Pulpa es un suplemento de ficción semanal editado por El Cuaderno Azul que publica textos breves y potentes, directo de nuevas voces para lectores hambrientos. Recibimos textos de manera abierta, a través de este link.
Los panchos con mostaza y los litros de Fernet los habían ablandado. Nunca es bueno tomar decisiones en una pileta. La música tampoco ayudó. En una charla al paso entre Bozzoni y Méndez, más allá de si tal o cual jugador sería un buen refuerzo, más allá del top cinco de compañeras de la secundaria, después de la siesta en las reposeras, algo distinto apareció. Ambos se sintieron acariciados por la urgencia de ir a la guerra en Ucrania. Parecía una buena idea. Coincidieron en que su generación estaba en cualquiera, ninguno se comprometía con nada, la apatía era moneda corriente. Todos quieren escuchar a los Redondos pero nadie quiere hacer la revolución.
—Marisol no es ni en pedo más linda que Noelia –dijo Méndez llegada la noche. Los efectos espumosos del Fernet habían dejado paso a una conciencia más o menos lúcida. Unas horas antes de verdad estaban convencidos. Habían averiguado la dirección de la embajada, incluso habían aprendido algunas palabras sueltas del idioma ucraniano. Pero después de la ducha tibia nada parecía tan grave. Las soluciones drásticas podían esperar.
—No dije más linda. Dije más cogible –respondió Bozzoni.
—Es un combo –dijo Méndez.
—¿Vos viste el culo que tiene?
—Me bajo, Bozzoni. La guerra no es para nosotros. Vos estás a tiempo todavía.
—Ucrania nos necesita.
—Que se maten entre ellos. Nosotros no tenemos nada que ver.
—¿Y lo que hablamos ayer?
—La Unión Europea es una mentira. No hay nada que hacer.
—Sí, además me daría lástima perderme el viaje de egresados –dijo Bozzoni después de reflexionar unos segundos—. Quinto año hay que aprovecharlo.
—Mi sueño es casarme con un vestido negro –dijo Noelia con el mate entre las manos. Hablaba despacio, puntillosa en cada palabra. Estaban con Bozzoni en la terraza del colegio. La charla sobre el test vocacional había derivado en la pregunta sobre el futuro inmediato. Ninguno iba al viaje de egresados, en verdad detestaban los boliches y a sus compañeros. Preferían gastar la plata en otra cosa.
Méndez se puso de novio con Marisol. Noelia la detestaba. Decía que la enormidad de la “cola” de Marisol iba a contramano de su escasez de neuronas. Le daba vergüenza decir culo: a Bozzoni le calentaba esa timidez. Y con Noelia compartían la amargura de no ser elegidos.
—¿Todo negro?
—Con el negro no hay distracción. La mirada va directo a la forma.
Apoyó sus ojos en los de Bozzoni, una mirada fugaz pero certera. El tono azul de la fantasía. Él sintió el vaivén del contacto. El momento previo, la puesta en abismo. ¿Cómo traducir esa mirada impenetrable? La materia prima, el aura. Un mariposeo volcánico le atravesó el pecho.
No consiguió sostenerle la mirada. Sí pensó en darle un beso: no se animó. Aunque no era precisamente la mirada negra de Noelia, el filo, sino más bien la forma de su caminata inalcanzable. Al rato volvieron a clase. Él le dio unos metros de distancia, las piernas más lindas dándole la espalda. Eso lo derrumbó.
Empezaba octubre y el aire tenía gusto a verano. Duró poco la pareja feliz de Marisol y Méndez. Ella lo “gorrió”, dijo Noelia. El verbo contenía un gusto pastoso. Era demasiado pudorosa para decir que Marisol había hecho un trío mientras Méndez se tiraba en culipatín en el Cerro Catedral. Él cuando se enteró tomó venganza. Se cogió a una piba de otro colegio, una otaku que tenía un buen par de tetas.
Bozzoni tendría que haber sospechado de esa sonrisa satisfecha y celosa de Noelia. En realidad, tendría que haberse animado a concretar con ella. Era ahora o nunca. Fue nunca.
A fines de noviembre, entre mate y mate, ella hizo la pregunta. Bozzoni se quedó helado. La pregunta contenía un montón de matices, tonos que luego serían amasados hasta el hartazgo. El gusto árido. Pero qué carajo le iba a responder. ¿Te molesta que salga con Méndez? No, manzana. Es mi mejor amigo, hija de mil. Sí, me re molesta y estoy enamorado de vos. No, no tenía opción. El silencio era su único aliado.
Intentó absorber el impacto de la pregunta bajo ese nuevo lente. Las palabras de Noelia le dejaron un residuo, un veneno lento que solo podía empeorar. Hubiera preferido cualquier cosa antes que ese desprecio.
De algunos sentimientos solo quedan lugares comunes. No hay adjetivos, materia gris, nada. Para Bozzoni ese momento fue triste y punto.
Bozzoni no llegó a Ucrania, apenas le alcanzó para tres días en la Costa argentina. Preso de la desilusión, solo podía caminar y tomar mate mirando el mar. La última tarde salió del cine y ya había oscurecido. Hubiera preferido dar un último paseo por la costanera pero la tormenta se lo impidió. Paró un taxi. A la estación, dijo. Se sintió protagonista.
Los sándwiches del mostrador no tenían mucha pinta. Compró unas Oreo y pidió agua caliente. Le molestó que le cobraran por eso. No era la plata, era la actitud. Te estoy pidiendo una gauchada, pensó. Pagó sin ganas y se sentó en una banqueta sin respaldo.
Desde la ventana sucia veía pasar grupos de amigos con valijas, capuchas y zapatillas de lona. Las vacaciones en la playa eran el pasado. Las imágenes parecían un ritmo, mientras caía una lluvia fina sobre los andenes.
Su termo era un rejunte de stickers gastados, roídos. Parecían huellas frágiles, su historia en pedazos. Noelia siempre decía que le iba a regalar stickers nuevos, y nunca se acordaba de concretarlo. Los restos de Maradona posaban con la copa del mundo, dorada, bien dorada. Al lado Torrico posaba con la copa Libertadores, plateada, bien plateada. Pensó en la necesidad metafísica, casi animal, de tener algo entre las manos para levantar. Todavía era virgen y todo estaba por hacerse.
La belleza de los ojos negros de Noelia, la sonrisa tranquila. Habían terminado el colegio y la perspectiva de no verla nunca más lo abismó. El culo de Marisol no podía competirle a Noelia como mujer, mientras la imagen de ella crecía poco a poco como una planta bien cuidada. En algún momento, confió, recordaría con ternura aquella complicidad en la terraza, la época donde darle un beso era una posibilidad. Pero eran tiempos de rencor y la bronca era el único sentimiento aceptable. Paladeaba ese momento retrospectivo cuando un gusto amargo le subió desde el fondo de la panza. La certeza de ese vacío subió como una puntada. No podía permitirse esa cursilería, ese espesor sentimental.
Tres verbos para decir lo mismo. Me voy a ir yendo, pensó mientras una voz lo tironeaba.
—Las lluvias cicatrizan —decía Noelia.
—¿Las lluvias cicatrizan o dejan cicatrices? –preguntaba Bozzoni.
—¿No es lo mismo? –rio ella.
—¿Por qué no te gusto?
No. Todavía no estaba preparado para esa conversación. Más de una vez se preguntó si le hubiera gustado ser testigo del acto de Noelia con Méndez. No conseguía imaginársela desnuda, tampoco podía visualizarlos juntos en la misma cama.
Debajo de la charla fantasiosa un rumor inmenso se oía en segundo plano. Barajaba recuerdos futuros y, por qué no, casi posibles.
Dos fuerzas crecieron al ritmo del vértigo. De un lado veía arroces a fuego lento, con pedazos de queso fresco y leche para favorecer la cremosidad. La cocción a baja temperatura exaltaba la textura y la delicadeza de Noelia, que revolvía sonriente con un delantal negro, siempre negro. Prometía largas comidas en tardes de verano y cenas a la luz de las velas. Del otro lado crecía una ferocidad torpe. Cogérsela en todas y cada una de las posiciones en tardes de verano, y después jugar juntos a la Play.
El gusto a conservante de las Oreo le dio sed. Pidió agua. De la canilla, aclaró. No estaba dispuesto a que le cobraran el favor. Sí hubiera estado dispuesto a ir a la guerra. Ponerse el uniforme y hacer cagar al primero que se le cruzara. Enseguida sintió un revoltijo en la panza. Fue al baño pero el inodoro público sin tapa lo disuadió. Iba a aguantar.
Salió y ya había fila a los costados del tren. Se puso detrás de un ciego con bastón blanco, de repente el cielo fundió a negro. Le gustaban los finales abruptos.
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