Entrevista

Clara Obligado: “Una literatura que afianza tu visión de la vida no sirve para nada: prefiero la que provoca ganas de quemarla”

Clara Obligado nació en Buenos Aires. Con la llegada de la dictadura militar, en 1976 debió exiliarse en España, donde vive desde entonces.

‘Humor’, ‘humus’, ‘humildad’, ‘hombre’. Palabras emparentadas. Un alfarero nos creó con barro. Todo es regreso.

Reyes del engaño, crimen atroz en Islandia

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Eso apunta la escritora Clara Obligado en su nuevo libro Todo lo que crece (Páginas de Espuma, 2022), un ensayo luminoso, vital y lleno de lecturas a su vez, en el que vuelve a pensar en la naturaleza y la escritura. Una vuelta a medias, en realidad, una vuelta rota: para escribirlo aprovechó los días de confinamiento por la pandemia y se instaló en un campo en Extremadura, España. Desde allí, mientras el mundo era testigo de un desastre, reconstruyó el campo de su familia, el campo de su infancia en la pampa argentina. Desde allí, también, volvió a las raíces, que en su caso son siempre pendulares: de la imponente línea sucesoria (es bisnieta del poeta y académico Rafael Obligado y nieta del también escritor Carlos Obligado) al terreno propio que plantó y cosechó sola y lejos, en esa intemperie que es el exilio, desde que debió dejar el país y mudarse a España cuando la dictadura se instaló en la Argentina a partir de 1976.

Tiene más de 20 libros publicados, recibió numerosos premios por sus novelas. Pero ahora, tal como había hecho en su libro anterior Una casa lejos lejos de casa (Eme Editorial, 2021) –también un ensayo–, la escritora apuesta otra vez a los textos cortos, a las editoriales que están fuera de los grandes grupos multinacionales, a los márgenes, a los híbridos. 

En su nuevo retorno a Buenos Aires, después de varios viajes, después de varios cruces de océanos, de idas y vueltas, dialogó con elDiarioAR sobre su nueva publicación. Y también sobre todo eso que, con la misma intensidad de la literatura y de lo que insiste en crecer sobre la tierra, no hace más que regresar.

-Arranquemos con un gran protagonista de este libro que es un campo muy puntual de tu familia. ¿Qué representa para vos ese espacio, por qué volviste a él? 

-Mi padre era estanciero y a la vez tenía relación con la ciudad: esto de vivir en la ciudad y tener campo. Yo creo que este doble vínculo lo heredo después. Es decir, yo soy muy urbana, pero por otro lado el campo me encanta. Me quedo con esa doble vertiente, porque yo no podría vivir ni sin la ciudad ni sin el campo. Por otra parte o no me siento neorural para nada ni fantaseo con eso. Pero sí sé que mis raíces también están allí.

-¿Dónde quedaba ese campo?

-En 9 de Julio, en la provincia de Buenos Aires. Lo pampeano, la pampa es como mi paisaje. La Pampa. Creo que todos tenemos un paisaje. Hay gente que añora el mar. A mí el mar me es indiferente. Me gusta, pero me es indiferente. En cambio veo una línea recta en el horizonte y me vuelvo loca. Aunque esté en La Mancha, o donde esté, me impacta porque me trae ese recuerdo.

-En esa imagen, en el libro aparece de manera oblicua Borges vinculado con el campo y con algo que solía decir tu padre. 

-A mi padre no le gustaba Borges. Esto me lleva hacia mis ancestros, porque Borges era amigo de una familiar mía. Y mi padre no lo quería a Borges, no le gustaba Borges. Decía, por ejemplo, que Borges conocía la pampa como un turista porque sólo iba en verano (risas). Entonces yo, que yo soy fan de Borges, le decía “leé El Sur”. Y él me decía “no, no, no, lo que pinta ahí son unos matones y los criollos no son matones”. En algún punto tenía razón porque sus objeciones eran muy desde la realidad de vivir en el campo. Y a la vez creo que se perdió de leer a Borges en serio por sus prejuicios.

-En este sentido vos te alejás de esa mirada paterna y admirás a Borges, incluso llegás a vincularte de alguna manera con él.

-Sí, era como que le molestaba el acercamiento que Borges tenía hacia el mundo rural. Al mismo tiempo yo no soy de la gauchesca, pese a que mi familia es parte de la gauchesca. Yo no comulgo con ese credo. Después a Borges lo tengo en la facultad como profesor. Y la verdad es que yo aprendí a escribir con él. Yo valoré a Borges, aunque mi generación no lo valoraba tanto porque nosotros éramos de izquierda y Borges no lo era. Pero cuando lo empecé a leer seriamente no tuve dudas, Borges es un genio y creo que todo lo que sé en serio de escritura lo aprendí en sus cuentos. Es un autor que yo venero. 

-¿Más allá de las disputas, de los momentos y de las generaciones?

-A mí me da igual, cuando uno lee un cuento de Borges entiende lo que tiene que hacer y lo que nunca va a poder hacer (risas).

-En Todo lo que crece, tal como ocurría en el anterior, Una casa lejos de casa, el libro tiene una especie de doble entrada. En el anterior eran una casa y la otra, acá está dividido entre el sur y el norte. ¿Por qué volviste a optar por esta vía?

-A los dos los escribí en pandemia. Yo escribí tres libros en pandemia. Curiosamente el tercero es un atlas. Que sería como cerrar un poco el círculo ¿no? En el primer caso yo hablo de perder la tierra y de la dificultad para enraizar. Y en el segundo, de lo que hablo es de conquistar la tierra, pero ya conquistarla no como país sino como mundo. Creo que esto es por el desafío ecológico que al menos yo entiendo que se viene cuando viene la pandemia: estamos atacados en todos los frentes y todos los humanos. Entonces me parece interesante abrir el pensamiento, esas fronteras, de las que yo ya dudaba muy seriamente, creo que cayeron con la pandemia. 

-El libro tiene mucha investigación sobre la escritura, sobre la naturaleza, los jardines. Incluso trae al final un listado de libros que fueron de alguna manera fuentes. ¿Hubo algún momento de dificultad para esto?

-No. Yo siempre digo que yo escribo como una mujer, no como un hombre, entonces no tengo bloqueos. No tengo tiempo para tener bloqueos. Yo escribo como escribe una madre de familia que tiene que preparar comida, que tiene que trabajar, que tiene que escuchar a todo el mundo. Y que además tiene que escribir. No tengo tiempo para tener bloqueos y me he formado como escritora así. Con todo un poco apagado, tuve ese tiempo para los tres libros. En general yo no puedo producir así en un período normal. ¡Y por suerte no puedo porque sería como una loca si lo hiciera! (risas). Pero me parece que cuando uno quiere escribir, escribe simplemente. La investigación la tenía hecha antes. En el primer caso era una serie de conferencias que yo había dado y en el segundo caso lecturas de toda mi vida. Entonces, la verdad que la parte de investigación no me costó. Y, de última, lo que no tenía no lo tenía. Porque al final no estaba obligada a demostrar ninguna tesis tampoco, ¿no?

-Claro. En este sentido es un ensayo y también un híbrido. ¿Por qué creés que fuiste por ahí? 

-Bueno, yo soy una híbrida natural. Soy híbrida porque no soy ni argentina ni española, ni todo lo contrario. Siempre he estado en un lugar de margen. Socialmente también. No pertenezco a la ideología de mi familia. A partir de la juventud me he abierto aunque me llevo bien. Tengo ahí siempre un punto: estoy en la frontera y cayéndome para un lado o cayéndome para el otro. Con la escritura me pasa igual, estos son ensayos que no son ensayos, que son biografía y que tampoco terminan de serlo. Que trabajan dentro de la microficción con algún tono poético. Y es lo que me gusta. Yo creo que vivimos en un mundo híbrido que no puede ser representado con géneros sólidos. Me parece que lo híbrido, lo líquido, nos representa mucho más. Y ahí es donde yo estoy cómoda. Yo cuestiono las ideologías desde las formas, no desde lo que digo, no desde el discurso, sino desde las formas, desde la manera de decir. 

-En medio de esto, el ambiente editorial tiende a pedir novelas o a ponerlas como el lugar del gran punto de llegada de los escritores. ¿Cómo te llevás con eso?

-Tengo un amigo que me dice que cuando yo escribo novelas parece que escribiera cuentos y que cuando escribo cuentos parece que escribiera novelas. Pasa que yo escribo cuentos encadenados, armando novelas en realidad. Pero a mí lo que me gusta es molestar en algún punto. Creo que una literatura que afianza tu visión de la vida no sirve para nada: prefiero la provoque ganas de quemarla. ¡Eso es lo que yo quiero escribir!

Yo creo que vivimos en un mundo híbrido que no puede ser representado con géneros sólidos. Me parece que lo híbrido, lo líquido, nos representa mucho más.

-Como ocurría con el libro anterior, a partir de la experiencia del exilio, acá está nuevamente esa cuestión oscilante en las palabras: una begonia en un lugar es un geranio en el otro.

-¿El bilingüismo? 

-Eso. ¿Cómo es vivir y sobre todo escribir pensando de esa manera?

-¿En otra lengua?

-Sí, o en las dos. O al mismo tiempo.

-Es un tema que recorre nuestras literaturas. Digo nuestras literaturas porque pienso también en bolivianos escribiendo en Argentina. O sea, ¿cómo escriben? Es una pregunta que no se ha hecho todavía pero estaría muy bueno hacérsela: cómo escribe la gente que no vive en su territorio. O cómo estamos modificando los latinoamericanos el castellano que se habla en España. Eso es importante: lo estamos modificando con una pelea muy fuerte, muy fuerte. Entonces surge otra pregunta: ¿de quién es el idioma? Yo creo que estamos como tirando fronteras en ese sentido. Pero claro, tirar fronteras nunca es un ejercicio amable. Esto implica que debatamos muchísimo y yo hago el intento para que mi literatura aporte a este debate. Aporte en el sentido de que no es una literatura estable ni establecida. Que quiere estar ahí, quiere estar en ese punto. 

-¿Sin raíces?

-Yo no tengo raíces. En el otro libro lo digo, digo que soy como el clavel del aire. Que donde me pongan me voy a enraizar.

-En Todo lo que crece decís que escribir es arraigar en el aire. 

-Sí, en el aire. Entonces si me preguntan cuál es mi patria, yo siempre digo que mi patria está en La Verja, en esa zona de España donde los africanos tratan de entrar y no pueden. O sea en esa frontera que cerramos en México, o las que cerramos en tantos lugares del mundo. Ese es mi lugar. Por lo tanto, mi literatura es inestable. Tiene que serlo.

-¿Cómo te llevás con los rótulos? Se habló en otros tiempos del boom latinoamericano, se habla ahora de varias autoras, porque en su mayoría son mujeres, escribiendo desde acá y editadas o leídas en Europa. 

-La mayoría no, son todas mujeres. Se habla del nuevo boom de las mujeres, pero es una lectura que está mal. Porque lo que se llamó boom fue creado por una agente llamada Carmen Balcells y fue un fenómeno económico. Con grandes escritores, no discuto eso. Pero fue un fenómeno que arrastró con la literatura de las mujeres. Terminó con ellas directamente. En el atlas que yo coordiné, que se llama Atlas de literatura latinoamericana, arquitectura inestable, hay un capítulo que lo rodea. Pero lo primero que hice fue correr al boom: no está dentro del atlas. Lo que hay es una referencia desde las mujeres, de las esposas aquellas que permitieron el boom: la mujer de (Gabriel) García Márquez, la de (Mario) Vargas Llosa. Las cosas se pueden ver desde distintos lugares, ¿no? En cuanto a lo que se llama ahora como boom de las mujeres creo que la palabra no es boom sino que simplemente son mujeres a las que no les han puesto problemas. Están expresándose. Y no podemos meter en un mismo saco a Mariana Enriquez con Samanta Schweblin, no tienen nada que ver. O con la mexicana Socorro Venegas, no tienen puntos en común. Tienen en común que pertenecen en general a una generación. Aunque tampoco tanto, algunas se llevan 20 años.  

-¿La industria necesita agruparlas?

-Quiere vender. Quiere vender. Yo hice una charla con Mónica Ojeda cuando salió el otro libro y hablamos en contra de esta especie de fenómeno que se quiere instalar. Es como que siempre te quieren normalizar. No aceptan tu zona incierta ¿no? La industria te tiene que meter en un lugar.

Siempre digo que mi patria está en La Verja, en esa zona de España donde los africanos tratan de entrar y no pueden. O en esa frontera que cerramos en México, o las que cerramos en tantos lugares. Ese es mi lugar. Por lo tanto, mi literatura es inestable.

-Hay algo que atraviesa tu libro y que, pese al caos o los conflictos que nos rodean, vos definís como un “optimismo testarudo”. De hecho el libro cierra con una escena en la que estás con tu nieto y decís que te permitís habitar este gran error…  

-Este gran error que es la esperanza.

-¿Entonces sos optimista o cómo funciona esa tensión?

-El otro libro termina con la palabra atroz y este termina con esperanza y no es casual. Yo soy una optimista radical en el sentido de que mis raíces son el optimismo. Y es un optimismo voluntarioso. Soy consciente de eso también. Ser optimista o pesimista, eso lo decía Borges, es un problema de futurología. Nadie sabe qué va a pasar. Posiblemente vamos al desastre, es muy posible, pero si queremos construir una utopía que de alguna forma frene el desastre, creo que la única forma es ser esperanzado. Si yo no creo que las cosas pueden mejorar, de ninguna manera voy a poder gestionar ninguna mejora. Desde el campo de la cultura esa es mi apuesta, debatir de manera que podamos entender desde lo que es la belleza hasta aquello que vale la pena cuidar porque somos parte. Eso es lo que yo llamo optimismo, que es un optimismo muy inseguro, muy incierto, pero optimismo al fin. Sobre todo la construcción de una utopía. Mi generación no ha hecho más que creer en utopías y fracasar (risas). Pero creo que en los fracasos hemos encontrado también parte del éxito. Creo entonces en esta apuesta a una construcción, a mirar el paisaje, a construir y trabajar por una utopía.

Una pregunta que no se ha hecho todavía pero estaría muy bueno hacérsela: cómo escribe la gente que no vive en su territorio, cómo estamos modificando los latinoamericanos el castellano que se habla en España. Entonces surge otra: ¿de quién es el idioma?

-En los últimos tiempos hubo varios libros que proponen esa una vuelta al paisaje que mencionás. Pienso en Los llanos, de Federico Falco. 

-Bueno, este libro lo empecé a escribir por Federico Falco. Yo lo había conocido en Madrid, le pregunté qué estaba escribiendo y me dijo “mirá, una cosa que no sé lo que es, que mezcla talleres con naturaleza” (risas). A la vez yo tenía en mi ordenador, en mi computadora, un fichero que se llamaba Jardines donde iba contando todos mis recuerdos ligados a jardines. Así fue. Federico hizo en su libro una especie de filosofía con respecto a lo que significa el paisaje. Y me pareció que tenemos que sumarnos en esa búsqueda, que es la de interrogar al mundo, al mundo físico, preguntándonos por nuestro lugar. Porque nosotros tendemos a pensar que somos la naturaleza y el hombre y no, nosotros somos una de las tantas especies naturales que pueden extinguirse con la misma facilidad que las demás. Entonces fue pensar eso, que quizás somos eventuales y el mundo va a seguir girando sin ningún problema. Salir del centro del mundo donde nos puso el Renacimiento es interesante. Son muchos años de estar en el centro. Y ese centro nos está llevando al desastre. Eso es lo que yo quiero pensar.

-¿Y por qué creés que a veces se asocia a la naturaleza con una especie de bondad? 

-No creo para nada en eso. Soy cero ecologista en ese sentido: creo que la naturaleza en sí misma es durísima, basta con verla en acción. Es muy económica, o sea sabe lo que está haciendo. ¿Pero bondadosa? No. Incluso el sentimiento de belleza yo de alguna forma se lo adjudico a nuestro pasado de insectos. O sea, ¡menos bondadoso que eso no existe! (risas). Creo que tenemos una memoria de especie y que eso es lo que tenemos que ver: qué nos pasa, qué tipo de bicho somos.

-¿Volver a lo chiquito?

-Sí, lo minúsculo. Yo, por ejemplo, en mi casa tengo una terraza muy grande en Madrid. Y ahí crío gusanos. A mí los gusanos me fascinan y siempre me han fascinado. Porque son como el origen de todo ¿no? Y es lo minúsculo. Ahora le enseño a mi nieto el amor a los gusanos (risas). Creo que mi padre lo decía, que es más importante un gusano que una ballena. Está bien, protejamos a las ballenas, me parece bien. Pero los que hacen humus son los gusanos. Por ahí es necesario pensar la naturaleza de una forma menos ideologizada y más lógica. 

-Incluso vos que sos urbana.

-Claro, yo misma y porque soy urbana. Mirá, cuando estaba escribiendo este libro me picó un alacrán. ¡Fue maldad del campo! Yo estaba sentada en mi mesa del campo, pero adentro de la casa, en sandalias. Fue el dolor más brutal que sentí. Si me preguntan qué será peor, parir o que te pique un alacrán, podría decir “que te pique un alacrán”. Ahí vi cómo la naturaleza, qué sé yo, sigue su lógica, ve algo que le molesta y pica ¿no? Entonces también es dolor, es sufrimiento, es pérdida, es combate. Pero tiene más sentido que nosotros, que lo hacemos de manera irracional o lo provocamos. La naturaleza tiene su lógica.  

-¿La escritura la tiene?

-La escritura es como una construcción. Nosotros no podemos defendernos de esta nostalgia del absoluto y escribimos. Yo creo que tiene que ver con eso, con el sentimiento de belleza que no podríamos definir. No sé si vos podés, yo no puedo definirlo. Pero creo que es la nostalgia de lo que fuimos. De aquella vez que fui flor, que fui insecto, que fui araña. Eso creo que es la belleza.

AL

El libro Todo lo que crece, de Clara Obligado, será presentado en Buenos Aires el miércoles 21 de septiembre a las 18.30 en la librería Céspedes, Álvarez Thomas 853, en el barrio porteño de Colegiales. La autora estará acompañada por la escritora María Negroni.

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