Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.

Archivo para recuperarme

Archivo para recuperarme, de Roma Vaquero Diaz (La Balsa Editora, 2025).

Roma Vaquero Diaz

27 de enero de 2026 15:32 h

0

Desde que no estás siento que perdí una parte de mí. Vuelo como un pájaro en círculos bajo el techo de mi habitación buscando algo que sea un contrapeso, un aliciente, una vuelta de rosca - dirías vos- pero gravito en tu memoria y mi propio peso se escurre. No quiero irme. Necesito ser carne expandida en algún tipo de futuro. Se me ocurrió que podría escribirte, recuperar pedacitos de nuestra historia. Armar un gran montaje que nos devuelva el cuerpo y que nos permita seguir. Tal vez recordarnos para llevarlas conmigo y saber que no estoy sola, pero también saber lo que fuimos para entender quién soy ahora. A veces siento que en este mundo no existimos. Que sólo hay espacio para cierto tipo de historias y que el resto queda bajo la tierra siendo gusanos y dientes de león. Pero yo sobreviví Amalia, y tengo que decirlo. Aunque mi manera de decir sea escribirte, recordar nuestra vida en la intimidad, en el hospicio, en el llanto y en la ternura. En el tiempo que estuvimos viviendo todo esto, lo único que yo tenía era mi cuaderno y un lapicito azul. Un cuaderno pequeño y de tapas negras que podía esconder en mi bombacha cuando cambiaban las sábanas. Ahí guardaba nuestra memoria. Ahora intento juntar esos fragmentos y hablarte. Armar una especie de archivo para recuperarme.

Busqué la etimología de recuperar, viene del latín recuperare. Contiene el prefijo re- (hacia atrás, de nuevo) y capere (agarrar, tomar) Entonces pensé que para recuperarme, necesito del ir hacia atrás para tomarme. Volver a mí. Rescatarme, recobrarme, renovarme, restituirme. ¿Podré hacerlo, Amalia? ¿Puedo encaminar mi marcha hacia un atrás que ya no existe? ¿Es posible volver y encontrarnos para luego regresar? Sospecho que moverme en esas espirales siempre me volverá otra. Una otra con algo de mí, pero con mucho de una distinta. Una otra creada. Una yo ficcional. Recuperarme sería casi como inventarme. Inventarme una vida donde están ustedes en ese existir pasado, pero movidas un grado, casi como si pudiera vernos detrás de un cristal que nos deforma completamente, pero que al mismo tiempo, refleja el sistema que nos constituye. Recuperarnos es un salto hacia lo que podríamos haber sido, pero con las cicatrices de lo que fue. Es lo que somos en el eco de mi memoria. 

(Todo lo que aquí comparto es un ir hacia atrás, un atajo creado, líneas de fuga hacia el origen.)

Archivo para recuperarme, de Roma Vaquero Diaz (La Balsa Editora, 2025).

Vos y yo nos conocimos hace algunos años. Nos entendimos rápidamente, no tanto por lo que nos dijimos sino por lo que no. Una mirada y un apretón llenaban todo nuestro diccionario. Nunca entendí la diferencia de edad que teníamos. Aunque vos parecías más grande, yo siempre terminaba cuidándote, Amalia. A veces nos quedábamos mirando una pared, perdidas en ningún lado, con los ojos como coquitos de agua; otras veces vos hablabas sin parar mientras yo callaba y me movía, podría decirse que bailaba. Vos nunca entendiste que tenías un cuerpo, yo hice de mi cuerpo las palabras. Creo que las dos teníamos miedo y enmudecíamos y gritábamos de diversas maneras. Vos tuviste que adaptarte a las normas, yo me hice modosita por seguirte. A veces, después de peinarte la espalda, me tiraba en la cama y te preguntaba quién era yo si hablaba de mi mano.

¿Cómo mi mano? 

¿Mi mano no soy yo? 

Y entonces me hablabas de los pájaros, de treparse a un árbol para pasar ahí toda la noche y de cazarlos como un gato alucinado. Una tarde te encerraste en el cuarto de baño de aquel lugar y no había manera. Recuerdo estar sentada afuera, con la mejilla sobre la puerta susurrando palabras, aquietando tus manos para que no te arrancaras los cabellos. Muchas veces nos confundían, aunque claramente yo veía que vos eras vos y que yo era yo. No era así para los demás y los castigos nos caían a ambas.

Te trasladaron del frenocomio de Venecia al pabellón especial del Dr. Martín en París, yo anduve entre Pergamino, Rosario y Buenos Aires. Sin embargo siempre descubrimos la manera de encontrarnos. La noche que te trasladaron desperté con una piedra en las costillas y sabía que algo había pasado. Días después, mientras me limaba las ancas, leía tu carta escrita antes de que te ataran las enfermeras. En ocasiones sabíamos cómo actuar. Si lo que hacíamos era más grande que lo que se venía, zafábamos. Era un nublarse la vista, los oídos cerrados, las muñecas titilando y empezar a balbucear. Casi un desaparecer dentro de nosotras mismas o gritar entre agua hasta que se rompieran el espacio y el tiempo. Si el otro podía, nosotras podíamos un poco más. Podríamos estar en ese sitio donde salir no era posible, pero no iban a entrar en nosotras, ni abrir las piernas de nuestra mente. De los ojos para atrás, todo era infinito y azulado. Siempre nos gustaron los gatos, a mí el cabezazo, la lengua raposa, el masaje oportuno; a vos, que después de la lengua venía la mordida, el arañazo al pasar, el alcohol luego de una noche de heridas. Creo que nos escuchábamos como los gatos, con los ojos abiertos, curvando el lomo, derretidas en el hueco. Y claro, no había hora. En nuestra temporalidad paralela sólo los besos y los abrazos marcaban el ritmo del encierro. Yo soy vos o vos sos yo, y al duplicarnos alguna moría.

No sé si fue cuando llegué. Pero en una época me llamaron arrugadito o mantequita, nunca supe si fue por la sonda que utilizaban para que ingresen o salieran cosas de mí, o porque me daba miedo absolutamente todo. Sólo quería meterme en un pliegue de piel que me protegiese. Luego con la aplicación de los rayos fui cambiando. Decían que si se aplicaban en una zona del cuerpo, el resto no debía protegerse. Pero algo en mí fue mutando y cada día me parecí más a vos, Amalia. O tal vez fuimos mutando las dos y cuando llegamos a este lugar éramos completamente diferentes. Aunque creo que algo nos unía de antes: un rostro partido o compartido, perdido en la misión de encontrarse.

Archivo para recuperarme, Roma Vaquero Diaz (La Balsa Editora, 2025).
Etiquetas
stats