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“Sachanta”. “Estafadora”. “Asesina”. “Morite”. Una chica cierra los ojos debajo de la ducha y piensa. Hay un meme que dice: “El extraordinario caso de la enana psicópata que se hacía pasar por pastelera amateur”. La chica, bajo la ducha, piensa que podría llenar de agua la bañera y sumergirse hasta dejar de respirar. Dos mensajes directos: “Asesina” y “Morite”. Descarta la idea, el ahogo implica un sufrimiento que no podría tolerar. Un par de tuits: “Impostora”, “Tramposa”. Ahora la chica piensa que quizás algo al cuello, un nudo que pueda ajustarse… No, tampoco: además de sufrir podría fallar. “Mentirosa”. “Chorra”. “¡Venganza!”.

“Quería que todo se terminara de una vez. Tenía miedo. Como si me hubieran puesto contra un paredón y todo el planeta me apuntara para matarme. Los ataques de pánico. No poder comer, no poder dormir. Quería evadirme. Era insoportable. Paren. Listo: basta”, dice Samanta Casais. La escena de la ducha es real y a Samanta la salvó su pareja, que entró en el baño, se llevó el teléfono y contactó a su psicoanalista, que a su vez la derivó a un psiquiatra. Las ideas en torno a una muerte provocada sucedieron en medio de una humillación brutal a la que la sometieron en redes sociales. Samanta era una figura pública porque había llegado a la final de Bake Off, el reality de pasteleros aficionados que nos sujetó al televisor el año pasado, en el momento de mayor temor al virus y más restricciones para circular en el país

Samanta tenía muchas chances de llevarse el premio a mejor pastelera “amateur”. Pero unos días antes de la emisión que revelaría al ganador, un usuario de Instagram posteó una captura de pantalla. Allí estaba Samanta haciendo un Rogel en un programa de televisión de cable. Ese posteo terminó en Twitter, donde se viralizó. Luego apareció otra captura. Allí estaba Samanta armando un huevo de pascua. Esas salidas en tevé pusieron en duda la participación de Samanta porque uno de los requisitos de Bake Off es no tener experiencia previa en gastronomía comercial, es decir, no vivir de “vender comida”. Y pasó algo más: también se filtraron unas fotos que formaban parte de un expediente. Allí estaba Samanta de frente y de perfil, acusaba de haber matado en un incidente vial a una persona. La causa, que está cerrada, fue caratulada como homicidio culposo.

Sobre el final del reality, Samanta tenía hinchada propia, como los otros tres participantes que se disputaban el título y un premio de, más o menos, $600 mil pesos. Pero en redes sociales ya la habían sentenciado: sobraba prueba para sacarla de la competencia. Los espectadores no lo sabíamos, pero Samanta ya había sido elegida como “la mejor pastelera amateur” en un final grabado antes del escándalo nacional. Dado el alboroto - “Sachanta” llegó a ser tendencia mundial en Twitter- el canal que emitía el ciclo y la productora decidieron descalificarla y coronar a otro competidor. 

El último acto de vergüenza pública se emitió en una final rodada en un descampado y con la misma frialdad que implicaba por entonces el distanciamiento social, preventivo y obligatorio. Las redes sociales, Twitter sobre todo, eran un patíbulo. Los medios de comunicación también. Y el público, nosotros y nosotras, asistimos a las últimas palabras de una chica que había sido sentenciada a la pena de haber ganado primero y perdido después porque falseó datos, algo que en la tele, parece, no está permitido. Nosotras y nosotros, encerrados y ciudadanos de un país empobrecido, veíamos el remate de una competencia de comida. Nos prestamos al juego de un jurado de tres que le ponen puntaje a la creatividad y evalúan técnicas en un mordisco de torta: ahí estaban nuestras babas, nuestro goce, la perversión. Shame on you.

Y ahora, un año y medio después, bajo un sol tremendo, una tarde de semana en una terraza de San Telmo, Samanta vuelve a ese baño, al agua que corre, a los memes, al insomnio, a su cálculo ficticio del sufrimiento, al novio que irrumpe... Vuelve y dice: “Si ese es el precio para vivir de mi sueño, que es hacer tortas, lo pago. No tengo dudas”.

Insomnio, Pasión de Gavilanes y volver a empezar

Tiene 31 años, un novio con el que convive hace siete y un bebé de apenas tres meses. Su madre es artesana y su padre, herrero. Su primera torta de cumpleaños la hizo a sus 16 años y salió mal: un día de humedad, cubrió con pasta Ballina un bizcochuelo que había humedecido de más. La torta, de dos pisos, primero se torció. Después se fue derritiendo hasta que empezó a chorrear. Llevó la torta igual, llorando, porque era para el ahijado de su hermano y ella se había comprometido. Fue cadeta, vendió sánguches y como quería vivir de la pastelería hizo de los tutoriales de YouTube su escuela.

¿Vivías de hacer tortas cuando entraste en Bake Off?

No. Era la que hacía las tortas de los cumpleaños de mis amigas o familiares. O la “tengo una amiga que hace tortas”. Había trabajado en Café San Juan, haciendo las entradas, lo salado. Y me encargaban tortas, claro, pero de manera ocasional. Siempre quise dedicarme a la pastelería, pero el mercado es muy grande, hay mucha gente que se dedica a hacer tortas. Era muy difícil posicionarse. En el momento de mi participación yo trabajaba en la parte administrativa de una refinería de petróleo.

¿Y entonces por qué te descalifican?

Contesté mal dos puntos de la declaración jurada y eso infringió las leyes del certamen. Uno era que había trabajado en televisión. En realidad no fue un trabajo, porque nunca firmé un contrato con esos programas y tampoco me pagaron. Fui porque me invitaron. En uno hice un huevo de pascua, que es básicamente derretir chocolate y meterlo en un molde. En el otro, un rogel. Y el otro punto era haber trabajado en gastronomía. Yo había entendido que se referían a haber trabajado en pastelería, pero como se trabajé en “lo salado” di por sentado que no. Fue un error mío, porque tendría que haber puesto que sí, tendría que haber aclarado que había trabajado en la parte salada de la gastronomía, pero bueno. Todo esto lo expliqué después de que se armó todo el lío. Mande mis recibos de sueldo donde se ve el puesto de trabajo en el que estaba, todo

¿Entonces qué es ser “amateur”?

Ellos entienden como amateur que vos no vivas de vender tortas. O que tu mayor ingreso no sea el de pastelería. A ver, todos hacían tortas o vendían alguna torta o daban clase… No sé, yo hacía dos años que trabajaba en una petrolera, no era un profesional de la pastelería. Pero no voy a discutir la descalificación, ya está. Si ese es su criterio, está perfecto. Lo que no estuvo bueno, que tampoco que no está al alcance del canal, es todo lo que pasó en las redes sociales. Es imposible controlar a un montón de gente que ataca o que te desea la muerte…

¿Cómo fueron esos días? 

Fue horrible, espantoso. Espantoso. El único momento del día en el que me tranquilizaba era la noche porque sabía que a la noche nadie me iba a hostigar con nada. Llegaba la noche y era… Por ahí me dormía a las tres de la mañana porque me quedaba mirando tele. Pero “tele” no es “la tele de aire”, porque la evitaba. Porque ahí mi cara estaba en todos lados, todo el tiempo hablando de mí. Y en YouTube también. 

¿Entonces qué mirabas?

Miré Pasión de Gavilanes por streaming y jugué a la Play, a The Last of Us. Era lo único que me sacaba de mi eje. Después de lo del baño, mi novio me sacó el celular y me dijo que lo único que podía hacer era mirar Pasión de Gavilanes y jugar a la Play. 

Nena, Pasión de Gavilanes…

Sí, olvidate. Era el único que veía porque pero era lo único que me abstraía de todo. No tocaba el celular. Ni siquiera hablaba con mi mamá, a la que no podía ver por la pandemia. Mi novio hablaba con ella. Porque no quería que me escuchara llorando.  Mi mamá… A mi mamá también le escribían “morite”. Nunca tuve Twitter pero me enteraba igual. Incluso mis amigas me decían: “Che, Sami, si yo no te conociera, por todo lo que dicen ahí, te odiaría”. Las redes sociales son buenísimas si se usan de manera positiva, pero si no te pueden matar. En un momento llegué a pensar que me tenía que morir, que quizás, posta, soy una persona horrible. Yo no tocaba mi Instagram, por ejemplo. De eso se ocupó Sol, una amiga, y mi pareja. Entonces para el resto del universo yo seguía subiendo cosas, pero porque ellos me decían que no me tenía que esconder. Porque también es cierto que todo eso pasaba, era el mejor momento de mi vida.

¿Por qué?

Porque estaba a punto de cumplir mi sueño, que era vivir de hacer tortas. No sólo me hacían pedidos, también me habían llegado muchos regalos, de emprendimientos, que yo quería agradecer. Pero me daba miedo aparecer en storys. Entonces a la noche, cuando estaba más tranquila, filmaba los regalos y grababa mi voz, nada más. Sin la cara. Y así, de a poco. Hasta que me llegó una propuesta de Pasta Ballina para hacer un vivo en Instagram. Y dudé mucho, me costó. Me daban miedo los comentarios, porque yo sabía que iba a haber gente mirando. Así que me ofrecieron desactivarlos y ahí acepté.

Las redes sociales son buenísimas si se usan de manera positiva, pero si no te pueden matar. Llegué a pensar que me tenía que morir, que quizás, posta, soy una persona horrible.

Samanta Casais. Pastelera, ex participante de Bake Off.

¿Y cómo te sentiste?

La pasé súper bien, pero internamente fue horrible. Me temblaba hasta el cuerpo. Me transpiraban las manos. Me temblaba la voz. Porque yo sabía que del otro lado había gente y en mi cabeza… sentía que me iban a atacar. Por supuesto que nadie va a atravesar el teléfono, obvio, no. Pero era una sensación terrible. Pasa que los haters no me podían tirar abajo. Y el programa, puertas adentro, fue una experiencia maravillosa. Fue una catapulta para tener el trabajo que siempre quise. Bake Off me dio mucha exposición, me sirvió un montón. Antes hacía una torta cada tres meses. Ahora es mi trabajo.

Ahora que pasó el tiempo, vale la pena…

Sí. Si ése es el precio para vivir de mi sueño, que es hacer hacer tortas, lo pago. No tengo dudas.

Pero me refiero a la violencia…

No le deseo a nadie lo que pasé yo en redes sociales. Pero si es para vivir de lo que te gusta, pecho a las balas y lo paso de nuevo.

Mirá que quiero decir…

Sí, sé que escucharlo es fuerte. Pero sí. Yo sabía que en un momento todo ese odio contra mí iba a pasar. “Todo pasa y todo llega”, digo bastante seguido. Entonces sí, si es el precio para vivir de mi sueño, lo pago.

VDM/SH

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Publicado el
20 de noviembre de 2021 - 00:46 h
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