Neofilia o cuando la curiosidad puede ser el ingrediente secreto para la felicidad

Ilustración de "Cómo construir una vida", una columna de la revista The Atlantic, que habla de la curiosidad como motor de la felicidad

“La apertura a una gran variedad de experiencias de la vida, desde visitar lugares interesantes a considerar otros puntos de vista políticos, trae felicidad”, así abría su columna regular “How to Build a Life” (Cómo construir una vida) hace unas semanas el científico social y escritor Arthur Brooks en The Atlantic. Bajo la explicación del fenómeno de la neofilia (término popularizado para hacer alusión a un tipo de personalidad caracterizada por una fuerte afinidad hacia la novedad), Brooks alentaba a los lectores a probar cosas nuevas, ya que según investigaciones recientes existe una correlación con el bienestar integral de un individuo.

“La apertura (openness) también conocida como neofilia, está fuerte y positivamente asociada con la felicidad. Por supuesto, se puede abusar de esto y estar crónicamente descontento sin un flujo constante de novedad, o inclusive llevarlo tan lejos que produzca adicción: siempre buscando por la siguiente experiencia extrema. Pero la verdadera felicidad puede provenir de una saludable y balanceada neofilia que se cultiva con el amor por la aventura de la vida”, proseguía más cauto haciendo alusión a lo que también se sabe: el exceso también puede ser contraproducente. Entonces, ¿por qué la neofilia puede ser un buen enfoque para el bienestar? ¿Acaso la apertura y curiosidad, elementos presentes en las personas neófilas, resultan un ingrediente fundamental para la felicidad? ¿Es un rasgo heredado o puede cultivarse? 

“En general cuando se habla de la curiosidad, un asunto que complejiza su estudio y comprensión es la dificultad para encontrar una definición única que abarque un concepto tan amplio. Y es por eso que gran parte de la investigación relevante sobre la curiosidad no utiliza este término y, en cambio, se enfoca en fenómenos similares como la neofilia, el juego, la exploración, el aprendizaje reforzado. Sin embargo, sabemos que la curiosidad funciona como un proceso motivacional adaptativo relacionado con la búsqueda de la novedad o el desafío”, abre Adela Sáenz Cavia especialista en educación en inteligencia emocional y promoción de la resiliencia, reskilling y coaching.

A nivel de lo que sucede en nuestra cabeza con la novedad, un aspecto relevante a tener en cuenta es cómo operan nuestros propios sesgos cognitivos, más específicamente la sed por la novedad. “Cuando escuchamos algo nuevo nuestro cerebro presta particular atención, porque lo que no es nuevo en general está de alguna forma automatizado en algunos procesos cognitivos que tenemos, y entonces pierden relevancia en nuestra conciencia. Ahora a la novedad estamos preparados para prestarle atención y en muchos sentidos esto nos predispone a que nos interese más, después nos puede gustar o no gustar, nos puede dejar tranquilos o darnos miedo, pero en principio tenemos mucha preponderancia a priorizar por sobre las cosas que no son novedosas. Entonces ya eso nos para en un lugar distinto al pensar la novedad, ya no solamente por su carácter sino también por el efecto que tiene en nosotros por cómo funciona nuestro cerebro”, contextualiza Hache Ariel Merpert, educador y Director Ejecutivo de TEDex Río de la Plata, cuya aproximación al mundo de los sesgos viene de trabajar durante años en el área de pensamiento crítico y educación de Chequeado.

Según Brooks, la neofilia está correlacionada con la felicidad en tanto está asociada con la extroversión, y la misma es un fuerte predictor de la felicidad. Pero además, advierte con criterio, la neofilia produce bienestar porque es un motor de interés, y esto, a su vez, según el psicólogo Carroll Izard, se vincula con una de las dos emociones positivas básicas. La curiosidad es una, y la alegría es la otra. Sucede entonces que un poco por desprendimiento de, por un lado, rasgos propios de las personalidades de los neófilos (extrovertidos, aventureros, sociables, etc), pero también porque éstos tienden naturalmente a exponerse a cosas nuevas, lo cual estimula emociones positivas, es que se dice que la neofilia trae felicidad. ¿Ahora qué pasaría si todos nos expusiéramos de forma más frecuente a estas experiencias, o bien, desarrolláramos cierto “espíritu neófilo” en nuestra vida cotidiana?

Brooks no es el primero que se ha planteado estos temas. Otros investigadores que han profundizado en la cuestión incluyen a Berlyne, Kashdan o Gallagher, y más recientemente Todd Kashdan quien escribió el libro ¿Curious? y define a la curiosidad como el ingrediente clave para una vida plena. 

“Según Kashdan existen cinco dimensiones: la primera es la "exploración gozosa", la experiencia placentera de interesarse en algo y querer descubrir nueva información, aprender y crecer. Esta dimensión se ajusta a la definición del diccionario de curiosidad. La segunda es la “tolerancia al estrés” e incluye la capacidad de aceptar y valorar la duda, la confusión, la ansiedad y otras formas de angustia que surgen al explorar eventos nuevos, inesperados y complejos. Las personas curiosas desarrollan esta capacidad, cercana a la resiliencia. La tercera es la “Sensibilidad a la privación” e implica reducir las brechas que tenemos en el conocimiento a través del deseo de saber algo y esencialmente busca reducir la incomodidad. La cuarta dimensión es la “búsqueda de emociones fuertes”, que es la voluntad de asumir riesgos físicos, sociales y económicos para adquirir experiencias variadas, complejas e intensas. La quinta y última dimensión es la “curiosidad social”. Esta dimensión se trata de querer saber lo que otras personas están pensando y haciendo al observar, hablar o escuchar conversaciones”, explica Cavia.

Lo interesante es que, según sus estudios, las personas que puntúan alto en algunas o en todas estas dimensiones se correlacionan con altos niveles de bienestar y satisfacción, confluyendo con Brooks en los hallazgos y conclusiones. “También la evidencia muestra que las personas que tienen altos niveles de curiosidad generan mejores y más sólidas relaciones. Incluso se sostiene que hay una especie de bidireccionalidad: las buenas relaciones, alimentan, a su vez, la curiosidad”, agrega Cavia.

¿Puede cultivarse la neofilia?

Una gran parte de la tendencia neofilica es heredada, ya que numerosos estudios entre ellos uno citado por Brooks que data del 2002, un meta-análisis centrado en gemelos, encontró que la apertura a nuevas experiencias tiene en un 57% un componente genético. Asimismo, otro estudio en Japón vinculó la neofilia y las personalidades del tipo que busca la novedad con una enzima particular de las mitocondrias llamada monoamine oxidase A. Pero a no desesperar, este marco aún deja lugar para la acción individual, y de hecho la apertura mental tiende a aumentar en la temprana adultez sugieren algunos estudios, aunque luego de cierta edad comienza a declinar nuevamente si no se entrena. La crianza y el entorno educativo también juega un rol esencial.

“La buena noticia es que es una capacidad que puede (y en función de todos sus beneficios debe) desarrollarse. Y no sólo en los niños, sino también en los adultos”, señala Cavia. “Tener curiosidad activa el sistema de recompensa del cerebro, liberando dopamina, un neurotransmisor que nos produce un estado de bienestar, mejora nuestra atención e incluso produce efectos analgésicos. La curiosidad es, además, uno de los ingredientes básicos de la emoción. Y con ella se abre la ventana de la atención, clave para la generación de nuevo conocimiento. Entonces, el lugar de la curiosidad es verdaderamente importante: se relaciona con las emociones, con el aprendizaje, la motivación, la atención, la memoria, la generación de nuevos recuerdos y con la sensación de bienestar. Incluso con la posibilidad de una vida más significativa y satisfactoria”. 

En términos educativos las características del ambiente son primordiales. “Sabemos que cuando los ambientes son cognitivamente estimulantes favorecen el desarrollo de la cognición, de la búsqueda de conocimiento, etc. Una de las claves es construir ambientes para las personas que sean cognitivamente estimulantes, que den curiosidad, que llamen la atención, que usen este sesgo cognitivo de la novedad a favor de motivar el desarrollo del conocimiento. Y otra condición importante es que sea activamente seguro ese espacio, es decir si es cognitivamente estimulante pero es afectivamente hostil probablemente nos gane otra parte de nuestra personalidad, que es protegernos del fracaso y el error”, sigue Merpert.

¿Otras ventajas? Un estudio del 2018 publicado en el journal Neuroscience & Biobehavioral Reviews correlaciona curiosidad y salud mental y vigor, según explica otra nota reciente, indicando que mantener la curiosidad en la vejez es protectiva contra el declive cognitivo y físico. A su vez, tanto en personas jóvenes como mayores, las investigaciones han encontrado que altos y consistentes niveles de curiosidad se asocian con bienestar general y satisfacción con la vida, protegiéndonos de la depresión.  

Con esto dicho también hay evidencia de que la relación entre curiosidad y felicidad es bidireccional, es decir, una retroalimenta a la otra, como señalan los hallazgos de varios estudios, entre ellos uno del 2019 del Journal of Personality que mostró que en los días en los que la gente exhibe emociones positivas, también tienden a desplegar mayor curiosidad que en los días en los que no están felices.

“Hay una creencia extendida y basada en teoría de que las emociones positivas tienen la función de mantenernos “enganchados” y comprometidos con cosas que no haríamos normalmente”, explica David Lydon-Staley, uno de los autores de este mismo estudio, del departamento de bioingeniería de la Universidad de Pennsylvania. Lo que nos hace pensar que en efecto la alegría que trae descubrir o aprender algo nuevo es, de alguna manera, una forma de hacernos ir a buscar más, un anzuelo. Y como dice Lydon, la curiosidad “puede guiarnos a nuevas relaciones, habilidades y áreas del conocimiento que enriquezcan la vida de una persona en muchos niveles”.

El lado B de la novedad

Pero pensar este fenómeno sin una perspectiva crítica puede ser irresponsable, sobre todo si no tenemos en cuenta el rol que la información nueva juega tanto en lo educativo como en lo informativo y la generación de contenido. En la era de la comunicación digital y las redes sociales, cuando las grandes plataformas y empresas se dedican precisamente a explotar nuestras debilidades cognitivas y sesgos para su provecho, es crucial conocer cuáles son nuestros sesgos y cómo operan ya que es prácticamente imposible luchar contra ellos. 

“Que lo nuevo sea algo a lo que le prestamos atención, nos puede permitir cuestionar que lo nuevo sea bueno. Por ejemplo, nosotros tenemos una idea del devenir de la historia muy relacionada con el progreso, que básicamente nos cuenta que la progresión de la historia nos lleva a un lugar mejor al que estábamos antes. Eso en muchos sentidos es un problema, porque eso quiere decir que todo lo nuevo es mejor que lo viejo y que la progresión de la humanidad va a tender a abrir libertades, a generar derechos, etc, entonces cuando llegan cosas nuevas que no van en ese sentido, sí nos pueden confundir con otras situaciones”, advierte Merpert.

Lejos de contribuir con la idea de cierto pánico moral en torno a la sobreabundancia de opciones -un relato cultural que en lo contemporáneo está bastante asociado al consumo-,

ya que las mismas lejos de reducirse van a seguir multiplicándose, pareciera mejor aprender a hacer una buena gestión y hasta conocer las virtudes de rasgos como la neofilia. Sin embargo, también es pertinente conocer su “lado B”, en este caso, aspectos negativos vinculados con la búsqueda constante de novedad que llevada al extremo puede generar inestabilidad en la personalidad (impulsividad, actitudes que ponen en riesgo la vida), poca paciencia para sostener actividades, proyectos o relaciones en el tiempo, falta de consistencia, prevalencia de adicciones, etc. 

“Nos gustaría que la gente sea curiosa, que tenga apetito por conocer, por descubrir, es algo que tenemos que alimentar, pero creo que lo diferenciaría de cómo funciona nuestro cerebro en términos de los sesgos cognitivos de aquellos procesos donde sí somos conscientes y podemos actuar. Y es en este plano donde la educación puede hacer un montón para ayudar. Entre tener miedo a lo nuevo y abrazarlo completamente, me parece que hay que encontrar algún punto medio en el desarrollo del pensamiento crítico, porque puede ser la diferencia entre tener miedo a la novedad o abrazar ciegamente, y hoy en día es muy necesario tener una actitud responsable frente a la novedad que te permita profundizar, entender y tomar una decisión propia”, cierra Merpert. 

LM

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