina, de un día para el otro pasó a vivir en la clandestinidad y en un lugar muy particular: la casa oculta en la que funcionó la imprenta del periódico Evita Montonera en las afueras de la ciudad de La Plata, mientras la dictadura militar torturaba, secuestraba y arrasaba vidas.

Esa voz que descubre –quizá muy temprano en su vida– secretos y terrores en medio del silencio se retoma en dos novelas posteriores de la autora, que luego atraviesa la experiencia del exilio en Francia y la relata en sus libros El azul de las abejas (2015) y La danza de la araña (2018).

Por estos días, acaba de salir una edición que contiene las tres publicaciones en un solo tomo. A propósito de la entrevista que le hice para el diario a Laura Alcoba, volví a leer en las tres novelas de un tirón y me resultó una experiencia vertiginosa e indeleble por el ritmo de las novelas y también porque, con el pasar de las páginas, se puede notar que, pese a que fueron escritas con varios años de distancia, el poder de un relato conmovedor y personal se mantiene intacto.

Trilogía: La casa de los conejos, de Laura Alcoba, acaba de salir por Edhasa. Más información en esta entrevista con la autora.

Posdata. Para celebrar las 50 ediciones de Mil Lianas, el martes 7 de diciembre, a partir de las 20, voy a entrevistar al humorista gráfico e ilustrador Alexis Moyano, con transmisión en vivo por las redes de elDiarioAR. Como parte de los festejos, vamos a hacer sorteos de libros y un concurso. Quienes tengan ganas de mandar un relato corto sobre la fiesta más extraña a la que fueron, pueden hacerlo por acá. El jurado va a elegir la mejor historia, Alexis la va a dibujar y el ganador se queda con la ilustración.

¡Hasta la próxima!

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AL

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